Menú

La Ilustración Liberal

Varia

El antijudaísmo básico de los españoles

0

No me voy a referir al antijudaísmo en la Historia española, asunto que ha sido tratado de forma abundante y documentada. Hay un asunto menos académico y más preocupante, el grado tan alto de antijudaísmo que se detecta actualmente en la opinión pública de los españoles. Es preocupante por lo que tiene de injustificado, de potencialmente conflictivo y porque revela una tacha de subdesarrollo político o social que por lo menos resulta sorprendente. No queda claro qué fuerzas políticas han cultivado ese antijudaísmo básico de la actual población española.

Hablo de antijudaísmo básico porque no se corresponde con la existencia de declaraciones expresas por parte de los partidos políticos parlamentarios. Es una actitud difusa, no activa, pero suficientemente fuerte y decidida. Lo más probable es que tenga que ver poco con el antijudaísmo histórico y más con circunstancias de la sociedad actual. La animadversión de la opinión pública española respecto a Israel tampoco es de hoy: lleva incubándose durante la última generación. Casualmente es el lapso que corresponde a la experiencia democrática en España.

En una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 1983 se presenta a los entrevistados una lista de 16 países. Predominan los que ostentan un grado razonable de desarrollo. Se trata de calibrar si los sentimientos hacia cada uno de esos países son favorables o desfavorables. Debe advertirse que alrededor de la cuarta parte de los entrevistados no contestan, proporción que no debe sorprender. Los países más simpáticos son Italia, Alemania y México, por ese orden. Los más antipáticos (por ese orden), Marruecos, la URSS, el Reino Unido, Israel y Estados Unidos. Es decir, Israel aparece en el 13º lugar de simpatía entre los 16 países. Curiosamente, los países que formaron el Eje durante la II Guerra Mundial aparecen con una calificación muy favorable, mientras que casi todos los aliados de esa guerra son antipáticos. Diríase que no ha pasado el tiempo desde la época de Franco. Téngase en cuenta que hasta 1985 España no mantuvo relaciones normales con Israel. Es una cuestión que, por aquel entonces, dejaba más bien indiferente a la opinión pública. Se trataba realmente de un absurdo residuo histórico.

En 1990 se repite la pregunta con 30 países, muchos subdesarrollados. El porcentaje que tiene opinión es un poco mayor. Pues bien, Israel aparece ahora todavía más bajo, en penúltimo lugar, junto a Angola. Solo Irán se muestra con una opinión menos favorable. Los más simpáticos son Italia, Portugal y Alemania. De nuevo, los amigos de Franco durante la II Guerra Mundial.

Las preguntas sobre simpatía o antipatía de los países son muy difíciles de comparar; todo depende del número y tipo de países que se introduzcan en la escala. Una encuesta de 2001 (CIS) presenta una lista de ocho países para ver el grado de simpatía en una escala de 0 a 10. Destacan como más simpáticos Alemania (5,6) y Francia (5,6). Los más antipáticos: Israel (2,8), Iraq (2,6) y Afganistán (2,5).

La misma pregunta se repite en 2002, pero aplicada ahora a 13 países o zonas del mundo. La mayor simpatía se dirige a los países de la Unión Europea (7,2) y Latinoamérica (6,6). Israel aparece el último, junto a los países del Golfo Pérsico (4,2). Una encuesta del Real Instituto Elcano de junio de 2004 plantea una pregunta similar con una lista de 17 países. Los resultados son muy parecidos a los de los sondeos previos del CIS. Los dos países mejor valorados son Alemania y Francia. Los peor valorados: Irán e Israel.

Obsérvese que, en todos los casos, a lo largo de un dilatado periodo, la opinión sobre Israel, baja como estaba hace una generación, ha ido descendiendo todavía más hasta situarse en la cola. En la imagen de los españoles Israel aparece junto a la de los países dictatoriales y subdesarrollados. No parece contar mucho el hecho objetivo de que Israel es el país más moderno y democrático del Oriente Próximo o del Mediterráneo oriental. Un juicio más exigente diría que Israel es el único país moderno y democrático de la amplia región que lo circunda. Durante la primera guerra de Irak (Kuwait), en 1991, una encuesta del CIS plantea la cuestión de qué pasaría “si Israel decide entrar activamente en el conflicto”. El 48% opina que empezaría una guerra mundial. Solo el 22% niega esa posibilidad, y el resto se abstiene. Recuérdese que en ese momento España participó en el conflicto, modestamente, del lado de los aliados. Estaba en el Gobierno el Partido Socialista y no hubo una notable protesta social respecto a la participación en una guerra.

Respecto al conflicto entre Israel y los países árabes limítrofes, una encuesta del CIS de 1991 plantea la opinión de “quién mantiene una postura más intransigente”. Destaca muy por delante Israel (57%), seguido muy de lejos por Siria (16%) y Palestina (15%). El 20% asigna la culpa a “todos por igual”.

Una pregunta parecida, en una encuesta de 2000, arroja resultados muy diferentes. Ahora el 46% dice que “los responsables son los dos bandos”, pero el 19% “los israelíes” y el 8% “los palestinos”.

