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La Ilustración Liberal

En la muerte de Carlos Semprún Maura

Carlos Semprún Maura. Una antología

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La muerte de un amigo

(ABC, 9-I-1998)

Yo fui quien publicó el primer libro de Cornelius Castoriadis, y además en español. Se trataba de Capitalismo moderno y revolución, estaba firmado con uno de sus conocidos pseudónimos, Paul Cardan, y se editó en mi colección El Viejo Topo, en Ruedo Ibérico, París, 1970. Constituía, dicho libro, una primera recopilación de artículos publicados en la revista Socialisme ou Barbarie, que todo el mundo despreciaba o atacaba cuando existía y que ahora sale a relucir con la muerte de Cornelius. Luego, cuando me hice cargo de la colección Acracia en Tusquets, también publiqué varios libros suyos, traducidos del francés, que era su lengua de trabajo, digamos, aunque su lengua materna fuera el griego y lo escribiera perfectamente. En mi humilde vida intelectual no tengo tantas ocasiones de vanagloriarme de algo como para no señalar este detalle. También es cierto que mucho debo a Enrique Escobar, quien antes que yo conoció la obra y al autor y me presentó a ambos. Fue Enrique, con su compinche Daniel de la Iglesia, quien ha traducido al castellano buena parte de la obra de Castoriadis.

A mí me impresionó su análisis lúcido y tremendo de la sociedad soviética, el ímpetu con el que entraba a machetazo limpio en la selva de los tópicos y mentiras estalinistas, pero también tronquistas, su familia de juventud, y otras sectas ultraizquierdistas. Resumiendo a ultranza –¿y cómo no resumir hablando en pocas líneas de una obra que cuenta más de veinte gruesos libros publicados?–, uno de los temas centrales del apoyo crítico de los trotsquistas a la URSS, que se basó durante decenios en el libro del propio Trostski La revolución traicionada, y que consistía en afirmar que la URSS, pese a sus errores y crímenes, seguía siendo un sistema socioeconómico superior al capitalismo porque no se había restablecido la propiedad privada de los medios de producción (su supresión violenta constituía un dogma absoluto, para todas las corrientes marxistas). Incluso los había que mantenían y mantienen que la planificación socialista era infinitamente superior a la anarquía del mercado. En sus escritos sobre la URSS, Castoriadis demuestra que la explotación de los trabajadores, obreros como campesinos, era mil veces peor que la de los trabajadores en los países capitalistas. Que si la propiedad de los medios de producción no era privada, tampoco era colectiva, sino estatal, lo cual no tiene absolutamente nada que ver, y era la nueva clase, surgida en los países comunistas, la burocracia política del partido único, del Partido-Estado, quien poseía todo y explotaba a todos. A ese sistema de explotación bárbaro, que convierte a los ciudadanos en siervos –y en esclavos en el Gulag–, Castoriadis lo calificó de "capitalismo burocrático de Estado", y muchos soltaban carcajadas, entonces. No digo que Castoriadis fuera el primero en criticar a fondo el totalitarismo soviético, ni siquiera que fuera el más importante de sus críticos (pienso en Hannah Arendt, por ejemplo), digo sencillamente que para mí, allá por los años 62-66, junto con Claude Lefort, su conflictivo compañero de innumerables colaboraciones y de innumerables disputas, fue –fueron– esenciales para pensar el mundo y la política de otra manera, liberado de un progresismo ramplón, que condenaba Auschwitz para ocultar Kolymá. Tampoco puede olvidarse, en ese primer periodo de la obra de Castoriadis, sus análisis de las luchas obreras en el seno del capitalismo moderno y cómo dichas luchas, a menudo muy duras, influyeron en la modernización del capitalismo, porque al verse obligados a responder el aumento de salarios y a la reducción de los horarios, los industriales tuvieron que aumentar la productividad y por lo tanto la robotización, para decirlo de alguna manera. Y en eso estamos, hoy más que nunca, ya que las revoluciones tecnológicas crean paro. Castoriadis afirmaba que el capitalismo se nutre y avanza mediante sus crisis. Hace más de treinta años, al final de uno de sus textos sobre estos temas, escribió: "Para seguir siendo revolucionario, hoy, hay que dejar de ser marxista". En varios momentos de mi –nuestra– historia, los textos de Castoriadis fueron esclarecedores. Citaré pocos ejemplos: cuando Jean-Paul Sartre, con motivo de la Guerra de Corea, se abandona a la servidumbre voluntaria del procomunismo, Castoriadis le critica de manera despiadada y justa. Cuando, en 1956, estalla la revolución húngara antisoviética, Castoriadis, junto con muy pocos, porque la norma era rogar para que cesaran las luchas fratricidas entre socialistas, fue un defensor radical de la revuelta húngara. Haciéndose demasiadas ilusiones sobre los consejos obreros húngaros, que desempeñaron un papel, desde luego, pero tan efímero que nada queda hoy de dicha experiencia. Arremete una vez más contra la hipocresía de Sartre. También lo hizo Lefort, y muy bien, y yo cité a ambos en mi libro Vida y mentira de Jean-Paul Sartre (1996). En 1968, Edgar Morin, Claude Lefort y Castoriadis publican (¡en junio!) uno de los mejores libros sobre dichos enigmáticos, aún hoy, acontecimientos. Castoriadis si reconoce que en mayo de 1968 "el propietario industrial no fue la vanguardia revolucionaria de la sociedad, sino su pesada retaguardia", sigue exigiendo la constitución de "un movimiento revolucionario organizado". Lo cual, lo siento, y pese a todos sus interesantes matices, no pasa de ser una antigualla decimonónica. Luego cambió, o, si se prefiere, evolucionó; el escritor militante antitotalitario, partidario de una utopía democrática (aunque odiara el término de utópico, lo era), se transforma en filósofo, sociólogo, psicoanalista. No hay ruptura total, pero si de manera tan simbólica como concreta sustituye el término autogestión por autonomía, por algo será. En toda esta segunda, digamos, parte de su obra, fundamental, pero tan compleja que resulta imposible resumirla en pocas líneas, intenta, bajo el título genérico de Las encrucijadas del laberinto, crear una obra enciclopédica, que trata de poner en pie un sistema en el que se incluyen la historia, las ciencias, la filosofía, la política, las artes, la muerte y, a fin de cuentas, todo lo demás, hasta la televisión, con el objeto de fundar una teoría de la liberación, de la democracia radical, de la autonomía del individuo, y claro que no lo logra, sencillamente porque es imposible.

