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La Ilustración Liberal

Varia

Revolucionarios sin revolución. La izquierda invertebrada

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Carrillo en Budapest

La primera vez que vi a Carrillo fue en agosto de 1949 y en Budapest, en el marco del Festival Mundial de la Juventud, una de esas manifestaciones internacionales organizadas por el KGB. Un día Serafín Aliaga, el sargento de la representación española en ese guateque progre, nos murmuró a cada uno de los delegados, con tono de bedel: "Esta tarde, a las seis, todos en el salón del hotel. Se trata de un acontecimiento importantísimo". Aliaga, que había sido un responsable de las Juventudes Libertarias, se convirtió al marxismo-leninismo de la mano de la Pasionaria, según decía, y eso durante un viaje de la nada a la nada, o del purgatorio al paraíso, según se mire. El "acontecimiento importantísimo" era la visita de Santiago Carrillo, con Ignacio Gallego de guardaespaldas; ambos llevaban sombrero, un regalo del mismísimo Beria.

Carrillo seguía teniendo el título de secretario general de la JSU, pero no ejercía: ya era el jefe del aparato clandestino del PCE.

Fue recibido con aplausos, y nos soltó algunas parrafadas políticamente correctas, todo ello perfectamente acorde con la liturgia; pero lo que me llamó la atención, tanto como para recordarlo casi sesenta años después, es que nos habló como si pudiéramos ir de voluntarios a nueva guerra civil, o al menos echarnos al monte y formar parte de las guerrillas comunistas en España. Siempre recordaré su frase: "No quiero saber cuáles de estos jóvenes camaradas morirán en los futuros combates y cuáles sobrevivirán. Sólo veo rostros juveniles, entusiastas, abnegados, dispuestos al sacrificio, a combatir por el triunfo del socialismo". Los aplausos fueron estruendosos, la histeria total, y no sólo las chicas lloraron. Todos se proclamaron voluntarios, dispuestos a empuñar las armas para vencer o morir. Se nos dijo que, no faltaba más, eso dependía del Partido, y que sería el Partido quien decidiría el momento oportuno.

Lo que el vulgo no sabe es que en esos momentos Carrillo, jefe del aparato clandestino, estaba liquidando, o sea asesinando, a los escasos jefes de la guerrilla comunista en España reacios a abandonar las armas, pese a las órdenes del Partido, que, como siempre, seguía los consejos de Stalin; y Stalin había declarado pocos años antes a representantes del Buró Político español que eso de las guerrillas no tenía el menor sentido, que los Aliados jamás intervendrían militarmente en España y que, por lo tanto, los peceros debían buscar otras formas de acción. Lo cual no era falso.

Lo curioso del caso es que Carrillo, en agosto de 1949, estaba, como acabo de decir, alentando en Budapest a un puñado de jóvenes comunistas a empuñar las armas en esas guerrillas que él mismo estaba liquidando, con algún asesinato de por medio. La única explicación a esa monstruosa paradoja es que Carrillo, en su camino de Santiago, de conquista del poder en el PCE, aprovechara la ocasión húngara para presentarse como el más revolucionario de los dirigentes peceros e insistiera en el toque heroico de la Guerra Civil y la Revolución Bolchevique.

Esta gigantesca fechoría dista mucho de ser la única que perpetró el comunismo (y la izquierda en general) a cuenta de nuestra guerra civil.

Si no se parte del hecho indiscutible de que en 1937, en las negociaciones secretas que mantuvieron soviéticos y nazis, o sea Hitler y Stalin, se acordó la retirada de la URSS de España –retirada que empezó a hacerse efectiva en 1938, con el cese de los envíos de armas, la deserción de las Brigadas Internacionales y la partida de los consejeros soviéticos–, la partición de Polonia y la sovietización de los Países Bálticos; si no se tiene en cuenta todo esto, todas las historias sobre nuestra Guerra Civil son estropajo, y los libros de Tuñón de Lara, como el de Antonio Elorza y mil más, se pueden tirar a la basura: incluso cuando relatan detalles, a veces verídicos, se quedan en moneda falsa.

