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Marcel Gascón Barberá

Víctimas de las que no oirás hablar en 'Operación Triunfo'

Tres días antes de la muerte de George Floyd, la prensa española informaba con una escueta nota del brutal asesinato en la República Centroafricana de una monja burgalesa de 77 años.

Marcel Gascón Barberá
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Tres días antes de la muerte de George Floyd, la prensa española informaba con una escueta nota del brutal asesinato en la República Centroafricana de una monja burgalesa de 77 años.
'El grito', de Edvard Munch. | Wikipedia

Con la solemnidad sobreactuada que caracteriza a los malos artistas, los concursantes de Operación Triunfo se arrodillaron en el mes de junio ante la cámara para homenajear a George Floyd y protestar contra el racismo en Estados Unidos. El gesto no tenía nada de original. Los chicos de la academia –como se conocía antes a quienes participaban en el programa– seguían una moda salida, como todas, de Estados Unidos. Arrodillándose para el público con la excusa de Floyd, no hacían otra cosa que copiar en un detalle más a sus referentes del show business americano. Y de paso conseguían la adhesión entusiasta de la cadena pública y publicidad gratis en los medios y las redes sociales.

Tres días antes de la muerte de George Floyd, la prensa española informaba con una escueta nota del brutal asesinato en la República Centroafricana de una monja burgalesa de 77 años. Según una de esas noticias, la hermana Inés Nieves Sancho “fue sacada de la cama a la fuerza por unos desconocidos que accedieron a su habitación y la condujeron al aula donde enseñaba costura. Allí fue acuchillada, mutilada y degollada casi hasta su decapitación”. La noticia de la que cito también informaba de que en lo que iba de año habían sido asesinados en África otros dos misioneros españoles, el salesiano Fernando Hernández Sánchez, que murió a machetazos en Burkina Faso, y el también salesiano Antonio César Fernández, a quien unos yihadistas mataron a tiros en ese mismo país.

Ninguno de estos tres católicos asesinados en los paupérrimos países en que entregaban su vida a hacer mejor la de los más desgraciados mereció una genuflexión en la tele pública. Como tampoco la merecerán los granjeros sudafricanos blancos torturados y asesinados en las últimas semanas por compatriotas negros llenos de odio (el Podemos sudafricano respondió a los asesinatos cantando el "Kill de Boer") ni la merecerá el profesor francés Samuel Pety, degollado la semana pasada en París por un islamista por cometer la blasfemia de enseñar caricaturas de Mahoma a sus alumnos musulmanes en un instituto público.

Estas muertes tienen como protagonistas a personas mucho más respetables que Floyd, un delincuente en serie que seguiría vivo de no haberse resistido como lo hizo durante su detención. Y se encuadran en la categoría de asesinato con mucha más claridad que la muerte de Floyd. Pero ninguna de ellas sirve a la agenda política de los agitadores que dominan el debate público en Occidente como lo hacía la muerte de Floyd, que fue santificado para demonizar la democracia capitalista estadounidense y debilitar las instituciones que la sostienen.

Prestar atención a las atrocidades del integrismo islámico o a los efectos de la barbarie racista y tribal en que sigue sumida buena parte de África desbarataría los fundamentos de su denuncia sistemática de Occidente como paradigma de crueldad e injusticia frente al Sur inocente y humano que presentan en sus relatos. Mirar sin remilgos ni prejuicios a la decapitación de la religiosa burgalesa, a las torturas en las granjas sudafricanas y al degollamiento del profesor Pety les obligaría a aceptar que monstruosidades como el llamamiento al genocidio y los crímenes de religión ya solo se practican contra Occidente.

Pero no están dispuestos a hacerlo, y por eso a tanta gente le molesta más el piropo de un obrero blanco que la lapidación de una mujer en un país islámico.

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