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Cuba

Discurrir, decursar y discursar de una sensibilidad homosexual en Cuba: algunos hitos y momentos cruciales

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Conferencia pronunciada el 10 de enero de 2008 en la Casa de América de Madrid, en el marco de las jornadas Cuba: Revolución y Homosexualidad, organizadas por la federación de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales Colegas.

Permítaseme, en primer término, dar las gracias al señor Antonio Golmar, principal orquestador de estas jornadas que rompen lanzas a favor de los homosexuales cubanos, y de los cubanos en general, por invitarme a participar en ellas, que aun con los mejores auspicios han conseguido sobrepasar, por su brillantez, todas las expectativas; al colectivo Colegas, y en particular a Rafael Salazar, por su buen norte y solidaridad sin reservas ni mezquindades con los homosexuales cubanos; al canal Odisea, por tomar el partido de los náufragos en un piélago sin Ítaca; a la Comunidad de Madrid, en particular a su Consejería de Inmigración y Cooperación, y a la Casa de América, por avistarnos desde su cofa y ofrecernos dónde pasar un par de noches a cubierto. Igualmente, quiero dar las gracias a los aquí presentes, sin cuyo concurso de nada hubiera servido el trabajo ingente y la dedicación de tantas personas, a las que también, y a título personal, quiero agradecer sus esfuerzos y contribución al buen éxito de esta cita. Gracias a todos.

Se me ha pedido, poco más o menos, que exponga algunas ideas acerca del tema central de estas jornadas, a manera de compendio o síntesis de lo expuesto en ellas. Tal empeño, ya de por sí exigente, si bien justo y el más apto ejercicio de memoria, debía al propio tiempo hacerse a partir del recuento de mis propias experiencias como homosexual cubano y como escritor, es decir, como persona íntegra. Aunque soy, por vocación, una persona reservada, más que modesta –si bien tengo una conciencia clara de mis limitaciones–, no presumo de saber. Algo he vivido, y acumulado casi por defecto una que otra experiencia. Mi mundo es la literatura, que a mi modo de ver nos sirve para hacer la vida más grata, más justa, más plena, a veces vaciando los moldes en que se la encierra, desmontándolos o rompiéndolos, reinventándolos siempre. La literatura como expresión de cualquier ideología me parece una aberración de todos estos principios para mí sagrados e irrenunciables.

Éste, en síntesis, soy yo, o al menos quien creo ser, si se me pide bosquejar mi autorretrato. Adelanto no estar ciento por ciento seguro de conseguir aquí ese resumen que se me pide, especialmente porque los temas y las exposiciones precedentes, de por sí brillantes y certeros, son reacios al encapsulamiento, y, dada la propia riqueza temática y conceptual con que han sido presentados, difícilmente cabría en una síntesis. Intentaré, pues, un repaso de asuntos y problemas en torno al tema principal, y lo haré, tal y según se me ha pedido, a partir de mi experiencia –que es también la literatura– y de la meditación personal acerca de la misma. Más que un resumen, o un pase de balance, se tratará de una evocación, con todo lo que de emotivo pueda en ocasiones encerrar este ejercicio.

Lorca y su "problema"

Quisiera comenzar esta evocación de mi experiencia vital más temprana, inseparable de la otra: mi vocación literaria, con una anécdota que arroje algo de luz sobre ambas y sirva para dar una idea de sus concomitancias y cercanía de propósitos. El trasfondo de los hechos corresponde a la adolescencia, al noveno grado, y más precisamente a la clase de literatura que, un poco pretenciosamente, se llamaba "Literatura Universal", aunque el universo en ella apareciera bastante recortado. El protagonista pudo ser un poeta español asesinado por los falangistas, a quienes el profesor, de cuyo nombre no haría falta acordarse aquí, llamaba "fascistas" o "franquistas", indistintamente. Ese poeta se llamaba Federico García Lorca. Digo que el protagonista podía haber sido el poeta, su vida y, sobre todo, su obra, tratándose como se trataba de una clase de literatura, porque en verdad éste acabó siendo una referencia dentro de su propia épica. El profesor, consumado revolucionario, con el evidente sarcasmo de su pedagogía observó que, "a pesar de ser un poeta de innegable talento, el problema de Lorca consistía en ser un homosexual". No dijo siquiera "homosexual", sino "un homosexual"; y después pasó a informarnos de que, al ser arrestado por "los fascistas", cuando se dio cuenta de que iba a ser asesinado el poeta no había hecho otra cosa que echarse a llorar y suplicar que no lo mataran. El lenguaje corporal con que el profesor acompañaba sus palabras y la expresión de su rostro subrayaban aquello que las palabras mismas no comunicaban. La clase estaba en suspenso, y con suma discreción miré a mi alrededor intentando adivinar lo que estaban pensando mis compañeros. En ese momento me sentí una isla insignificante azotada por la furia de un vendaval inesperado.

A esta luz arrojada sobre la obra del poeta granadino intentó el profesor comentarnos el significado "revolucionario" del poema de Antoñito el Camborio, "hijo y nieto de gitanos, que iban por el monte solos", y se indignó cuando uno de los chicos tomó al protagonista por alter ego del poeta, ante las risotadas de la clase. La triste suerte de los gitanos parecía conmover genuinamente al profesor de literatura, no así la de los homosexuales, y la atribución de mariconería al Camborio debió de exceder su capacidad de tolerancia. (A propósito, el Lorca de la "Oda a Walt Witman" no se muestra más comprensivo con las locas, a quienes maltrata desconsideradamente; pero ése es tema de otro momento). Acabada la clase, los estudiantes se dividieron entre quienes consideraban que todos los escritores no pasaban de ser una partida de maricones, lo cual hacía incomprensible que se perdiera el tiempo estudiando poemas y toda esa mierda, y aquellos que verdaderamente se mostraban conmocionados por el destino del poeta, a los que no parecía risible que se hubiera echado a llorar ante la certeza de su inminente asesinato. Algunos, entre los que me encontraba, nos escabullimos sin comentarios entre los indiferentes.

