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La Ilustración Liberal

Varia

Carl Schmitt o la humanización de la guerra

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Como afirma con rotundidad Raymond Aron, Carl Schmitt ni fue un nazi ni pudo serlo. Hombre de su tiempo, intuyó como pocos el significado de la llegada de Hitler al poder para acabar con la agonía republicana, aunque prefirió otras opciones. Conservador y tradicionalista, detestó el espectáculo lamentable de una decadente República de Weimar desmoronándose entre debilidades humanas y miserables disputas internas. Creyó poder reconducir la locura nacionalsocialista hacia límites tolerables y menos salvajes, convertir una revolución totalitaria en una revolución conservadora. Fracasó: humanista católico, desató las iras del movimiento, y sólo su autoridad en la derecha tradicional le libró de un siniestro destino al situarse, en 1936, en el punto de mira de las Schutzstaffel.

Su nombre figura ya entre los autores malditos. ¿Hay motivos? Sin duda, y en su figura se mezcla lo riguroso con lo legendario, lo verdadero con lo imaginario. Pasa por ser un teórico de la dictadura, de la violencia y de la guerra continua. ¿Es Schmitt, como se asegura hoy día, un monstruo belicista? ¿Concibe la política como la lucha sin fin, como la identificación de un enemigo al que hay que aniquilar? En tiempos de guerra en Sudán, Afganistán, Irak, y quizá en Colombia o Venezuela, quizá convenga ver con más interés en qué piensa Schmitt cuando habla de las figuras del amigo y el enemigo, de la guerra y la paz.

Cuando los hombres se agrupan en amigos y enemigos

El objetivo de Schmitt pasa por mostrar qué es lo específico de lo político, aquello que no puede reducirse a ninguna otra realidad humana. La clave está, naturalmente, en lo de específico; qué caracteriza a la política que no pueda reducirse a ninguna otra esfera de lo social. Si lo específico de lo moral son las nociones de bien y mal, de lo estético las de bello y feo, de lo económico las de útil y dañino, lo específico de lo político es, para Schmitt, la distinción entre amigo y enemigo. "Esta diferenciación ofrece una definición conceptual, entendida en el sentido de un criterio y no como una definición exhaustiva ni como una expresión de contenidos", afirma en El concepto de lo político (Alianza, 2006). Esto ya debiera servir de advertencia intelectual: Schmitt no busca una definición exhaustiva de lo político, pero sí específica. La diferencia entre lo exhaustivo y lo específico, expresamente advertida por Schmitt, apunta a una particular relación, que de ninguna manera se reduce a la grosera definición de la política como el señalamiento de un enemigo.

Schmitt recalca que la distinción es formal: no es que la política se reduzca a enemistad; es que ésta señala la cualidad que es específicamente suya, lo cual es algo bien distinto. Schmitt no habla de la política, sino de lo político. La sociedad se constituye en múltiples campos de la vida humana, que no conllevan actualmente enemistad; pero lo político por excelencia acontece cuando éstos son arrastrados hacia la distinción amigo-enemigo, haciéndola presente en la vida social. La sustancia de esta enemistad varía, y puede tomar su fuerza de los distintos ámbitos en que se desarrolla la vida humana. Cuando éstos alcanzan una determinada intensidad y enfrentamiento, se convierten en algo político; "contraposiciones religiosas, morales y de otro tipo se intensifican hasta alcanzar la categoría de contraposiciones políticas, y con ello pueden producir el decisivo agrupamiento combativo de amigos y enemigos". Lo propiamente político de esa situación, aquello que podemos decir es estrictamente político, es la distinción entre amigo y enemigo. Una vez que una región de la vida social se ha politizado, se afirma el propio modo de ser frente al enemigo. Que se haya llegado a él por motivos económicos, ideológicos o territoriales ya es secundario. La categoría amistad-enemistad empieza a funcionar autónomamente.

