Menú

La Ilustración Liberal

Entrevista

Zoé Valdés: "En lo relacionado con Cuba, los cuatro primeros años de Zapatero fueron vergonzosos"

0

Zoé Valdés (La Habana, 1959), autora de trece novelas y cinco poemarios y una de las activistas contra la dictadura castrista más conocidas y respetadas –y, por ende, odiadas–, publicó recientemente La ficción Fidel (Planeta), un ensayo novelado sobre Fidel Castro y su régimen en el que, valiéndose de los recursos de distintos géneros literarios, analiza de forma amena y didáctica las claves de la perpetuación del castrismo y denuncia el apoyo internacional, para nada escaso, que aún recibe.

P.– ¿Qué aporta tu libro que no se hubiera dicho antes sobre el castrismo?

R.– Aporta mi visión personal, algunos datos nuevos a partir de lo que vivió mi generación, la nacida en el 1959, año del nefasto triunfo castrista, y claro, también, por ejemplo, mi experiencia personal como escritora que, desde antes del año 1995, antes de mi exilio definitivo, ha estado siempre en perenne estado de rebeldía; hablo de rebeldía como escritora. Quiero subrayar que no muchos me han acompañado diciendo lo que digo en mi libro, aun estando fuera.

P.– Y lo haces con una gran intensidad, de la que sin embargo no parece te hayas dejado llevar. El "Yo acuso" con que comienza el libro llama la atención no tanto por su virulencia como por su concisión.

R.– Es un yo acuso a modo de prefacio, a modo de homenaje a algunos amigos desaparecidos. Es un documento sintético. No es una caricia, es un puñetazo, es un fustazo.

P.– La ficción Fidel da la impresión de ser una obra que ha sido gestada durante mucho tiempo...

R.– Algunos textos habían aparecido previamente como artículos en el diario El Mundo, y otros eran inéditos que nadie me había querido editar. Son mis obsesiones personales. Es un libro muy reflexionado en su composición, pero sobre todo es la experiencia ensayística de la novelista y la poeta que soy. No me interesa para nada la historia, con sus detalles, sus indicios, sus grandilocuencias o precariedades. La historia me interesa en la medida en que me sirve para contar, para narrar, para sentir como artista.

P.– ¿Cuál es la idea central que recorre el libro? ¿Podría ser la impostura, ese "nada es lo que parece" que parece caracterizar a Castro y los suyos?

R.– Exacto. La idea central es descuartizar la impostura, poner la mentira en evidencia, recorrer la figura de Castro no sólo a través de mi visión, sino de lo que han dicho otros especialistas. Principalmente, mi idea era mostrar que no hubo Revolución Cubana. Hubo una guerrita revoltosa y luego un producto de marketing. Y claro, esa mentira fue apoyada por muchos otros.

P.– Tu teoría de la Revolución Cubana es muy interesante: una trama urdida, o al menos consentida, por sectores de la burguesía cubana, incluso por un sector de los servicios de inteligencia de los EEUU.

R.– Sí, sé que es una teoría que molesta a muchos, pero no hice este libro para dorarle la píldora a nadie. Hubo mucha ignorancia de un lado, indolencia y frivolidad. Del otro lado, el de Estados Unidos, hubo incomodidad con Fulgencio Batista.

No estoy diciendo que Batista fuera un infante del coro, como dirían los franceses; estoy diciendo que no fue tampoco el ogro que nos vendieron. Y que en esta desgraciada historia de los últimos cincuenta años de Cuba hay, en el origen, muchos culpables, no uno sólo. Y que la dictadura castrista ha sido muchísimo más cruel que los dos años de real dictadura de Batista.

Hay una tendencia a contar como dictadura a partir del golpe de estado del 52. Bien, si se revisan, como yo hice, las imágenes de ese golpe de estado en los archivos del INA, el pueblo cubano estuvo de acuerdo con ese golpe de estado. No sigamos siendo hipócritas con nuestra historia, porque seguiremos pagándolo caro. Insisto, sólo hubo dos años de dictadura real batistiana, si juzgamos y comparamos con la crueldad de otras dictaduras.

P.– ¿Por qué prestaron tanto apoyo a Fidel Castro sectores que luego serían los primeros en figurar en su lista de víctimas?