El hecho de que nadie haya aludido a esta realidad que he expuesto en varias ocasiones, aunque fuera para rechazarla con desdén, tiene, pienso, una explicación: molesta a todos en su conformismo intelectual. Molesta, por ejemplo, a los que proclaman que si Franco era malo, al menos nos evitó una dictadura comunista, que hubiera sido peor. No cabe duda de que lo hubiera sido, pero es puro delirio considerar posible, en la España de 1939, una dictadura comunista impuesta contra Stalin y su Internacional Comunista. Molesta también a los residuos carcofranquistas, para los que la idea de que Satanás-Stalin contribuyera objetivamente a la victoria de Franco es pura blasfemia. Y molesta, claro, a las izquierdas, tan influidas por la mentira comunista, aunque el comunismo padezca leucemia, así como a los que siempre recalcan que la URSS, incluso si tuvo algunos defectos, como las docenas de millones de muertos que se cobró en sus dominios el "delito de opinión", fue una gran potencia antifascista.

Como decía en mi artículo del número anterior de esta revista[1], las izquierdas, hoy dominadas por la socialburocracia, no tienen ideología, teoría, ideas adaptadas a los tiempos modernos, como las tuvo el movimiento obrero organizado durante más de un siglo; asimismo, han abandonado totalmente la noción de heroísmo revolucionario, la sacralización de la metralleta, la exaltación del proletariado en armas y de la violencia como "partera de la Historia". Daré sólo un ejemplo simbólico de lo que pasaba antes: recuerdo a Alain Krivine, líder de la trotskista LCR francesa, proclamar a los gritos, en una asamblea de su club, la necesidad de crear milicias proletarias armadas; no sólo, precisó con voz trémula, para resistir las embestidas de la burguesía reaccionaria, su policía y su ejército, sino para atacarlas y destruirlas. Y ese delirio, que algo tiene que ver con el de Carrillo en 1949, al menos en cuanto a la exaltación del heroísmo, lo pronunció a principios de los años 70, después del famoso Mayo del 68, que a su juicio fracasó como revolución porque no utilizó las armas.

Las izquierdas que se declaraban revolucionarias han abandonado la teoría y el heroísmo. Me refiero a Europa, claro, porque en América Latina, por ejemplo, perduró y aún perdura ese romanticismo negro, violento, criminal, de la lucha armada, de la violencia revolucionaria y, por lo tanto, purificadora. No hace tanto de las matanzas del Sendero Luminoso en el Perú, y aún siguen matando en Colombia las FARC, para limitarnos a dos ejemplos y no hacer el recorrido siniestro de las guerrillas latinoamericanas –por no hablar de otras violencias en África o Asia y no hacer referencia, por ahora, a lo peor de todo: el terrorismo palestino y el terrorismo islámico en general–. Aunque el espejuelo heroico tiene muchísimo más peso en América Latina que en Europa, en cambio allí la teoría no existe, ni ha existido jamás; a menos que se considere teoría la traducción o adaptación de textos europeos o chinos. Porque, francamente, las tesis de Che Guevara, incluso si comentadas por el idiota internacional Regis Debray, son para morirse de risa desde el punto de vista teórico; pero una risa triste, porque, pese a todo, producen muertos.

Volvamos a Europa, donde la izquierda descafeinada, derrotada, aunque no siempre se dé cuenta de ello, por la conversión de Rusia al capitalismo, no sabe si es partidaria o adversaria de ese mismo capitalismo; de hecho, no sabe absolutamente nada, incluso en muchas ocasiones y naciones confiesa que busca ideas como el sediento una fuente. Así las cosas, se refugia casi exclusivamente en la gestión: ya, ni barricadas, ni dictadura del proletariado ni lucha de clases, y ni hablar de la abolición de la propiedad privada. ¿Qué les queda, pues? La gestión de la Seguridad Social y subir los impuestos. Y hasta eso lo hacen mal.

Friedrich Hayek

Releyendo el excelente libro Histoire du libéralisme en Europe[2], dirigido por Philippe Nemo y Jean Petitot, me interesó especialmente el texto de Robert Nadeau, "Friedrich Hayek y el genio del liberalismo", y me entusiasmó, una vez más, la teoría del austriaco, que definía el liberalismo como una doctrina opuesta tanto al socialismo como al conservadurismo.

No voy a ser tan paleto como para pretender explicar a los lectores de La Ilustración Liberal quién fue Hayek, y cuáles sus tesis: las conocen mejor que yo; sencillamente, utilizo esta referencia para insistir en algo que me parece importante: si los liberales estamos opuestos al socialismo, tampoco somos conservadores. Que lo diga yo es como pluma al vento; pero si lo repito después de Hayek y de otros pensadores liberales, hasta Jean-François Revel, creo que tiene más peso; y además, que lo que pretendo es defender estas tesis en el día de hoy, en 2008.