De nuevo se hace la pregunta en 2002. El 33% señala “los dos”, el 26% “los israelíes” y el 4% “los palestinos”. Es evidente que, a lo largo de los años, la mayor parte de los españoles ha percibido el conflicto árabe-israelí como provocado por los israelíes. Seguramente cuenta también la actitud negativa hacia los Estados Unidos, que, como es sabido, apoyan a Israel.

Todavía el Estado de Israel puede suscitar una actitud moderadamente benevolente por parte de la opinión pública española. Pero el prejuicio es mucho más negativo cuando se habla de “los judíos”. Una encuesta del CIS de 1990 plantea una lista de seis etnias para ver el grado de simpatía o antipatía. La verdad es que la mayor parte de los consultados se abstienen de señalar uno u otro polo. La abstención es máxima en el caso de los judíos (81% no contestan o no se adscriben a uno u otro polo). Los más antipáticos son los gitanos y los árabes, pero seguidos de los negros de África y los judíos.

La Anti-Defamation League (ADL), de Nueva York, realiza una encuesta en cinco países (octubre 2002) sobre las actitudes hacia los judíos. Los países son: Suiza, España, Holanda, Italia y Austria. Son once enunciados antijudíos (la encuesta los denomina antisemíticos). En casi todos los enunciados, los españoles son los más antijudíos y los holandeses los que menos. Los resultados generales son los que siguen:

Escala antisemítica% media (no ponderada) de los cinco países% de España/>
- los judíos forman una piña más que el resto del país6364
- los judíos [de cada país] son más leales a Israel que a su país5672
- los judíos tienen demasiado poder en los mercados financieros internacionales4071
- los judíos tienen demasiado poder en el mundo de los negocios 4063
- los judíos siempre quieren estar al frente de todo2938
- a los judíos les tiene sin cuidado lo que le pasa a la gente, excepto a los suyos2934
- los judíos están dispuestos a utilizar prácticas dudosas para conseguir lo que quieren2533
- los empresarios judíos son tan odiosos que no dejan competir a los demás en pie de igualdad1828
- los judíos tienen muchos defectos lamentables1632
- es falso que los empresarios judíos sean tan honrados como los demás1116
- los judíos tienen demasiado poder en nuestro país912

Como puede verse, la escala contiene enunciados de muy diferente intensidad emotiva y, por tanto, el prejuicio antijudío no se puede decir que sea dominante en todas las facetas. Más bien resulta minoritario. Ahora bien, en todos los casos, el prejuicio antijudío de los españoles destaca muy por encima de la media (no ponderada) de los cinco países. La diferencia resulta extraordinaria en el caso de “los judíos tienen muchos defectos lamentables”. Solo el 16% del conjunto de los cinco países apoya ese enunciado, pero el 32% para España. También es muy relevante la diferencia en la creencia de que “los judíos tienen demasiado poder en los mercados financieros internacionales”. Lo apoya el 40% del conjunto, pero el 71% de los españoles. De acuerdo con lo que se sabe sobre el prejuicio étnico, en esa encuesta se demuestra que, en todos los países, las personas de más edad o con menos estudios son las más antijudías.

Una escala parecida de antisemitismo se aplicó en 2002 en diez países europeos. En todos los enunciados, España dio el nivel más alto de prejuicio.

Es un lugar común la observación de que el prejuicio étnico (antijudío o de otro tipo) se explica sobre todo por el factor educativo. Sencillamente, las personas menos instruidas son las que más prejuicios tienen (étnicos, religiosos, etcétera). El prejuicio no es más que un sentimiento irracional de temor o de recelo respecto a lo que es diferente de uno. La asociación con el nivel educativo es obvia, pero no solo porque con más información, menos recelo a las diferencias. La persona instruida sabe que no debe manifestar sus prejuicios. Digamos que no son socialmente bien vistos o, como se dice ahora, políticamente correctos. Eso quiere decir que el nivel real del prejuicio seguramente es más alto que el que miden las encuestas. Lo que pasa es que se trata de un error constante; por tanto, no interfiere mucho en las comparaciones que se hagan a lo largo del tiempo o entre países.

La encuesta comparada de la ADL contiene otros datos de interés. Ante la pregunta de si se sienten o no preocupados con los recientes episodios de violencia contra los judíos [en Europa], la proporción de “muy preocupados” es baja en todos los países. Oscila entre el 21% para Italia y el 13% para Holanda y España.

Respecto a la posibilidad de que se incremente el sentimiento antijudío en cada país durante los próximos años, las proporciones varían mucho:

Países

%

Suiza

Holanda

Italia

Austria

España

52

49

43

39

35

De nuevo, España aparece en último lugar. La insensibilidad ante la gravedad de los atentados antijudíos en Europa (ciertamente mínimos en España) es otra manifestación del antijudaísmo básico. Por fortuna, ningún partido político parlamentario acoge en España las ideas racistas o xenófobas. Por eso me refiero a un antijudaísmo básico. En los medios de comunicación españoles sobresale una constante muy curiosa. Aunque es unánime la aceptación del sistema democrático, algunos dictadores o líderes autoritarios reciben un tratamiento condescendiente, permisivo, cuando no de manifiesta simpatía. Es el caso de Arafat, Castro, Chávez, como en su día fue Perón, Torrijos y en general los caudillos iberoamericanos. Digamos que ese prejuicio favorable se contrapone a la hostilidad latente que representa la imagen que se tiene de Israel, un país democrático.