R.– De hecho, esos sectores sociales, los obreros, las mujeres, los negros, fueron los primeros en sufrir la mano dura del castrismo. No olvidemos las imágenes que existen de los fusilamientos (entre ellas, la terrible de un negro ejecutado), como ejemplo, podríamos decir, nefasto.

La revolución castrista se estrenó instaurando el terror, con ejecuciones masivas. La gente apoyó al inicio por simpatía, después por miedo. Por otro lado, a la burguesía, que tanto la sostuvo, le quitó todo: sus mansiones... todo. La revolución puso a los burgueses el hisopo en la mano, les condenó a limpiar letrinas y enseguida los mandó al exilio.

P.– ¿De ahí el homenaje a Rafael Díaz-Balart, que ya en 1955 advirtió de las intenciones totalitarias de Castro? Sorprende que, a pesar de que algunos tuvieran claro lo que Castro quería hacer, casi nadie se levantase contra él o cuestionase su autoridad. Parece una historia de tontos que se creen muy listos, o de gentes que mueren a manos del monstruo que han creado.

R.– El homenaje a Díaz-Balart es también debido a su excelente programa político La Rosa Blanca, un proyecto impecable para Cuba. Dicen que esas palabras nunca fueron dichas en el 55. Me da absolutamente igual: si no fueron dichas, me habría encantado que las dijera. Y por eso las cito. Porque lo que he escrito es un ensayo novelado.

En la época, pocos vieron a Castro como un peligro; lo creían más bien un loco, un iluminado, pero nadie podía sopesar el peligro. Otro problema, la falta de visión; pero eso ocurre con frecuencia en sociedades que poseen un nivel holgado de existencia. Cuba no estaba, como se ha dicho, entre los países más pobres.

P.– Admirador de Hitler y Napoleón, misógino, racista, homófobo, y marcado por una infancia trágica que también ha sido falsificada por el régimen. ¿Es Castro lo que hoy en día llamaríamos un psicópata, o quizá algo todavía peor?

R.– Castro es un dictador con todos las patologías de los dictadores. Un hombre que se creyó y se cree mejor que cualquier ser humano, prepotente, megalómano, psicópata, como ustedes dicen. Pero su hermano, que no es el mismo caso, forma parte de ese cuerpo dictatorial en el que consiguió convertir a la sociedad cubana.

P.– En estas páginas relatas tus primeros encuentros con Fidel y con Raúl. Se ha hablado largo y tendido de la parálisis que provoca a muchos estar ante los Castro. ¿Tanto miedo producen?

R.– Parece que sí. En mi caso fue exactamente como lo cuento. Pero otras personas me han contado la misma experiencia, o sea, esa sensación de sentirse atrapado por un animal superior en fuerza, por una bestia que hipnotiza, seduce y controla. A mí no me sedujeron, pero sí me paralizaron.

P.– Fidel Castro ha aparecido como personaje en algunas de tus novelas. Es XXL en Te di la vida entera; elhombreprofundamentebestia.com en Milagro en Miami; la imagen del padre ausente en Alma Desamparada. En varios momentos de La ficción... reconoces que Castro se ha convertido en una obsesión para los exiliados, que incluso sueñan con él. ¿Es inevitable?

R.– Es inevitable, espantosamente inevitable. Porque se trata de nuestras vidas, que han sido tronchadas en muchos casos por este personaje. Nos hemos tenido que exiliar. Hemos debido renunciar a muchas cosas naturales de la vida. Hablo de los que verdaderamente nos sentimos exiliados. Otros tendrán otros sentimientos. Los míos son éstos. Nunca volveremos a ser normales: esto ha durado demasiado. Yo he intentado vivir de otra manera, y lo he conseguido, pero el ramalazo regresa siempre.

P.– ¿Pensaste alguna vez en olvidarte de Castro y de Cuba, como han intentado hacer otros?

R.– No se trata solamente de que lo haya pensado: he querido incluso imponérmelo. Pero no lo he conseguido. Mi mejor amiga me lo pregunta siempre, me lo aconseja. Bueno, por suerte tengo otros pensamientos muchos más poderosos.

P.– Volvamos a La ficción Fidel. En sus páginas haces referencia al aliento que presta el castrismo a varios grupos terroristas, empezando por ETA. También hablas de la conexión entre Cuba y el terrorismo islámico, algo que numerosos especialistas han negado. ¿Qué pistas debemos seguir?

