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La Ilustración Liberal

Los primeros diez años

Internet no acabó con 'La Ilustración'

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La Ilustración Liberal vio la luz cuando faltaba poco tiempo para que la red, la revolución del espacio comunicativo de nuestro siglo, alcanzara su madurez y se convirtiera en un fenómeno de masas. Nació en las postrimerías de la era Gutenberg y ha sobrevivido diez años en una nueva, la de internet. Entre la aparición del primer número de La Ilustración, 1999, y el lanzamiento a la red de la primera entrega de Libertad Digital media un año. No serán precisos muchos más para que suceda lo extraordinario: una empresa pensada como una cita con dos mil lectores cuatro veces al año se convierte en un dispositivo virtual con estanterías, como un supermercado, adonde llegan más de cien mil personas todos los días para informarse de lo que está sucediendo en el mundo al instante, leer opiniones en caliente sobre esas mismas noticias, consejos prácticos, frivolidades y ensayos de mayor o menor envergadura sobre lo divino, lo humano y lo mixto.

No habría sucedido lo segundo sin lo primero, pero el artefacto de internet no acabó con la revista trimestral. Ese es el milagro, o casi, que haya sobrevivido una vez cumplida su función, la de ser el germen del canal de noticias, opiniones e ideas en internet. Lo admirable es que la revista trimestral haya perdurado esos diez años, que se haya superado la constante tentación de faltar a la cita con la imprenta. Fue imposible en algún momento, pero se recuperó el ritmo recurriendo a los números dobles. Tarde o temprano, nos lo tendremos que replantear, pero, de momento, seguimos cumpliendo con la liturgia obsoleta en atención a los varios cientos de suscriptores irreductibles.

Resulta difícil referirse a él teniéndole tan cerca, pero preciso es reconocer que el motor infatigable que impulsa ambas aventuras es la dimensión fundadora de Federico Jiménez Losantos, el empecinado, un hombre de letras convertido para entonces en lo que para entendernos podemos llamar un líder de opinión: columnista influyente, colaborador habitual de los dos Herrero en Antena 3 y en la COPE y con incursiones prolongadas en la televisión. Lo había hecho ya de estudiante de Letras en la Universidad de Barcelona, lo hizo luego, a caballo de los setenta y de los ochenta, con Diwan, que duró doce números y que es un curioso testimonio intelectual del momento, del impulso por abandonar el historicismo y el vanguardismo afrancesado. Una revista trimestral era entonces y lo siguió siendo luego el medio adecuado para llamar la atención y sacar a la luz determinados asuntos. La condición imprescindible es que hubiera detrás un número de autores suficiente para nutrirla de originales y un aparato mínimo de gestión.

Los casi veinte años que median hasta que Federico vuelve a la tarea fundadora son los primeros de su carrera periodística. Arranca cuando Pedro J. Ramírez lo coloca en la sección de opinión de Diario 16 en 1982, al poco de instalarse en Madrid, lo que le obliga a dejar las clases en un instituto. Entre Diario y Cambio 16 se reparte su elevada producción regular durante varios años. Por el referéndum de la OTAN, 1986, deja el Grupo 16 para incorporarse al ABC de Ansón. Sus columnas semanales pasan a Época, con el paréntesis de Hechos, mientras la dirige Campmany. También entonces comienza sus colaboraciones en la radio, a la que dedicará más y más tiempo. Federico se integra en el grupo de Antena 3 que lidera Antonio Herrero y que, tras el antenicidio (1992), es acogido en los micrófonos de la COPE.

Recordemos que la radio es uno de los ingredientes decisivos en la formación de la opinión política en la España de la Transición. Los informativos y las tertulias de la radio son una ceremonia fundamental de la liturgia ciudadana. Con sus peculiaridades y defectos, cuando funcionan, tienen la virtud de estimular cotidianamente las virtudes cívicas, de implicar a los oyentes en la gestión de los asuntos públicos que le afectan. La SER ha ocupado durante años ese papel como la dimensión audio, junto con los 40 Principales, del imperio que fue de Polanco y de la izquierda, cuyo descenso a los infiernos financieros intenta frenar Cebrián, con el fútbol y el satélite de por medio. Han sido los dominadores absolutos del área oriental del campo de las ideas hasta la llegada al poder de Zapatero. El presente está siendo agónico y el futuro parece abierto. Entonces su poder era hegemónico, el adversario por antonomasia.