No es la única anécdota en torno a Lorca y la enseñanza de su literatura durante mis días cubanos que podría contarles, pero ello significaría desviarnos demasiado de nuestro asunto. Me gustaría destacar, eso sí, que esto ocurría en los años 70, mucho tiempo después de que los campos de internamiento concebidos en los comienzos de la llamada "Revolución Cubana" para la reeducación de homosexuales y malcontentos de toda clase hubieran sido oficialmente desmantelados, y de que el propio Castro hubiera "condenado" de cara a la galería los "excesos allí cometidos", como meros errores en la implementación de un método incuestionable.

Inclinaciones

Desde los siete o los ocho años, creo recordar, sentí algo de eso que luego se llamó vocación por escribir o "inclinaciones literarias". Las otras inclinaciones, puedo precisar que comenzaron algo antes. Me gustaba contemplar ciertos dibujos enmarcados que colgaban de las paredes en la casa de mi abuela paterna. Se trataba de unos desnudos, ante los cuales me embelesaba, que me servían, luego, para dotar de forma a ciertos personajes de los cuentos que me contaban mi abuela o mi padre, y con los cuales, en rigor, esos dibujos nada tenían que ver. Yo mismo me inventaba otros cuentos con los recortes de todo aquello y la ayuda de las figuras desnudas, y con la mayor de las inocencias conformaba un mundo onírico-erótico que al pasar del tiempo resultó, a la vez que la causa principal de muchísimos contratiempos, el ancla de salvación –para expresarlo con un lugar común– al que me aferré instintivamente para no ser arrastrado a una deriva en la que tantos otros perecieron y aún hoy continúan zozobrando, sin tabla de salvación a su alcance.

No conservo memorias, como aseguran poseer muchas personas, antes de los seis años. Debo de haberlas suprimido, no diré de un plumazo para evitar malos entendidos. Pero desde que tengo memoria fui siempre un lector ávido. Me asomaba a la maravilla de un mundo único mediante los libros y las ilustraciones que a veces los acompañaban, pero igualmente pedía que me contaran toda clase de relatos. En la medida en que crecía mi apetencia de lecturas y, ya en la adolescencia, se limitaban estas opciones (no confundir las tiradas masivas de libros que se hacían con la verdadera posibilidad de leer), a mí me dio por escribir, frase muy socorrida para explicar esta disposición en un muchacho imberbe y sin experiencia. ¿De qué se escribe, cuando aún no se ha vivido bastante? Escribí entonces poemas –algunos haikus sin duda originalísimos, sobre todo porque yo mismo desconocía que lo fueran–, cuentos, y sobre todo intenté llevar un diario o recuento conformado por anotaciones, frases originales o tomadas de un libro y citas sacadas de contexto. La biblioteca personal de mi abuela, rica en extremo, compensaba las carencias en medio del cúmulo de títulos disponibles en las librerías y bibliotecas del país. Damián, de Hermann Hesse, y Confusión de sentimientos, de Stefan Zweig, son algunas de esas lecturas paradigmáticas de la adolescencia en torno a conflictos propios relacionados con mi sexualidad y complejo emocional.

Respecto al hábito de llevar un diario, que muy pronto abandoné, referiré dos anécdotas, de algún modo entrelazadas, que tienen como trasfondo el plan llamado "La Escuela al Campo", también en la época de mi adolescencia. Una vez durante el año escolar, estábamos obligados a suspender las actividades lectivas para trasladarnos al campo, lejos de la casa y de la familia, y realizar allí labores agrícolas. Esto sucedía mucho antes de que el Estado cubano decidiera mudar de una vez todos los centros de enseñanza secundaria y preuniversitaria a las llamadas "escuelas en el campo", en las que un estudiante rinde media jornada en tareas agrícolas ineludibles, por las que no recibe remuneración alguna, como parte de su "formación". A esto se llama en los foros internacionales una educación gratuita y una formación completa. (De lo que aquello fue en verdad, habría material para muchas exposiciones). En el curso de una de esas sesiones de cuarenta y cinco días de "escuela de cara al campo", que resultaron una especie de ensayo general del plan educativo ulterior, una noche de luna llena –puedo recordar– furtivamente tuvo lugar mi primera experiencia sexual que pudiera llamar tal, de la que de inmediato di cuenta en mi diario con gran trepidación. Alguien que debía de espiar mi conducta se apoderó de él, y a partir de las consecuencias que para mí trajo este episodio nunca más he vuelto a llevar nada semejante a un diario.

Por la misma causa le fue peor a un profesor que enseñaba química, cuyo diario fue a parar a manos del director de la escuela. Frente a una asamblea de estudiantes y profesores convocada sin que se dijera por qué, fue acusado el culpable y expulsado deshonrosamente. El director comenzó, como hubiera hecho el propio Fidel Castro, por caldear el ambiente hablándonos a todos los reunidos de "rezagos del pasado", de "taras imperdonables e incompatibles con la idea de un verdadero revolucionario, de las que hablara Fidel",de "inmoralidades que no podían tolerarse, sobre todo en un educador", y de "todas las disposiciones en su contra previstas por las leyes revolucionarias". Luego comenzó a dar a su discurso un carácter más personal. Le vimos señalar con un dedo indignadísimo, clamoroso, obsceno, la figura de su víctima, y entonces echarle en cara su condición de sodomita, pederasta e invertido, acusación avalada por el diario que exhibía como prueba suprema. Seguramente para que todos acabaran enterándose de qué iba el asunto, empleó por último la palabra "homosexual", que debía de parecerle particularmente pegajosa.