R.– Las de sus palabras y las de su actitud. Recomiendo ver el documental Fiel Castro, de Ricardo Vega, publicado en edición limitada con el libro. Ahí se ve a Castro reivindicando su derecho a ser terrorista.

En lo relacionado con el terrorismo ninguna pista es suficiente, y las que proporciona Castro no hay que situarlas en un segundo plano; es mi humilde opinión. A los especialistas los respeto, yo en mi libro no doy por sentado nada; pero sí me pregunto, y pregunto a esos especialistas en qué lugar dejaron las respuestas a ciertas cosas que se dijeron y que sucedieron antes del 11 de Septiembre. ¿Dónde están las respuestas?

P.– Una buena parte del libro está dedicada a los que apoyan a la dictadura desde el exterior. Hablas de la izquierdona y de la gauche caviar. Algunas de las anécdotas que relatas son estremecedoras.

R.– Sí, son experiencias increíbles para la época en que vivimos. Y bueno, no ha sido sólo la izquierdona y la gauche caviar. Ha habido de todo, como en botica. También en la izquierda hay gente anticastrista, gente que nos ha apoyado siempre y que se siente dañada, herida. Siempre doy las gracias a escritores como Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías.

P.– No podemos resistirnos a pedirte el nombre de la escritora catalana que te acusó de usar tu cuerpo para promocionarte como escritora.

R.– No lo dije en el libro, no lo diré ahora. Tuvo un cargo muy importante en el Gobierno de Zapatero y salió bastante mal parada. Ella sabe que es ella; con eso me basta.

P.– Entre los capítulos que dedicas a la historia de Cuba hay uno sobre las realizaciones de Batista. ¿Tan poderosas son las mentiras del régimen castrista para que haya que seguir recordando que la Isla tenía hospitales antes de que los barbudos se hicieran con el poder?

R.– Sí, las mentiras son muchas, y además tienen la intención de denigrar no sólo a Batista, también a los médicos, a los profesionales y al pueblo cubano. Afirmar que antes de la revolución Cuba era el burdel de los Estados Unidos es querer decir que una buena parte de las mujeres cubanas eran prostitutas. Eso es un insulto insoportable que nuestras madres y abuelas han tenido que aguantar durante cincuenta años. ¡Basta ya!

P.– También desmitificas el mal llamado bloqueo (o embargo). ¿Cómo es la relación económica entre Cuba y los EEUU?

R.– Los escritores Jean-François Fogel y Bertrand Rosenthal lo definieron mejor que nadie: es un boicot comercial, no un embargo, y mucho menos un bloqueo. Pero es que además los Estados Unidos compran y venden a Cuba por debajo del tapete, es sabido. Sin contar lo que pasa como ayuda humanitaria.

P.– ¿En qué consiste el realismo político que los americanos aplican a sus relaciones con la Isla?

R.– El realismo político de los americanos ha consistido, hasta ahora, en evitar que haya un conflicto mayor. Eso es algo que los americanos han sabido controlar, porque los Castro, durante cincuenta años, no han hecho más que provocar a los americanos, pero éstos no se han dejado provocar. Por esta razón, los americanos –hablo del Gobierno estadounidense– han tenido que danzar al ritmo de los hermanos Castro en más de una ocasión; por impedir lo peor.

P.– Tu interpretación del llamado raulismo es bastante pesimista.

R.– El raulismo no cambiará nada. Ahora se anuncian con bombo y platillo ciertas medidas que dan vergüenza. Todo es puro maquillaje. Por ejemplo, los cambios de sexo para los transexuales: se trata de treinta casos, pero en todo este tiempo lo que ha existido en Cuba ha sido una violenta represión de los homosexuales.

P.– ¿Cabe una alternativa a esta situación?

R.– La alternativa está, por el momento, en manos del régimen. Sólo ellos pueden abrir el país a la democracia, sólo ellos pueden decidir si dan el poder a otros, si liberan a los presos políticos, si dan participación democrática a los disidentes, si se vuelve a la Constitución del 40. Pero no lo harán. La otra alternativa es que el pueblo se lance a la calle, pero lo dudo: es un pueblo cómplice, aun sin quererlo. Es un pueblo exhausto.

P.– En ésta tu más reciente obra aportas datos económicos espeluznantes y describes el hundimiento que experimentó la economía de la Isla ya en los primeros años de la Revolución.

