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Marcel Gascón Barberá

El método de supervivencia del sanchismo

El sanchismo actúa ante sus escándalos con una naturalidad insolente que se está demostrando muy efectiva para salir indemne del fango.

Marcel Gascón Barberá
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El sanchismo actúa ante sus escándalos con una naturalidad insolente que se está demostrando muy efectiva para salir indemne del fango.
Pedro Sánchez | EFE

Poco a poco y con las dificultades previstas, vamos alejándonos de los momentos más dramáticos de la pandemia. Las acciones judiciales por la negligencia en la gestión van muriendo en la orilla, y los sondeos no indican el vuelco en la opinión pública esperable cuando los efectos del sectarismo y la incompetencia se miden en miles de muertos y empresas cerradas.

¿Cómo hace el sanchismo para sobrevivir, sin apenas despeinarse, a su evidente responsabilidad en tan gran debacle?

La explicación está, a mi modo de ver, en que el presidente del Gobierno es, verdaderamente, un hombre abonado al escándalo.

Desde que descabalgó a Rajoy en aquella tarde aciaga en que el escaño del presidente del Gobierno lo ocupó un bolso, Sánchez ha ido trampeando por la senda del poder a lomos de las más descaradas mentiras, y de todo tipo de hitos en el desprecio a la ley y la institucionalidad democrática.

Además de presionar a la Abogacía del Estado para rebajar la acusación contra los independentistas, de quienes necesitaba los votos, el presidente del Gobierno sacrificó la Constitución en el altar independentista del jefe de Estado Torra en Pedralbes, en aquel encuentro bilateral que para poder seguir mandando le regaló Sánchez.

La trayectoria presidencial de Sánchez está adornada también por el abrazo con el tronco político de ETA en Navarra, por la traición a la palabra de Estado que un día se vio obligado a darle a Guaidó y por entregarle una parte del Gobierno y acceso a los secretos de Estado a un totalitario declarado, con el que su persona se comprometió a no pactar jamás.

Sánchez ha dicho todo lo que se puede decir sobre todos los temas sobre los que se le ha preguntado. Y todo lo ha dicho en el tono grave y afectado de franqueza y convicción del que solo son capaces de no apartarse, a la hora de decir una cosa y su contraria, los mentirosos patológicos.

Todos estos atropellos al más relajado sentido de la decencia encabezarían el currículum de infamias de cualquier político cínico. En el libro negro del sanchismo, por el contrario, conviven en pie de igualdad y hasta quedan eclipsados por episodios aún más sórdidos y actuaciones todavía más funestas.

Entre estos episodios destaca en el siniestro Delcygate, en que todo un Gobierno de España se saltó a la torera la ley española y europea para recibir de madrugada, sabe Dios para recoger o pagar qué, a una de las responsables de la miseria, la muerte y la opresión de millones de venezolanos, entre ellos cientos de miles de ciudadanos españoles.

Entre las actuaciones funestas impacta más que ninguna otra la gestión del coronavirus. Por una parte por una tardía respuesta motivada en gran medida por el fanatismo ideológico, pero también por la negligente reacción de después. Y por la perversión típicamente totalitaria no ya de rehuir responsabilidades, sino de hacer creer a los españoles, parece que con cierto éxito, que un Gobierno que se negó a ver el huracán hasta el preciso instante en que se vio arrollado les salvó con pundonor y amor de madre del desastre.

El sanchismo actúa ante sus escándalos con una naturalidad insolente que se está demostrando muy efectiva para salir indemne del fango. La derecha le pregunta a un diputado sanchista por el baile obsceno en las cifras de muertos y el sanchista le llama fascista o responde con el fantasma de Franco. La derecha le recrimina la temeridad de convocar un acto de masas con cientos de casos activos y su persona se levanta para hablar de la "igualdad real y efectiva" y exclamar, pletórico de feminismo y caradura: "¡Viva el 8 de marzo!"

He escrito "salir indemne del fango", pero más que en salir del fango el método de supervivencia del sanchismo consiste en vivir en el fango, aplicando el principio sobre estadísticas y muertos del doctor Simón, que el domingo le dijo a El País: un muerto resulta noticia y mil ya pasan a ser estadística.

En otras palabras, el sanchismo se mantiene a flote mediante la creación de una situación inflacionaria de mentiras y trampas. En estas circunstancias, la población se acostumbra a la perversión de la realidad y traiciona su sentido de la justicia. Hasta el punto de acabar viendo en la revuelta moral contra la deformación de la razón y los hechos un comportamiento extemporáneo, propio de intensos que normalmente también son fachas.

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