En la página 1.119 de la Histoire..., Nadeau cita a Hayek:

Utilizo el término liberal en su sentido genuino, o sea el del siglo XIX, sentido que aún se utiliza con frecuencia en Gran Bretaña (...) El auténtico liberalismo debe seguir distinguiéndose del conservadurismo (...) El conservadurismo, que es sin duda un elemento indispensable en toda sociedad estable, no es un programa social; con sus tendencias paternalistas, nacionalistas e idólatras del poder, el conservadurismo está muchas veces más cerca del socialismo que del verdadero liberalismo. La esencia de la posición liberal se basa en el rechazo de todo tipo de privilegio, (...) que el Estado concede a unos, cuyos derechos protege, y no a otros.

Yo entiendo lo de la indispensabilidad del conservadurismo como un rechazo de la table rase de la Internacional, el comunismo y el islam radical: en el Afganistán de los talibanes, hasta la música estaba prohibida, y se destruían las obras de arte del pasado; en Camboya, los Jemeres Rojos intentaron asimismo destruirlo todo, y hasta matar a los viejos.

Bien sabido es que Hayek estaba radicalmente en contra de lo que ahora se denomina modelo social europeo, o francés, o sueco. Estaba en contra del Estado todopoderoso, del Estado del Bienestar, o sea del capitalismo de Estado en la industria, las financias, los transportes, etc., así como de la burocracia social, es decir, del monopolio del Estado en la Seguridad Social, los seguros de enfermedad, las pensiones, los servicios públicos, etcétera. La experiencia ha demostrado que el salario mínimo obligatorio constituye un freno a las mejoras salariales, que la jubilación a fecha fija es un aquelarre, que las leyes estatales en el mercado de trabajo (la francesa sobre las 35 horas, por ejemplo) obstaculizan el desarrollo económico; también lo obstaculizan los exorbitados impuestos, que durante decenios fueron considerados la panacea. Hayek no abogaba por que se suprimiera sin más toda ayuda estatal, sino por que se sustituyera por la propiedad privada, la iniciativa individual, la libertad de mercado y la libertad en general, incluso en lo relacionado con las pensiones y la Seguridad Social.

Desde un punto de vista ético y político se enfrentan dos concepciones de la sociedad: la sociedad libre y abierta, por un lado, y, por el otro, la sociedad asistida, de siervos modernos, que a menudo prefieren el sometimiento (mal) remunerado, pero que consideran seguro, a la libertad y el riesgo.

También tenía razón Hayek cuando escribía que en muchas ocasiones los conservadores están más cerca de los socialistas que de los liberales. El mejor ejemplo que conozco es Francia, donde, en lo relacionado con el papel del Estado en la sociedad, los conservadores gaullistas compartían puntos de vista con comunistas y socialburócratas. Hay que precisar que en Francia los liberales apenas existen, en términos electorales, y que Sarkozy, si es tímidamente reformista, no es liberal.

Tenemos otro ejemplo en el modelo sueco, que durante decenios fue considerado por los socialistas y por muchos conservadores europeos como el mejor. Pues bien, fue el más proxeneta de los sistemas sociales: el Estado respetaba la propiedad privada, sí, y alentaba a los empresarios a producir y a alcanzar los máximos beneficios, pero luego les robaba legalmente el 70, el 80 o el 90% de los mismos (y hasta un 120%, si hacemos caso a Ingmar Bergman), en concepto de impuestos. Los burócratas, entre tanto, no hacían absolutamente nada; eran unos perfectos parásitos improductivos que se limitaban a sentarse en sus despachos y a cobrar fabulosas sumas a los empresarios, y a convertir los beneficios obtenidos por éstos en subvenciones para los partidos, los sindicatos, las asociaciones, y si sobraba algo ponían algún hospicio para ciegos. El Estado como macarra declarado fue, pues, un modelo durante años. Con la revolución liberal de Margaret Thatcher, respetada por Tony Blair y el New Labour, las cosas empezaron a cambiar en Europa, pero aún muy insuficientemente.