R.– Son datos tomados, todos, de los archivos castristas, y comparados con los datos anteriores que ellos mismos daban al inicio, sacados de libros de varios autores importantes, de historiadores y protagonistas serios de la historia cubana, como Moreno Fraginals, Carlos Franqui y Jeannette Verdès-Léroux.

P.– ¿Cómo es que no se produjo un cambio, o al menos un movimiento de resistencia, ante del desplome del nivel de vida?

R.– El cambio era muy difícil, porque Castro prometía el paraíso terrenal. Pero sí hubo resistencia. Decir que en Cuba no ha habido resistencia es una infamia absoluta. Hubo siete años de guerrilla anticastrista en las montañas del Escambray. Muchos de esos guerrilleros habían luchado junto a Castro, pero se desencantaron de él y de su revolución, y pedían que volviera la democracia a la Isla.

Antes de las sucesivas olas migratorias hubo siempre un movimiento de revuelta, pero sólo se ha querido ver el éxodo. Antes de la crisis de los balseros hubo muchas manifestaciones, protestas populares: todas ellas fueron reprimidas violentamente por la Policía y por las Brigadas de Respuesta Rápida. Y ha habido un exilio en buena medida coherente.

P.– Por lo que cuentas, hay muchos cubanos adictos al régimen que poseen una gran libertad de movimientos, así como numerosos topos entre los exiliados. ¿Qué debe hacer el extranjero incauto para no caer en la trampa de los impostores y los cambiacasacas?

R.– No sé; yo sólo sé que he desarrollado un olfato para percibirlos. Aunque a veces son muy eficientes y me equivoco. Esa gentuza se define por sí misma y se cae por ella sola. En su gran mayoría son mediocres con ínfulas, o caídos en desgracia que necesitan relanzarse de algún modo. Yo me protejo hasta donde puedo. Vivo sumergida en el estudio y acompañada de mis amigos de siempre.

P.– Jimmy Carter y Danielle Mitterrand se cuentan entre los políticos que, a tu juicio, más han ayudado a Castro. En otros casos has optado por no citar nombres. ¿Tienes miedo de hacerlo, o acaso consideras que no ha llegado el momento de desenmascarar a ciertas personas?

R.– No tengo miedo, pero hay nombres que si los citas te pueden dar dolores de cabeza, aun cuando los elogies. No quiero perder el tiempo en eso. Mi propósito era echar ácido en el cretinismo castrista y denunciar el horror; ya lo hice, como lo hicieron en su momento Guillermo Cabrera Infante y otros escritores a los que cito y admiro.

Por otro lado, me da asco que gente que debiera pedir perdón a sus víctimas todavía esté exigiendo reconocimiento para ellos y para la memoria de sus padres, que fueron vulgares asesinos.

P.– Eres especialmente crítica con la política de Rodríguez Zapatero. ¿Por qué te parece que su línea de diálogo con el régimen es contraproducente?

R.– No es totalmente contraproducente: ha conseguido liberar presos políticos, en lo que la dictadura ha llamado licencias extrapenales, que ya constituyen liberaciones humillantes para los inocentes encarcelados; pero sobre todo es la actitud de aceptar las condiciones de esas liberaciones, cuando el castrismo no está en sus mejores momentos para condicionar nada –de hecho, nunca lo estuvo–. Me parece espantoso.

En lo relacionado con Cuba, los cuatro primeros años de Zapatero fueron vergonzosos: no puso nada en tela de juicio, no condenó el castrismo, negoció con él. Antes de ganar de nuevo las elecciones volvió a jugar el numerito de la liberación de presos cubanos con condiciones. Esto es doloroso para los cubanos; aunque, claro, no hay nada más preciado que la libertad de un hombre.

P.– Turno para un clásico de los Misterios del Castrismo: el juicio contra el general Ochoa y los hermanos De la Guardia, del que se han escrito ríos de tinta. ¿Cuál es tu hipótesis?

R.– Está en el libro. No estoy de acuerdo con el juicio ni con los fusilamientos. Sobre todo porque esa gente trabajaba a las órdenes de Castro. No fueron ellos los cerebros de nada: ellos llevaron a cabo el plan, y quizás innovaron. Pero si se hicieron traficantes de droga fue porque Castro se lo ordenó. ¿Que le sacaron lascas al asunto? Eso es algo que está por investigarse. Los jimaguas [mellizos] De la Guardia no eran unos ángeles, y el general Ochoa tampoco.