Yo conocí a Castoriadis en mayo de 1968. Desde entonces hemos seguido viéndonos regularmente, aunque no todas las semanas, desde luego. En varias ocasiones compartimos vacaciones en casa de amigos comunes. Pero debo testimoniar su profundo pesimismo estos últimos años. Yo me extrañaba: "¿Cómo es posible que tú, que has pasado tu vida denunciando la mentira comunista, el totalitarismo, parezcas tan desilusionado ante el derrumbe de la URSS?". No por el derrumbe, desde luego, me decía, sino por lo que está ocurriendo ahora. No entendía mi entusiasmo. ¿En qué soñaba? ¿Como en su juventud, en un socialismo de consejos? ¿En la autogestión? ¿En la autonomía individual, por fin realizada? Como, que yo sepa, no ha dejado al respecto ningún texto fundamental, como algunos a los que ha aludido –o como su ataque frontal a las tesis y sobre todo a la praxis de Jacques Lacan– me parece poco serio basarme únicamente en conversaciones de sobremesa, bastante pesimistas, eso sí, y en relación con todo. La última vez que le vi fue el 12 de julio de 1997, en mi calle. Abrió los brazos en un gesto típicamente mediterráneo y me dijo: "Pero, Carlos, es absurdo, vivimos al lado y no nos vemos nunca". Ya que se iba a Grecia, como todos los veranos, quedamos en llamarnos en septiembre. Atosigado por terminar un libro, no le llamé. Él tampoco me llamó. En octubre entró en un hospital, de donde nunca más salió, salvo para el cementerio. La obra queda, el amigo ha muerto.

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¿Solo, cortado o con leche?

(La Razón, 10-IX-1999)

Como se dice del café, lo mismo podría decirse del liberalismo. Solo, o sea, reinando sobre los territorios de la economía, la política, la cultura y la vida privada, el liberalismo no existe en ningún país, pese a que los anglosajones tenga fama de ser más liberales, lo cual es sólo parcialmente cierto. En los USA se prohíben tajantemente las drogas y se intenta hacer lo mismo con el tabaco, pero las armas están en venta casi libre. No veo dónde se sitúa el liberalismo en esa incoherencia. No faltan otros ejemplos.

El caso es que la cantidad de leche estatal que hay que añadir al café liberal constituye la esencia del actual debate en los círculos políticos europeos. Dicho debate tiene subtítulos conocidos: Tercera Vía, Nuevo Centro, Nueva Izquierda, y está salpicado de insultos antiliberales. La socialburocracia francesa parece no poder desprenderse de Molière y habla en prosa sin saberlo, y sin decirlo realiza una política calificada por ellos mismos de "de derechas". Jack Lang, ex ministro de Propaganda de Mitterrand, en una arenga publicada en Le Monde (27-VIII-1999) reconoce esta situación y se indigna porque su Gobierno privatiza y al mismo tiempo censura la palabra privatización en su discurso oficial, porque privatizar es de derechas. Audaz, muy audaz, se declara favorable a las privatizaciones. De entrada subraya que, con matices, en realidad todos los socialistas europeos sufren de una ausencia de pensamiento realmente de izquierdas, acorde a los tiempos modernos. En el mismo sentido critica su excesivo economicismo. Trémulos, esperamos sus soluciones modernas. Nada. Una vuelta al marxismo de antaño, con una cita que demuestra cuán rápidamente ha leído Marx, y una crítica al documento Blair-Schröder, por no hacer siquiera referencia a las heroicas "luchas del pasado", ni citar a Harold Wilson y Willy Brandt. Pero donde su arenga cobra un significado tan siniestro como ridículo es cuando, lamentando que los documentos socialdemócratas europeos no se proyecten firmemente hacia el porvenir, precisa que "los muchachos y muchachas de hoy no sabrán nada del tipo de sociedad que la izquierda europea les prepara". Confío en que los jóvenes no estén esperando lo que la socialburocracia intente imponerles como porvenir. Cortado, con leche pasada.

Mucho más serio me parece Milton Friedman en su artículo "La Tercera Vía es un callejón sin salida". Por ejemplo: "Todas las sociedades –comunista, socialista, capitalista– se sirven del mercado. La distinción crucial concierne a la propiedad privada. (…) ¿Quiénes son los actores de dicho mercado? ¿Se trata de funcionarios que actúan en nombre del 'Estado', o de personas privadas que obran por cuenta propia?". Tratándose de las privatizaciones, se declara partidario resuelto del café solo, nada de leche, una privatización a medias, semiestatal, no funciona. Entre otros ejemplos, da el del tráfico aéreo en Estados Unidos, donde las compañías son privadas y los aeropuertos estatales, y los conflictos inútiles creados por esta situación ambigua. "Si hay que privatizar una actividad pública, hay que hacerlo totalmente". Considera asimismo que para conseguir que las privatizaciones sean populares, además de eficaces, hay que ampliar el capitalismo popular, o sea los accionistas empleados en las empresas. En este sentido, rinde, de paso un homenaje a la señora Thatcher. Esta señora está tan diabolizada en Europa, que se olvidan sus logros económicos y sociales, mantenidos por el gobierno de Blair. En una serie de temas, digamos, culturales no fue nada liberal, sino muy conservadora, pero bastantes privatizaciones realizadas durante su gobierno siguen siendo ejemplares. Este capitalismo popular reintroduce en las empresas industriales, financieras, otras, algo de autogestión, o mejor dicho una participación de los trabajadores-accionistas en la gestión de dichas empresas. Lo cual no es de derechas ni de izquierdas, sólo progresista. "Es agradable comprobar que, en muchos países, ha comenzado un debate que nos lleva más allá de derecha e izquierda". Estas son las primeras líneas del magnífico artículo de Ralf Dahrendorf "La Tercera Vía". Se trata de un análisis del documento Blair-Schröder y de los textos de los teóricos del New Labour: Anthony Giddens y Ulrich Beck. Si tiene frases amables sobre la brillantez de estos señores, su artículo critica duramente sus tesis, insistiendo en un aspecto insospechado para muchos: su autoritarismo. "(…) cada vez me llama más la atención que casi nunca aparezca la palabra –y desde luego nunca en un lugar central– en todos estos discursos, panfletos y libros: la palabra libertad". Y más adelante: "Esto no es accidental. La Tercera Vía no trata de sociedades abiertas, ni de libertad. Hay de hecho una curiosa veta autoritaria en ella". Recogiendo la frase del documento Blair-Schröder, que todos los líderes socialistas repiten como papagayos: "Apoyamos una economía de mercado, no una sociedad de mercado", se pregunta si sólo se trata de un "desliz estilístico", o si en realidad desean una sociedad de mando. Los textos en torno a la Tercera Vía demuestran, según él, una voluntad de sistema único, de ideología unificada, cuando, por el contrario, la gran liberación de la revolución de 1989 (la "caída del Muro de Berlín") significa que el tiempo de los sistemas ha acabado. "En un mundo abierto como el nuestro, no hay tres vías sino un número indefinido". Ni un solo capitalista, ni un tipo único de democracia en el mundo entero. Cuando afirma que las tesis del New Labour pueden encontrar tanto apoyo fuera como dentro de los partidos socialistas se refiere explícitamente a las buenas relaciones de Blair con Aznar, tan buenas o incluso mejores que con su colega socialista Jospin. ¿No será una crítica a ambos por no ser bastante liberales? Volveré sobre estos temas. Pero ahora voy a tomar un café. Solo.