Del otro lado, Antonio Herrero acaparó con El Primero de la Mañana la audiencia que iba abandonando, entre otros, a Luis del Olmo, un hombre formado en la radio del franquismo, como Gabilondo. Herrero era de otra generación, no precisaba acentuar su adhesión a los tiempos nuevos haciendo renuncia del pasado cercano. Criticaba desde la ortodoxia constitucional consensuada en el 78, a derecha e izquierda. Martín Ferrand tuvo un papel importante los años de Antena 3. Unidos por una fraternal amistad, Luis Herrero fue siempre cooperador necesario. Federico acabó siendo una especie de adjunto, polemista apasionado, liberal y libresco, pero con múltiples registros populistas y diferencias de opinión sabidas y asumidas por los tres. Como una anécdota ilustrativa, Antonio Herrero impulsó el nacimiento del primer diario en la red, La Estrella Digital de Pablo Sebastián, náufrago tras abandonar bien pertrechado El Independiente ciego. Su brillo menguante se ve ahora realzado por un imprevisible, ayer tan amigo como hoy resentido, Germán Yanke.

En resumen, Antonio Herrero se convirtió en el aglutinante del antifelipismo, un frente amplio de opinión al que se fueron sumando buena parte de los que le habían llevado al poder como alternativa a la UCD. No estaba entre ellos un aliado circunstancial, Luis María Ansón, director de ABC e intrigante mayor de la derecha sin remedio, que luego asumió el papel de Judas. Pero sí se podía decir de Pedro J. Ramírez, con sus vaivenes a izquierda y derecha en busca del centro del target; de José Luis Gutiérrez o de Julián Lago. A los que había que añadir algunos políticos de izquierdas damnificados por el ciclón sevillano: Tamames, Justo Fernández o Pablo Castellano. Este grupo, bautizado "sindicato del crimen" por expertos en el asunto, había sido decisivo para que Aznar alcanzara el poder en el 96.

Como ocurre con frecuencia, los que se habían empeñado a fondo y trabajado muy duro durante la travesía del desierto fueron preteridos en llegados a la tierra prometida. Comenzaron las decepciones y las críticas al recién llegado a la Moncloa. Empezando por la decapitación del PP de Cataluña construido por Alejo Vidal Cuadras. Ya en el poder, el nombramiento de Eduardo Serra como ministro de Defensa, el asunto de los papeles del Cesid y todos los líos de Villalonga y las televisiones fueron traumáticos. A tanto había llegado la tensión, que Aznar llegó a concebir el propósito de acallarlo, como han contado Federico y Luis. Del trauma que aquel descubrimiento les produjo les sacó otro mayor, la noticia de su muerte. Vista en la distancia, la muerte de Antonio Herrero cambió todo aquel panorama por completo, reforzando la dimensión simbólica de la efeméride. En poco tiempo, el grupo se dispersó en un panorama mediático cambiante, casi de fuegos artificiales.

De estas cosas hablábamos cuando nos veíamos en casa de Federico, con Carlos Alberto Montaner, José María Marco y otros amigos. Para comentar la posibilidad de lanzar una revista, un día, quizá del verano del 97, vinieron dos nuevos invitados, Lorenzo Bernaldo de Quirós y Alberto Recarte. Hablamos de un proyecto difuso, algo semejante a las Claves de Prisa, denominado entonces con un nombre que sonaba a operación de inteligencia: Nicomedes. Pastor Díaz, un liberal de XIX, era la clave. En octubre, nos volvimos a ver en las Jornadas de Albarracín, a las que acudían los amigos americanos: Montaner, Plinio, Rocío, Gershi y Bongiovanni eran los habituales, a los que se unían otros años otros invitados, entre ellos los Vargas Llosa. Un año vino Esperanza Aguirre con sus colaboradores en el ministerio. Las ponencias, charlas y sobremesas de Albarracín fueron el caldo de cultivo de La Ilustración, un intento de prolongar en el tiempo la efervescencia de aquellos días. Recarte siguió con nosotros y añadió una dimensión más a su brillante currículum profesional e intelectual. Bernaldo de Quirós anduvo con nosotros una temporada hasta que, agraviado, lanzó una plataforma liberal hispanoamericana alternativa a las Jornadas de Albarracín.