No creo que hubiera complot anticastrista: creo que se creyeron superiores, que podían jugarle cabeza a Castro, que se creyeron intocables. Nadie es intocable en el castrismo. Pero, ojo, esa gente también participó de la crueldad del castrismo, también cometieron crímenes y desmanes.

P.– Entre los artistas e intelectuales cubanos que homenajeas en estas páginas se cuenta Reinaldo Arenas, del que destacadas no sólo su faceta artística, sino su pensamiento político. ¿Cuál es en tu opinión la principal aportación de estas personas al análisis del castrismo, o de la política en general?

R.– Reinaldo Arenas es uno de los más grandes escritores que han tenido Cuba y la Humanidad. Fue un revolucionario de la novela, del lenguaje y del pensamiento político cubano, como fue el caso de Guillermo Cabrera Infante, mucho antes y en otra cuerda. El aporte principal es su obra, sin duda alguna: su pensamiento político, como bien dices, pero sobre todo su pensamiento artístico, sus ideas como escritor, su sensibilidad. Es el caso, igualmente, de Lydia Cabrera, también en otra arista. Todos imprescindibles, y el ejemplo que dieron con sus vidas es irrepetible, insuperable.

P.– El régimen castrista ha practicado el racismo y perseguido, a veces implacablemente, a los homosexuales, como, por desgracia, bien saben en tu familia. ¿Por qué esta obsesión –al decir de tantos cubanos– de Castro con la raza y la orientación sexual de la gente?

R.– Como bien dijo la escritora María Elena Cruz Varela en las jornadas Cuba: Revolución y homosexualidad, celebradas en Madrid el pasado enero, la represión contra la homosexualidad ha sido una de las partes más oscuras, un capítulo terrorífico, aún por contar, aún por reconocer, del castrismo.

La obsesión de los Castro tiene su lado personal, oculto, que algún día averiguaremos. Pero sobre todo hay el odio y el desprecio a las personas libres, y la sexualidad es algo que sólo se puede vivir plenamente en libertad. El comunismo y el guevarismo impusieron un modelo de hombre nuevo del estilo del hombre hitleriano y del realismo socialista, el hombre correcto, duro. Los homosexuales no eran compatibles con ese modelo. Tampoco las lesbianas. Los castristas decidieron hacerles la vida imposible, y lo consiguieron. Por poner un ejemplo: el poeta y dramaturgo René Ariza estuvo condenado a ocho años de cárcel.

P.– ¿Qué papel desempeñan Mariela Castro (hija de Raúl Castro) y Aleida Guevara (hija de Ernesto Guevara) en el lavado de cara del régimen ante la progresía occidental?

R.– Mariela y Aleida desempeñan, cada una a su manera, el papel de princesas del castrismo, de privilegiadas de la dictadura. Y se les deja hacer. Hacen el ridículo con cada una de las entrevistas que dan. Sobre todo la segunda, que es bastante bruta y poco flexible, una verdadera comisaria soviética. Mariela Castro ha sabido escoger su tema, el de los homosexuales castristas, y hasta ahora se está haciendo un hueco con eso. Veremos. Pero creo que es un plan que entra dentro del proyecto de sucesión dinástica a lo castrocomunista.

P.– ¿Lo conseguirán esta vez?

R.– Podrían conseguirlo; por algunos años, pocos.

P.– En La ficción Fidel hay ensayo político, histórico y literario, episodios autobiográficos, entrevistas, una mezcolanza que se nos antoja de gran valor pedagógico. ¿Se trata de una obra dirigida a un público joven, o tal vez a los que no saben mucho sobre el castrismo?

R.– Va dirigido a todos, pero, claro, quise sobre todo sensibilizar a los que ignoran mucho del tema, sacudir a los que aún se hallan embobados y fustigar a los colaboradores.

P.– Por supuesto, no has renunciado a tu estilo, vehemente, incluso chulesco, y algo desgarrado. Una vez oímos decir que eras una cubana muy castiza.

R.– Seguramente, no sé. Pero escribí Café nostalgia, Lobas de mar, La eternidad del instante, Querido primer novio, que son novelas en las que hice un trabajo profundo con el lenguaje y con las historias que cuento en ellas. Hay novelas que me piden su propio lenguaje, eso ocurre siempre, y yo trato de obedecerlas. Es a lo único que obedezco, a la literatura.

