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Marcel Gascón Barberá

¿Puede partirse Sudáfrica?

El país se está fracturando entre quienes necesitan orden para vivir y quienes ya han asumido que sólo pueden medrar en el caos.

Marcel Gascón Barberá
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El país se está fracturando entre quienes necesitan orden para vivir y quienes ya han asumido que sólo pueden medrar en el caos.
Bandera de Sudáfrica. | Archivo

Esta semana, mientras miles de cubanos se rebelaban contra el castrismo, una ola de destrucción y saqueos de una magnitud sin precedentes recientes prendía fuego a la ya muy maltrecha Sudáfrica. Más de doscientos centros comerciales habían sido saqueados o quemados por los vándalos cuando escribía estas líneas. Los saqueadores también han destrozado miles de pequeños comercios, coches, mobiliario urbano y todo lo que han encontrado a su paso.

Los disturbios comenzaron a finales de la semana pasada como una protesta por la detención del expresidente Jacob Zuma, condenado por no presentarse a testificar ante una comisión oficial que investiga la corrupción bajo sus mandatos.

Desde su derrota en las elecciones presidenciales del Congreso Nacional Africano (CNA) a manos de su sucesor en la presidencia del país, Cyril Ramaphosa, Zuma y sus asociados han sido paulatinamente apartados de las posiciones de poder. Privados de la posibilidad de lucrarse al mismo nivel que cuando tenían la sartén por el mango, la facción zumita del CNA ha declarado una guerra a Ramaphosa sin la que no puede entenderse la violencia que estamos viendo estos días.

La mayoría de las algaradas se han visto en la región de KwaZulu-Natal, la antigua Zululand. Zuma es un orgulloso zulú y ha utilizado su predicamento entre la comunidad étnica más numerosa de Sudáfrica para avivar las llamas de la insurrección. La violencia ha conseguido su objetivo: demostrar la capacidad de Zuma para desafiar a un Estado que se ha visto incapaz de prevenir o poner fin a la anarquía.

Los desórdenes, que continúan en la antigua Zululandia y en otros muchos lugares de Sudáfrica, tendrán consecuencias funestas para la ya moribunda economía del país. Los saboteadores han logrado cerrar la autopista que une Durban, capital de Zululand y principal puerto del África negra, con Johannesburgo, el motor económico de la región. La impunidad con la que se han entregado a su orgía oportunista de destrucción es también un mensaje claro para los inversores, y para todos los ciudadanos con posibles: busca una salida, una alternativa, para tu dinero, para tu futuro, para tu familia.

Una de las cosas más llamativas de estos días de caos ha sido la respuesta ciudadana. Empresas de seguridad privada y los vecinos que las contratan se han movilizado en muchos pueblos y ciudades para protegerse de los violentos con las armas que poseen legalmente. Los organizadores de estos grupos de autodefensa eran, en su mayoría, integrantes de minorías raciales. Blancos con experiencia en el Ejército de los años del apartheid y, sobre todo en Zululand, donde la comunidad india es más numerosa, indios hindúes o musulmanes, a veces con sus túnicas blancas tradicionales, haciendo frente común contra los desarrapados que azuza Zuma.

Pero a las pocas horas numerosas comunidades negras en todo el país montaban, en colaboración con vecinos de otras razas y apoyadas por los sindicatos de transporte privado en común, sus propias patrullas ciudadanas para proteger centros comerciales y comercios.

¿Qué nos dice todo esto de Sudáfrica? El país se está fracturando entre quienes necesitan orden para vivir y quienes ya han asumido que sólo pueden medrar en el caos.

Como ha escrito muchas veces RW Johnson, el colapso del Estado y los insoportables niveles de pobreza y desempleo que, con Zuma o sin Zuma, provoca el estatalismo racista del Gobierno del CNA abocan a Sudáfrica a una situación de violencia generalizada y anarquía. Quienes sepan organizarse o puedan pagar seguridad privada se atrincherarán aún más en sus zonas residenciales fortificadas y muchos emigrarán a la provincia del Cabo Occidental (con capital en Ciudad del Cabo), la única que no tiene mayoría negra, que está gobernada por la oposición liberal, la Alianza Democrática y la única en la que la administración pública sigue funcionando.

Provocada en parte por la pandemia, la decadencia acelerada en la que ha entrado Sudáfrica ha devuelto al centro del debate la posibilidad de una ruptura del país. Muchos en el Cabo firmarían hoy mismo separarse de Sudáfrica y soltar amarras con un electorado negro que ha regalado mayoría tras mayoría al CNA sin más obediencia que la lealtad de raza. Otros muchos fuera del Cabo, de todas las razas, se mudarían a un Cabo soberano al día siguiente de la declaración de independencia.

El otro extremo por el que se puede partir Sudáfrica es KwaZulu-Natal. La hoy debilitada monarquía zulú nunca se ha sentido cómoda como mera provincia de Sudáfrica. Esa bandera podría agitarla hoy el movimiento entre revolucionario y tradicionalista que encabeza Zuma. Si ya no les dejan robar en Pretoria, ¿por qué no seguir haciéndolo desde un nuevo Gobierno nacional en Durban, Pietermaritzburg o la antigua capital del bantustán y el reino zulú, Ulundi?

Un desenlace menos dramático sería la derrota del CNA en las urnas. Los sudafricanos están lo suficientemente hartos como para que el antiguo movimiento de liberación tema por su hasta ahora incontestable dominio. Pero el problema es la falta de arraigo de la Alianza Demócratica, un partido fundado y dirigido por blancos del que una mayoría de votantes negros siguen huyendo como los vampiros del ajo. En esta situación, una parte decisiva del voto del CNA podría irse a los revolucionarios nativistas de izquierdas de los Combatientes por la Libertad Económica, el EFF, que en ningún caso pondrán sus votos al servicio de la concordia y la prosperidad en Sudáfrica.

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