Schmitt levanta acta de lo real: ni la competencia económica ni la discusión cultural, intelectual o ideológica son políticas, pero albergan en sí mismas el germen de lo político, la capacidad de agrupar a los hombres en bandos irreconciliables, susceptibles de arrastrarse hacia el enfrentamiento violento. Algunas áreas de lo social, la religión o la ideología son más susceptibles de politizarse; son más profundas en relación con la existencia humana, y hacen además que la enemistad sea más intensa:

"Toda contraposición religiosa, moral, económica, étnica o de cualquier otra índole se convierte en una contraposición política cuando es lo suficientemente fuerte como para agrupar efectivamente a los seres humanos en amigos y enemigos".

Seamos pesimistas: todo lo social es susceptible de convertirse en político, esto es, de caer bajo la distinción amigo-enemigo, que por otro lado es autónoma, y cuando aparece no se deja dominar por ninguna otra. Cuando la rivalidad económica ha dado lugar a la enemistad entre países, ésta domina con su lógica propia, la del enfrentamiento. Entre dos naciones enfrentadas, el motivo original es ya secundario, y la lógica de la defensa y la victoria sepulta incluso el origen del conflicto, afirma Schmitt. Análisis de una gran crudeza, pero ¿quién es capaz de afirmar lo contrario en la era del 11-S, de los suburbios parisinos, de la matanza de Beslán o de la represión en el Tíbet?

Pero este doloroso panorama tiene también su cara: al aceptar la enemistad como algo habitual, se abre la puerta al reconocimiento de distintos grados de intensidad; entre la simple rivalidad económica y la guerra existe un abanico de posibilidades. Y entre la guerra por un territorio y la guerra ideológica o de religión, los grados difieren desde operaciones militares aisladas a la guerra absoluta. Es el grado de enemistad lo que determina la forma de actuar y de luchar de los grupos enfrentados; no es necesario cruzar el umbral de la violencia, ni llegar a su uso absoluto.

Conviene no dejar de tomarse en serio a Schmitt. La distinción amigo-enemigo es real, no es algo alegórico o simbólico, sino que tiene un componente existencial concreto. La guerra es el horizonte de toda relación social, que se efectúa a su sombra. Ello implica introducir el conflicto, su posibilidad o amenaza, en la misma esencia de las relaciones entre los hombres. Si la introducción teórica de la enemistad y la violencia en la sociedad hace más posible la guerra, entonces sin duda Schmitt es culpable del delito; si al establecer como algo habitual la violencia se la favorece, poca defensa quedará para Schmitt. Pero aquí me interesa seguir la otra consecuencia de esta distinción.

¿Paz mundial? Una nueva enemistad

La distinción amigo-enemigo afecta a las relaciones tanto en la comunidad política como en la política exterior. En el primer caso, la intensidad máxima se da en la guerra civil; en el segundo, en la guerra entre naciones. Además, en relación con esto último, se deriva algo que hoy escandaliza aún más que en tiempos de Schmitt: si lo político reside en la distinción amigo-enemigo, la unidad de la Humanidad queda radicalmente excluida y se convierte en una locura salvaje o en una farsa sangrienta. Pero dejemos hablar al propio Schmitt: en la historia, previsiblemente, "existirán sobre la tierra siempre varios Estados y no puede existir un 'Estado' mundial abarcando a toda la tierra y a toda la humanidad. El mundo político es un pluriverso y no un universo" (El concepto de lo político). Schmitt no se hace ilusiones: reconoce la existencia de una pluralidad de centros de poder y de fuerza, de enemigos en potencia, de actores bélicos y estratégicos. No existe un soberano mundial que abarque el orbe entero. En esto Schmitt no es original: se inserta en una tradición que nos conduce hasta Tucídides.

Al margen de las ilusiones onusinas, la política exterior sigue siendo, hoy como en tiempos de Schmitt, un "estado de naturaleza", y no parece previsible que vaya a dejar de serlo en el futuro. "Estado de naturaleza" que escandaliza a idealistas y pacifistas, que ven en la constatación schmittiana algo demoníaco: ¿acaso la Sociedad de Naciones, las Naciones Unidas, la "comunidad internacional", no enseñan la existencia de una política de la Humanidad?; ¿no busca precisamente la Carta de la ONU eliminar la guerra y la enemistad entre los humanos?

