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Santiago Navajas
Santiago Navajas

La Universidad de la Libertad

En Austin, la apertura de la mente americana triunfará o se perderá para siempre.

Santiago Navajas
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En Austin, la apertura de la mente americana triunfará o se perderá para siempre.
Pixabay/CC/Ronile

En Estados Unidos, un grupo de académicos, profesores e intelectuales ha anunciado la creación de una nueva universidad. Hartos de la opresión, escandalizados por la censura y dispuestos a presentar batalla contra la izquierda identitaria, la flor y nata de la Academia anglosajona se ha unido para, desde The University of Austin, dar esperanza política, apoyo moral y herramientas intelectuales a todos aquellos que todavía creen en la verdad, la objetividad y el debate sin líneas rojas espurias.

Con puntos de vista tanto conservadores como progresistas y liberales se han unido al proyecto liderado por Bari Weiss, en su día acosada en el New York Times por ser casi la única voz disidente dentro del diario contra los dogmas políticamente correctos del Pravda de la costa este norteamericana, eminencias en su respectivos campos como Steven Pinker, asociado al espectro político progresista, o Niall Ferguson, uno de los historiadores vinculados a la derecha más respetados. Algunos de los que se han enrolado en este acorazado universitario les sonarán a los lectores de Libertad Digital porque hemos reseñado sus libros y escrito sobre sus reivindicaciones: Ayaan Hirsi Alí, que ha defendido una reforma del islam; Paul Bloom, que escribió una carta abierta a los nuevos estudiantes en la que se les advierte implícitamente del clima de envenenamiento ideológico que se van a encontrar en los campus por culpa de lo políticamente correcto; Peter Boghossian, de cuyo desenmascaramiento de la jerga académica fraudulenta escribió Cristina Losada; la profesora de Filosofía progresista y lesbiana (en el ámbito anglosajón tienes que presentar datos identitarios hasta para ir al baño, literalmente) Kathleen Stock, hasta hace poco en la Universidad de Sussex en el Reino Unido, de donde se ha marchado debido al acoso a que la sometieron por enseñar la herejía de que la biología cuenta (si Darwin levantara la cabeza se la cortarían) y que, en algunas circunstancias, como el deporte o las cárceles, debe primar esa dimensión de la naturaleza humana sobre la subjetividad de la identidad sexual; y no podía faltar, claro está, David Mamet, que acuñó la expresión que mejor define a la plaga inquisitorial que asola los cada vez más Estados Soviéticos de América: "liberal braindead" ("progres descerebrados", valga la redundancia).

Para entender la debacle y la cerrazón del espíritu universitario norteamericano, permítanme relatarles el último auto de fe celebrado en un campus, concretamente en Michigan. Un respetado profesor de música, dos veces nominado al Pulitzer, consideró estudiar la figura de Otelo en el arte, de Shakespeare a Verdi. No se le ocurrió al pobre infeliz otra cosa que poner un fragmento de la versión shakesperiana que rodó Lawrence Olivier en 1965. ¡Terror en el campus, horror en el departamento! Porque el actor inglés aparecía maquillado de moro, más negro que Obama aunque menos que Denzel Washington, al que nadie puso pegas cuando interpretó al originalmente blanco don Pedro de Aragón en Mucho ruido y pocas nueces. El profesor acosado por sus fascistizados alumnos se llama Bright Sheng y durante su infancia sufrió el terror de la Revolución Cultural de los comunistas chinos. Vio cómo los jóvenes fanáticos que adoraban a Mao Zedong se llevaban el piano de su casa para que no pudiese interpretar la decadente música burguesa occidental. Sheng pidió disculpas, pero ni con los guardianes rojos chinos ni con los guerreros woke estadounidenses valen lágrimas de arrepentimiento por interpretar a Mozart o a Shakespeare. Otro profesor de la Universidad de Michigan, y firme candidato a un puesto en la Historia Universal de la Infamia, explica que "proyectar la película ahora, especialmente sin un marco explicativo, sin asesoramiento sobre el contenido y sin centrarse en su racismo inherente, es en sí mismo un acto racista, independientemente de las intenciones del profesor". A diferencia de El mercader de Venecia, de un antisemitismo evidente a pesar de los brillantes parlamentos de Shylock, hace falta ser muy analfabeto o ciego para creer que Otelo es racista. El director de la Escuela de Música dio la clave de la cuestión, ya que defendió que la acción de enseñar de Sheng sin tener en cuenta a la nueva inquisición de la extrema izquierda "no se alinea con el compromiso de nuestra Escuela con la acción antirracista, la diversidad, la equidad y la inclusión". Se llaman "antirracistas" del mismo modo que los terroristas marxistas se autodenominan "antifascistas". Y en lugar de defender la verdad, la objetividad y el pensamiento crítico hacen comulgar a profesores y estudiantes con las ruedas de molino de la diversidad, la equidad y la inclusión, licencias para la censura intelectual, la discriminación laboral y el acoso político.

La reacción de la izquierda identitaria ante el anuncio del proyecto liberal de la Universidad de Austin ha sido la esperada, con su habitual estilo de agitprop combinado con kale borroka, calumniando, insultando y satanizando: desde tacharlos de homófobos hasta vincularlos con el sionismo (uno de los dogmas políticamente correctos es, en general, el antisemitismo y, en particular, los ataques a Israel), o advertir que son la habitual panda de hombres blancos que todavía creen en el pensamiento crítico y el método científico mientras que denuncian las magufadas posmodernas y el tribalismo de las sectas negras racistas.

¿Qué sentido tiene crear una nueva universidad, alguien podrá pensar, en lugar de seguir batallando en las que ya existen? En primer lugar, no son cuestiones incompatibles. Muchos de los que se han comprometido con la nueva academia de la libertad lo harán como profesores invitados, con lo que seguirán ejerciendo de luminarias del pensamiento libre en Harvard, Yale o Stanford. Pero en dichas universidades desgraciadamente la atmósfera está envenenada por todo el aparato de intimidación y vigilancia del pensamiento de las políticas de identidad racial y de género. Pasarán muchos años hasta que la Teoría Racista Crítica y el feminismo de género pasen al cubo de la basura ideológica donde se amontonan el marxismo-leninismo, el psicoanálisis freudiano, el conductismo skinneriano y otros putrefactos cadáveres pseudofilosóficos.

Por ello, EEUU necesita una nueva fundación de ilustración académica, libre de espacios seguros y advertencias de alerta moral, eufemismos para la más pura y dura censura puritana. Esta nueva Universidad de Austin vuelve a los orígenes universitarios contemporáneos encarnados en la figura del liberal Wilhem von Humboldt, el cual, por ejemplo, solicitó al rey de Prusia viajar a otras universidades extranjeras porque a las ciencias les son ajenas las fronteras. A lo que añadimos nosotros que también les resultan impropias a la hora de pensar las razas, las ideologías, los sexos y las orientaciones eróticas. En Austin, la apertura de la mente americana triunfará o se perderá para siempre.

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