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La Ilustración Liberal

Varia

A dónde ha ido a parar la literatura comprometida

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En el siglo de Sartre, el arte en general y la literatura en particular tenían que ser o estar comprometidos, es decir, artistas y escritores debían ponerse al servicio de una causa, promover una ideología, servir al proletariado universal, a la raza aria o a cualquier otro mito fundacional de porvenires utópicos. En esto fueron iguales los comunistas, los fascistas y, como prueba de que la batalla de la propaganda estaba perdida desde el principio, muchos pensadores independientes, liberales, católicos, ateos militantes, socialistas, pacifistas y, por supuesto, anticomunistas y antifascistas, comunistas antifascistas y fascistas anticomunistas. Y hasta no hace mucho, probablemente hasta el filo mismo de la centuria, la noción de compromiso continuaba vigente y se escribían artículos y ensayos al respecto (yo mismo he firmado alguno).

Había en aquello una lógica. Mucho antes de que Sartre enunciara la noción, la realidad de la literatura avanzaba en ese sentido. Desde siempre, probablemente. El filósofo francés sólo introducía en la idea de engagement un matiz de guerra fría: para él, comprometerse significaba comprometerse con la izquierda. Desconocía así la mitad de la literatura de su propia época, desde D’Annunzio, Pound o Chesterton hasta sus coetáneos y paisanos Drieu o Céline, pasando por los sospechosos Camus y Malraux: casi todos los que no comulgaran con su propia visión del mundo. Y recordemos que Víctor Kravchenko había publicado en 1946, apenas un año después de terminada la guerra, en Occidente, tras su fuga de la URSS, Yo elegí la libertad, la primera novela de lo que más tarde se llamaría, no sin cierto cinismo, disidencia soviética. La política literaria sartreana coincidía en última instancia con la política literaria del PCUS, la del realismo socialista. Había acuerdo general al respecto y, al conceder el Nobel de Literatura a Mijail Sholojov, la Academia sueca iba a consagrar la tendencia, ratificando el buen entendimiento entre el comunismo y la socialdemocracia en torno del pensamiento único, por entonces considerado “progresista”.

Sholojov ganó así la batalla a Kravchenko: un capítulo más de la historia de la Primera Guerra Fría, ganada por Occidente en lo económico y político y perdida en lo ideológico-publicitario. Sholojov era un producto típico de la época. Hombre de partido de toda la vida, publicó El Don apacible en 1940 y recibió por ella el Premio Stalin del año siguiente. En 1959 viajó a Occidente acompañando a Kruschev, y al cabo de un tiempo pasó a formar parte del inaccesible y poderoso comité central. Es asunto aún en debate la verdadera autoría de esa novela, que Solzhenitsin y Medvedev atribuyeron a Fiodor Kryukov (1870-1920), un escritor cosaco que ya no podía protestar. El Don apacible fue publicado en la España de Franco, con éxito, por Planeta.

La literatura de intención realista socialista hizo su agosto en todo el mundo. Ni siquiera Calvino se salvó: ahí está La especulación inmobiliaria. Entre nosotros dio lugar a una serie de obras justamente archivadas, cuya enumeración huelga en estas líneas y que se agruparon genéricamente con el rótulo “novela de la berza”, y alcanzó a los primeros libros de los dos Goytisolo novelistas, a Alfonso Grosso y algunos más. Eran obras menores, programáticas, populistas y, lo que es peor, falsas de cabo a rabo porque sus autores se empeñaban en dar voz a una clase social que, de haberse expresado, jamás lo hubiese hecho así.

Pero es después de la novela social (y del cine y el teatro sociales) cuando se muestra la eficacia de la noción de compromiso. Martín Santos, Marsé, Benet, García Hortelano, los Goytisolo y otros, habiendo descartado por su imposibilidad estética y ética el realismo socialista, eran autores comprometidos. Todas sus obras son “sociales” en un sentido amplio. Y lo mismo sucedió en el mismo período en el resto de Europa y en las dos Américas. Aun entre los más formalistas de los autores franceses, como es el caso de Claude Simon, encontramos la acuciante necesidad de pronunciarse sobre los grandes temas del siglo, siempre en un mismo sentido: por ejemplo, a favor de la Segunda República Española. En los Estados Unidos, Norman Mailer, con Los ejércitos de la noche, trazó una ruta político-literaria que, en él, culmina en El fantasma de Harlot, tal vez la mejor novela sobre el mundo del espionaje y la intervención exterior de su país, tan intensa y perfecta como las de John Le Carré, en particular El honorable colegial. En la América de lengua española, pese a que los escritores se adhirieron en masa a la revolución cubana, el camino, felizmente, se desvió: nadie puede decir que Cien años de soledad sea una novela social, por muy próximo a Fidel Castro que se encuentre su autor. Ni son novelas sociales o políticas Pedro Páramo o Rayuela.

Es en este punto donde se inicia la ruptura que hoy estamos viviendo. Porque sí son sociales y políticas las obras de los escritores que no mucho después romperían con el castrismo y empezarían su deriva hacia el liberalismo: La ciudad y los perros y Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, son paradigmáticas en ese sentido. Y habría que concluir que aquellos que realmente pensaron en términos históricos, políticos y sociales son los que evolucionaros: los otros, aquellos cuya literatura se desentendía de la historia y de la política a favor de la fantasía y el idioma, quedaron pegados a ese momento.

