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Alfonso García Nuño

Santayana, con placa y sin calle

Cuando alguien pierde su identidad es más fácilmente dominado y sometido, resulta más sencillo modelarlo, esclavizarlo o destruirlo.

Alfonso García Nuño
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Cuando alguien pierde su identidad es más fácilmente dominado y sometido, resulta más sencillo modelarlo, esclavizarlo o destruirlo.
Jorge Santayana. | Wikipedia

Cuando un ayuntamiento le quita a una calle el nombre de alguien que nada tuvo que ver con Franco y se pone como pretexto directa o indirectamente la vinculación con aquel régimen y la noticia se comenta haciendo notar la ignorancia de quienes lo han llevado a cabo, no se hace sino excusar, disculpar o edulcorar el hecho. No creo que se trate de un caso de ignorancia, por muy iletrados que los protagonistas de la noticia sean; lo que parece que se pretende es borrar la identidad de alguien, en este caso, de una nación. Cuando alguien pierde su identidad es más fácilmente dominado y sometido, resulta más sencillo modelarlo, esclavizarlo o destruirlo.

Ahora bien, no solamente se quita el nombre a las calles. Aunque por otras razones, también sufrimos el mal inverso, síntoma de falta de aprecio por uno mismo. Esto viene a colaborar en que la identidad esté ayuna de contenido. Acción y omisión vienen a converger, en este caso, en el mismo punto.

En Córdoba nacieron tres de los grandes filósofos de la historia: Séneca, Averroes y Maimónides, todos ellos con presencia en el callejero de su ciudad natal. Madrid, en esto menos afortunada, cuenta sólo con dos: Santayana y Ortega. Una de las principales calles del barrio de Salamanca en la Villa y Corte lleva el nombre de éste. En cambio, aquél solamente es honrado con una placa conmemorativa en donde estuvo la casa donde nació, en la fachada del que hoy es el número  67 de la calle de San Bernardo.

Jorge Ruiz de Santayana Borrás (1863-1952), conocido en el mundo anglosajón como George Santayana, dejó Madrid a los dos años y vivió en Ávila hasta los ocho, a donde con frecuencia volvió a lo largo de su vida, primero para ver a su padre, luego a su hermana uterina Susana, siempre disfrutando y nutriéndose de ella y sus cielos. De ahí se trasladó a Boston a vivir con su madre y los hijos de su primer matrimonio. Por aquellos pagos, recibió una muy rica formación académica, lo que explica que su obra la escribiera en inglés. Tras sus estudios, fue profesor en Harvard, donde enseñó hasta los 48 años. Dejó entonces la tierra que lo acogió y formó, nunca regresó, el resto de su vida lo pasó itinerante por Europa. De todos los sitios por donde estuvo dijo: “De esos lugares, el más familiar para mí, después de Ávila, ha sido la Universidad de Harvard”.

Sin embargo, pese a las décadas decisivas pasadas en USA y la lengua de sus escritos, no solamente se sintió siempre español, lo que da un toque especial a su filosofía, que fue germinando en la cercanía de W. James y J. Royce, sino que fue ésa la única nacionalidad que tuvo siempre. Hasta el punto de que, pocos meses antes de su fallecimiento, renovó su pasaporte en el consulado español en Roma, donde vivió los últimos años de su vida. A la salida del mismo y en las escaleras sufrió un desvanecimiento; pocos días después con humor comentó: “Quizá hubiera sido una buena manera de morir, pero parece que de nuevo estoy en vías de recuperación”. Como le ocurriera siglos antes a Luis Vives, vivió y pensó lejos de su tierra natal y escribió en una lengua que no fue la materna; él mismo consideró tener por meta “decir en inglés la mayor cantidad posible de cosas no inglesas”. B. Russell, que lo frecuentó durante un tiempo, decía de Santayana que, pese a que su entorno había sido norteamericano, “sus gustos y preferencias han sido predominantemente españoles”.

Su filosofía es radicalmente materialista y atea, sin embargo, hay en ella lugar destacado para la poesía, lo espiritual y la religión, incluso aprecio por ésta, si bien entendida simplemente como una comprensión simbólica de la realidad y los ideales humanos. En cierta ocasión, su amigo A. Marichalar lo llamó místico castellano, lo que le supo bien y le contestó:

Castilla no puede engendrar nada nebuloso. Aquí no hay peligro de pensar que uno mismo es Dios o que Dios es uno mismo. El mismo término “castellano” seca el aire, clarifica la jungla, deja el cielo y la tierra infinitamente aparte, aunque separados por nada, tal como el alma y Dios deben permanecer siempre. El mero místico podría ser cualquier cosa, bueno o malo; pero el místico castellano ha hecho voto de un impávido realismo y de una alianza inmaculada con el ideal. Él es Don Quijote cuerdo.

Los estadounidenses consideran a Santayana una gloria de sus letras, pues no solamente fue filósofo, sino también ensayista, novelista y poeta; en esto tiene un cierto parecido con su coetáneo Unamuno. De él dice la Stanford Encyclopedia of Philosophy: “George Santayana es una figura principal en la filosofía clásica estadounidense”. En España pocos saben de él, y en su ciudad natal ni siquiera un pequeño callejón lleva su nombre. Por cierto, de él es esta conocida cita, aunque frecuentemente mal mentada: 

El progreso, lejos de consistir en el cambio, depende de la retención. Cuando el cambio es absoluto, ahí nada queda por mejorar y no se establece ninguna dirección para una posible mejora: y cuando la experiencia no se retiene, como entre los salvajes, la infancia es perpetua. Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.

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