Menú

La Ilustración Liberal

Oriente Medio

Israel: sesenta años de democracia en el Medio Oriente

0

I

Han pasado sesenta años desde que Israel declarara su independencia. Durante estos sesenta años, el Estado judío no ha dejado de ser una democracia; una democracia que no ha gozado de un solo día de paz.

En los últimos cuarenta años ha cobrado fuerza el mito de que la hostilidad arabo-palestina hacia el Estado judío obedece a la entrada del ejército israelí en los territorios de Gaza y Cisjordania durante la Guerra de los Seis Días (1967), pero lo cierto es que los Estados árabes y las organizaciones terroristas palestinas llevan tratando de exterminar a los judíos de la zona desde antes de que Israel proclamara su independencia.

A menudo me he preguntado por qué los países árabes y los dirigentes palestinos son tan hostiles hacia ese pequeño Estado democrático, cuya mera fundación tantas mejoras –políticas como económicas– aportó a la región. El protoestado judío fue, en los hechos, y no sólo en los discursos, un polo de desarrollo económico de gran atractivo para la población árabe. En cuanto al Estado, ya desde la Declaración de Independencia (14-V-1948) llamó a los árabes a la participación, en igualdad de condiciones, en la vida política, económica y social de Israel.

¿Por qué no aceptaron los dirigentes árabes la mano que les tendió Israel, así como la creación de un Estado palestino soberano? Por entonces, ni siquiera Jerusalén era un tema urticante. Los judíos habían renunciado incluso a sus santos lugares. ¿Por qué seis ejércitos árabes, ayudados por insurgentes palestinos, intentaron destruir el naciente Estado de Israel? Descarto las estereotipadas acusaciones que presentan a este último como la "punta de lanza" de no sé cuál imperialismo. La Unión Soviética se mostró mucho más favorable que los Estados Unidos al reconocimiento de Israel. Las armas con que los judíos salvaron sus vidas y protegieron a los sobrevivientes de la Shoá en 1948 provinieron –con el visto bueno de Stalin– de Checoslovaquia. Estados Unidos vetó la venta de armas a los judíos de Israel. En un primer momento, Inglaterra ni siquiera votó a favor del reconocimiento de Israel.

Mi conclusión, luego de tantos años de estudio, es que el centro del problema, la causa fundamental del odio de la dirigencia arabo-palestina hacia Israel, es la democracia. Es cierto que entre los gobernantes, ejércitos y organizaciones terroristas árabes la judeofobia ocupa un lugar importante, pero siempre anda vinculada al odio que sienten los dirigentes árabes por el ideal democrático. Se odia en un mismo módulo lo judío y lo democrático de Israel. Se odia el resultado de la relación directa entre los Diez Mandamientos y el ideal democrático.

Los mandamientos "No matarás", "No darás falso testimonio" y "No robarás" han sido los fundamentos esenciales de los sistemas democráticos contemporáneos, en cuyo seno han encontrado su realización menos imperfecta. Hablo de "realización menos imperfecta" porque las democracias apenas han hecho la menos mala de las interpretaciones de los mismos; pero es que en las dictaduras, las autocracias y los regímenes totalitarios se les ha combatido, directamente.

Si bien los países democráticos pueden convivir en paz con regímenes dictatoriales sin que su esencia democrática se vea alterada, para éstos la vecindad con aquéllos representa una permanente amenaza, no bélica sino política. La libertad de expresión, la libertad en las costumbres y en los modos de asociación sentimental resultan un permanente punto de fascinación para las poblaciones subyugadas por regímenes dictatoriales. La libertad es etérea, se cuela por cualquier resquicio para llegar a todo el mundo. En este sentido, la democracia israelí ha sido siempre una fuente de inquietud para las monarquías, autocracias y dictaduras que imperan en su vecindario.

La libertad de que disfrutaba la mayoría de los vecinos de la España franquista fue un estímulo para la Transición. Pues bien, Israel se halla en la situación exactamente opuesta: es una isla democrática rodeada de un mar de enemigos dictatoriales e incomparablemente superiores en términos territoriales y demográficos. Así las cosas, merece la pena volver a destacar que, en estos sesenta años, Israel no ha dejado un solo día de ser una democracia.