Algunos profesores comenzaron a gritar insultos, en tanto otros se abstenían, avergonzados y dignos. Los estudiantes también se mostraban divididos. Sin saber qué hacerse o qué decir, el acusado había ido pasando del desconcierto al rubor y al llanto, y al cabo, convencido de que aquello no podía terminar sino con su expulsión, se puso de pie y echó a correr frente a la enardecida turba. Ese espacio que lo separaba de la puerta de salida de aquel local donde transcurrían los hechos debió de antojársele una enorme distancia. Muchos años después, cuando, a mi salida de Cuba durante los hechos del Mariel, sufrí una experiencia similar, experimenté una verdadera sensación de eso que en francés se llama déjà vu, por la que me di cuenta de haber vivido ya antes, por interposición, la experiencia que estaba teniendo lugar. ¡Nunca más volvimos a tener noticias del profesor!

Electroshocks

Me saltaré aquí unas cuantas experiencias de esta índole, para no redundar en lo mismo, y les referiré algo sucedido posteriormente, acaso decisivo en mi experiencia y en mi escritura. Antes, sin embargo, es precisa una salvedad. Si alguno entre los presentes imagina en mí algo remotamente parecido a un héroe, debe de inmediato desistir. De nada parecido se trató, y no quiero a estas alturas de mi vida venir a encarnar la persona equivocada. ¡Mucho de picaresca, y mucho de esquizofrenia, y sólo eso! Mucho de simulación, de aparentar, y sobre todo de aparentar no ser lo que era.

Hasta cierto punto, el éxito que alcancé en este rubro fue causante de mi otra desgracia, es decir, de ser tenido por elegible para el ejército. Muchos jóvenes heterosexuales, llegado el momento, fingían una homosexualidad pasiva, amanerada, con tal de evitar la conscripción de tres largos años, en los que un individuo era rebajado de la condición de siervo permanente a la de esclavo, con una ganancia neta para el Estado opresor. En mi caso, cuando hube llegado a esa edad en que, ya para terminar la enseñanza superior, comienzan los llamados al servicio militar obligatorio, y cuando al fin me enrolaron como parte de un "llamado especial", el noveno, que debía incorporar al ejército –según se declaraba– a jóvenes con más alto nivel académico del acostumbrado, y después de sufrir la experiencia de un primer entrenamiento riguroso de cincuenta días, más un año de servicio regular, el acoso, no sexual, sino por causa de mi sexualidad, de que me hizo víctima un primer teniente que era al propio tiempo el jefe de mi unidad terminó por llevarme a la consulta del psiquiatra. (No se trataba de mi primera experiencia de este orden).

Convencido plenamente de que el alienista tenía razón, y de que en mente tenía mi bienestar; convencido, además, de que la homosexualidad era, tal y como la definían los textos de toda índole, mis padres y profesores, y hasta el cura, y conforme a la política oficial, una patología cuyo tratamiento era posible y deseable, me sometí, del todo conforme, a un tratamiento o terapia de electroshocks. Si estaba en mis manos –razonaba– optar por una conducta y una inclinación sexuales que me pusieran en sintonía con la norma, es decir, con "la normalidad", ¿por qué abrazar el constante acoso, el rechazo, la burla, la franca discriminación y tantos otros avatares? Era evidente que el travestismo de la normalidad, que en primer término había dado con mis huesos en el ejército, no bastaba a protegerme ni resultaba lo bastante encubridor o a prueba de balas. Tras su chaleco maltrecho había visto el teniente de marras quién yo era. No sé si su homofobia y su radar para detectar homosexuales provenían de su propia inclinación, cosa que a veces sucede, o simplemente de su entrenamiento en la escuela revolucionaria de la detección de lo que ya en los años 60 se llamó "la enfermedad" y "la desviación", si bien estos conceptos no se limitaban en su aplicación a los homosexuales, sino a toda persona de conducta "dudosa" o "desviada".

De estos electroshocks que habrían de curarme de mi homosexualidad y hacer de mí no sólo un hombre nuevo castro-guevarista, sino, simple y llanamente, "un hombre-macho, varón, masculino", sin tendencias equívocas, sufrí nueve, pese a que a partir del primero le expresé al médico mi deseo de suspenderlos. Tal vez el procedimiento mismo para su administración fuera demasiado primitivo, o luego me entrara la duda de si la normalidad que buscaba merecía sacrificarle mi alma. El médico, un primer teniente, muy en su papel y en su convicción profesional y revolucionaria, se atuvo a una decisión que le correspondía, pues yo era, en tanto que recluta, "propiedad del Estado". En mi primer libro de relatos, publicado años más tarde, cuando me encontraba ya en el exilio, he dado cuenta en parte de esta experiencia en un par de narraciones. Traté de imprimirles un carácter impersonal porque el recuerdo vivo de estas experiencias y, sobre todo, la justificante con que contó el episodio todo resultaban harto dolorosas, por incomprensibles e insensatas. En las estadísticas del régimen, hechos como éste se sitúan, si acaso, en la categoría de "errores propios de un proceso revolucionario limpio y puro en sus propósitos".

