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Marcel Gascón Barberá

'Dirty Dancing', la Securitate y la 'memoria histérica'

Ha muerto Teodor Zamfir, uno de los hombres que más hizo por la libertad en la Rumanía de Nicolae Ceausescu.

Marcel Gascón Barberá
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Ha muerto Teodor Zamfir, uno de los hombres que más hizo por la libertad en la Rumanía de Nicolae Ceausescu.
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Ha muerto Teodor Zamfir, uno de los hombres que más hizo por la libertad en la Rumanía de Nicolae Ceausescu. Zamfir era, paradójicamente, lo que los rumanos llaman un securist. Un securista. Es decir, un agente de la Securitate, la celebérrima policía política comunista.

Desde que Bucarest fuera ocupada por el Ejército Rojo al final de la segunda gran guerra, los rumanos tuvieron prohibido ver películas imperialistas. Esta censura fue impuesta con mano de hierro a finales de los cuarenta por Gheorghiu-Dej, el primer papacito rojo de la Rumanía comunista, y reforzada después por su enloquecido sucesor.

Nicolae Ceausescu congeló el tiempo en Rumanía. Bucarest era en los años 80 un inmenso Madrid Central. Los rumanos sólo tenían dos horas de tele donde sólo salían él, el Genio de los Cárpatos, y su distinguida esposa científica.

Aún libre de esa misma vocación penitente que atenazó medio siglo a la mitad oriental de Europa, Occidente vibraba con las patadas de Chuck Norris y los bailes de Dirty Dancing. Mientras, los rumanos habían de conformarse con las prédicas ideológicas de la tele pública.

Y ahí toma protagonismo Teodor Zamfir, que Dios le tenga en su gloria. Corrían los años ochenta y Zamfir era un delincuente común que había pasado por la cárcel. No sé si antes o después de ser huésped de los hoteles gratuitos del Estado, nuestro hombre fue reclutado como informador por la Securitate, que lo mandó al extranjero para que se infiltrase en círculos emigrados.

Zamfir regresó a Rumanía con una película extranjera. Sus compatriotas estaban hambrientos de prosperidad, valores naturales, ciudades con luces. La cinta triunfó, y Zamfir se dio cuenta de que tenía ante sí un gran negocio.

Y en cada uno de sus viajes empezó a importar cassettes. Compró en el mercado negro decenas de aparatos de vídeo. Una traductora, siempre la misma, para todos los personajes, las doblaba para que las entendiera el pueblo. Y, en una habitación de su casa, Zamfir grababa cintas y cintas que después vendía en negro a los muchos interesados.

Supe de la historia de Zamfir por Stejarel Olaru, el autor del libro sobre Nadia Comaneci y la Securitate. Olaru informó de su muerte este miércoles en Facebook:

Tenía 140 aparatos de vídeo en el "laboratorio", como llamaba a esa habitación, y los aparatos grababan de manera simultánea. No dormía por la noche, descansaba en su ‘laboratorio’ sobre un sofá y, cada hora y media o cada dos horas, en función de lo que duraran las películas, se levantaba para cambiar los cassettes grabados. (...) Evidentemente, el negocio estaba coordinado por la Dirección de Informaciones Externas de la Securitate, con el apoyo de agentes de otros departamentos de la Securitate, de la Milicia [Policía] y de las Aduanas. [Los funcionarios se llevaban una parte sustancial del pastel de Zamfir].

Junto con el periodista Liviu Tofan, coautor de este magnífico documental sobre el affaire francés espía rumano Virgil Tanase y de un libro sobre los tratos de la Securitate con el Chacal en el que salen mucho la OLP de Arafat y la ETA, Olaru entrevistó en varias ocasiones a Zamfir, a quien describe así en su post de Facebook:

Una mente deslumbrante, un tipo sin piedad y cínico. Y, también, un multimillonario (en dólares) incluso antes de [la caída del comunismo] 1990. (...) Zamfir decía que su doctorado lo sacó en la cárcel, donde aprendió multitud de malos hábitos y a leer a las personas.

Liviu Tofan y Stejarel Olaru nos deben un documental, escrito, hablado o con imágenes, con el material de las entrevistas a Zamfir. Más allá de la anécdota, biografías como la suya son imprescindibles para entender regímenes basados en el terror y la mentira como el que creó las circunstancias para que hiciera fortuna.

Cada vez nos harán más falta estas historias. En la politización de todo, la imposición de dogmas y la persecución de las ideas y las palabras que no encajan con esos dogmas, nuestro mundo aún democrático se parece cada vez más al que impuso el comunismo en el Este de Europa. Conocer lo que pasó allí es crear defensas contra lo que hoy quieren que pase aquí.

Vidas como las de Zamfir sirven también para comprender lo compleja que puede llegar a ser la Historia. Un ladrón que colaboraba con la policía política, patrocinado además por la misma policía política, hizo, por dinero, que sus compatriotas conocieran lo que era la libertad y la dignidad del mundo capitalista.

A nuestros ministres de la memoria histérica les explotaría la cabeza sólo de pensarlo.

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