Pero entonces, ¿por qué tantos intelectuales que no sólo viven sino que deben su vida a la vigencia de la democracia en sus países de nacimiento o adopción defienden, en el conflicto de Medio Oriente, al bando de Hamás y de Irán, que representa lo peor de lo peor: el asesinato, la censura, la opresión de la mujer...? ¿Por qué toman partido tan decidida y constantemente contra el único actor democrático de la zona, esto es, contra Israel? Las respuestas son múltiples y complejas. Cierta perversión del mandato relacionado con el respeto de la vida ajena tiene alguna influencia en lo que se denomina, erróneamente, pensamiento progresista. La idea nodal e ineludible de que la vida y la libertad de los inocentes son inviolables incluye un renglón al que no siempre se presta la debida atención: mi vida es tan valiosa como la de mi prójimo. La idea de que la propia vida es tan sagrada como la del prójimo ha merecido, para cierta cantidad de intelectuales de países democráticos, entre los que encontramos numerosos judíos, la siguiente reformulación:

Para sacralizar la vida del otro he de desacralizar la mía. Debo respetar la cultura del otro aun al extremo de renunciar a la mía. Y debo entender por qué el otro desea asesinarme, aunque ello me impida defenderme.

En el caso específico del Medio Oriente, la voz de los intelectuales judíos que asumen tal ideario goza de especial notoriedad; y es que, para una porción importante de la opinión pública, el que un intelectual judío se oponga al Estado judío es una suerte de confirmación de la validez de sus posturas.

A mi entender, esta reformulación es una respuesta desesperada de determinadas personas ante el hecho, innegable y perenne, de que hay gente que, irracionalmente, desea matarlos porque son judíos. Como este odio no puede ser explicado racionalmente, ni controlado con acuerdos, apaciguamientos o mejoras en los niveles económicos y educativos de los odiadores, el intelectual judío desespera y trata de explicarlo en función de problemas sociales o políticos: si se identifican y resuelven éstos, piensa, se acaba con el enigma que rodea al odio y con el propio odio. Mientras que el odio se mantiene constante, este intelectual judío busca las causas del mismo en su propio quehacer, en una supuesta incomprensión de la cultura del agresor.

Aquí vendría a cuento diferenciar cultura de ética. La cultura puede tener que ver, y aportarnos información sobre, la manera de vestir, comer, desplazarse, relacionarse de determinado grupo humano; en cambio, la ética es extracultural.

En 1974, un comando del Frente Democrático para la Liberación de Palestina tomó un colegio de la ciudad israelí de Maalot y, tras reclamar la liberación de unos prisioneros palestinos, asesinó a sangre fría a 16 escolares. El asesinato premeditado de niños no es una modalidad cultural admisible en ciertos continentes y prohibida en otros: es un pecado contra la condición humana, pertenezca el sujeto que lo perpetra a la cultura que pertenezca y habite donde habite. Sin embargo, ciertos intelectuales autodenominados progresistas, entre los que podemos encontrar numerosos judíos, han invertido este principio hasta trastocarlo en algo así como lo que sigue:

X, que es de una cultura diferente a la mía, tiene el derecho a matarme, pues su cultura se lo permite; mientras que yo, occidental, que vivo en una cultura que penaliza el homicidio, tengo prohibido defenderme.

Por muy estrafalario que resulte este razonamiento, algunos de los intelectuales más relevantes de Occidente lo repiten a menudo. Se trata de una trampa conceptual que invita a que, cuando un fundamentalista islámico se hace explotar para matar a decenas de inocentes, se repitan estas palabras que no condenan: "Es otra cultura".

Por supuesto, también en el Occidente democrático las políticas gubernamentales atentan numerosas veces contra los derechos humanos. Pero el reconocimiento y condena de estos pecados no significa convalidar los de los enemigos de la democracia con el justificativo de que éstos pertenecen a "otra cultura".

Quienes ven en los atentados de los fundamentalistas islámicos un producto de la "lucha contra la ocupación israelí" olvidan, en primer lugar, que el objetivo del extremismo árabe de exterminar a los judíos, en el Medio Oriente y en el mundo entero, es muy anterior al establecimiento del Estado de Israel. Así, el muftí de Jerusalén Hajj Amín el Huseini respaldó el genocidio nazi de los judíos de Europa, y durante la II Guerra Mundial estuvo en Berlín invitado por el III Reich. Los militantes iraquíes y egipcios colaboraban con los nazis en el Medio Oriente, mientras que la población judía de Palestina fue el único foco hegemónico de resistencia antinazi en la región.