La excepción, que hay que entender en términos personales –era un hombre de extraordinaria ambigüedad–, es Alejo Carpentier. El siglo de las Luces, una de las mayores novelas del siglo XX en cualquier lengua, se pudo leer muy pronto como lo que era: una profecía acerca del destino de la revolución de la que él mismo formó parte hasta su muerte. El noventa y tres de Victor Hugo y Los dioses tienen sed de Anatole France son sus ineludibles antecedentes, pero ambas novelas son reflexiones sobre la revolución francesa hechas muy a posteriori de los acontecimientos que las nutren. La de Carpentier, en cambio, con la apariencia de una novela histórica en sentido estricto, trata de lo que está sucediendo en el momento mismo de la escritura: la inevitable decadencia de la revolución cubana, implícita en su propio origen.

En apariencia, todo esto que estoy contando pertenece al pasado. Ya son pocos los críticos que manejan la idea de compromiso, y menos aún los que señalan los aspectos ideológicos de las obras que comentan. Sin embargo, pienso que la cuestión está más viva que nunca. La diferencia está en que el compromiso, no como propósito de partido sino como actitud vital propia del escritor en tanto que ser pensante, se ha desplazado al otro lado. Y lo que las izquierdas reclamaron hasta la saciedad a partir de los años 50, es decir, la promoción política de determinados proyectos de cambio social, ha pasado a ser pensamiento único y está presente en la mayor parte de lo que se imprime (me resisto a conceder cualidad literaria a ciertos productos).

Seguimos leyendo a Vargas Llosa. Incorporamos a Houellebecq o a Philip Roth, magnífico referente ante tanto libro pobre y adocenado sobre los 60 y los 70. Nos hemos volcado a la lectura de ensayos: recobramos a Aron, continuamos con Revel o sumamos a Huntington. Críticamente, como lectores creadores. Tenemos todavía mucho que hablar acerca de Malraux, de Mann, de Camus, del gran Huxley de El fin y los medios, de Orwell, de Dos Passos. No era el compromiso de ninguno de éstos el que pretendía Sartre. Él había prologado a Fanon y, cuando hablaba de engagement, soñaba con los Saramagos del mundo.

El pensamiento único es uno de los fundamentos del best seller. No hay libro más políticamente correcto que El código Da Vinci, como no sea Ángeles y demonios, del mismo Dan Brown. Todo es perfecto, está lleno de pasiones ligeras y descubrimientos insólitos. El joven inteligente y culto que en las películas de acción luchaba contra los rusos o los chinos, aquí lucha contra la Iglesia. Todo es occidental en los libros de este hombre, pero todo está mal en Occidente: hemos sido engañados durante siglos acerca de verdades fundamentales de la vida de Cristo, dice. Curioso: respecto de Mahoma, no hay comentarios. Y el montaje protector está ahí: todo el mundo se mesa los cabellos cuando la Iglesia condena la obra y se venden cientos de miles de ejemplares más. Pero no ocurre lo mismo cuando el Islam condena a Rushdie, hace procesar a Houellebecq o a Oriana Fallaci, o induce el asesinato de Theo Van Gogh.

No hace falta que Dan Brown, terriblemente influyente pero sin los brillos que proporciona un Nobel, se pronuncie acerca de temas tan espinosos como la guerra de Irak o el conflicto palestino-israelí: para eso está Saramago, que sin duda lo desprecia en términos literarios. Brown sólo genera ideología confusa e irresponsable. Hay una clara línea de separación entre ambos, entre la letra culta y la popular, pero en los dos universos se sostiene lo mismo y los dos, en sus fobias, son igualmente irracionales, antioccidentales, judeófobos, cristianófobos, proárabes, que parecen ser rasgos fundamentales para obtener el beneplácito público a la hora de enfrentarse a la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, lo que ellos llaman liberación, o de promover derechos colectivos, que no existen: puro vudú.

No olvidemos que el siglo XX, amén de ser el siglo del resentimiento, de las culpas coloniales y del tal vez logrado suicidio de la civilización romana, en el seno de la cual prosperó la judeocristiana, a pesar de la oposición del Islam, que para eso fue creado, ha sido el siglo de las pseudociencias, las muy mal llamadas ciencias del hombre y sus asombrosos derivados –el psicoanálisis y sus alternativas escolásticas, la antropología, el marxismo, como se encargaron de decir sin que nadie les hiciera caso Freud, Levi-Strauss y Marx–. Las versiones vulgares de esas pseudociencias han impregnado las disciplinas humanísticas de antigua data, como la historia y aun la gramática, hasta descomponerlas. Los libros de historia han sido sustituidos por las novelas históricas, primero, y por la descarada invención, después: los templarios están así en el café de la esquina, conspirando para preservar las mentiras del papado, cuando no se transmutan en cuerpo armado del Opus Dei para idénticos e inicuos fines. Eso es literatura comprometida, revelación, esclarecimiento y laicismo. Lo que conviene que lea la mayoría. Lo demás es reacción oscurantista e intolerante.

No hay que preguntarse, pues, qué se ha hecho de la literatura comprometida. Sigue donde estaba antes de Sartre. Lo único que ha cambiado es el lugar de la razón, si es que alguna vez estuvo en otra parte. Sólo que ya no es problema: han ganado los peores.
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