No todo es economía, rentas per cápita y valores bursátiles en la vida de los individuos y de las sociedades. Una de las cosas que yo, personalmente, considero de lo más triste, y hasta de lo más repugnante, desde hace casi cincuenta años, es la burocratización estatal de la cultura, el arte y la creación artística. El Estado, con la coartada de ayudar, favorecer, subvencionar, asfixia la libertad, uniformiza y destruye la creación artística, impone la cantidad a la calidad, crea por doquier desiertos artísticos. He aquí un buen ejemplo de la influencia de los totalitarismos difuntos en nuestras sociedades occidentales, que en principio los condenan pero que en los hechos, y a veces sin siquiera darse cuenta, a menudo copian y repiten sus métodos e ideologías. En vez de valerse del Terror se valen de la corrupción: estamos, pues, ante un totalitarismo light.

El Estado y la guerra

El control estatal sobre la sociedad ha aumentado considerablemente en los últimos treinta años, y aunque estén en quiebra la Seguridad Social, el sistema de pensiones, los servicios públicos, etcétera, un fetichismo conservador impulsa a muchos europeos a aferrarse a lo que existe y a oponerse al menor cambio, sobre todo en Francia, donde la Seguridad Social no cumple sus objetivos oficiales y todos tenemos que cotizar a mutuas que no son estatales, o sea cotizar dos veces; pero tanto el Gobierno como la oposición dicen que tenemos la mejor Seguridad Social del mundo, lo cual no le impide estar en quiebra. No pretendo redactar un programa de gobierno, ni un catálogo de reformas; me limito a constatar que en los países en los que se privatiza, se liberan las iniciativas individuales, se reduce drásticamente –cuando no se suprime– la propiedad y el control estatales, y los impuestos, hay menos paro, más desarrollo económico y, a fin de cuentas, más justicia social.

Lo que me gustaría subrayar en este artículo es que el Estado, liberado de la inmensa carga de sus gastos improductivos, de sus subvenciones culturales –y a los partidos, los sindicatos, las ONG macarras y demás asociaciones de vecinos y de farsantes–, dispondría de más recursos para ocuparse mejor de los verdaderos pobres, de los enfermos sin un duro, de los ancianos inválidos, o sea, para acometer una obra que algunos calificarían de caridad y otros de solidaridad, pero que no comprometería el presupuesto del Estado, por decirlo cínicamente. Así las cosas, lo esencial es que el Estado tendría más recursos para cumplir con su deber histórico: la defensa armada de la democracia.

Cuando Zapatero nombra a una mujer embarazada como ministra de Defensa todos aplauden, sonríen, comentan favorablemente esa original iniciativa, sin percatarse de la gravedad del caso. Una mujer embarazada representa la imagen perfecta de la paz, la concordia universal, la alianza de civilizaciones. Una mujer joven embarazada y sonriente al frente de Defensa significa que ese ministerio no tiene el menor sentido guerrero, que es, a lo sumo, una sucursal de la Cruz Roja y se inspira en las enseñanzas de Sor Teresa, o del Dalai Lama, para darle un toque de actualidad a la cosa. No pasaría de ser ridículo, si no estuviéramos en guerra. Estamos en guerra contra ETA, guerra que Zapatero quiere evitar a toda costa, a costa de la rendición, y estamos en guerra, incluso si los avestruces y los muniqueses lo niegan, contra el islam radical, sencillamente porque el islam radical nos la ha declarado. Es, como dicen algunos, una "guerra de nuevo tipo", una guerra insólita, en la que el terrorismo desempeña un papel fundamental, con aspectos peculiares –ahí están, por ejemplo, las nutridas huestes de terroristas suicidas–, que poco tiene que ver con las guerras clásicas. Pero lo más extravagante, y también novedoso, es que muchos gobiernos, políticos, diputados y hasta columnistas lo niegan rotundamente, sobre todo los más inútiles, los inquilinos de la casa vacía, los eurodiputados, lo cual constituye la manera más eficaz de abrir las puertas al enemigo y ofrecerle en bandeja los puñales para que nos degüellen.