El otro gran impulso fue la frustración generada por las decisiones de Aznar en la Moncloa, sobre todo en materia de medios de comunicación. Le habíamos votado en el 93, dando por cerrada una etapa, y lo volvimos a hacer en el 96. Habíamos llegado a confiar en él, nos habíamos sentido parte de su proyecto, nos habíamos ilusionado pensando que las cosas podían cambiar de signo si llegaba al poder. Creíamos que iba en la dirección marcada por Thatcher en el Reino Unido o Reagan en los Estados Unidos. Como quien dice, nos faltaba todavía un hervor, el de la decepción y el fuego amigo, para conocer un poco mejor la política.

Ganadas las elecciones, Aznar comenzó a rectificar el corpus doctrinal que le había llevado al poder por otro que le permitiera conservarlo. El gran subterfugio era el exiguo margen de la victoria, las renuncias necesarias para forjar alianzas que permitieran gobernar. Ese contexto, con Aznar y contra Aznar, como tituló su libro Federico, da sentido a la empresa que primero se plasma en La Ilustración y luego en Libertad Digital. Era para él un momento de incertidumbre, de retorno inducido y nuevo abandono de ABC, de salida y retorno de La Linterna. A Federico le fueron bien las cosas en la radio, primero en La Linterna y luego en La Mañana, lo cual tuvo un efecto multiplicador indudable para el éxito de Libertad Digital. No tanto para La Ilustración, que se estabilizó con más de quinientos suscriptores y con una ayuda ministerial.

La Ilustración Liberal y Libertad Digital, junto a las horas y horas de Federico en los micrófonos, han contribuido a democratizar el liberalismo en España y convertirlo en un fenómeno ideológico influyente en un público amplio. Al margen de las precisiones de escuela o de nomenclatura, el mínimo común denominador de este corpus doctrinario lo hemos repetido muchas veces: desconfianza sistémica ante el poder y denuncia del afán permanente de los tentáculos del Estado por entrometerse en las decisiones de los ciudadanos; defensa fundamental de la economía de mercado, que precisa del funcionamiento imparcial e independiente de instituciones dignas de respeto; elogio crítico de la constitución desde el jacobinismo que se resume en más España y menos autonomía; reclamación permanente de austeridad, limpieza y mayor democracia interna en los partidos.

Al hilo de los debates de la actualidad, hemos tratado de impulsar una propuesta cultural, en un sentido amplio, para contraponerla a la hegemonía de la izquierda en ese campo. La tarea ha consistido en, por ejemplo, divulgar la crueldad y los crímenes del comunismo, los del pasado y los que sobreviven, prestando especial atención al caso de Cuba; analizar y desmontar los mitos progresistas: el pedagogismo, el multiculturalismo, la explotación del Sur por el Norte, el ecologismo, etcétera, para poner de manifiesto su ideologismo y su escaso fundamento científico. En otro eje, nos hemos enfrentado al nacionalismo, poniendo de manifiesto lo que de fabulatorio tiene la mayoría de los tópicos culturales en los que reposa, convencidos de la superioridad del modelo constitucional que garantiza la libertad de los individuos frente a la de los colectivos historicistas. En el terreno histórico, el campo de batalla más controvertido ha sido la valoración de la II República y de la Guerra Civil, sin olvidar la ingente tarea de rescate de grandes parcelas de nuestro pasado hundidas tras el paso por la cátedras de, por así decirlo, las hordas marxistas. En política internacional, buena parte de nuestras posiciones se resumen en la defensa del estado de Israel como muro decisivo frente al islamismo expansivo.

El universo temático que se ha asomado a La Ilustración Liberal ha sido también, claro está, el del heterogéneo grupo de autores que en ella han escrito. Me limitaré a mencionar a los mayores. Entre ellos, en primer lugar, Carlos Semprún Maura, fallecido hace unos meses, escritor inconformista que dedicó la segunda parte de su vida a contradecir lo que había defendido con el mismo ímpetu en la primera. Nacido en 1923, era nuestra ancla en el pasado, con su liberalismo espontáneo y combativo contra los mitos de la izquierda, que conocía como nadie. Sus recuerdos, anécdotas, confidencias y exabruptos, plagados de héroes caídos, ayudaban a reordenar los mitos del pasado al borde del olvido. La biografía de Antonio López Campillo tiene muchos puntos en común con la de su amigo Carlos Semprún, también el de habernos acompañado estos años con sus escritos y testimonio.

