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Marcel Gascón Barberá

La crisis de los 50 de la derecha

Los peajes que paga el político de derechas son fundamentales para entender la evolución de cierta derecha de vocación pop.

Marcel Gascón Barberá
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Los peajes que paga el político de derechas son fundamentales para entender la evolución de cierta derecha de vocación pop.
Mariano Rajoy y José Manuel García-Margallo | EFE

Militar en un partido político de derechas lleva consigo ciertos peajes. A los políticos de izquierda se les suponen razones nobles detrás de su compromiso político. Conciencia de clase si se viene de abajo, y empatía social cuando el izquierdista es un rico. La acción política de derecha, en cambio, se atribuye normalmente a la ambición, de poder y de dinero, cuando no a los prejuicios morales o la defensa de privilegios espurios.

Además de la buena intención, de la izquierda se dan por hechas la sensibilidad y la cultura, aun después de todas las hornadas de ministros socialistas que venimos padeciendo en España. La derecha, mientras tanto, se asocia automáticamente a la frivolidad y la ignorancia, y de ahí resulta que alguien tan inteligente y articulado como Esperanza Aguirre siga siendo el prototipo de político lelo en un país que ha encumbrado como ministras a Bibiana Aído y a Carmen Calvo.

Ser de izquierdas no solo da pedigrí intelectual. Es también poco menos que un requisito para entrar en el reino de lo cool, para que los nuevos mandarines progres del show business te inviten y te traten bien en sus programas y no se rían de ti en los teatros los humoristas.

Los peajes que paga el político de derechas son fundamentales para entender la evolución de cierta derecha de vocación pop.

Me refiero, por ejemplo, al Rajoy post-presidencial que asomó durante la promoción de su libro. Un Rajoy casi grotesco en su esfuerzo de parecer divertido y gamberro, entregado por completo a hacerse el simpático y que disfrutaba como un niño del agasajo del presentador de izquierdas de turno.

Es imposible no pensar que la abnegación es consecuencia de un largo anhelo por un paraíso prohibido: el de la comunidad guay, tradicionalmente vedada a la gente de derecha, que administran los líderes de opinión de la izquierda sociológica, hegemónica en España.

Otro caso es el del exministro Margallo. Hombre de factura conservadora particularmente ortodoxa, Margallo se ha ganado el inopinado favor de parte de la izquierda cultivando una imagen –no demasiado lograda– de dandy excéntrico y declarándose en el título de sus memorias "un político de extremo centro". Ahora que ya no pinta nada, y pese a su biografía y su estilo inconfundibles de prohombre almidonado de derechas, Margallo saborea desde su escaño de eurodiputado en Bruselas la fama de político leído y civilizado que se les niega a sus correligionarios vigorosos y combativos.

En esta categoría está también su compañero de escaño González Pons, que ya casi sale todas las semanas en mis artículos y sigue disfrutando en Twitter de una segunda juventud muy bien pagada.

Después de poner a Churchill a luchar contra el Brexit, se declara pistolero del amor "que dispara suave" para presentar su nueva novela hecho todo un Bernard-Henry Lévy y da crédito con un retuit a la indignación hipócrita de Elena Valenciano cuando se escandaliza por desplante al Rey y la Constitución de los que el PSOE es cómplice.

La euforia con que esta derecha recibe el abrazo de la izquierda tiene algo de esas crisis de los 50 que provocan en los hombres adolescencias tardías, definidas por la ilusión de estar colmando aspiraciones quiméricas a las que ya habían renunciado.

Igual de quimérica que esas aspiraciones adolescentes es la aspiración de la derecha de ser reconocida por la izquierda que vive de su superioridad moral. Por mucho que les dé palmadas en la espalda, esa izquierda nunca se tomará en serio a Rajoy, a Margallo o a González Pons. Si les muestra cierta simpatía es porque han aceptado su hegemonía y las reglas del juego que marca.

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