¿Puede desaparecer la guerra? De ningún modo. Como afirma Schmitt en El concepto de lo político, "la declaración solemne de 'condena de la guerra' no cancela la distinción amigo-enemigo, sino que le proporciona un nuevo contenido y una nueva vida a través de nuevas posibilidades de la declaración universal de alguien como hostil". Conviene no engañarse: bajo la bendición de la comunidad o la legalidad internacional, la guerra será en el siglo XXI tan real como en el XIX. Pero adquirirá nuevas características.

Schmitt da un paso más, y nosotros con él. hoy la guerra no sólo no ha desaparecido, sino que se ha vuelto total en nombre de la paz, la justicia y la civilización. "Conocemos incluso la ley secreta de ese vocabulario, y sabemos que hoy en día la guerra más aterradora sólo se realiza en nombre de la paz, la opresión más terrible sólo en nombre de la libertad, y la inhumanidad más atroz sólo en nombre de la humanidad".Las guerras de hoy no hacen más que dar la razón a Schmitt: en nombre de la libertad o de la comunidad internacional, siguen señalando un enemigo, con el agravante de que lo sitúan fuera de la misma humanidad, lo hacen inhumano, inmoral, criminal. Ante él no hay estrategia no permitida ni castigo no justificado.

El pacifismo, afirma Schmitt, puede ser tan intenso –es decir, tan político– que llegue a agrupar a los hombres en amigos y enemigos, esto es, en partidarios y detractores de la paz. En este caso, afirma Schmitt, la voluntad de paz alcanzaría tal intensidad que no temería recurrir a la propia guerra. Entonces se pondría en juego no sólo el bien supremo, sino el bien supremo para toda la Humanidad. Y como sabemos bien, no hay sacrificio que no esté justificado en su nombre.

"Estas guerras son de modo necesario guerras particularmente intensas e inhumanas, ya que van más allá de lo político y degradan al enemigo por medio de categorías morales, convirtiéndose así en un monstruo inhumano ante el que sólo no sólo hay que resistir, sino al que hay que aniquilar definitivamente; es decir, el enemigo ya no es aquel que hay que mantener dentro de las propias fronteras".

La obsesiva neutralización de la idea de enemigo conduce inequívocamente a la criminalización del otro. "Sólo la negación de la enemistad verdadera abre paso a la enemistad absoluta", afirma en su Teoría del partisano (Instituto de Estudios Políticos, 1966). Y con toda la razón: si no se reconoce al enemigo no se reconoce la necesidad de desarrollar una medida para relacionarse con él, y por tanto para reducir la guerra a unos límites tolerables.

Schmitt señala así la paradoja del pacifismo convertido en política: no sólo no se trata de una doctrina pacífica, sino que puede implicar un grado de enemistad que podemos denominar absoluto. El pacifismo puede desembocar en un belicismo exacerbado, el de la enemistad absoluta hacia quien se considera enemigo de la paz y de la especie humana. Por otra parte –o al mismo tiempo–, el pacifista tampoco elimina la guerra por el hecho de no desearla y actuar con pasividad. Lo que suena a aviso para navegantes en la era de la retirada de Irak, la Alianza de Civilizaciones o el "ansia infinita de paz".

"Si una parte del pueblo declara ya que no conoce enemigos, lo que está haciendo en realidad es ponerse del lado de los enemigos y ayudarles, pero desde luego, con ello no se cancela la distinción amigo-enemigo" (El concepto de lo político).

Tan pronto como se considera este punto de vista, las cosas cambian, y el Schmitt profeta de la guerra absoluta es más bien el testigo que pone de manifiesto el problema del pacifismo político. Al tiempo, nos advierte contra el pacifista inane, capaz de mirar hacia otro lado cuando se le ha declarado la guerra y que, con su rechazo de lo real, no hace sino ponerse al servicio del enemigo. "Lo político no desaparecerá de este mundo debido a que un pueblo ya no tiene la fortaleza o la voluntad de mantenerse dentro del ámbito político. Lo que desaparecerá será tan sólo un pueblo débil", escribe Schmitt en El concepto de lo político; una frase que parece destinada a los españoles de hoy. Para él, tanto el belicismo como el pacifismo absolutos niegan la existencia de un enemigo verdadero, y por tanto de un enemigo humano.