Si nos remontamos un poco más en el tiempo, hasta 1929 y 1936 (recordemos que Israel nace en 1948), damos con las matanzas árabes de Hebrón: la última dejó sin judíos, por primera vez en milenios, la ciudad donde están enterrados los Patriarcas. Eran judíos absolutamente desarmados y que no estaban allí en concepto de ocupación alguna: eran civiles que no hacían otra cosa que vivir en la tierra de sus ancestros.

II

En cuanto a las acusaciones infundadas contra los judíos en general y contra Israel en particular, quisiera hacer un comentario relacionado con una de las más graves e indignantes infamias que se vienen repitiendo en la prensa, con deprimente asiduidad, durante los últimos años: la comparación de las políticas de Israel con las del régimen nazi.

En principio, esta acusación es propia del negacionismo pronazi. Si lo que hicieron los nazis fue comportarse como Israel se comporta con sus enemigos árabes y palestinos, entonces jamás existieron las cámaras de gas, ni los seis millones de muertos, ni el genocidio de los judíos de Europa. Según esta lectura, el nazismo no fue más que una lucha intermitente por una pequeña porción de tierra.

En muchas de las ocasiones en que se ha proferido semejante blasfemia (porque no hay otro modo de calificar esta manipulación de la Shoá) ha resultado evidente que quienes lo hacían sentían una necesidad enfermiza de mencionar a Hitler, aunque no se atrevieran a llegar tan lejos como para manifestar abiertamente su judeofobia. Cuando acusó a los judíos de Israel de "rentistas del Holocausto" y comparó Ramala con Auswichtz, el escritor José Saramago escondió su judeodobia tras una supuesta simpatía por el pueblo palestino. Poco después publicó un extraño artículo[1] en el diario El País de Madrid en el que tomaba partido por Goliat argumentando que el fuerte era David, pues poseía una honda. Esta completa tergiversación de la moraleja bíblica revela que Saramago no tiene un problema con el Israel contemporáneo, sino con los judíos, incluso con los que vivieron hace más de tres mil años.

Creo que ni los judíos ni los gentiles hemos logrado dar una respuesta racional, concreta, ni mucho menos definitiva, al porqué de la existencia de la judeofobia. En muchos europeos antisionistas se da una combinación de judeofobia con un sentimiento de culpa por los desmanes que provocó esa misma judeofobia durante el régimen nazi (1933-45) y por las repetidas matanzas y violencias que padecieron durante siglos los hebreos en el Viejo Continente. La culpa incita a algunos europeos antisionistas a equiparar las acciones de Israel con las que perpetraron los nazis. De este modo, la barbarie europea que encontró su cima en 1933-1945 ya no sería tan bárbara, pues todos somos iguales; bueno, no: los judíos son peores.

Los líderes israelíes han sido tachados de nazis con mucha más frecuencia que sus homólogos árabes y europeos. En cambio, nadie llamó nazis a los terroristas palestinos que perpetraron la Matanza de Múnich (1972), ni a los funcionarios alemanes por cuya absoluta negligencia ésta fue posible. Para el falso progresista antisionista, matar judíos ya no es de nazis; de nazis es cualquier cosa que haga un judío.

No son las acciones de Israel lo que genera el epíteto nazis, sino, paradójicamente, el hecho de que los judíos hayan sido víctimas del nazismo. Pareciera que los antisionistas, en lugar de una crítica política, quisieran escribir la remake de Portero de noche, esa lamentable película de Liliana Cavani donde a la víctima se le acusa de ser igual que el victimario. El apóstrofe es anterior a la acción, e intenta incluso tergiversar el pasado, el hecho incontrastable de que la población judía que vivía en el Mandato Británico en Palestina durante la Segunda Guerra Mundial fue el único bastión antinazi del Medio Oriente.

La crítica de los Gobiernos democráticos –y, por tanto, de los israelíes– es necesaria, en tanto reaseguro, precisamente, de la democracia. Ahora bien, emplear el término nazi para calificar al Gobierno del único país democrático del Medio Oriente marca la diferencia entre un crítico y un libelista.

III

Sospecho que puede encontrarse otro elemento explicativo del antisionismo en la simpatía con supuestas causas tercermundistas, aunque lo cierto es que casi los únicos beneficiarios de la misma son la OLP y Hamás. Digo lo de "supuestas" porque, a lo largo de estas décadas de conflicto, no ha habido peores opresores del pueblo palestino que la OLP, Hamás, la Yihad Islámica y determinados países árabes. Durante la guerra civil libanesa de los años 70, Siria mató más palestinos que Israel en todas las guerras que le habían ido imponiendo hasta la fecha. En el septiembre negro de 1970, Jordania asesinó y expulsó de su territorio a miles de palestinos; los que lograban escapar, lo hacían a Israel. Etcétera.