P.– Hablemos un momento de tu vida. ¿Cuándo, y por qué, decides exiliarte?

R.– En 1994, aunque venía pensándolo desde 1986. Lo hice por razones esencialmente políticas. Siempre quise cambiar las cosas desde dentro y desde mi contexto, la escritura. No lo conseguí, y empecé a tener problemas: en la revista Cine Cubano, en el ICAIC [Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico], donde me enfrenté directamente al director, Alfredo Guevara... El hundimiento del remolcador 13 de Marzo, en el año 93, y mi novela La nada cotidiana dieron el puntillazo a la decisión.

En 1991 tuve dos problemas graves: gané un premio que quisieron que donara al régimen, pero no lo hice, y firmé un contrato de edición con el extranjero. Hasta entonces sólo un escritor lo había hecho sin pedir autorización al Gobierno: Reinaldo Arenas, y le valió dos años de cárcel. Me amenazaron, y no pude soportar la humillación. Llevaba ya un cúmulo de humillaciones: mi padre, dos años en la cárcel; mi madre, vejada constantemente en su trabajo; en la universidad no pude estudiar lo que quería, porque para los castristas la vocación no existe; sin contar lo que tuvieron que sufrir amigos míos y gente a la que no conocía y con la que me sensibilicé mucho, como María Elena Cruz Varela. Cuando ésta fue encarcelada, yo fui la única escritora que no firmó contra ellos; me vinieron los de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba para que firmara una carta contra Los Diez[1] y, claro está, me negué a hacerlo.

P.– ¿Cómo fue tu vida en París hasta que pudiste vivir de la literatura?

R.– Dura, pero mejor que en Cuba, porque tenía libertad, y eso era lo que yo buscaba. Y tenía a mi hija, y a mi marido, y La nada cotidiana.

Fue dura unos años, pocos. Otros han sufrido mucho más, pero también han llegado, han triunfado. Yo sólo quiero escribir y tener trabajo y libertad, es lo único a lo que me aferro. Creo que he probado que he trabajado duro durante todos estos años, quince ya. Y sin hacerle daño a nadie.

P.– ¿Por qué algunas personas piensan que ser exiliado cubano es un chollo?

R.– Ser exiliado cubano es muy difícil, al menos en Europa. Y muy doloroso.

P.– Tienes una hija. ¿Le hablas de Cuba?

R.– Le hablo de Cuba, pero ella no sólo es cubana, también es francesa y española. Ella es una adolescente libre, y hace dos días me dijo que le gustaría conocer su país, porque salió cuando tenía un año y medio y no recuerda nada, pero que esperaría a que sus padres pudieran ir libremente, que será paciente. Y eso me emocionó.

P.– Tus novelas se centran siempre en lo cotidiano. ¿Es tu manera de poner un contrapunto a la utopía colectiva del castrismo, o incluso de escapar de ella?

R.– No, no todas mis novelas se centran en lo cotidiano; sólo dos de ellas: La nada cotidiana y Te di la vida entera. He escrito quince novelas. No sé si pueda escapar de nada. Ojalá que lo consiga, pero la literatura no es escapismo: es un sacerdocio. Y no es terapia tampoco. La literatura es vida, la vida es una novela: los escritores sabemos escribirla, pero por eso sufrimos el doble.

P.– En una de tus historias escribes: "Ella viene de una isla que quiso construir el paraíso". ¿No reivindicas en cierta manera, a través de tus personajes, el derecho a admitir la mediocridad, los errores?

R.– Eso es el inicio de La nada cotidiana. Mis personajes se mueven en el contexto social cubano: no me queda otro remedio que reconocerlos con sus errores, sus mediocridades, sus egoísmos. Me gustan los escritores que describen desde lo más profundo del dolor. No soporto las novelitas dulzonas que hacen soñar con nubecitas rosadas. Y detrás de cada escritor preciso y precioso hay siempre una maraña en el alero, como diríamos los cubanos. No concibo la literatura que no se desgarra desde lo hondo.