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Sin pelos en la lengua

(La Razón, 16-II-1999)

Como muchos, yo pensaba que en los países anglosajones la tradición y la realidad de la libertad de expresión estaban mucho más enraizadas que en países como Portugal, España, Italia y Grecia, por ejemplo, que han conocido luengos años de dictadura y una censura férrea. Pues bien, la voz de ultratumba de George Orwell nos obliga a matizar nuestra opinión, ya que en Inglaterra y durante un buen decenio, antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, fue prácticamente imposible criticar a la URSS y a Stalin. Paradoja subrayada por Orwell: incluso en plena guerra se podía criticar a Churchill y a su gobierno, pero era imposible criticar a la URSS y al "padrecito de los pueblos". Esto lo afirma Orwell en el prólogo inédito a su libro Animal Farm, relatando las dificultades que encontró para publicarlo. Se trata, como todo el mundo sabe, de una sátira del totalitarismo soviético y de sus jefes Lenin y Stalin. Pero si su libro, pese a tantas dificultades, logró publicarse en agosto de 1945, el prólogo, mucho más explícito que la fábula, ha permanecido inédito hasta hoy. (En francés, se encuentra en el Tomo III de las Obras Completas de G. Orwell, Ivrea ed.). Tal vez lo peor, escribe Orwell, sea que no hubo consignas de censura por parte del gobierno, sino una autocensura y un conformismo generalizados, por parte de los medios editoriales, la prensa y los propios intelectuales, en su inmensa mayoría.

Orwell no comenta solamente sus propios percances frente a ese conformismo, da varios ejemplos de censura o de propaganda a favor de la URSS y de defensa de las tesis oficiales del estalinismo. La BBC celebra el 25 aniversario del Ejército Rojo con todos los tópicos posibles, pero sin decir una palabra sobre León Trotski, su fundador. Lo mismo ocurrió con Los diez días que sacudieron el mundo, de John Reed, testimonio partidario del comunista norteamericano sobre los inicios del golpe bolchevique que el PC británico, diminuta bodega oscura, heredero del copyright, reeditó varios años después de la muerte de su autor, en una versión corregida y censurada, de la que desaparecían los nombres de ciertos protagonistas, convertidos en "enemigos del pueblo" por arte y gracia de Stalin, y empezando por el mismo Trotski. Operación quirúrgica normal por parte de un partido estalinista, pero ampliamente aceptada por la prensa burguesa y laborista. Como fue aceptada, durante la guerra, la versión estalinista según la cual Mihajlovic, jefe guerrillero yugoeslavo antinazi, pero no comunista, se convertía en colaborador de los nazis. Cuando estos, en julio de 1943, ofrecieron una recompensa de cien mil coronas-oro para la captura de Mihajlovic, como la de Tito, la prensa británica sólo habló de Tito. Sabido es que los titistas terminaron por asesinar a Mihajlovic, con el beneplácito simbólico de la prensa inglesa. Lo mismo ocurrió antes, durante nuestra guerra civil, con una peculiaridad: mientras los gobiernos conservadores británicos apoyaban cada vez más abiertamente a Franco, los laboristas, buena parte de la prensa, la BBC, etcétera, repetían como papagayos las mentiras estalinistas sobre el POUM, los anarquistas, etcétera. Esa siniestra farsa culminó con el pacto nazi-soviético de 1939. "La renuncia de los liberales constituye uno de los fenómenos de nuestra época", escribe Orwell. ¡Qué diría hoy! Aprovecha su breve prólogo para reafirmar su apego a la libertad de expresión y comienza con dos citas, una de Rosa Luxemburgo, esa extraña y entrañable comunista antileninista y demócrata –¡la cuadratura del círculo!–: "Pero la libertad, como decía Rosa Luxemburgo, es 'la libertad para quien piensa de manera diferente'". Y recuerda la famosa fórmula de Voltaire: "Odio lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo". No está de sobra recordar aquellas palabras en una época en la que domina la consigna de Saint-Just: "Nada de libertad para los enemigos de la libertad". Siendo los comités centrales quienes designan dichos enemigos. Yo, que soy un antirracista visceral, para decirlo de alguna manera, no soy tan imbécil como para no darme cuenta de que las leyes que prohíben y castigan el racismo en Europa tienen dos objetivos; el primero es reintroducir la censura estatal bajo oropeles humanistas –ya, las feministas francesas están en campaña para que se prohíban todos los libros considerados por ellas como misóginos, empezando por Sade–; y segundo objetivo: condenar el antisemitismo de derechas para ocultar al máximo el antisemitismo en la URSS y las llamadas democracias populares, ayer, y más generalmente el antisemitismo de izquierdas. A veces disfrazado de antisionismo.

Además de la censura, hay otras formas de luchar contra la libertad de expresión, siendo una de ellas la mentira organizada. Cuando, debido a violentos conflictos de intereses comerciales en torno al fútbol por televisión, se lanzó la operación acoso a El País, ésta fue a la vez un éxito y una mentira absoluta. Nadie, jamás, acosó a El País, y a nadie le pasó por la mente prohibir o censurar dicho diario, pero la campaña, directamente inspirada en las técnicas de las pasadas campañas embusteras del Komintern y del Kominform (Dimitrov, Kravchenko, etcétera) tuvo éxito, se recogieron muchas firmas de prestigiosos intelectuales, y esto, fundamentalmente, por tres motivos: 1) a famosos escritores residentes en Nueva York, Londres o Berlín, que no leen la prensa española y desconocen por dónde van los tiros, se les hace un llamamiento a favor de la libertad de expresión y firman, claro. Yo también hubiera firmado, en su caso. 2) Firmaron los que simpatizan con El País y su política, aun a sabiendas de que era mentira, de que se trataba de intereses millonarios y no de la libertad. 3) También firmaron, a regañadientes, aquellos que, expresando sus dudas, fueron sometidos a chantajes mafiosos y amenazados con represalias de todo tipo si no firmaban. Los hubo que se rajaron. ¿Son estos procedimientos dignos de una prensa supuestamente libre? Menos mal que no me interesa el fútbol, si no me daría asco mirar ciertos partidos en ciertos canales.

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¿Conservador, yo? Ni hablar. ¡Reaccionario!

(Libertad Digital, 7-VII-2006)

Es costumbre decir que, para los viejos, "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero no me convence del todo. Desde luego, los viejos paseamos la nostalgia y la saudade, como fieles mastines, por las calles, pero no creo que sea "cosa de viejos" considerar que el blues es infinitamente superior al rap, o constatar que vivimos tiempos de baja intensidad artística y cultural. Gracias al cable, muchos jóvenes comprueban que las películas de ayer son mejores que las de hoy: Buñuel no puede compararse, sin grosería, a Almodóvar, pongamos.

Tampoco es del todo un consuelo afirmar, como Picasso, que la juventud no es cuestión de años, porque a veces sí lo es. Pero dejemos en la antesala la orteguiana teoría de las generaciones para denunciar, jóvenes como viejos, una agravada, y posiblemente mortal, burocratización de nuestras sociedades, junto a una cobardía generalizada, un pánico ante el riesgo, el esfuerzo, la voluntad, la aventura y, claro, la guerra. Ante esas y otras epidemias, el conservadurismo se queda corto, es ineficaz, y creo indispensable, y pienso no ser el único, reaccionar enérgicamente contra esa cobardía.

Reaccionar violentamente contra algo es sinónimo de reaccionario. Además, si Fidel Castro, Sadam Husein y otros tiranos son progresistas, yo, automáticamente, me sitúo en la acera de enfrente, me siento reaccionario.