No descubro el Mediterráneo si afirmo que, después de los monstruosos atentados de Nueva York, Madrid, Londres, Casablanca, Argel y un siniestro etcétera –por no hablar de los que han frustrado las distintas policías–, vivimos en un compás de espera. Por ahora, la yihad, o guerra santa, se desarrolla esencialmente en países musulmanes; se trata de una guerra que tiene aspectos de conflicto civil, fratricida: sunitas contra chiitas, chiitas contra chiitas, y en la que resulta difícil saber quién mata a quien... y por qué, ya que todos los combatientes forman en las filas del islam radical. En Irak, en Afganistán, en el Líbano, en Pakistán, en Argelia, en Indonesia, etcétera, no hay día sin atentados o batallas campales, o ambas cosas, sin luchas entre musulmanes moderados y radicales o entre radicales y radicales.

Si se conocen datos sobre el papel criminal de países como Irán y de organizaciones terroristas como Al Qaeda, muchas veces los objetivos de estas bandas y regímenes resultan opacos, especialmente si las únicas informaciones de que disponemos son las de los medios, a menudo viciadas por la ignorancia e incomprensibles, sobre todo cuando tercian los expertos en islam. Nos quedamos, sin riesgo de equivocarnos, con el fanatismo religioso, el sacrificio por Alá ordenado por Mahoma en el Corán, con que los asesinos suicidas están convencidos de que irán al paraíso, lo cual les convierte en una materia prima formidable para los listos que buscan el lucro y el poder y sueñan con establecer un imperio mahometano desde Andalucía a Indonesia, o algo así; pero incluso así, considerando esta óptica bárbara e imperial, no se explican tantas guerras fratricidas, salvo si tenemos en cuenta la voluntad de poder y de dominio de diferentes jefes de tribu y organizaciones terroristas internacionales, como Al Qaeda y los Hermanos Musulmanes. Pero no nos llamemos a engaño, como hacemos todos los días: las facciones islámicas rivales que un día se combaten, al día siguiente pueden unirse, para atacar a Israel y al resto de Occidente, sobre todo al Gran Satán, como tan poéticamente bautizó Jomeini a los USA.

Que estemos en un compás de espera lo demuestra también el hecho de que la mayoría de las células terroristas presentes en Europa se dedican esencialmente a formar novios de la muerte, terroristas suicidas, para enviarlos a Irak, Afganistán, Chechenia o Argelia, pongamos. También preparan atentados en Europa, pero últimamente, y por ahora, y menos mal, han podido ser evitados.

Esta guerra de nuevo tipo también tiene aspectos aparentemente pacíficos. Como hizo Fidel Castro cuando, no recuerdo en qué año, aprovechó un alarde demagógico de apertura que permitió abandonar la Isla a miles de cubanos para facturar con destino Miami un buen montón de presos comunes, los países árabes envían a Europa, como inmigrantes legales o clandestinos, infinidad de misioneros islamistas.

El de la inmigración es un problema serio, complejo, en el que intervienen multitud de factores: la eterna búsqueda de un Eldorado por parte de gentes que apenas malviven, la afición a la aventura y la novedad de jóvenes culos de mal asiento, y muchas otras cosas muy comentadas ya, y muy respetables; salvo una: legal o ilegalmente –y si hay víctimas, mejor–, el islam nos invade voluntariamente con la inmigración. Ya lo declaró abiertamente Gadafi, ese jefe de Estado antaño considerado terrorista y hoy recibido en todas las capitales –y hasta en el Consejo de Seguridad de la ONU– como un demócrata, hace tiempo: el islam conquistará Europa, sin disparar un tiro, mediante una nueva invasión; mediante la inmigración.

Y si alguien piensa que nuestra izquierda invertebrada sabrá oponerse a esta nueva invasión, cuando ni siquiera sabe oponerse a ETA, más vale tirarse por la ventana.



[1] Carlos Semprún Maura: "Revolución sin revolución", La Ilustración Liberal, nº 35 (primavera de 2008), pp. 83-91. Es una suerte de primera parte de este artículo; de hecho, se titulaba "Revolucionarios sin revolución (I)", pero debido a un error de edición apareció con el título arriba referido. Semprún escribió una nota al pie que perdía sentido con el título erróneo; decía: "Robo el título de un libro de André Thirion [Révolutionnaires sans révolution, Robert Laffont, París, 1972] sobre las conflictivas relaciones entre el movimiento surrealista y el PCF". (N. de la R.).
[2] PUF, París, 2006. V. la reseña que publiqué en Libertad Digital ("¿Orígenes o historia del liberalismo?", suplemento Libros, 4-I-2007).

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