P.– Sigamos con tu cotidianidad, una cotidianidad no exenta de rebeldía. En este pasaje de Querido primer novio: "El palo de trapear era el alma de combate de Dánae. Una mujer enarbolando un palo de trapear es la estampa de cualquier madre obsesionada con los microbios batallando para que el suelo relampaguee y huela en la profundidad de la memoria infantil", algunos hemos visto una reivindicación: la libertad no se conforma en la utopía, sino en el día a día.

R.– La libertad es real, es necesaria, tangible, se puede sopesar y palpar. Lo demás es palabrería hueca. Lo han demostrado los utópicos más encarnecidos, los de Mayo del 68, y los revolucionarios de todos los tiempos. La gran mayoría, qué curioso, terminan enriquecidos, con puestos buenísimos. Poseen un programa de vida muy curioso: enriquecerse contando ideas de pacotilla a los humildes, a los pobres. Claro, ellos fueron los primeros en comprender que serían más libres haciendo dinero que hablando boberías.

P.– Muchos interpretan tu literatura como una denuncia de la hipocresía; no sólo en lo político, también en lo social.

R.– Es un halago que agradezco. Detesto la hipocresía, tanto en la política como en la vida. Pero donde verdaderamente no soporto el engaño y la hipocresía es en la literatura y en el arte.

P.– ¿La misma hipocresía que hace que la lucha de las Damas de Blanco se ignore pero se canonice la de las Madres de la Plaza de Mayo?

R.– Exacto. Aquí hay hipocresía y mala idea. Sobre todo en el medio artístico: no he visto todavía a un Sting que les escriba una canción. Aunque varios escritores y artistas cubanos nos hemos solidarizado con ellas, todavía somos pocos.

P.– Patria, Canela, Daniela, Cuca, Dánae, Marcela, Alma, Iris, Ann, Mary, Remedios: la mayoría de tus personajes principales son mujeres. ¿Reivindicas la memoria silenciada de las mujeres, o simplemente te identificas mejor, puedes expresarte mejor a través de los ojos de una mujer?

R.– Soy mujer, por lo que conozco mejor el dolor, las pasiones, las formas de amar de las mujeres. Me reconozco en todas ellas. Pero también en algunos personajes masculinos: me interesa mucho la fragilidad masculina, un tema recurrente en mi obra.

P.– Tus personajes son extrovertidos, son explosivos; en cambio, tú te defines como tímida y silenciosa. Ahora bien, cuando te sueltas no hay quien te calle. ¿Cuánto de Zoé Valdés hay en tus personajes?

R.– Mucho de mí, pero mucho también de ellas mismas, de mi imaginación, de la invención literaria. Yo las concibo, yo las describo, forzosamente les doy de mí lo más que puedo. Pero yo soy muchas. Rimbaud dijo: yo soy otro. Yo digo: yo soy muchas otras.

P.– La niñez nos parece una de tus principales fuentes de inspiración. ¿Qué queda de la niña Zoé que escribía poemas a sus amigos y dibujaba en las paredes de una casa ya derruida, y a la que pareces evocar constantemente?

R.– Mi niñez es mi primera fuente de inspiración. Sigo siendo aquella niña. Sigo teniendo a mis amigos de aquella época y sigo soñando con ellos, con todo aquello, con el Parque Habana, con el garaje adonde íbamos mi madre y yo a cargar agua, con el Parque de los Mosquitos, con La Habana Vieja, el solar. El exilio agudiza esa memoria. No quiero perder de vista mi vida, de dónde vengo. Es mi perspectiva esencial.

P.– ¿Estás de acuerdo con el sector de la crítica que define tus novelas como cinematográficas, visuales, que las considera mucho más descriptivas que narrativas?

R.– Bueno, empecé por la poesía, escribí guiones de cine, no muchos. Pero pasé del poema al guión, del guión a la novela, combinando la prosa poética. No me molesta para nada que digan que soy descriptiva, porque lo soy, y disfruto siéndolo.

P.– Proust, Sartre, Flaubert y tantos otros: el universo de Zoé Valdés es una mezcla muy intercultural y difícil de definir. ¿Huyes de las etiquetas, o es que Dios te ha hecho así?

R.– Mi formación es vasta, aunque caótica, lo reconozco. Pero en literatura tengo mis gustos muy definidos. Mi universo literario es diverso, eso sí. No me agrada contar siempre la misma historia, lo que nos pasa a todos los escritores, aunque hagamos siempre la misma historia. Huyo de las etiquetas, seguro. Y si algún dios o alguna virgen andan por ahí, probablemente la Milagrosa tenga mucho que ver.