Esta burocratización cobarde de nuestras sociedades tiene sus delirios costumbristas y sus graves consecuencias políticas. Un país en el que se puede cambiar de sexo firmando ciertos documentos y sin cirugía es un país de locos. Pero de locos proges, y por lo tanto santos. La exaltación de la naturaleza buena está a la moda, pero se traduce, de un lado, en un burocrático aumento de los impuestos ecológicos y, del otro, en la negación de las leyes elementales de la Naturaleza. Porque la naturaleza tiene sus leyes, y de la misma manera que los seres humanos no pueden volar como pájaros, ni correr cien kilómetros a la misma velocidad que cien metros, las parejas del mismo sexo no pueden tener hijos. Ya se pueden inventar todos los artilugios imaginables, e imponerlos por ley, que el hecho natural persiste: para tener hijos es indispensable que un sexo masculino penetre un sexo femenino y se agite como un manhattan.

En torno a este acto natural sencillo –y complicadísimo, pero no nos recostemos ahora en los divanes freudianos– las sociedades, desde que el mundo existe, han organizado una serie de ritos, costumbres, hasta sacramentos, que han evolucionado, como todo, como la familia, pero siempre con el acto sexual y el consiguiente parto en el centro. El resto es periferia e ilusión, y quedarse con la periferia, ninguneando el acto sexual imprescindible, es una estafa.

La coartada según la cual todas las parejas son iguales, homosexuales o no, constituye una gigantesca mentira, porque si dos mujeres, o dos hombres, pueden hacer el amor hasta desmayarse de placer, no pueden tener hijos. Y esa desigualad, o diferencia, es natural. Ante ese hecho sólo se pueden hacer trampas, simulacros, caricaturas o sacrilegios; por consiguiente, para tener hijos tienen que robarlos. La adopción siempre ha sido un problema delicadísimo, con frecuentes fracasos, y se está convirtiendo en un aquelarre que demuestra el desprecio burocrático por los niños, que necesitan las figuras del padre y de la madre. Eso no lo dicen sólo los obispos, también lo dijo Freud, y aunque no lo digan según los mismos conceptos, es lo mismo.

Pero a lo que voy, como reaccionario por indignación, es a denunciar a quienes imponen la falsa permisividad que destruye la privacidad y la convierte en asunto de Estado en nuestras sociedades y al mismo tiempo, por motivos de cobardía política, apoyan a los países musulmanes que encarcelan o fusilan a los maricas, lapidan a las supuestas mujeres adúlteras, mantienen desde hace siglos una jerarquía familiar monstruosamente machista y todo lo demás, que se sabe y se oculta, que se sabe y se acepta. Mientras en varios países europeos se está imponiendo, de manera autoritaria, la paridad aritmética entre hombres y mujeres, esos mismos países, o sus gobiernos, apoyan a los países musulmanes en que las mujeres no tienen siquiera derecho a conducir un automóvil (¿os imagináis a Rosa Regás sin derecho a conducir?).

Y no se trata únicamente de problemas familiares, o de costumbres sexuales, porque los mismos progres, tratándose de problemas sociales como los ya viejos derechos de huelga y manifestación, libertad sindical, etcétera (terreno éste en el que, en nuestras sociedades, la burocratización hace estragos y obstaculiza el desarrollo), apoyan dictaduras –ya que no hay un solo país arabomusulmán democrático, ni siquiera Egipto– en las que no existe derecho de huelga, ni libertad sindical, ni pluripartidismo –o tan recortado como en las Democracias Populares europeas–, ni libertad de expresión, que está bajo control. Y cuando hay elecciones son de tipo soviético, con la diferencia de que en la URSS el voto cautivo se imponía, después de decenios de totalitarismo, sin necesidad de fusiles, mientras que en Palestina son necesarios para imponer el triunfo de Hamas.

Este delirio absoluto, esa contradicción abismal entre diferentes valores, mitos, teorías y hábitos, sólo se explica por el miedo de nuestras sociedades, que han desertado de todo conflicto, de toda voluntad de defensa, a lo que se añade un odio irracional a los USA. Estamos en guerra, y aunque se niegue oficialmente, o se rindan algunos de antemano, con alianzas de civilizaciones y otras vainas, todos sabemos que es una guerra diferente, de larga duración, terrorista más que militar, en la que puede explotar la bomba en tu taza, mientras desayunas; una guerra que no es únicamente militar, y cuando lo es no tiene frentes ni trincheras, nada que ver con Verdún o Stalingrado; una guerra en la que no sólo están en juego territorios, estados, ejércitos, también lo que desde la Antigüedad constituye el oxigeno, para no decir el alma, de toda sociedad medianamente civilizada: la libertad.

Nunca hemos asistido a una tal colaboración con el enemigo como la actual. Algunos afirman, claro, que su enemigo no es el terrorismo islámico, sino los USA, pero, aparte de ese nutrido puñado de extremistas, los demás pretenden defender la democracia atacando obsesivamente, con los métodos de la propaganda nazi, todo lo que hacen los USA. Todo. El capitalismo yanqui es malo, el nuestro menos (véase Enron), el ejército yanqui es peor que el nazi, y al lado del "totalitarismo" yanqui países como Siria, Irán o Irak –ayer– serían oasis pacíficos con palmeras. Todos los atentados, crímenes, torturas y degollamientos se convierten en actos de resistencia.

Esto no es sólo propaganda, también se verifican complicidades concretas con el terrorismo, y no es casualidad si el Gobierno ex neo comunista italiano acaba de detener a dos jefes de sus servicios secretos por haber colaborado secretamente con los servicios secretos yanquis, como era su obligación, en la lucha contra el terrorismo. Con lo cual se demuestra que colaborar con los USA en la lucha contra el terrorismo es un crimen para el Gobierno de ese robot clonado de Prodi. "Podemos esperar las más calurosas felicitaciones de Ben Laden", declaró en esta ocasión Francesco Cosiga. No le falta razón. Pero Zapatero es peor.

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Musa Dagh

(Libertad Digital, 23-X-2006)

Se llama Nina Dastakián y Paronián, más armenia tu meurs, se dice en francés coloquial ("imposible", se diría en Lavapiés). Es el nombre de mi mujer. Sin embargo, y como siempre, las cosas resultan algo más complicadas, porque su padre, Sergio Abramovitch Dastakián, tenía una madre rusa y era rubio de ojos azules. Estos datos familiares tienen una importancia muy relativa, pero me sirven para precisar que su pinta británica le salvó la vida cuando, en 1915, en Bakú y otros lugares, los azeríes se dedicaban a masacrar a los armenios. Para los matones azeríes, a primera vista, un rubio con ojos azules no podía ser armenio.

Fueron varias y repetidas las matanzas de armenios en la atormentada historia del Cáucaso –sigue siéndolo–; también en Turquía. Pero la cumbre del terror tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial, de abril de 1915 a julio de 1916, en los territorios turcos del Imperio Otomano: entre 1,2 y 1,5 millones de muertos, sobre todo civiles, con los ya monstruosamente clásicos episodios de aldeas arrasadas, poblaciones desplazadas, multitud de paracuellos perpetrados en Anatolia, etc.

