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Venezuela y el socialismo del siglo XXI

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Conferencia pronunciada en la Universidad de Miami el 24 de agosto de 2005.

El 11 de agosto de 2005, en el teatro Teresa Carreño de Caracas, Felipe Pérez Roque, ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, describió con bastante franqueza la visión que tiene Fidel Castro del actual momento histórico. Es importante recordar un par de asuntos antes de entrar en materia: Pérez Roque carece de ideas propias, y, como anunciaron cuando fue nombrado canciller, su mayor mérito consiste en poder repetir con absoluta fidelidad las ocurrencias del Comandante. No se trata, pues, de un funcionario con criterio individual, sino de una neutral antena de repetición. Por otra parte, no debe ignorarse que, en general, los criterios y análisis de Castro suelen convertirse en acciones concretas. En 1975, por ejemplo, tras la abrupta retirada de Portugal de sus colonias africanas, Castro vio una oportunidad de comenzar la conquista de ese continente y en un par de semanas comenzó el traslado masivo de sus tropas. Llegó a tener 55.000 soldados simultáneamente, sólo en Angola, y allí los mantuvo durante más de 15 años. Castro no es un estadista reflexivo, sino un audaz e imprudente hombre de acción.

Más allá de las habituales tonterías retóricas de la izquierda bananera, Castro, por medio de Pérez Roque, describió su lectura de la coyuntura actual de la siguiente manera: primero, el comunismo ya se recuperó tras la debacle de 1989 y la desaparición de la URSS y de sus satélites europeos; segundo, el objetivo de transformar el planeta de acuerdo con las hipótesis colectivistas propuestas por el marxismo vuelve a estar vigente; tercero, el gran enemigo a batir es Estados Unidos, maligno y despiadado poder que impone modos de gobernar al servicio de sus intereses imperiales; cuarto, la tarea de destruir Estados Unidos e impulsar la revolución planetaria corresponde a América Latina, hoy centro y faro de la lucha mundial en defensa de las ideas comunistas, y esa batalla comienza por el acoso y derribo de los sirvientes del imperialismo yanqui en cada uno de los países del entorno. Asimismo, es indispensable dinamitar la Organización de Estados Americanos, dejar sin efecto la cláusula democrática con la que todos los países adscritos a la OEA se comprometieron en los años 90 e impedir la consolidación del ALCA o de cualquier mecanismo de concertación comercial internacional basado en el mercado, y muy especialmente si en él figura Estados Unidos. El núcleo duro, el corazón de ese frente antinorteamericano, anticapitalista y antiliberal, es la alianza entre La Habana y Caracas, pero esperan otras incorporaciones a corto plazo. De ahí la presencia en los actos públicos de tres personajes importantes de la izquierda bananera junto a Fidel y a Chávez: el salvadoreño Shafik Handal, el nicaragüense Daniel Ortega y el boliviano Evo Morales. Otros se unirán en el camino para la "lucha final", como reza el himno de la Internacional.

Una vez definida la visión castrochavista, de donde derivan la misión que se han asignado, se describe el método para lograr sus objetivos: en algunos casos se recurrirá a las elecciones, pero sin renunciar a otras formas de lucha. No obstante, el pluripartidismo y la democracia, como la entienden los burgueses, no tienen cabida en el socialismo del siglo XXI que comienzan a forjar Castro y Chávez. Cuando Pérez Roque cita al Che Guevara y afirma que al enemigo no debe dársele "un tantico así" de espacio, lo que quiere decir es que dentro de las coordenadas ideológicas del modelo de gobierno que defienden en La Habana y en Caracas no habrá espacio para las libertades, tal como se entienden en Occidente. En cuanto a esas otras formas de lucha, aunque Pérez Roque no las menciona, es obvio que se refiere a las narcoguerrillas o a cualquier otra expresión de la violencia.

Es posible que esta última aseveración esconda una cierta fricción teórica entre Castro y Chávez. Como Castro llegó al poder a tiros, y a tiros se mantiene desde hace casi medio siglo, desconfía de las vías electorales. Pero como la experiencia chavista es diferente, y los dos poseen personalidades mesiánicas, lo probable es que discrepen. Para Chávez, que fracasó cuando intentó tomar el poder a la fuerza, la forma de hacer la revolución es llegar al poder por medio de las urnas, rehacer la Constitución a la medida de sus planes antidemocráticos y comenzar un proceso gradual de recorte de libertades y de intervencionismo estatal hasta llegar a perfilar un cierto tipo de Estado, al que llama "el socialismo del siglo XXI".

¿Qué es eso? El socialismo del siglo XXI es lo que sucede en Cuba, de manera creciente, desde mediados del siglo XX: una dictadura militar colectivista, presidida por un caudillo que actúa sin restricciones, gran y casi único asignador de privilegios y prebendas, que pone todo el andamiaje institucional a su servicio y que coloca a otros militares y a algunos civiles de confianza en posiciones de importancia económica y política para mantenerse en el poder sobre esa arbitraria estructura de gobierno. Naturalmente, ese modelo de organización política, minuciosamente ineficaz, conduce al empobrecimiento galopante de la sociedad, pero esas consecuencias se enmascaran tras una permanente campaña de propaganda encaminada a destacar supuestos logros parciales obtenidos en la educación y la salud públicas.