En el discurso de la sexualidad revolucionaria cubana, el poder se arroga desde los comienzos la potestad de catalogar roles, definir actitudes y aptitudes (respecto a las cuales incluso llega a legislar), y asimismo se concede un amplio radio de acción que llega hasta nuestros días, permite fenómenos como la emergencia de un centro para el estudio de la sexualidad, o algo semejante, dirigido por Mariela Castro –hija de su padre, y de su madre–, y explica el que, confrontado Fidel Castro por un periodista con la existencia inocultable en la Isla de una prostitución rampante que incluye a niños y a niñas, saliera aquél con eso de: "Al menos Cuba cuenta con las prostitutas más educadas y cultas del mundo".

La simulación, el miedo

Del ejército fui finalmente desmovilizado al cabo de varios meses de un tratamiento que no rindió sus frutos. Dejado por incorregible, quedé en manos del Ministerio del Trabajo, organismo encargado entonces de asignar un empleo u ocupación a los que como yo estábamos en edad laboral; empleo que nadie estaba autorizado a rechazar sin consecuencias. Todos los varones en edad laboral se hallaban a disposición del dicho ministerio, so pena de ir a la cárcel, convictos del delito de vagancia, según contemplaba la ley correspondiente.

Portador de una cifra o clave que indicaba qué tipo de ocupaciones no podrían encomendárseme, pues estaba marcado de por vida, acudí, pues, a las oficinas del ministerio. La comisión médica militar dictaminaba mi incapacitación por motivos equis. Ya en esta época, reconocidos escritores como Virgilio Piñera o Lezama Lima vivían en una marginación absoluta a causa de su homosexualidad y posición contestataria. Las tesis aprobadas por el Congreso de Educación y Cultura del año 71, que planteaban aquello de que los homosexuales no podrían ni deberían ostentar la representación de la cultura cubana (o ejercer de educadores) en ninguna instancia nacional o internacional, ya habían sido implementadas. Al quedar desmovilizado yo no era ningún escritor conocido, y todo parecía indicar que "guardaba las formas", "sabía comportarme", "tenía un nivel escolar alto". Era, por tanto, de utilidad –con las debidas reservas–, y me encontré además con que la persona a cargo o responsable de la oficina que debía entrevistarme, aunque casado y militante del Partido –del otro–, era también entendido, y como tal entendió exactamente cuál era mi situación, y se amañó para conseguirme algo que hacer provisionalmente; hasta que, un poco más adelante, logró, en efecto, pasarme a un puesto en el Ministerio de Educación que no contemplaba el trabajo con niños ni adolescentes y para el cual no se encontraba otro candidato con las calificaciones exigidas. A partir de este momento, aunque enfrentado a infinidad de obstáculos, pude rehacer mi vida, e ingresar más tarde en la universidad para hacer la carrera de docente, mientras trabajaba con adultos, incluidos los altos dirigentes del Partido en Camagüey, a quienes la universidad organizó un currículo especial, para impartir el cual fui elegido y designado.

La simulación, el miedo a ser expuesto en cualquier momento y una sensación real de discriminación y marginación en el trabajo, así como en el seno de las instituciones a las que obligadamente pertenecía: el sindicato, los colectivos de trabajo, etc., pautaban mi vida, y no me abandonaban nunca. Vivir era entonces algo así como un ejercicio en futilidad, posible sólo mediante el empleo de recursos de imaginación que nos permitían, más que vivir, seguir viviendo, para no rendirnos a las evidencias en contrario. Cientos o miles (no tengo cifras que ofrecer), fueron muchos quienes no encontraron a tiempo una incongrua justificación de vida, o perdieron en el camino el recurso al autoengaño; forman, si acaso, parte de una estadística que nada revela.

En medio de esta normalidad, tenía lugar la anomalía de los encuentros furtivos en la alta noche vigilada de una ciudad de provincia, o en las escapadas de fin de mes a la capital. Siempre con el miedo consiguiente de ser delatados o arrestados incluso por aquellos con quienes teníamos o habíamos tenido sexo, cosa que en efecto llegó a suceder, como era previsible. A partir de ahí, las actas policiales, que se convertían en espadas de Damocles pendientes sobre nuestras cabezas.

Mariel

Tal las cosas, y sin vislumbrar una salida cualquiera, a los 26 años de mi edad tuvo lugar el éxodo del Mariel, merced al cual tuve por primera vez la oportunidad genuina de ser libre, es decir, persona, en un país extraño y como extranjero.

La toma, en 1980, de la embajada del Perú en La Habana por parte de un gentío desesperado, entre los que naturalmente se encontraban muchos homosexuales igualmente desesperados y valientes, y el consiguiente éxodo masivo por el puerto del Mariel representaron, en la retórica del poder revolucionario de esa época, lo que había de ser "el último enfrentamiento entre el pasado, con sus rémoras, y el futuro luminoso y socialista". Esa pieza de fusilería marxistoide, a partir de entonces mil veces remozada, con el concurso entusiasta de las Marielas Castro de turno, y de sus colaboradores españoles y de otras partes, se permite seguir dando lecciones a sus víctimas, condicionando sus objeciones y arrojando sobre ellas más fango retórico. Sin rendirse a las evidencias de su fracaso pedagógico, como parte de la debacle general causada por ellos mismos, los dirigentes de la llamada "Revolución" se aferran hoy a sus prerrogativas e insisten en la consecución de un hombre nuevo castro-guevarista que, según sus cálculos, habrá de garantizar por fatiga, y mediante el adoctrinamiento, un total sometimiento. Cuando un niño cubano comienza en la escuela, está condenado a pertenecer de inmediato a la Unión de Pioneros y a proclamarse seguidor del Che Guevara, asesino y homófobo que en el newspeak orwelliano de la izquierda ha pasado a simbolizar todo lo contrario. "Pioneros por el socialismo. Seremos como el Che", repiten desde temprana edad los niños cubanos.