Entonces en Turquía gobernaba el Comité Unión y Progreso, un movimiento ultranacionalista y dictatorial surgido de la organización de los Jóvenes Turcos, que pretendían frenar la decadencia del Imperio Otomano. Habiéndose aliado con Alemania en esa guerra, el pretexto para la liquidación total de los armenios era que éstos podían aliarse con Rusia, que combatía contra Alemania, al menos hasta el golpe bolchevique de 1917.

Armenia estaba entonces, y sigue estando, dividida y sometida: territorio del Imperio Ruso, luego soviético, en sus fronteras actuales, pero con una parte importante de su población en el seno del Imperio Otomano, y ahora en Turquía –bueno, ahora, los escasos supervivientes del genocidio–. Los armenios, pues, forman parte de los pueblos de la diáspora, en total son unos seis o siete millones, de los cuales unos tres millones viven en Armenia, otro millón en USA, un millón y medio en Rusia (fuera de Armenia) y 400.000 en Francia.

Esta importante diáspora se debe, ante todo, al genocidio de 1915, que como es lógico produjo un exilio masivo, pero también a la pobreza del país: en una zona con tanto petróleo, Armenia no tiene. Y esa emigración económica fue incesante: hay armenios en casi todo el mundo. Pero las masacres repetidas, y sobre todo el genocidio de 1915-16, hicieron estallar las cifras, no sólo de muertos, también de refugiados.

Y ese era el objetivo de los Jóvenes Turcos: matar o expulsar a todos los armenios, y quedarse con sus tierras, sus casas, sus comercios, etcétera. Podría resultar curioso, pero no lo es, en estos tiempos de dimisión generalizada de Occidente, que apenas se aluda al aspecto religioso del genocidio armenio, porque los otomanos eran musulmanes y los armenios cristianos, católicos disidentes, por así decir (no reconocen la autoridad del Papa y tienen su propio Católicos, por ejemplo). En este sentido, no es inútil recordar que en el periodo negro del genocidio el Gobierno, aún otomano o imperial, montó, en nombre de la solidaridad musulmana, escuadrones de la muerte kurdos, que participaron muy activamente en la masacre, y no sólo por motivos religiosos: también sacaron ventajas materiales.

Bien sabido es que Kemal Ataturk, tras su golpe de estado de 1921, intentó hacer de Turquía un país laico; y logró algunos resultados, empezando por la nueva Constitución, que poco tenía que ver con las leyes islámicas que regían el Imperio Otomano. Lo cual no le hizo cambiar de opinión sobre el genocidio armenio, no ya basándose en el islam, que recomienda la ejecución de los infieles, sino en un ultranacionalismo que afirma que Turquía, siendo buena, no puede cometer acciones criminales. Fue el mismo negacionismo que el de los Jóvenes Turcos, los principales culpables, o el del presidente Erdogán, hoy, que está reislamizado su país a marchas forzadas, con lo cual puede afirmarse que Turquía ya no es un Estado laico y sigue sin ser democrático, incluso si a los USA le interesa tener allí bases de la OTAN o Israel, rodeado de enemigos mortales, prefiere un enemigo a medias.

Entrando en el debate actual en torno a la entrada o no de Turquía en la UE, en el que se utiliza cínicamente el genocidio armenio para denunciarlo o negarlo, según los intereses, yo, que, como creo haber dejado claro, me siento armenio de adopción y no pongo un segundo en duda el genocidio, como no pongo en duda la Shoá ni, desgraciadamente, otros genocidios (Camboya, Ruanda, Sudán, etcétera), creo que el reconocimiento hipotético de dicho genocidio por parte de un futuro Gobierno turco sería, desde luego, un dato positivo, pero no suficiente para convertir a Turquía en un país democrático, y por lo tanto laico, en la óptica de los verdaderos valores occidentales: libertad, democracia, laicismo tolerante, etc.

Para discutir de la entrada o no de la Turquía en la UE primero hay que saber qué es la UE, qué Europa quieren los europeos. Y las cosas no están nada claras, o mejor dicho, reina el caos. Un caos relativamente apacible, pero congelado. El embrujo turco actual se merece dos comentarios: las reacciones violentas, ultranacionalistas, xenófobas ("Los turcos tenemos la sangre pura, los franceses son bastardos", por ejemplo), en una palabra, islámicas, de Turquía ante cualquier exigencia extranjera para que reconozca su genocidio demuestran la intolerancia de la sociedad turca y de su Gobierno. El líder libio Gadafi llegó a afirmar que, cuando 50 millones de musulmanes residieran en Europa, Europa sería suya, sin necesidad de disparar el menor tiro. Pues eso es lo que pretende Erdogán.

Por otra parte, la propuesta de ley de los socialistas franceses que prevé penas de cárcel (¡!) para cualquier periodista, historiador, político o minusválido francés que niegue el genocidio armenio sólo se explica (teniendo en cuenta que Francia ya ha reconocido oficialmente dicho genocidio en el Parlamento, y Chirac, hace unos días, en Ereván) por la voluntad de los socialburócratas galos de prohibirlo todo, de condenar todo, salvo los crímenes del totalitarismo comunista.

Porque estamos francamente hasta la coronilla de que el peor genocidio de todos los tiempos, con más de 100 millones de víctimas, escape a toda censura, a toda ley, pueda ser negado tranquilamente o afirmado sin consecuencias; que goce de un estatuto de amnistía y desmemoria permanentes. ¡Basta ya! Por lo tanto, urge anular todas las leyes que condenan momentos de la Historia, que sólo sirven para endurecer la censura del totalitarismo light y exculpar al comunismo del vertido de la menor gota de sangre. ¡Basta ya!, repito.

N. B.: El título de esta crónica está inspirado de la novela de Franz Werfel Los cuarenta días de Musa Dagh, que relata y celebra la heroica resistencia de un puñado de armenios, en 1915, contra la represión islamo-turca. Me ha parecido simbólico.

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Los desmelenamientos magiares

(Libertad Digital, 27-X-2006)

La carta, en papel biblia, nos llegó envuelta en un condón y escondida en un tubo de crema de afeitar. Como siempre. Era una carta del buró político, o más precisamente del aparato clandestino del PCE, dirigido por Santiago Carrillo. En un estilo burocrático-telegráfico, como siempre, se nos daban consignas y la explicación justa sobre los conflictos que sacudían la Europa comunista. Era noviembre de 1956, y la escena transcurre en Madrid.

En dicha carta se valoraba el sentido de la responsabilidad y el buen juicio comunista de los camaradas polacos, que habían logrado resolver sus conflictos certeramente; en cambio, se condenaban los desastrosos "desmelenamientos magiares". Dichos "desmelenamientos", tan despreciados, eran en realidad las jornadas insurreccionales contra la ocupación soviética y a favor de la democracia bestialmente aplastadas por el ejército soviético.

Las imágenes –y la realidad– de esa insurrección y de su represión mostraban un pequeño país socialista machacado por la potente "patria del socialismo", y, a despecho de nuestra ingenuidad beata, que los países de Europa del Este no estaban libres y solidariamente aliados a la URSS, sino sometidos a Moscú, al totalitarismo soviético y a su peculiar imperialismo. Y claro, todo el tinglado se venía abajo, había que revisar seriamente nuestro conformismo progre.