El optimismo del pesimismo

Schmitt no ve en la guerra una necesidad, sino una posibilidad; una posibilidad, eso sí, entendida como situación límite de la política, real, pero a la que no se llega necesariamente en todo tiempo y lugar. La guerra es la negación de la política; ésta se encuentra, dice Schmitt, a la sombra de aquélla. La intensificación de la distinción amigo-enemigo ocurre sólo en casos excepcionales, sólo a veces lo social asciende a los extremos de agrupar a los hombres en dos grupos irreconciliables prestos al uso de la violencia. Pero como posibilidad, su influjo e influencia tiende a recorrer todo lo social:

"La contraposición política es la más intensa y extrema de todas, y cualquier otra contraposición concreta se volverá tanto más política mientras más se aproxime al punto extremo de constituir una agrupación del tipo amigo-enemigo".

Llegamos así al punto culminante: para Schmitt, el enemigo político es solamente el enemigo público. Es decir, la enemistad queda reducida al aspecto público y político. Retoma una distinción clásica que, en la era de las armas termonucleares, la liberación de los pueblos y los derechos universales, parece quedar borrada: la distinción entre inimicus y hostis. Para Schmitt, el inimicus –enemigo privado– implica odio, voluntad de aniquilación personal, lo que, recuerda, jamás está justificado. El hostis, a diferencia del inimicus, implica enemistad pública; afecta a la comunidad, y presupone que la lucha contra él lo es en cuanto público y no privado.

Schmitt, pues, no sólo no entiende la vida política como el reino de la enemistad y la violencia, sino que al reconocerla le otorga la única posibilidad posible de señalarla, fijarla, ubicarla. Este reconocimiento va asociado al reconocimiento de su límite; la enemistad se reduce a la materia que la ha originado, y por tanto puede ser conocida, consensuada e incluso contenida. Proporciona un sentido a la violencia, y por tanto una medida común a los contendientes.

La teoría de Schmitt sobre la enemistad no sólo no implica una apología de la violencia, sino que conduce precisamente a su limitación. El enemigo es, para Schmitt, el "enemigo verdadero", aquél contra el que se puede emprender una guerra. Este enemigo verdadero no es el enemigo absoluto ni el enemigo privado, sino el enemigo político.

Hoy, en un tiempo en que la metáfora parece tragarse su significado, conviene recalcar con Schmitt que ni cualquier cosa es enemistad ni cualquier cosa debe ser reconocida como guerra. Ésta es algo muy serio, y por tanto muy concreto. "La guerra es una lucha armada entre unidades políticas organizadas; la guerra civil es una guerra armada dentro de una unidad organizada". La guerra incluye la posibilidad de muerte física; esta posibilidad lo que la diferencia de la competencia económica o la discusión intelectual. Y es lo que, por supuesto, le proporciona gravedad y trascendencia.

El fin de la guerra y la vuelta a la paz

No debe banalizarse la tragedia de la guerra, y Schmitt no lo hace. Ni en sus consecuencias ni en su influencia. En mi opinión, Schmitt realiza una expresa negación del belicismo. La guerra no es "el contenido de lo político, sino que es el presupuesto siempre dado como posibilidad real, que determina el actuar y pensar humanos de modo propio y que origina de ese modo una conducta específicamente política". Al distinguir entre lo formal (la distinción amigo-enemigo) y la sustancia de la que surge (económica, ideológica, religiosa), niega expresamente el carácter permanente de la guerra, precisamente, afirmando su carácter temporal.