La Generación del Mariel, a la que pertenezco y en la que me reconozco, fue la primera educada bajo el castrismo en resistirse al ensayo general del hombre nuevo, y en pagar una alta cuota de sufrimiento a causa de su rebeldía o incapacidad para someterse al experimento ortopédico. Aunque nos identifica la palabra Mariel, que define y resume los hechos ocurridos el año 1980, se trata de una generación que abarca igualmente a todos aquellos nacidos a partir de 1959, al margen de su participación en los eventos del año 80. No todos los que, por su edad, experiencia, identificación y otras características, pertenecen a esta generación consiguieron salir de Cuba en 1980. Algunos lo conseguirían dos o tres años después: es el caso, por ejemplo, del poeta y narrador David Lago, aquí presente; otros habrían de esperar incluso más tiempo para lograrlo, o permanecieron en Cuba en situaciones extremas de marginación social, desprovistos de los mínimos recursos para la subsistencia en represalia por la mácula estigmatizante del Mariel.

Como sucedido, el Mariel marca indudablemente un antes y un después en la historia de Cuba y en los anales de la tiranía castrista, ya que propina a escala internacional el primer golpe devastador a la mítica revolucionaria del castrismo. Distorsiones aparte, de la cual la película Scarface de Brian de Palma, admirador contumaz del régimen de Castro, es sólo una muestra muy conocida, a día de hoy puede constatarse con facilidad que esta ola migratoria ha dejado un balance favorable en diferentes esferas de la actividad humana en los Estados Unidos, país donde se concentró. Los llamados marielitos de antaño se han incorporado mayoritariamente a las sociedades a cuyo seno se acogieron. De particular importancia y relieve ha sido el aporte que los artistas plásticos, de quienes esta convocatoria nos permite apreciar una muestra, y los escritores de esta emigración han hecho a la cultura de nuestro tiempo.

Individual y colectivamente, la Generación del Mariel ha ido haciendo su obra. Una nómina obligadamente incompleta daría como resultado una larga relación de poetas, narradores, ensayistas, artistas plásticos, cineastas... De todos ellos, la figura acaso paradigmática –sin dudas la más conocida– y al mismo tiempo equívoca es la de Reinaldo Arenas, a quien se atribuye precisamente el nombre de "Generación del Mariel" para designar a quienes salieron de Cuba en el año 1980. Por su edad (había nacido en 1943), Arenas no podría ser precisamente un marielito, sino que pertenece a la generación literaria de José Mario (1940), Miguel Barnet (1940), Nancy Morejón (1944), Reinaldo García Ramos (1944; también salió por el Mariel), Ana María Simo (1943; que lo hizo antes. Lo de salir), Isel Rivero (1941) y Severo Sarduy (1937), entre otros.

A diferencia de lo que ocurre con la generación precedente, escindida entre los que apoyan y se identifican con los objetivos proclamados por el régimen castrista y los que los rechazan –sirvan de ejemplo Miguel Barnet y Severo Sarduy, colocados en polos ideológicos opuestos–, la Generación del Mariel tuvo desde el comienzo un carácter más cohesionado y coherente en su posición política respecto a la llamada "Revolución", de ahí que frente a ella hayan erigido los mayores obstáculos quienes en el exterior se identificaban e identifican con los intereses encarnados en el castrismo. Desde dentro del régimen, la incesante máquina de fabricar calumnias no cesaba de alimentar la conflagración en que debían quemarse quienes, como individuos, intentábamos rehacer nuestras vidas antes de que, como generación, consiguiéramos dar voz a nuestras experiencias, transformándolas en producto artístico.

El primer intento generacional de este orden, dar testimonio de ser, fue indudablemente la revista Mariel, que bajo la dirección de Reinaldo Arenas y el extraordinario narrador, recientemente fallecido, Carlos Victoria, entre otros, se publicó en Nueva York y Miami durante algún tiempo. Mariel publicó trabajos no sólo de quienes la confeccionaban, sino que –con una clara conciencia de su imbricación en la cultura cubana, y del recorte empobrecedor de la censura castrista a sus voces más altas o discrepantes– se dio al rescate de Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Lino Novás Calvo, Guillermo Cabrera Infante, Matías Montes Huidobro, Severo Sarduy, Eugenio Florit, Ramón Ferreira, Enrique Labrador Ruiz y tantos otros nombres imprescindibles de la cultura cubana que habían sido silenciados por el régimen, con la complicidad de muchos editores españoles e hispanoamericanos y la ignorancia condicionada e inducida por el régimen, con el auxilio de sus instituciones oficiales: Casa de las Américas, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, etc.