Eso era lo que pensábamos y decíamos muchos del puñado de comunistas de Madrid... exactamente lo contrario de lo que decía la carta anónima del aparato. Porque lo que habían hecho los camaradas polacos, con Gomulka a la cabeza, mostrados como ejemplo, fue sencillamente arrodillarse una vez más ante Moscú –por aquellos años, el jefe del Kremlin era Kruschov– para evitar la masacre. Y la evitaron.

Un inciso sobre Kruschov: pocos parecen haber resaltado sus sin embargo evidentes contradicciones: algo reformista en política interior (aligeró la férrea represión lenino-estalinista y la censura, liberó a algunos deportados), en política exterior fue de un intervencionismo imperialista brutal: lanzó sus tanques contra Hungría, amenazó con hacer lo mismo en Polonia, envió sus cohetes nucleares a Cuba, etcétera, y los progres y la derecha pazguata le aplaudían, incluso cuando daba con su zapato socialista golpes simbólicos en la ONU.

Volvamos a Madrid y a la carta del aparato, obra maestra de la literatura proletaria. Si no me falla la memoria, sólo se la enseñé a Javier Pradera y a Ricardo Muñoz Suay. Pradera se partió de risa, pero no por su contenido político, sino por lo cursi del estilo. Estuvimos preguntándonos quién había podido escribirla. Carrillo no: probablemente ni conocía el término magiar; debió de ser Jorge, o Claudín. Nos inclinamos a pensar que fue Jorge. (De vuelta a París, se lo pregunté: "Sí, fui yo. ¡Y qué!", me espetó con furia. "Nada, sólo que suena ridículo, y no se trató exactamente de desmelenamientos".

Ricardo Muñoz Suay estaba profundamente preocupado. Contrariamente a los Pradera, Múgica, Marcos, Diamante, Sánchez Dragó, etcétera, que eran peceros sólo desde hacía meses, Ricardo lo era desde los años 30, en los estudiantes comunistas primero, luego en la guerra y la cárcel, otra experiencia. (No estoy diciendo que fuera mejor, ¡por favor! Pero sí diferente). Se había tragado todas las culebras, los trapos sucios, los crímenes, en aras de la disciplina de partido y, todo hay que decirlo, por fe ciega en la URSS. Y entonces resulta que la URSS...

En su piso de la calle Ramón de la Cruz pasamos noches en vilo, charlando, y rompió –claro que conmigo, entonces un "camarada responsable"– la omertá. Me lo contó todo: el asesinato de Andrés Nin, Paracuellos (precisando que Carrillo reconocía, de puertas adentro, su responsabilidad, y se justificaba así: "¡Era la guerra!"), Monzón, Bullejos, Comorera, todo.

Yo consideraba que quienes tenían razón eran los insurrectos húngaros, y que los nazis eran los soviéticos. "¡Es la primera vez en mi vida que estoy de acuerdo con el No-Do", exclamó Eduardo Ducay, después de ver a la televisión franquista condenar la invasión soviética. Los estudiantes peceros citados, y algunos más, me increpaban: "Pero vamos a ver, ¿qué pasa? ¿Cómo explicas esa mierda de Rusia?". Lamento no recordar la opinión de Enrique Múgica, tan activo aquellos años, pero no voy a criticarlo ahora, cuando por primera vez en su vida se porta como Dios manda, con lo del Estatuto catalán. El caso es que los dramáticos "desmelenamientos magiares" de 1956, si para algunos sólo fueron la primera culebra que se tragaron, para la mayoría supusieron una ruptura con el PCE. Para Alfonso Sastre, al revés.

La dichosa carta había llegado de manos de una "camarada francesa" –en este caso una estudiante–, acompañada de la clásica maleta con doble fondo repleta de mundos obreros y Nuestra Bandera. Estas revistas hacían ricos a los fontaneros, ya que los camaradas las tiraban a los váteres, que no podían ingurgitar tanto papel.

Le había dado cita ante el Museo del Prado porque siempre había turistas allí. Solía ocurrir que habláramos en francés sencillamente porque los mensajeros no sabían español, y eso allí no llamaba la atención. Por lo general teníamos dos citas: la primera, para que nos reconociéramos (mediante contraseñas), me entregaran el condón y, finalmente, concertáramos la segunda cita, en otro lugar, una estación, pongamos, en la que me entregarían la dichosa maleta.

Porque era joven, o por mi eterno chocheo ante las mujeres, no me limité a las gestiones concretas, sino que estuve hablando bastante con ella e intentando entusiasmarla con nuestra astucia: participábamos lo mejor que podíamos en las manifestaciones contra la intervención soviética, intentando darles un cariz de reivindicación democrática también para España. Se lo estuvo pensando, y a la segunda cita, muy seria, muy soviética, me dijo: "He reflexionado mucho, y considero peligrosísimo lo que hacéis. A fin de cuentas, estáis defendiendo a los fascistas húngaros y echando la culpa a la URSS, que es la única verdadera democracia, ya que es proletaria".

Entonces me di cuenta de algo que recuerdo perfectamente 50 años después: me di cuenta, de pronto, de que éramos camaradas, miembros de dos partidos "hermanos", y sin embargo luchábamos desde barricadas opuestas: ella desde la de la URSS, yo desde la de los insurrectos húngaros. Ese otoño de 1956 en Madrid inicié, pues, mi larga, demasiado, marcha hacia el anticomunismo militante. ¡Gracias, coronel Maleter!

La conclusión lógica, de la que no me percaté de la noche a la mañana, era que estaba luchando en España no a favor de la democracia, sino del totalitarismo, que era infinitamente peor que la dictadura franquista. Saqué la conclusión peregrina de que había que seguir luchando contra la dictadura en España pero también, y al mismo tiempo, contra el totalitarismo en el mundo, y por lo tanto también en España. "Nadie dijo que fuera fácil" (¡Albricias, Julia Escobar!).

Estos días se está celebrando el 50 aniversario de la insurrección húngara. Algunos lo hacen en la calle, manifestándose contra el actual Gobierno, pero en una situación radicalmente diferente a la de 1956; los otros, en ceremonias oficiales y fúnebres, que recuerdan los entierros mafiosos, en los que la familia del muerto y los asesinos comparten pésames y rosas y todo el mundo sabe quién es quién, y quién ha matado, pero todos respetan el rito.

¿Con qué cara van los dirigentes europeos a celebrar su traición de 1956? Y no sólo los europeos: los USA, entonces presididos por el general Eisenhower, lo mismo. Nadie movió un dedo para ayudar a los insurrectos húngaros. Se esgrimía como coartada los acuerdos de Yalta, que supuestamente hubieran dado a la URSS derecho de pernada, saqueo y matanza sobre Europa del Este.

Triste época aquélla, y más triste ahora, que nos las vemos con la misma cobardía frente al nuevo totalitarismo: el islámico. Aunque George W. Bush, por muy torpe que sea, es más democráticamente valiente que otros presidentes yanquis. Algo es algo.

De los "desmelenamientos magiares" a la "alianza de civilizaciones". Yo veo más que un nexo: una autopista directa. Pero me dicen que soy un bicho raro. ¿Habrá que ser cobarde para ser políticamente correcto?