Aparte del antijudaísmo básico, está latente la actitud más bien antinorteamericana que existe en la sociedad española. Quizá se asocie ese país con la economía de mercado (el capitalismo), más aún la economía financiera, que produce un cierto rechazo en la mentalidad de los españoles. El antijudaísmo básico de la sociedad española no es de tipo religioso; la prueba es que es compatible con un difuso prejuicio contra la Iglesia Católica. Lo curioso es que la combinación de prejuicios contra los judíos, el capitalismo, los Estados Unidos y la Iglesia Católica es la típica que un día distinguió a los nazis. Muchos españoles cultos o de izquierdas se rebelarían contra esa asociación, pero responde a la realidad.

Tradicionalmente, el antijudaísmo era un rasgo de la derecha, de las clases conservadoras, quizá por aquel argumento tan peregrino de que “los judíos mataron a Jesucristo”. La realidad es que Jesucristo y todos sus seguidores eran judíos, pero esa realidad no cuenta para el prejuicio. De todas formas, la situación actual es otra. El antijudaísmo básico es hoy más bien de izquierdas. La razón religiosa no cuenta. El asunto es esencialmente político. Se asocia a los judíos con el poder hegemónico de los Estados Unidos, sin pararse a pensar mucho en los muchos episodios de discriminación que los judíos han podido padecer en esa sociedad.

La penetración del antijudaísmo en España se revela principalmente a través de los medios de comunicación. Es ahí donde destaca más un odio latente contra los judíos, el capitalismo, los Estados Unidos y la Iglesia Católica. Lo curioso es que esos prejuicios no se manifiestan a través de medios que podríamos llamar sensacionalistas, sino en los que pasan por ser “de referencia”. Se quiere decir así, los que presumen de un alto prestigio intelectual. Lo sorprendente es que los periodistas, comunicadores y artistas que manifiestan esa combinación de prejuicios tachan de “fachas” (despectivo de fascista) a sus oponentes. El prejuicio antijudaico se entiende mejor con el complemento de otra actitud básica poco justificada: la admiración por los árabes, los musulmanes. Normalmente, en la prensa los terroristas islámicos son considerados como insurgentes, resistentes, guerrilleros, independentistas, señores de la guerra. El mundo del prejuicio, por irracional, está lleno de paradojas.

La corriente del prejuicio se nutre de tres fuentes: la ignorancia, el temor a la diferencia y el resentimiento. El ignorante rellena con estereotipos (la sabiduría popular) los huecos de lo que desconoce. Se teme a la persona que no es como uno porque puede ser un hipotético agresor o simplemente alguien a quien no se le entiende. Ese extraño o lejano puede inspirar resentimiento, una especie de envidia rencorosa, cuando se le ve con poder o cualquier otra forma de preeminencia. Quizá el prejuicio contra los judíos beba de esas tres fuentes.

Seguramente los más prejuiciados son quienes no han tratado nunca con un judío. Al ser en España una fracción muy reducida, los judíos aparecen distantes y diferentes, con prácticas que pueden parecer pintorescas o exóticas. Podría citarse la circuncisión, la lengua hebrea, la vestimenta de los judíos ortodoxos que se ven a través de la televisión. Lo más claro es el resentimiento hacia personas que, por lo general, son eminentes en el mundo de los negocios, las profesiones, la ciencia, los medios de comunicación. En esos casos la creencia que aparece como prejuicio es la de suponer que “los judíos tienen demasiado poder”. El resentimiento se eleva al cuadrado cuando se asocian los judíos, a través de Israel, con los Estados Unidos. Para muchos españoles los norteamericanos son pueriles, incultos, prepotentes. Se introduce ahí la teoría conspiratorial. El prejuicio se alimenta de la creencia en una especie de misteriosa entidad que controla en la sombra el poder de los Estados Unidos. Es el misterioso lobby judío.

Sería fácil argumentar que los prejuicios se apoyan en hechos falsos, sesgados, por lo que todo es irreal, no debería existir. Pero existe. Las percepciones irreales son reales en sus consecuencias para quienes las mantienen. El prejuicio es una expresión de la irracionalidad humana y, por eso mismo, se muestra obstinadamente duradero. Lo peor del prejuicio es que, cuando se acumula el resentimiento colectivo, puede saltar la chispa de la violencia. Entonces muchos parecen sorprenderse de lo que parecen sucesos inexplicables, incluso “provocados” por los judíos prepotentes. Al llegar a ese punto, el prejuicio necesita apoyarse en el curioso razonamiento de que “la víctima tiene la culpa”. Es la apoteosis de la irracionalidad. Desgraciadamente, lo irracional es también real.
0
comentarios