Carlos Alberto Montaner siempre ha estado cerca, haciendo un hueco en sus idas y venidas constantes, ha sido el vínculo mayor con el universo transatlántico. Exiliado cubano de primera hora, su casa en Madrid ha sido durante años el puerto de llegada de innumerables compatriotas que abandonaban el gulag de los Castro, cuyo testimonio reavivaba su causa una y otra vez. Montaner es un ensayista brillante, entre los mejores. La fórmula de su éxito es la firmeza doctrinaria, tamizada y corregida por su ingenio agudo, escéptico y bienhumorado.

José María Marco coincidió con Federico en el interés por Manuel Azaña. El empeño en su biografía es el núcleo formador de su reflexión intelectual. De ella nace un ensayo revelador, La libertad traicionada, con un enfoque crítico de las posiciones intelectuales de los hombres del 98 y del 14. Esa misma reflexión la prosigue con la biografía de Francisco Giner de los Ríos. Su estancia en Washington le lleva a un nuevo campo de observación, el de la política norteamericana de los últimos años, que analiza en su último libro. La entrega de Marco fue decisiva para poner en marcha La Ilustración y luego ha sido uno de sus mejores contribuidores.

El de César Vidal es un caso singular. De colaborador con Federico, le sucedió al frente de La Linterna. Durante estos años se ha convertido en el autor español más prolífico y de más éxito en diferentes campos: narrativa, ensayo histórico, divulgación cristológica, etc. Vidal ha permanecido siempre cerca de las empresas que comentamos, pero preservando su espacio personal.

Contamos también con el concurso de economistas procedentes del ámbito académico: Francisco Cabrillo, Carlos Rodríguez Braun o José Raga, entre otros. Amando de Miguel, sociólogo, añade a su dimensión universitaria la de su amplia producción ensayística y su presencia habitual en la radio. Estuvo con Antonio Herrero y sigue publicando en LD, dedicado ahora a los laberintos del lenguaje y del habla. Filósofos como Gabriel Albiac y Agapito Maestre también han aportado su particular reflexión. Catedrático de Literatura Árabe, Serafín Fanjul saltó las barreras de su especialidad con sus ensayos criticando la idealización de Al Andalus, uno de los tópicos del multiculturalismo. La cercanía con el Grupo de Estudios Estratégicos ha sido más pronunciada a medida que hemos incrementado la colaboración. Las aportaciones de Rafael Bardají, Florentino Portero y Manuel Coma han contribuido a aclarar y fijar nuestra posición en el ámbito de las relaciones internacionales.

Otro caso singular es el de Pío Moa, cercano en muchos puntos, desde que publicó su obra, pero manteniendo las distancias, su propia vía individual. Su obra sobre los orígenes de la guerra civil, además de la relativa originalidad de su tesis, novedosa por el énfasis que pone en ella, somete a discusión de nuevo una valoración desapasionada de la segunda república y la guerra civil. Federico ha reconocido que su visión de Azaña cambió por el juicio de Moa, algo así como el descubrimiento de la carta robada, a la vista de todos sin que nadie reparara en ella. Quizá la derecha no terminaba de verlo por una idea demasiado trascendente de la revolución, como si precisara de un impulso conspirativo superior. Fueron los propios republicanos, y muy particularmente el PSOE, quienes acabaron con la República, pues siempre fue para muchos de ellos un estadio previo, transitorio hacia la dictadura del proletariado.

Con estos mimbres se montó La Ilustración Liberal y luego Libertad Digital. Contra todo pronóstico, si nos atenemos a los datos objetivos. La mayoría de los implicados, veteranos de múltiples proyectos y empeños, andaba cerca o había superado la cincuentena. Varios de ellos tenían una vida laboral y familiar que les absorbía buena parte de su tiempo. No era previsible que el proyecto fuera alternativo, sino acumulativo sobre las tareas que ya desempeñaban. No contábamos con más financiación que la que aportamos para constituir la sociedad editora. Pero teníamos claro el sentido del proyecto común y lo que cada uno podía aportar desde su experiencia particular, de su propio peregrinaje intelectual. Cuando se cumplen diez años de todo aquello, no cabe duda de que el esfuerzo mereció la pena.

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