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¿Dónde está el Mediterráneo?

(Libertad Digital, 24-III-2008)

Un diminuto acontecimiento como el Salón del Libro de París, cada vez más escuálido, como el conjunto del panorama cultural francés, se convirtió en evento internacional porque este año el país invitado fue Israel. Se convirtió en un evento internacional anti-israelí y antisemita.

Todos los países arabo-musulmanes denunciaron la "provocación", y exigieron el boicot. Incluso países como Egipto, cuyo Gobierno mantiene relaciones diplomáticas con Israel, exigió a grito pelado el boicot y la condena de Israel, y de los judíos, a través de sus medios, sus sindicatos de escritores y editores, y hasta de sus bailarinas del vientre.

Ya he tenido ocasión de señalar la contradicción entre la actitud moderada del Gobierno egipcio y de su presidente, Hosni Mubarak, y la religión de Estado, o ideología oficial, allí imperante, furiosamente antisemita, equiparable a la propaganda nazi. Resulta que El Cairo no exige abiertamente la destrucción de Israel, como Teherán, es cierto, pero lo que todos los días leen, escuchan y ven los egipcios es lo mismo que ven, escuchan y leen los iraníes, por no hablar de los pobladores de otros países del mundo musulmán: Israel es un monstruo criminal que hay que destruir, y los judíos, súbditos de Satanás que asesinan a bebés para beber su sangre.

Desgraciadamente, esto no es una broma pesada, ni una exageración. Es la triste realidad. El antisemitismo occidental es más hipócrita, pero viene a ser lo mismo, ya que su militancia se dedica a apoyar incondicionalmente al Hezbolá, a Hamás y a otras organizaciones terroristas islámicas. En un país como Egipto, pongamos, en el que no existe una verdadera libertad de expresión, esa permanente histeria antisemita no podría ser tan virulenta sin el beneplácito de las autoridades.

A decir verdad, este Salón del Libro parisino hubiera transcurrido sin pena ni gloria, como otros, si no fuera por la invitación a Israel, porque Israel es el país más fanáticamente odiado, calumniado y amenazado del mundo. Por eso nos es tan entrañable.

Las cosas transcurrieron bien: el presidente Nicolás Sarkozy y el presidente Simón Peres lo inauguraron juntos, y los conatos de manifestaciones hostiles fueron grotescos. Sarkozy afirmó que Francia siempre se opondría por todos los medios a la destrucción de Israel, que algunos pregonan. (Ángela Merkel, en Jerusalén, estuvo mejor; pero es que la cancillera alemana siempre está mejor que Sarkozy).

Como decía, Israel convirtió esa aburrida ceremonia librera en acontecimiento mediático. Debo reconocer que si más gente de la que yo pensaba defendió la invitación a Israel en ese salón con "ángulos oscuros", muchas veces los argumentos utilizados me resultaron absurdos, hipócritas y, sobre todo, cobardes. En vez de afirmar de entrada: "Invitamos a quien nos da la realísima (o republicana) gana", parecieron disculparse. "No hemos invitado a Israel, sino a la literatura israelí", proclamaban los organizadores del sindicato de editores franceses; y muchos, en los numerosos platós de televisión que coparon la actualidad, añadían: "Y además son escritores críticos con la política de su Gobierno". Como si ese saloncito recompensara a vete a saber qué disidentes encarcelados, y no al presidente Peres, que lo había inaugurado oficialmente.

¡Pero cretinos: en un país democrático como Israel, cosa que muy pocos subrayaron, no vale siquiera la pena señalar que hay escritores críticos, disconformes, diferentes! Ésa es la materia prima de la democracia, no sólo de la libertad artística y cultural. Que yo sepa, a nadie se le ha ocurrido preguntar a Amos Oz, uno de los conocidos escritores israelíes invitados, si estaba preparando sus maletas para huir a Estados Unidos (como le ha ocurrido a cierto Premio Nobel turco, también crítico), o si se considera israelí.

Me lo han dicho tantas veces, que puedo fácilmente imaginar que, leyendo estas líneas, algunos tengan ganas de insultarme, o preguntarme si considero que Israel no ha cometido errores, incluso criminales. ¡Huy! Errores, mil, como todos los países, incluso democráticos. Para dar un solo ejemplo: en la última guerra del Líbano, si se justificaba una intervención militar contra el Hezbolá, que no cesaba de enviar cohetes contra la población israelí, los bombardeos me parecieron exagerados, ineficaces y humanamente crueles, como a muchos israelíes, lo cual produjo una crisis gubernamental. Son cosas que ocurren en los países democráticos.

Ustedes me dirán si con un delirio antisemita tal puede concebirse una Unión Mediterránea como la que sueña Nicolás Sarkozy. A menos que el Consejo Europeo declare que Israel no es mediterráneo porque Israel no existe. No creo que todos los Gobiernos de la UE aceparan tal aquelarre.

Aparte de Israel, ¿cuáles son los países del otro lado del Mediterráneo, visto desde Europa? Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Líbano, Siria y Turquía. No se puede citar a ninguno de ellos sin citar tres, por lo menos, conflictos que los enfrentan a sus vecinos. Lo único que aparentemente les une, aparte de una concepción restrictiva y geográfica, pero no política, del Mediterráneo, sería su antisemitismo, más o menos virulento, y la religión islámica. Pues ni eso. Los islamistas, en la mayoría de los países arabo-musulmanes, se asesinan mutua y bestialmente, entre sunitas y chiitas, por ejemplo; y en los países calificados de moderados, y precisamente por eso, los grupos islamistas radicales comenten sangrientos atentados, como en Marruecos, Argelia o Egipto.

El proyecto de Nicolás Sarkozy es tan evidente como iluso: la Unión Mediterránea ofrece a Turquía un lote de consuelo para cuando se le hayan cerrado definitivamente las puertas de la UE, y al mismo tiempo facilitaría una política expansionista francesa en esa región del mundo. Ángela Merkel ha parado en seco las ambiciones galas, y si la Unión Mediterránea llega algún día a ser algo más que un eslogan será una obra colectiva, y en el mejor de los casos se limitará a un incremento de los intercambios económicos entre las dos orillas del Mediterráneo. Lo cual no pondrá fin al terrorismo.

Al lanzar su proyecto mediterráneo para parar los pies a Turquía, Sarkozy declaró que era consciente de que no sería nada fácil, que existían muchos conflictos y que habría muchas dificultades, pero que en la creación de la UE, que es el modelo, también hubo conflictos y dificultades. Pero "lo hemos logrado", dijo. ¿Qué habéis logrado? Ni siquiera sois capaces de poneros de acuerdo sobre la cuestión del Kosovo, como no fuisteis capaces de detener las matanzas en Bosnia, ni de ir de la mano en lo relacionado con la guerra de Irak. Y eso, por no hablar de cosas más terre à terre, como la incoherencia burocrática y el gigantesco despilfarro de nuestro dinero. La UE es una casa vacía, visitada nocturnamente por ladrones.