¿Dónde queda entonces el doctrinario de la política convertida en guerra, de la enemistad absoluta? Me permitirá el lector citar este pasaje de El concepto de lo político:

"No existe ningún fin racional, ni norma tan elevada, ni programa tan ejemplar, ni siquiera un ideal social tan hermoso, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre sí. La destrucción física de la vida humana no tiene justificación posible, a no ser que se produzca en el estricto plano del ser, como afirmación de la propia forma de existencia contra una negación igualmente existencial de esta forma. Una guerra no puede justificarse tampoco por argumentos éticos y normas jurídicas. Cuando hay enemigos verdaderos en el sentido auténtico al que se está haciendo referencia aquí, tiene sentido, pero sólo políticamente, defenderse de ellos físicamente, y si hace falta, combatir con ellos".

El párrafo es lo suficientemente clarificador: ni los ideales, ni la legalidad ni la legitimidad moral justifican el desencadenamiento de la guerra. Lo cual puede no justificar la expansión de la democracia a golpe de tomahawk y cuerpo de marines, pero tampoco la farsa de la legalidad, la legitimidad y la moralidad internacionales. La ascensión a los extremos de la distinción amigo-enemigo, el uso de la fuerza, está justificada para Schmitt en la medida en que la existencia del otro es percibida como una amenaza para la existencia propia. Amenaza antes económica, ideológica o territorial, y que ahora es política.

Observamos el alcance de la teoría schmittiana en este punto: si la amenaza existencial pone en marcha el mecanismo de la guerra, su desaparición lleva consigo la desaparición de esta última. Encontramos aquí otra de las particulares aportaciones schmittianas: la enemistad verdadera incluye el reconocimiento del otro en cuanto representante de la comunidad política, y su carácter de enemigo se reduce precisamente a esa representación: "El enemigo no es algo que, por alguna razón, debe ser eliminado y que, por su disvalor, debe ser aniquilado. El enemigo está situado sobre mi propio plano. Es por esta razón que debo enfrentarme a él y combatirlo a fin de obtener mi propia medida, mis propios límites, mi propia forma", afirma en Teoría del partisano. Por tanto, entre ambos puede establecerse una medida común que tanto el pacifista como el belicista son incapaces de encontrar.

Paradójicamente, es sobre la noción de enemistad sobre la que es posible establecer unas pautas comunes; sin ella, éstas dejan de tener sentido. Y el siglo XX es el de la desaparición de todo ello. La humanidad europea había conseguido algo muy raro: renunciar a la criminalización del oponente bélico, vale decir, relativizar la enemistad, negar la enemistad absoluta. Es realmente algo muy raro –de hecho hasta improbablemente humano– llevar a los seres humanos al punto de hacer que renuncien a discriminar y difamar a sus enemigos.

Ése es el lugar en que parece residir la paz. Ésta se busca a partir de las delimitaciones de la guerra, aquéllas que surgen desde una medida de la distinción amigo-enemigo. Aquí reside el secreto del clásico ius in bello, que salta por los aires cuando lo hace el reconocimiento del enemigo: al no ser reconocido, difícilmente se le reconocerá el derecho que de su figura emana, y con él las limitaciones para la táctica o la estrategia. Diríase que la aceptación del hecho de la guerra es un mal menor que permite, al menos, limitarla, puesto que, al introducirla, la hace familiar. La supuesta aberración de introducir la guerra en el ámbito de lo cotidiano, lo natural o lo corriente conlleva en realidad la posibilidad de dominarla y controlarla. En otros términos: expulsar la guerra de la normalidad política y cultural presupone que cuando estalle –porque estallará– ninguna categoría intelectual o práctica estará en disposición de pensarla, conocerla, dominarla y racionalizarla. La guerra, expulsada de la razón y del sentimiento humano, está llamada a ascender a los extremos de la destrucción total, a no reconocer límites en el comportamiento y en el ejercicio de la violencia.