P.– El régimen castrista te ha etiquetado como reaccionaria y pornógrafa, y tú no has tenido reparos en contestar. ¿No tienes miedo de que se valore más tu compromiso político que tu calidad literaria? Dicho de otra forma, ¿no corres el riesgo de ser el icono del anticastrismo, así como el castrismo impulsa a los suyos por compromiso político?

R.– Las etiquetas del castrismo las respondo porque no permito que me insulten, y mucho menos una dictadura que sí es reaccionaria, pornógrafa y mucho más. Mi obra literaria está ahí, sólo hay que leerla. No tengo ningún compromiso político, sólo respondo a las preguntas de los periodistas cuando me preguntan por mi país, sólo digo la verdad. No pertenezco a ningún partido ni milito en nada. Mi voz se ha hecho fuerte gracias a mi obra literaria. El riesgo de ser icono se corre siempre cuando tu voz es fuerte. Pero no me considero símbolo de nada. Sólo denuncio de manera independiente. La diferencia con los escritores castristas es que ellos tienen que hacerlo para que se les deje viajar, regresar, comprarse una casa, un coche; en una palabra, para poder existir. No es mi caso: yo tengo mi trabajo aparte de todo eso. Y soy libre.

P.– Tus personajes luchan sin descanso por su libertad; tú luchas por la del pueblo de Cuba, y a la vez reivindicas la de los autores, lejos de la tiranía de las escuelas literarias y las clasificaciones académicas y gremiales.

R.– Todo eso es poco comparado con los cubanos que luchan dentro de Cuba, con lo que hacen las Damas de Blanco, los presos políticos, los disidentes. Pero respeto algunas escuelas y academias, aquéllas que proponen la libertad del arte y de la vida.

P.– Esa libertad, el estar fuera de corrientes y escuelas, ¿se paga con la soledad? ¿Eres popular en el gremio?

R.– Siempre he sido una solitaria, incluso en Cuba. Me agrada la soledad, la disfruto. Y no me interesa la popularidad, como no sea la de tener millones de lectores, que significa que mi soledad alcanza a la soledad de tanta gente, y nos acompañamos a través de las palabras, las emociones, el arte.

P.– Hay una parte de tu biografía que nos enternece mucho: aquélla en que vuelves a tu casa de la calle Muralla para plantar una semilla entre los dibujos que pintaste en la pared, medio borrados por el agua y el sol. De esa semilla floreció un enorme gajo. ¿Qué te gustaría que floreciera de tus obras, sobre todo en Cuba? ¿Cómo te gustaría ser recordada?

R.– Me gustaría que floreciera el recuerdo de una niña que se escapaba de la escuela para ir a bañarse a las playas de Cojímar. Y me gustaría que dijeran que fui buena persona y mejor escritora. Pero es mucho pedir: con buena persona me basta. Lo demás, ya veremos.

P.– ¿Es Cuba tu Ítaca particular? ¿Volverás?

R.– Cuba es la Ítaca de varios escritores cubanos, sobre todo de aquéllos que leímos a Cavafis hace mucho. ¿Volveré? Me lo pregunto cada día. Seguro que sí, pero no sé cuándo.

P.– Ojalá que cuando estés allá no olvides tu cita con estos dos españoles, madrileño y catalán, a los que tanto has inspirado, y que probablemente no serían lo que son, y cómo, sin la rebeldía, el coraje y la profunda honradez que destilan tus personajes. Ojalá no les decepcionemos demasiado. Ha sido un gran placer. Que Dios te bendiga siempre.

R.– ¿Cómo creen que puedo olvidar a dos amigos? La amistad es para mí uno de los bienes más preciados. Espero no decepcionarles yo a ustedes. Y necesitamos mucho de Dios y de los hombres. Y de la poesía, que para mí lo es todo.



[1] Valdés alude aquí a los diez intelectuales que, en 1991, demandaron por escrito al dictador Castro que liberara a los presos políticos y emprendiera reformas políticas. Los Diez eran María Elena Cruz Varela, Raúl Rivero, Nancy Estrada, Manuel Díaz Martínez, José Pomares, Bernardo Marqués, Roberto Luque, Víctor Serpa, Fernando Velásquez y Manuel Granados.

0
comentarios