A algunos de mis amigos, y a otros, que permanecieron en Cuba después de 1980 les he oído referirse a los años subsiguientes como los del "gran apagón cultural". Panorama éste difícil de concebir, cuando los que abandonamos Cuba ese año, por decisión propia o forzados por las autoridades, pensábamos que ya el oscuro total había caído sobre la sala. Para hacer comprensible tal afirmación, oída por primera vez a mi regreso a Cuba, adonde se me permitió volver por primera vez dieciséis años después de mi salida-expulsión, creo adecuado y oportuno acudir a una analogía de otro orden. Cuando regresé, encontré que todos aquellos edificios y fachadas que dejé apuntalados habían desaparecido; en su lugar había otras construcciones apuntaladas. Pareciera como si se tratara de un patético relevo de muletas. Una vez más, la salida (con expulsión en muchos casos) de tantos y tantos artistas por el puerto del Mariel significó para Cuba ese "robo de talentos" de que tanto se quejan las propias autoridades cubanas. Tanto en Cuba como entre los cubanos residentes en el extranjero surgirían en los años siguientes nuevas hornadas de escritores y artistas de todo género, pero el efecto sobre el tejido social y cultural del país producido por las sucesivas oleadas de emigrantes que se han sucedido desde 1959, y en las que los intelectuales y artistas de todo género han constituido un componente decisivo, no podría dejar de tener el efecto de una erosión cataclismática sobre el fértil suelo de la cultura isleña.

Las Letras cubanas y la homosexualidad

Llegados a este punto de mi presentación, me gustaría dar cuenta sucintamente de la existencia de una tradición literaria cubana que se cuenta entre las más ricas y sólidas no sólo de las Américas, sino del ámbito de la lengua española, y a partir de esta afirmación contrariar la noción interesada de una tradición que sólo a partir del castrismo y con su apoyo habría tenido lugar.

El absoluto e infatigable mentir del castrismo ha logrado penetrar a veces en círculos ajenos a su esfera natural, de tal modo que no es raro que a veces quienes no simpatizan con Castro y su régimen afirmen, sin embargo, que al menos se le deben indudables avances en la educación y la sanidad. No es de extrañar que en Viena o en Roma se dé por buena, asimismo, la idea de que la cultura cubana es un producto de la "Revolución". La cultura cubana es, por el contrario, de las más antiguas entre las hispanoamericanas, y la existencia de un canon literario, por ejemplo, comienza a fijarse muy temprano, a finales del siglo XVIII, como filial de la cultura española y con influencias universales que la van diferenciando de su fuente principal. Era preciso dar cuenta aquí de la existencia misma de dicho canon antes de hablar de lo que llamaré una sensibilidad homosexual subyacente.

El artista, el escritor, el intelectual verdadero será siempre y en toda época una conciencia independiente, consecuente sobre todo con la defensa de la libertad individual cuando la sociedad o el Estado o una institución o un hábito se constituyan en depredadores de la libertad y en intérpretes exclusivos de sus límites. Por eso, los grandes escritores de todos los tiempos han sido casi siempre, asimismo, rebeldes con causa. La cuestión homosexual, o el tema de los homosexuales, no puede en consecuencia sino haber contado desde hace mucho tiempo con defensores de la libertad que ven en el tabú y en la represión de los homosexuales un elemento inseparable de la defensa de la libertad individual. Entre ellos se mezclan y confunden creadores que son ellos mismos homosexuales con otros que no lo son. La defensa del homosexual es, pues, inseparable de la defensa de la libertad y de la dignidad humanas. El escritor, el artista, el intelectual, el pensador en cualquier esfera del pensamiento no puede sin hacer violencia a la ética y a la estética de la libertad ignorar o condenar al individuo homosexual o marginarlo, por parecerle escabroso, incomprensible o antipático.

Quizá corresponda a Tristán de Jesús Medina (1831-1886), cubano a quien Menéndez y Pelayo incluye entre sus heterodoxos, con su novela Mozart ensayando su réquiem, la primicia de un género, o inaugurar una sensibilidad, que bien pudiéramos llamar homo-erótica, en el ámbito literario cubano. Medina es, en efecto, un heterodoxo, un amante de la libertad, un juzgador independiente de la vida, y ello lo llevó a romper con la Iglesia Católica de su tiempo y a adscribirse al protestantismo.

La exploración de una sensibilidad diferente en la novela de Medina no debe parecer extraña, ya que se inscribe en el marco de sus búsquedas de libertad y racionalidad. José Martí, (1853-1895), por su parte, hombre de ideales libertarios a quien se atribuyen virtudes casi de santo, a la vez que contra él se han acumulado denuestos a causa de sus apetitos de hombre de carne y hueso, nos dejó al menos un poema, "Alfredo", de confesión homosexual (que Zoe Valdés ha leído aquí íntegramente), y una novela –no diré una novelita, pues el mérito de la misma sobrepasa el número de sus escasas páginas– en que resulta innegable la dilucidación de una trama homo-erótica, de marcado cariz lésbico; me refiero, naturalmente, a su Amistad funesta, que luego se llamó Lucía Jerez. Mercedes Matamoros (1858-1906) cultiva con los sonetos de su libro El último amor de Safo, en particular, una estética en la que el equívoco del género que corresponde al hablante, o más bien la ambigüedad en que se oculta éste, no entorpece sin embargo la captación de una atmósfera homo-erótica evidente. Por su parte, Julián del Casal (1863-1893) nos ofrece en el conjunto de su obra el testimonio de una sensibilidad hiperestésica que le sirve para camuflar (que es asimismo revelar en clave) una estética homo-erótica. El investigador y dedicado casalista Francisco Morán lo ha estudiado en Julián del Casal o un tranvía llamado deseo, libro en preparación o ya publicado del que conozco unos fragmentos.