Más allá de ese reconocimiento mutuo que establece una medida común entre contendientes, la vuelta a la paz implica una distinción fundamental entre Schmitt y otros teóricos. A diferencia de lo que pensaba Clausewitz, para Schmitt la guerra es un auténtico estado de excepción, donde la legalidad del Estado queda en suspenso. Pero precisamente por esto aparece nítida la distinción entre guerra y paz: "El sentido de toda guerra que no sea absurda descansa en la paz, con la cual la guerra llega a su fin. Lo esencial de la paz no consiste sólo en que los cañones dejen de disparar, los aviones de lanzar bombas (…), no depende de un tratado de paz cualquiera, sino de la fundación de un nuevo orden, el cual encuentra su hora en el desarrollo histórico actual", escribirá en 1940.

En este punto, la reflexión sobre la guerra de Schmitt se vuelve hacia lo interno, lo constitucional, lo constituyente. Porque no se puede obviar –y en esto, de nuevo, Schmitt parece tener parte de razón– que todo orden político ha tenido por origen la violencia, una enemistad, un perdedor y un vencedor: "Todos deseamos la paz, pero la cuestión, por desgracia, es la de quién decide lo que sea paz, quién lo que sea orden y seguridad, quién lo que se haya de considerar como situación soportable o no soportable", afirma en Völkerrechtliche Formen des modernen Imperialismus (El imperialismo moderno en el Derecho Internacional público, 1932).

El vencedor inaugura un nuevo orden, establece la paz. Ésta emana de quien ha salido victorioso de la contienda. Esta realidad señalada por Schmitt resulta tan repulsiva como para muchos supone su reconocimiento. ¿Resulta más execrable el reconocimiento de que la justicia o la injusticia emanan del resultado de la guerra que su ocultación bajo conceptos de justicia internacional? Nacionalista alemán, Schmitt parece sentir repugnancia hacia la política del equilibrio de poder disfrazada de buenas palabras en Versalles o en la Carta de Naciones Unidas. Posición escandalosa, pero ¿quién puede, a la vista de la historia del Consejo de Seguridad, de las andanzas de la Asamblea General o del resto de organizaciones internacionales desde 1945, reprocharle ese desprecio? ¿Con qué derecho el espectador del siglo XXI puede, sin ruborizarse, defender una legalidad, legitimidad y moralidad internacionales que no existen ni siquiera sobre el papel?

Que el vencedor escribe no sólo la historia, sino qué es lo justo o lo injusto, parece hoy, en la era del Kosovo independiente por la gracia europea, una evidencia. Hoy, Europa y Estados Unidos crean y deshacen Estados a voluntad. La paz la escribe el vencedor, el poderoso, el más fuerte. El número de divisiones, de escuadrones aéreos o de armas termonucleares crea la ley, crea la norma, crea la justicia. Y crea un enemigo absoluto o un enemigo verdadero al que combatir o castigar. Conclusión formal, que nada dice de la inmoralidad o moralidad del orden que construye, de su humanidad o inhumanidad, pero que abre la puerta de los demonios más oscuros del ser humano, no por temidos menos reales.

Pensando en estos términos, Schmitt ocupa ya un lugar en el panteón de los autores malditos de la historia. Comparte destino con pensadores como Pareto, Maquiavelo o Clausewitz, cuyas reflexiones han ido más allá del interés de los filósofos y han pasado al mundo de los periódicos, los políticos, los intelectuales. Como ocurre con sus compañeros de destino, hay mucho de cierto en los miedos y recelos que provoca; como en todos ellos, hay demasiado de leyenda, de mitología, de desconocimiento.

En relación con la guerra y la paz, la dureza de la posición schmittiana, su realismo descarnado, nos sitúa de bruces ante algo tan real hoy como ayer. Sólo reconociendo que la guerra pertenece por derecho propio a la vida social del hombre es posible limitarla, racionalizarla, humanizarla. Por el contrario, los intentos constantes de los últimos siglos por eliminar la enemistad de la cotidianeidad humana han desembocado en un nuevo tipo de enemistad: aquélla que declara al otro enemigo de la humanidad y lo deshumaniza, criminaliza y hace objeto de los mayores castigos y penurias. Sólo por eso, la actualidad de Schmitt en la era del terrorismo islámico, del ansia infinita de paz y de la legalidad internacional está más que justificada.

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