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Marcel Gascón Barberá

Algo muy parecido a la tiranía

Aún votamos, sí, pero quién habría imaginado que llegaríamos a estar tan cerca de la tiranía.

Marcel Gascón Barberá
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Aún votamos, sí, pero quién habría imaginado que llegaríamos a estar tan cerca de la tiranía.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y, en segundo plano, el vicepresidente Pablo Iglesias. | EFE

La primera definición de tiranía del diccionario de la RAE nos remite al término tirano: “Gobierno ejercido por un tirano”. Y ésta es la primera acepción de tirano: “Que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad”. El Gobierno de España no ha obtenido “contra derecho” el gobierno del Estado. Pero sí gobierna “sin justicia y a medida de su voluntad”. 

Pensemos, por ejemplo, en el eterno interinato con que Rosa María Mateo ha convertido TVE en una televisión de partido; en la transformación bajo Tezanos del CIS en agencia de investigaciones electorales del PSOE; en el manejo de los indultos y los acercamientos de etarras como moneda de cambio de apoyos parlamentarios o en la gestión de los tiempos de la pandemia contra Madrid y a favor del Partido Socialista en Cataluña.

Esto del gobierno “sin justicia y a medida de su voluntad” es aplicable al Ejecutivo en su conjunto, pero aún se le ajusta a la parte podemita del Gobierno. Desde antes de entrar a la Moncloa a hombros de Sánchez, el partido del 15-M ha hecho de la arbitrariedad con que utiliza el poder su gran seña de identidad. 

El mismo Gobierno de progreso es un gabinete hecho a medida de las ambiciones de la coalición que se inventó vicepresidencias de nombre exótico y ministerios como Igualdad o Consumo para acomodar a los edecanes del general mesiánico de Podemos. Desde esas posiciones y desde otros muchas secretarías de Estado adaptadas para saciar la voracidad clientelar del partido, los dirigentes de Podemos se han dedicado a cobrar mientras siembran cizaña desde Twitter, al tiempo que se desdicen por completo de las obligaciones asociadas al cargo.

Un caso particularmente sangrante de este patrón de comportamiento es el rechazo de Iglesias a asumir responsabilidad alguna en la gestión de la pandemia, crisis que el vicepresidente ha elegido abordar como sátiro y crítico político y de series más que como un dirigente al que se le ha encomendado la labor de gobernar y buscar soluciones. 

Y qué decir del almanaque de efemérides con presupuesto de ministerio serio, en feliz hallazgo de Maite Rico, que es la cartera de Igualdad, a juzgar por la actividad de la mujer de Pablo en Twitter.

Solo el más absoluto desprecio por todas las reglas escritas y no escritas de la ética en general y la política democrática puede explicar unos comportamientos que Iglesias ha extendido con pasmoso descaro a la vida privada y de familia.

Por si no fuera suficiente que la escala de jerarquías del partido más vehementemente feminista de España dependa de la vida sentimental de su secretario general, acabamos de saber por una abogada rebotada que Iglesias y su mujer utilizan como niñera a una asesora de su ministerio que cobra 50.000 euros.

Así lo han presentado los periódicos, pero teniendo en cuenta que no tiene estudios y de niñera ya hacía antes de ser asesora, parece más correcto decir que los Iglesias-Montero han dado a ganar más de 4.000 euros al mes en el ministerio que le puso Pablo a Irene a la mujer que les cuidaba a la niña.

Sea como fuere, el escándalo nos da una idea de cuán “a la medida de su voluntad” conciben el ejercicio del poder los líderes de Podemos. Aún votamos, sí, pero quién habría imaginado que llegaríamos a estar tan cerca de la tiranía.

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