No son éstos que menciono sino algunos entre los nombres más prominentes del siglo XIX que acusan, bien como constante de su obra, bien en algún momento de ella, una preocupación o interés por lo homo-erótico. Ya entrados en el siglo XX, los nombres de Alfonso Hernández Catá, Carlos Montenegro, Ofelia Rodríguez Acosta, Ramón Ferreira, Lezama Lima o Virgilio Piñera constituyen un referente respecto a la temática y preocupación que se desplaza de la sensibilidad homo-erótica al homosexual. Para algunos de ellos, como Hernández Catá, con su Ángel de Sodoma, o Carlos Montenegro, con su novela Hombres sin mujer, de ambiente carcelario, el homosexual es un ente trágico, desgraciado –con cuyo drama se solidarizan–, visto en el contexto más amplio del ser familiar y social, de ahí que no pueda tratarse de una celebración ni de un regodeo estético. Un poeta de la fineza y sensibilidad de Emilio Ballagas, cuya obra toda trasluce su homosexualidad, reprime sin embargo ésta en razón de sus propios conflictos personales, y le vemos urdir una especie de red que lo libre de estrellarse contra el suelo. Una sensualidad sublimada da en ocasiones lugar a una expresión poética de gran religiosidad, con lo que no sugiero en absoluto que la expresión religiosa en la poesía o en cualquier otra manifestación sea únicamente el producto de la sublimación de la sexualidad.

Lezama Lima y Virgilio Piñera, por otra parte, representan con respecto a la homosexualidad dos actitudes diferentes y en cierto modo encontradas. Homosexuales de vida sexual activa, asumen actitudes y comportamientos estéticos paralelos, no siempre afines. La novela Paradiso de Lezama no es el único testimonio de su homosexualidad en el conjunto de su extensa obra poético-narrativa, ni mucho menos se limita aquél al celebérrimo capítulo VIII de esa novela. El mencionado capítulo, en su evidencia testimonial, no constituye sino la parte visible del promontorio oscuro y sumergido que es la obra toda de Lezama; la cristalización, por razones estrictamente narrativas, de una praxis. La censura castrista que dio con este picacho inocultable simuló en sus inicios que a él se atenía, pues se sentía asistida por todas las evidencias del mundo para imponerle silencio a cualquiera que hiciera mención siquiera de la homosexualidad. En realidad, debe de haber estado claro para los censores que toda la novela de Lezama, además de pertenecer por derecho propio a una sensibilidad homosexual, corresponde a una sensibilidad burguesa que, aun siendo conservadora, puede ser tenida por liberal cuando se la compara con el castrismo. Piñera, por su parte, fue tanto en la manera de conducir su vida como en su escritura un iconoclasta a ultranza. Contra él nos predisponía a los jóvenes escritores reunidos en un congreso del gremio un conocido capitoste de la Dirección Nacional de Cultura en los años 70, llamándole "maricón empedernido y contrarrevolucionario, de lengua viperina y comportamiento escandaloso, con quien la Revolución ha sido extremadamente generosa", y cuya sola vista, aparentemente, podía resultar más mortífera que una gorgona. "Manténganse alejados de él, muchachos", nos aconsejaba otro escritor, homosexual revolucionario hasta hoy muy acogido en España y otras partes.

De la generación siguiente a la que representan Lezama y Piñera, cronológicamente hablando, proceden Severo Sarduy, José Mario, Ana María Simo, Reinaldo Arenas, Reinaldo García Ramos, entre otros. Sarduy, a quien Roberto Fernández Retamar, ese amo de llaves de la Casa de las Américas, desestima en su ensayo Calibán con una simple y despectiva referencia a los "mariposeos" del esteta, a partir de su asentamiento en París, muy al comienzo de la llamada "Revolución", desarrolló una obra en la que los tres elementos temáticos más acusados, en mi opinión, los constituyen Cuba, con sus componentes étnicos e históricos, el ascetismo oriental, que tanto le seducía, y, entrelazada a ambos, la erótica homosexual.

A diferencia de Sarduy, quien pudo desde su distanciamiento de las circunstancias políticas en la Isla dedicarse a la elaboración de una estética del hecho homo-erótico que pudiera corresponder a lo que en Occidente se dio en llamar la identidad gay, Reinaldo Arenas construye esa identidad, que debía ser "alegre", "despreocupada", "divertida", en medio de un constante enfrentamiento con el régimen y el sistema instituidos, cuyo cometido y declarado propósito es la supresión de las manifestaciones y el comportamiento homosexuales como expresión concreta de libertad individual, o individualista, intolerable e inconcebible dentro de un régimen de absolutos y acatamientos universales. Lo mismo sucede a quienes, aun sin haber alcanzado el reconocimiento que había rozado a Arenas en un primer momento a comienzos de la "Revolución", viven experiencias semejantes a la suya y ensayan en silencio las herramientas de su expresión artística.

José Mario y Ana María Simo, más o menos contemporáneos de Arenas, y animadores de la llamada "Generación de El Puente" y de su magacín literario, lo mismo que Reinaldo García Ramos, habían sido borrados muy pronto, y con gran eficacia, cuando el escritor izquierdista norteamericano Allen Ginsberg fue invitado a La Habana para participar como jurado en uno de los concursos convocados por la Casa de las Américas, eficaz mecanismo de confiscación de voluntades y principios de la izquierda internacional creado por el régimen de Castro para refrendar los abusos de toda índole contra los escritores y artistas del patio. Ginsberg terminó siendo expulsado de Cuba, entre otras cosas –según declaraciones del propio poeta– por haber pedido comprensión hacia los homosexuales y preguntado acerca de los campos que para encerrar a éstos (entre muchos otros malcontentos) se ensayaban por entonces, además de por haber expresado que el Che Guevara estaba "buenísimo", o algo por el estilo, y que le hubiera gustado irse "a la cama con él".