Una falsa concepción progresista ha venido equiparando la administración israelí de Gaza y Cisjordania con la colonización francesa de Argelia o con el Raj británico, pero sin señalar que jamás se cuestionó la existencia de Francia y el Reino Unido por lo que hacían en Argelia y la India, respectivamente, o que ni Francia ni el Reino Unido sufrieron nunca devastadores ataques terroristas o militares a manos de argelinos e indios. Existen muchos motivos racionales para oponerse a la administración israelí en Gaza y Cisjordania, pero ninguno para comparar a Israel con un poder colonial.

Los judíos de la Tierra de Israel han sido blanco del terrorismo árabe-palestino desde principios del siglo XX, esto es, desde decenas de años antes de que existiera el Estado de Israel. Dicho terrorismo no hizo sino cobrar vigor luego del establecimiento éste, y alcanzó potencia militar mucho antes de que las Fuerzas de Defensa de Israel administraran la Franja y la Margen Occidental. Israel ha sufrido ataques de intención genocida en 1948 (Guerra de la Independencia), 1967 (Guerra de los Seis Días) y 1973 (Guerra de Yom Kippur); en todas estas ocasiones, los grupos terroristas arabo-palestinos lucharon junto con los ejércitos agresores. Sólo entre 1949 y 1956, es decir, mucho antes de que Israel pusiera un pie en Gaza y Cisjordania (hasta 1967 administradas por Egipto y Jordania, respectivamente), los terroristas árabes asesinaron a un millar de civiles dentro de las fronteras del Estado judío.

Por otra parte, la dirigencia palestina ha hecho de la debilidad una estrategia bélica. Antes del 67, y durante los Gobiernos de Barak y Sharon, las opciones de árabes y arabo-palestinos para fundar un Estado palestino que conviviera en paz con Israel eran posibles y amplias, pero su dirigencia eligió seguir jugando la baza de la debilidad, que tantas ganancias políticas y mediáticas le acarrean. Mucho me temo que sólo son débiles para construir, pues para destruir son tan fuertes como los terroristas que abatieron las Torres Gemelas.

Cuando, siguiendo una concepción falsamente progresista, se intenta encontrar algún tipo de justificación para los atentados cometidos por los hombres de Ben Laden, Hamás o la Yihad Islámica, no hay preguntas acerca del tipo de vida que proponen estos asesinos, si es que proponen alguno. Sólo se dice que se oponen a la "opresión" norteamericana y a la "ocupación" israelí, pese a que los mismos terroristas aclaran que su lucha es contra la existencia misma de EEUU e Israel y de sus sistemas democráticos, contra todo lo que ambos tienen de razonable: el respeto por las libertades públicas, el respeto específico por las libertades femeninas, el respeto por la libertad de culto y la configuración de una sociedad plural...

Basta con echar un vistazo al Afganistán de los talibanes, o a las propuestas políticas y sociales de Hamás y la Yihad Islámica, para descubrir que el sistema de vida o de muerte que proponen es infinitamente más penoso que el de cualquiera de las democracias occidentales; y que su odio contra éstas no se explica porque deseen liberar a sus pueblos, sino porque ansían dominarlos absolutamente.

IV

En 1994 el terrorista judío Baruj Goldstein asesinó a 29 feligreses palestinos en la mezquita de Hebrón. En 1995 otro terrorista judío, Igal Amir, asesinó a balazos al primer ministro de Israel, Isaac Rabin. Yo no digo respecto de estos dos asesinos:

Luego de tantos atentados fundamentalistas islámicos, era evidente que finalmente, y debido al resentimiento, surgiría la contracara judía. Comprendamos sus motivos.

No, yo digo que bajo, cualquier punto de vista, Baruj Goldstein es un asesino despreciable, que debe ser repudiado sin atenuantes ni enrevesadas reflexiones. Yo digo que Igal Amir es un asesino despreciable que merece nuestro completo repudio, y la mayor condena que contemple la ley. No encuentro razones para la comprensión de estos asesinos. En cambio, los autodenominados progresistas sí se las encuentran a los criminales de Hamás, la Yihad Islámica o Al Qaeda.