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El asesino-camiseta

(Libertad Digital, 4-XII-2008)

"En varias ocasiones el Che venía, sutilmente. Se subía a aquel muro. No era difícil subirlo porque tenía una escalera. Se acostaba boca arriba a fumar un habano y a ver los fusilamientos. Eso se comentaba en toda la soldadesca de La Cabaña. Los soldados míos me decían: 'Cuando estábamos en el pelotón de fusilamientos, veíamos al Che fumándose un tabaco arriba en el muro'. Les daba fuerza a los que iban a disparar. Para aquellos soldados que nunca antes habían visto al Che, era una cosa importante. Les daba valor".

Así comienza el capítulo 1 (pág. 41) de la segunda parte del libro de Jacobo Machover La cara oculta del Che. Se trata del testimonio de Daniel Alarcón Ramírez, alias Benigno, "uno de los más antiguos y fieles compañeros de armas del Che Guevara, sobreviviente de la guerrilla en Bolivia", escribe Jacobo. Yo no me fío nada de ese Benigno, ni de todos esos asesinos castristas que de pronto, considerando más oportuno, o más rentable, vender sus crímenes al por mayor, lo hacen con un cinismo ejemplar, y saben, o sus editores les hacen saber, que cuantos más horrores cuenten (o sea, en este caso, la verdad), mejor se venderán sus libros. Lo dicho puede referirse a muchos otros crímenes, en otros países totalitarios, y a muchos otros oportunistas que venden sus fechorías en los rastros de fin de semana.

Jacobo Machover tiene una trayectoria de escritor empeñado en denunciar los crímenes del totalitarismo, y puede que sea porque ha nacido en Cuba, el caso es que ha dedicado mucho tiempo, muchos esfuerzos, mucho talento, a denunciar la dictadura castrista, con tal ahínco y tal conocimiento que, en Francia, donde vivimos, no hay prácticamente ninguna cuestión cubana, la enfermedad de Fidel Castro, la herencia dinástica de Raúl o lo que sea, sobre la que los medios locales no le consulten. Eso podría no significar gran cosa, porque estamos hartos de especialistas que no saben nada (sobre todo, en lo relacionado con Oriente Medio y los países musulmanes), pero resulta que Jacobo sabe de lo que habla.

Me llama la atención que en España su libro haya tenido infinitamente menos platós de televisión, tertulias radiofónicas o reseñas que en Francia. Y sin embargo Cuba es mucho más nuestra, por su historia, su lengua y su cultura, que francesa. Será, tal vez, porque la política del Gobierno zapaterista, con su limpiabotas Moratinos, es aún más procastrista que la francesa. En todo caso, el Gobierno socialista y el castrista belga Louis Michel han obtenido de la UE el retorno a la colaboración con Cuba, como si su régimen despótico hubiera cambiado, como si Ileana de la Guardia tuviera razón y con Raúl Castro el cielito lindo de la democracia cubriera la Isla.

El libro de Jacobo va resueltamente a contracorriente, porque, aunque haya perdido mucho prestigio, el comunismo cubano sigue siendo idea grata en Europa, y el Che goza de una extravagante leyenda de héroe, con ridículas producciones hollywoodianas. De la camiseta de marras hasta Benicio del Toro, todos declaran que el asesino que prefieren es Che Guevara.

No puedo decir que el libro de Jacobo Machover haya sido, para mí, una sorpresa total, ni que la cara del Che me fuera tan oculta; porque algo había leído y sabido sobre Cuba y el caso peculiar de Guevara, y cuando le mataron, de mala manera, en Bolivia –como él había matado a tantos–, el 9 de octubre de 1967, yo ya sabía que no murió un héroe ni un combatiente de la libertad, sino un asesino con ambiciones totalitarias.

No voy a resumir las diferentes etapas de la vida de Ernesto Guevara, narradas por Machover, las unas conocidas, las otras menos: su juventud vagabunda, el encuentro con Fidel y Raúl en México, el desembarco azaroso, la guerrilla, la victoria castrista y los fusilamientos que comienzan a la hora siguiente; el Che en el poder, su desastre como ministro y como director del Banco Nacional, su alejamiento de Cuba por voluntad de Fidel; sus aventuras en el Congo, la absurda guerrilla, captura y muerte en Bolivia. Y no lo voy a resumir porque está magníficamente contado en el libro Machover. Por lo tanto, aconsejo leerlo, porque además tiene la ventaja de ser una lectura muy amena, breve pero repleta de informaciones, muchas de ellas inéditas.

Cuando el Che se larga de Cuba, acompañado hasta la puerta por Fidel, para emprender nuevas aventuras internacionales, o sea nuevos crímenes, sus relaciones con aquél ya eran conflictivas. Desde luego, esa situación nada tenía que ver con el odio de Stalin por Trotsky, que le costó la vida al hijo de Trotsky y al propio Trotsky; pero hubo serias divergencias entre ambos, que Jacobo matiza afirmando que el Che fue siempre un admirador de Fidel.

Tengo sobre este periodo algo confuso un recuerdo personal. A mediados de los años sesenta Mario Vargas Llosa, que estaba de vuelta de su admiración por el castrismo, me contó, un día, su susto: la madre del Che estaba en París, y creo que Mario la alojaba, y de pronto, una tarde, la buena señora desaparece. Mario me explica que se había convertido en anticastrista furibunda, porque consideraba que Fidel trataba pésimamente a su heroico hijo. "Pero ¿qué temes?", le pregunté. "De parte de los cubanos, cualquier cosa". Temía un secuestro, una paliza, y hasta, sin decirlo claramente, un asesinato. Pues resultó que la madre del Che, paseando por esa primavera parisina, se topó con el cartel de una obra de teatro que tenía muchas ganas de ver, y allá que se fue, olvidándose de avisar a Mario. No todas las historias relacionadas con la Cuba revolucionaria terminan tan bien.

Para resumir, y mucho, las divergencias políticas entre Fidel y el Che por aquellos años sesenta, puede decirse que el Líder Máximo, siempre a las órdenes de Moscú, defendía una política de apaciguamiento en la lucha armada en América Latina, mientras que el Che, apoyándose en China y en el maoísmo, defendía, al revés, la insurrección armada generalizada contra el "imperialismo yanqui" en América Latina y en todo el llamado Tercer Mundo, como queda manifiestamente claro en su famoso discurso de Argel, 1965.

Poco después cambian los vientos y la política soviética, y el castrismo, que se había mantenido alejado de la aventura personal del Che en el Congo, interviene masivamente en África: Angola, Mozambique, Etiopía, etc., siempre a las órdenes de Moscú.

Lo que más me ha entusiasmado en el libro de Machover es, precisamente, lo que anuncia el título: la destrucción sistemática del mito Guevara. En estas páginas ese héroe romántico se convierte en un apparatchik de la represión. Machover analiza sus escritos, sus acciones y hasta su psicología. Estaba "fascinado" por la muerte, "la suya y la de los demás". Y esa fascinación por la violencia y la muerte, que está presente "tanto en la ideología del fascismo y del nazismo como en la del comunismo" –escribe Machover, con toda la razón–, es lo que caracterizó al Che, al que tantas vírgenes suecas y pacifistas yanquis siguen considerando un héroe romántico, cuando no fue sino un asesino que acabó convertido en camiseta.

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