A quien no expulsaron de Cuba, sino que decidieron internarlo en los campos de las UMAP (Unidades Militares de Apoyo a la Producción), fue a José Mario. Algunas de las experiencias que narro en un libro de relatos aún inéditos, cuyo título: Una manera de amar al prójimo, se construye precisamente a partir de las siglas que identificaban a estos campos de internamiento y trabajo forzado, las debo a varias anécdotas que me contara el propio Mario cuando nos conocimos en Madrid. Yo no estuve en las UMAP, pero estas experiencias no me son ajenas en modo alguno, sino que más bien me convencieron en su momento de un afán de persistir en el horror.

Ana Maria Simo, narradora de gran promesa de este mismo grupo que terminó acogiéndose a sagrado en el idioma inglés en la ciudad de Nueva York, experimentó (testimonio muy elocuente que recoge la película Conducta impropia), siendo aún una jovencita, secuestro, interrogación, internamiento y electroshocks por parte de las autoridades revolucionarias, a causa de su relación con el grupo de homosexuales del grupo El Puente. La suya es una voz y una vida segadas, como también lo fueron las del cuentista Nelson Rodríguez, internado de las UMAP que intentó escapar de la Isla mediante el desvío de un avión y fue fusilado por esta causa. Otro de los confinados en las UMAP cuyo nombre me viene a la memoria es el actor y dramaturgo Héctor Santiago, desde hace varios años un conocido activista por los derechos de los homosexuales residente en Miami, quien a pesar de la insuperable experiencia de los campos ha continuado haciendo su obra en el exilio.

Muerto en California el año 1994, René Ariza había nacido en 1940. Dramaturgo, narrador y poeta, en 1967 obtuvo el premio teatral José Antonio Ramos por su obra La vuelta a la manzana. En 1971 fue arrestado y condenado a ocho años de cárcel bajo la acusación de "diversionismo ideológico", que el Estado avalaba con la obra confiscada en su domicilio, y nunca publicada por él. Ariza consiguió salir de Cuba un año antes de los hechos del Mariel, amparado en una de las periódicas amnistías políticas que el señor del feudo concede a un visitante extranjero como muestra de su generosidad y señorío. Hoy existe en Miami un instituto que honra su memoria, y con ella la de quienes en suelo extraño, pero acogedor, siguen haciendo obra de cubanía.

No querría dejar de mencionar una obra particularmente importante en la dramaturgia cubana de las últimas décadas, la pieza titulada Exilio, del dramaturgo, poeta, narrador, ensayista y editor Matías Montes Huidobro, en la cual el personaje de Rubén, homosexual que ha sufrido la llamada "parametrización de las artes" en la Cuba de los 70, constituye el resorte principal que mueve la acción. La circunstancia de que un personaje de tales atributos constituya el eje escénico de una obra que trata del exilio cubano es particularmente significativa dentro del teatro isleño en general y en la dramaturgia del teatro cubano que se escribe y se hace fuera de Cuba en particular. Un indicio indudable de que, si bien los prejuicios tradicionales desempeñan indudablemente su papel en la preterición y la burla de los homosexuales, fue la política represiva del régimen de Castro la que creó e institucionalizó unos mecanismos represores que, sin estar dirigidos exclusivamente contra los homosexuales, tenían y siguen teniendo a éstos como blancos preferentes, a pesar de que en uno u otro momento el discurso oficial eche mano a sus megáfonos para confundir a quienes se dejan confundir siempre con el lenguaje de que nos habla Orwell en su novela 1984.

Los nombres a que he hecho mención, comenzando con Tristán de Jesús Medina, corresponden a los de quienes fueron pioneros de una ética y de una estética de inconformidad libertaria en la literatura cubana, es decir, unos pioneros que no serían como el Che Guevara habría querido que fueran. No he prometido hacer una nómina completa de ellos, ni siquiera de los escritores y artistas, como Zoe Valdés, cuyo interés o proclividad sospechosa por el tema de los homosexuales y la mariconería es conocido. Pero no podría cerrar estas líneas haciendo omisión de algunos nombres que me son familiares, admirados o queridos: los de los poetas Jesús Barquet y David Lago González, en quienes la conciencia que pudiéramos llamar homosexual es no sólo consustancial a la sensibilidad poética individual, sino que no se desgasta o desfigura en un fallido afán de ocultación; o los de los narradores Carlos Victoria –autor de una poderosa obra narrativa, quien sufrió en Cuba encarcelamiento y la confiscación de su obra escrita–, Roger Salas, Luis de la Paz, José Abreu Felippe –cultivador de una narrativa erótica poderosísima– y Eduardo Núñez, autor de la novela Con las alas puestas, de reciente edición. Casi todos ellos cuentan ya con una vasta obra de gran mérito artístico, en la que campea por sus respetos una estética que refleja esa sensibilidad homo-erótica a que me he referido, que es en esencia correspondiente de una ética y una estética libertarias. Una estética, vale decir, que no difiere en este sentido de la que caracteriza a un Genet o a un Gide o a un Oscar Wilde o a un Cernuda, por mencionar en cualquier orden algunos nombres fácilmente identificables.

Dejo aquí este resumen imposible que se me encomendara, y agradezco nuevamente a los organizadores y patrocinadores la invitación a participar de estas históricas jornadas por la libertad, por Cuba y por los homosexuales; y a ustedes todos, la paciencia y la atención con que, a pesar de la fatiga, me han escuchado. Muchas gracias.

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