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Marcel Gascón Barberá

El peligro de la batalla cultural

Tanto han sobreactuado para condenar como "reaccionario" todo lo que les disgustaba,  que los reaccionarios de verdad han encontrado una poderosa excusa para seguir siéndolo.

Marcel Gascón Barberá
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Tanto han sobreactuado para condenar como "reaccionario" todo lo que les disgustaba,  que los reaccionarios de verdad han encontrado una poderosa excusa para seguir siéndolo.
Cordon Press

Es ya una pesadez tener que volver a explicarlo, pero necesito hacerlo para darle contexto a este artículo.

La izquierda utópica y tirando a adolescente que viene ganando la batalla del relato desde 1968, con sus lemas estúpidos y gastados (hay que ser muy infantilmente cursi para asociar la libertad a una playa en el casco urbano), nos ha impuesto una agobiante ortodoxia de nefastas consecuencias para el humor, la libertad y el debate público.

Además del achique de espacios que, sobre todo en el mundo anglosajón, le cuesta a cada vez más gente la reputación y el trabajo, la consolidación del canon rigorista progre ha traído consigo una cierta revitalización de su contrario de derecha. Tanto han sobreactuado para condenar como "reaccionario" todo lo que les disgustaba, que los reaccionarios de verdad han encontrado una poderosa excusa para seguir siéndolo.

La vehemencia y el exceso de celo con que la izquierda persigue a sus enemigos, ya sean ideológicos o simplemente estéticos, actúa como un flotador para la parte más trasnochada del tradicionalismo. Hasta el punto de convertir a algunos de sus representantes en resistentes y exponentes de lo contracultural llenos de atractivo y sinónimo de rebeldía, por oposición a la insoportable beatitud de quienes los condenan.

Estos son, a mi modo de ver, los efectos más claros de la incontestable hegemonía cultural de la izquierda posmoderna.

El otro gran peligro que le veo a todo esto es que nos paralice y nos robe el tiempo y la energía.

Rebelarse ante las imposiciones de quienes, en aras de su agenda ideológica, quieren hacernos renegar de nuestra percepción de la realidad es fundamental para preservar nuestra propia salud mental y espiritual y la de la sociedad en la que vivimos. Pero esta rebelión debe hacerse evitando quedar atrapados en la batalla a la que a veces nos obliga, porque la vida es demasiado rica como para dedicarla enteramente a reivindicar lo obvio ante un adversario que no tiene el menor interés en la verdad y ni siquiera se presenta con honradez al debate.

Me he dado cuenta de lo empobrecedor que puede llegar a ser entregarse en cuerpo y al alma a lo que se conoce como 'la batalla cultural' al buscar temas para escribir el artículo de esta semana. Todas las ideas que se me ocurrían tenían que ver con denunciar el doble rasero, la hipocresía o la falta de racionalidad de los movimientos de izquierda que dominan el debate público.

Igual que me parece preciso manifestarse con claridad y determinación en favor de los hechos y su interpretación justa, considero un peligro para uno mismo entregarse exclusivamente a combatir la estolidez y la estulticia. En parte porque la suerte está echada en la mayoría de los casos, y el que en la era de Google no ha querido enterarse hasta ahora de la historia criminal del comunismo no lo hará por un artículo más independiente del énfasis con que esté escrito. Pero, sobre todo, porque hay demasiadas cosas que valen la pena como para dedicarle cada semana la columna a lo que diga un Pablo Echenique o una Ocasio-Cortez.

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