II

A largo plazo, por supuesto, ese delirante proyecto de conquista y rediseño del planeta emprendido por Castro y Chávez acabará en el mayor de los fracasos, pero a corto y medio plazo el reto que presenta esa alianza es muy preocupante. Los primeros perjudicados, obviamente, son los venezolanos, que verán cómo el nivel de vida y el clima de libertades y derechos involucionan hasta convertir el país en una desdichada satrapía de la que, con el tiempo, la mejor opción será escapar. A continuación, los otros damnificados por el nuevo espasmo colectivista autoritario serán los países latinoamericanos, y de manera inmediata los de la región andina. Los coletazos del castrochavismo estremecerán a Bolivia y a Ecuador, dos países en los que el peso del populismo es muy grande y ha abonado el terreno para este tipo de aventuras.

La tercera víctima será Estados Unidos, pero la capacidad del castrochavismo para poner en peligro la estabilidad norteamericana es mínima, salvo que esa alianza se asocie con el terrorismo islámico o, como Corea del Norte, adquiera o desarrolle armas nucleares o bacteriológicas como una forma de chantaje o escudo defensivo, algo que, por ahora, no parece probable. Es posible, sin embargo, que en el curso del casi imparable aumento de la hostilidad entre ambos países, deliberadamente buscado por un Chávez que necesita un enemigo exterior para galvanizar a sus propios partidarios, se produzca una interrupción del suministro de petróleo venezolano a Estados Unidos, pero Washington tiene maneras de reducir sustancialmente los daños que ello provocaría. Si Estados Unidos sobrevivió a nazis y fascistas, y luego al peligro tremendo que significó la URSS durante la Guerra Fría, no parece razonable esperar que la ridícula amenaza de la izquierda bananera se convierta en un riesgo letal.

Como es usual, los países latinoamericanos no reaccionarán activamente frente al castrochavismo. La historia latinoamericana demuestra que no existe en nuestro continente una tradición diplomática de resistencia frente a las dictaduras. De la misma manera que al sur del Río Grande, en medio de la mayor indiferencia, se ha convivido durante décadas con Castro, Stroessner, Somoza o Trujillo, ninguna nación latinoamericana moverá un dedo para defenderse de la embestida castrochavista. Como, por otra parte, mientras dure la bonanza petrolera Chávez dispone de unos enormes recursos para comprar conciencias, fomentar alianzas y apoyar partidarios, lo predecible es que aumente su liderazgo continental. Es verdad que se trata de un personaje folclórico que en los ambientes más circunspectos mueve a risa, pero para un sector sustancial de la sociedad latinoamericana ese estilo simpático de excéntrico papagayo tropical resulta atractivo. Al fin y al cabo, los millones de venezolanos que han votado por él varias veces se parecen a los millones de latinoamericanos que aprecian sus pintorescas características.

En cuanto a la reacción norteamericana, es útil que los venezolanos, especialmente los de la oposición, entiendan varios rasgos peculiares del poderío norteamericano. La observación más importante es que los americanos no existen. Salvo cuando se produce una inminente y real amenaza a la seguridad estadounidense, eso a lo que en América Latina suele llamarse "los americanos" es una entelequia metafísica dispersa entre la Casa Blanca, el Congreso, los medios de comunicación, los intereses económicos, los grandes partidos políticos, el mundo académico y, en menor medida, los organismos de seguridad, todos sujetos al imperio de la ley y a una necesidad inexorable de buscar soluciones de consenso, a veces impulsadas por las grandes organizaciones de cabilderos dedicadas a defender causas profesionalmente. Es así, con un poder enmarañado, difuso y repartido como se empezó a diseñar la república norteamericana a fines del siglo XVIII, es así como se toman los acuerdos y se solucionan (o no se solucionan) los conflictos en Estados Unidos, y no hay duda de que a los ciudadanos de este país les ha ido muy bien con esa debilidad voluntariamente procurada.

Ese poder constituido por fuerzas divergentes y a veces contradictorias hace que la capacidad de reacción de Estados Unidos sea muy lenta y, con frecuencia, poco efectiva. El presidente Bush no puede andar por el mundo con una chequera en la mano compitiendo con la pródiga incontinencia revolucionaria de Chávez. Se lo impiden las leyes, las instituciones y las querellas políticas. Hace unos cuantos meses, cuando el entonces presidente boliviano Sánchez de Lozada se reunió con George Bush y le pidió un pequeño préstamo de urgencia para frenar una crisis que podía arrastrar a su gobierno, como luego ocurrió, la negativa de la Casa Blanca fue total e inmediata. Sin embargo, Chávez, aunque le parezca un idiota a la mayor parte de los mandatarios latinoamericanos -como me consta que sucede-, ha podido comprar la complicidad política o la benevolencia de ciertas islas del Caribe, de los gobiernos de Ecuador, Uruguay y Argentina, incluso la del Gobierno español de Zapatero. ¿Cómo lo ha hecho? Lo ha hecho prestando o regalando petróleo, comprando bonos devaluados, ordenando la fabricación de barcos y estableciendo canjes o trueques favorables con los países de los que espera contrapartidas políticas. Ha invertido o dilapidado miles de millones de dólares para fortalecer su red de apoyo político, y es poco lo que Estados Unidos puede hacer para frenarlo o contrarrestar su incómoda influencia.

En todo caso, si las reflexiones hasta aquí vertidas no están muy descaminadas, la conclusión que de ellas se deriva es que los venezolanos solos, o casi solos, tendrán que ingeniárselas poner fin a esta pesadilla, porque nadie, o casi nadie, los va a ayudar de una manera decisiva. El mundo se encogerá de hombros o mirará hacia otro lado mientras el dúo Castro-Chávez se divierte con sus irresponsables aventuras y empobrece hasta la miseria a Venezuela, dado que Cuba hace ya mucho tiempo que es una pocilga sin esperanzas de redención mientras no muera el dictador y comience a cambiar el sistema.

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