Es importante destacar que los de Amir y Goldstein son casos extremadamente aislados. Sus acciones no fueron condonadas por ningún grupo legal israelí; es más, Goldstein estaba vinculado a un grupo declarado ilegal por Israel. Ni Amir ni Goldstein se beneficiaron de la connivencia o la lenidad del Gobierno israelí. Si a menudo recordamos sus nombres se debe, fundamental y precisamente, a que son casos aislados. En cambio, Hamás, la Yihad Islámica y Al Fatah han organizado cientos de atentados, y asesinado en ellos a miles de personas. Recientemente, el líder de Hamás, Mahmud al Shahar, declaró en Gaza: "Israel tiene 200 cabezas atómicas; los palestinos tienen 200.000 cabezas que se harían volar por el martirio".

V

No puedo siquiera imaginar cómo hubiera sobrevivido el pueblo judío a la Shoá de no haber existido el Estado de Israel. Y creo que los judíos disfrutan de (pocos) espacios de tranquilidad y libertad en el mundo gracias, en buena medida, al Estado de Israel, por su capacidad para unir a los judíos... y disuadir a los antisemitas.

En 1948, los fundadores de Israel aceptaron la decisión de la ONU de que se creara un Estado arabo-palestino. Hasta 1967, Israel aceptó tal decisión; en cambio, ya en 1948 Jordania y Egipto invadieron el territorio que Naciones Unidas había destinado a los árabes palestinos, e implantaron allí sendos regímenes dictatoriales.

A tal punto Israel acepaba la creación de un Estado arabo-palestino, que en 1956 se retiró de Gaza a los pocos meses de invadirla –en una operación defensiva que tenía por objeto poner fin a los raids terroristas de los fedayines–, luego de que la ONU prometiera que llegaría la paz. Pero tras la retirada israelí Nasser no hizo sino endurecer su belicismo, y los terroristas volvieron a atentar, desde la Franja y la Margen Occidental, contra civiles, mujeres y niños israelíes.

Desde entonces, por mucho que cueste decirlo, y por muy pueril que resulte, la situación no ha variado. Cada vez que el ejército de Israel ha abandonado posiciones en Gaza o Cisjordania, los atentados terroristas se han recrudecido. Sucedió así durante el Gobierno de Rabin, luego de los Acuerdos de Oslo (1993). Sucedió así durante el Gobierno de Netanyahu (1997). Sucedió así durante el Gobierno de Sharon, luego de que éste anunciara que, frente a lo que había sostenido durante buena parte de su carrera política, estaba dispuesto a aceptar la existencia de un Estado palestino en ambos territorios. (Por cierto: mucho antes de ser primer ministro, Sharón defendió la idea de un Estado palestino... dentro del territorio de Jordania). Y sucedió cuando, en tiempos del propio Sharón, Israel se retiró unilateral y completamente de la Franja (2005).

Pues bien, aun con estos trágicos antecedentes, no veo otra solución que aquélla que aceptaron los líderes sionistas en 1948: un Estado palestino vecino del judío.

No creo que se trate aquí de un problema de simetrías, ni de espirales: el hilo histórico demuestra que debe terminar unilateralmente el terrorismo para que el Tsahal pueda retirarse a las posiciones del Israel soberano. No resultaría viable un Estado palestino que se convirtiera en una plataforma de lanzamiento de comandos terroristas o ejércitos sobre Israel. No existe país en el mundo que suscriba un pacto para su aniquilación. Es cierto que la paz se hace con el enemigo, pero para que deje de serlo. Al mismo tiempo, nada hace inviable la paz ente los dos pueblos una vez que el terrorismo acabe y surja un Estado palestino soberano dispuesto a convivir en paz con Israel.

Cuando el terrorismo palestino sea neutralizado y los acuerdos que garantizan la seguridad a Israel sean respetados, no habrá factores israelíes con la fuerza necesaria para propiciar la permanencia del Tsahal en zonas que habrían de pasar a formar parte del nuevo Estado palestino, o para impedir un acuerdo territorial justo y comprensivo.

Quisiera concluir estas reflexiones con la esperanza de que, finalmente, la dirigencia palestina acepte vivir en paz, en su propio Estado, junto al judío, y de que el resto de los países árabes se reconcilie con la existencia de Israel. Si bien no creo que sea la eterna crisis de Medio Oriente lo que motorice el odio fundamentalista contra las democracias, como sugieren varios analistas, sí tengo la esperanza irracional de que tal vez la paz en la cuna de los Diez mandamientos resulte asimismo en paz para el resto del mundo.



[1] José Saramago, "De las piedras de David a los tanques de Goliat", El País, 21-IV-2002.

0
comentarios