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Marcel Gascón Barberá

Una historia actual de los años de Ceausescu

Un heroico matrimonio rumano puede servirnos de inspiración para que tampoco nosotros claudiquemos ante los juicios populares.

Marcel Gascón Barberá
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Un heroico matrimonio rumano puede servirnos de inspiración para que tampoco nosotros claudiquemos ante los juicios populares.
Nicolae Ceausescu. | Archivo

El domingo pasado fui de Bucarest a la ciudad de Calarasi, unos 115 kilómetros al sureste, para entrevistar a un policía retirado. Quería preguntarle por los robos de arte y patrimonio, pero acabamos hablando de su experiencia de escritor perseguido por Nicolae Ceausescu.

Todo empezó en 1985, cuando el escritor era agente de la policía de tráfico en Calarasi. Ion Anghel Manastire, que así se llama el protagonista, recibía todos los días órdenes de registrar a los campesinos. El objetivo, las ínfimas cantidades de cosecha que robaban al Estado para alimentar a su familia y no morirse de hambre. Ceausescu había decidido destinar toda la producción nacional a pagar por completo la deuda externa. Todos los esfuerzos habían de contribuir a su gran obsesión y los campesinos trabajaban para el Estado en condiciones de semiesclavitud a cambio de una parte ridícula de la cosecha. Su mujer, Stela, era profesora en un instituto de la ciudad. También ella iba a recoger la cosecha con sus alumnos. Además de trabajar gratis obligados, profesores y estudiantes habían de educar a los trabajadores del campo en los logros del genio socialista de los Cárpatos leyéndoles el periódico del partido en los descansos.

Indignado por las injusticias que veía y escuchaba a diario, Anghel decidió plasmarlas en un libro. La novela se llamaría Por la noche no se mata, y sería la continuación de su libro de debut, otra novela más alegórica sobre la brutal colectivización de tierras acometida después de la II Guerra Mundial por el primer dictador comunista de Rumanía, Gheorghiu Dej. Ese primer libro, publicado dos años antes, no solo logró pasar la censura. Anghel ganó con él el premio de la Unión de Escritores, y se convirtió en un escritor conocido.

Pero en ese momento lo tendría más difícil. 

Una cosa era criticar de manera oblicua los destrozos de un muerto con el que Ceausescu quería marcar distancias y otra muy distinta denunciar, con el realismo descarnado que caracteriza a la secuela, lo que estaba haciendo quien mandaba en el país ese mismo momento. “Si se publica nos buscaremos la ruina”, le advertía Stela, su mujer. Pero Anghel necesitaba sacar ese libro, así que aprovechó el mes de agosto, cuando todos los funcionarios se iban de vacaciones, para tirar de contactos en el aparato del Estado y hacer que el libro saliera rápido y sin hacer ruido.

Y así, con la novela ya en las librerías, llegó septiembre. Nada más volver a Bucarest del Mar Negro, los esbirros literarios de Ceausescu descubrieron con horror la blasfemia. Artículos de denuncia en los que se pedía al Partido que castigara al insolente empezaron a sucederse en las publicaciones del régimen. Hasta que el Partido decidió actuar.

El 16 de diciembre Anghel fue invitado a participar en un debate con lectores en la localidad de Garbovi, a más de dos horas en Dacia de Calarasi. El pretendido debate, sus amigos conectados avisaron a Anghel, era en realidad un proceso público contra el libro que no tendría lugar en el Centro Cultural, sino en la cooperativa del pueblo.

Pese a saber lo que le esperaba, Anghel decidió ir. Sentado con los jerarcas del Partido en la mesa presidencial, el escritor escuchó a una sucesión de campesinos casi analfabetos condenar su libro por “denigrar” las condiciones reales, la forma de vida y de expresión de la gente del campo en la llanura rumana.

Y después de aquel espectáculo llegó su turno. El guión exigía que Anghel hiciera autocrítica y pidiera disculpas, como lo hacen en nuestros días quienes arden en la pira de Twitter por decir algo problemático. Pero no fue así. 

El escritor había ido acompañado de su mujer y de una alumna suya del liceo de Calarasi, que tomaron la palabra haciéndose pasar por vecinas para defender los méritos del libro. El propio Anghel, que había preparado argumentos a medida para todos los ataques que le venían, hizo lo mismo desde la tribuna. Los jerarcas rojos reaccionaron con incredulidad e indignación, y algunos de los campesinos manipulados denunciaron la farsa.

Anghel y sus cómplices habían ganado heroicamente la batalla, pero pagarían con creces su desafío al régimen. Ceausescu estaba obsesionado con dar una imagen de demócrata en Occidente, e intentaba evitar los asesinatos, las torturas y los presos políticos. El castigo era bajo su régimen la muerte civil.

Cuando publicó Por la noche no se mata, el capitán Anghel iba a ser ascendido, pero la promoción se anuló. De investigar accidentes de tráfico, el escritor pasó a patrullar las calles de Calarasi casi siempre de noche. Nunca, hasta la caída de la odiosa dictadura roja en el 89, volvió a soñar con ascender o obtener la menor mejora en el puesto.

A su mujer la acosaron con decenas de inspecciones en el instituto, dejaron de invitarla en la radio y la vetaron en cualquier evento cultural que se organizara en la zona. Por suerte, la gente odiaba al régimen, y nunca dejaron de sentir el calor de sus vecinos en las tiendas y en las calles.

Después de la revolución anticomunista, Anghel hizo una carrera brillante en la policía. Stela es una reconocida profesora y ha publicado varias novelas. Le ganaron al régimen cuando quisieron hundirles y le han ganado después. Pero, sobre todo Stela, cuentan la historia con evidente tristeza.

“Eran nuestros años de afirmación, nuestros mejores años, en los que teníamos pasión por hacer cosas”, me dijo Stela. “Y las malas pasadas que nos hacían. Nos íbamos de vacaciones y al tercer día venía un policía del lugar en el que estuviéramos y le comunicaban que al día siguiente tenía que presentarse al trabajo”, recuerda la escritora. “Todavía hoy odio los teléfonos, cuando oigo sonar un teléfono fijo me entran escalofríos, porque llamaban a la una y a las dos de la noche para decirle que fuera a no sé qué calle porque un perro ladraba o le encargaban comprarle un sujetador a la mujer del jefe”.

La llanura del Baragán, donde está Calarasi y donde nacieron y aún viven Ion y Stela Anghel, es un lugar de clima áspero y vegetación de estepa al que el régimen comunista impuesto por Stalin en Rumanía deportó a más de 40.000 personas en los años 50.

El Baragán es, aún hoy, una de las zonas más pobres de la Unión Europea, y no es difícil imaginarse la pobreza y la desesperanza que debía de reinar en la estepa rumana bajo el régimen comunista más implacable de Europa junto con el del albanés Hoxha.

Que, aun en esas circunstancias y enfrentándose a represalias terribles, gente como Ion y Stela Anghel encontraran fuerzas para no traicionar su conciencia puede servirnos de inspiración para que tampoco nosotros claudiquemos a los juicios populares de nuestros días.

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