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La Ilustración Liberal

Contemporánea

Octubre de 1962: el plan para ganar la Guerra Fría

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En octubre de 1962, el mundo estuvo más cerca que nunca de una guerra nuclear. Los acontecimientos son bien conocidos, así que no serán el tema de este artículo. Apenas lo son, en cambio, los detalles del plan para no sólo introducir cohetes nucleares en Cuba, sino, de hecho, en una jugada maestra, ganar de una vez por todas la Guerra Fría. Sobre esto mismo escribí detalladamente en 2008, para el libro de mi buen amigo Efrén Córdova 50 años de revolución cubana: el legado de los Castro. Sin embargo, mi texto no fue incluido porque el capítulo que Efrén me pidió sobre Girón se hacía demasiado largo si se incluía la parte de la Crisis de Octubre. Así que, de una manera muy extractada, lo publico aquí por primera vez.

Debo aclarar, con todo, que lo que sigue no es producto de investigación original alguna por mi parte. La información es conocida, aunque no por el público en general. Es relativamente nueva: sólo salió a relucir en el 2006, en el libro Khrushchev’s Cold War, escrito por Timothy Naftali y Aleksandr Fursenko. Luego, en 2008, en el mejor de los libros publicados sobre la Crisis, One Minute to Midnight, del escritor irlandés Michael Dobbs, se dieron aún más detalles. Lo que es nuevo y original aquí es la interpretación de los hechos. (Por cierto, Michael Dobbs, con quien conversé personalmente cuando presentó su libro en Casa Bacardí, no comparte mi interpretación: él considera que lo que yo digo fue una de las motivaciones de Jrushchev, pero no la principal. Discrepamos amistosamente, pero yo creo tener la razón).

Lo que se conoció en la Rusia de Jrushchev como Operación Anadyr (así se llama un río siberiano) se originó en abril de 1962, cuando aquél, muy informalmente y de buenas a primeras, preguntó al entonces ministro de Defensa Rodion Malinovsky qué le parecería si pusieran a los americanos "un erizo dentro de los pantalones". Erizo era el nombre coloquial que los rusos daban a uno de sus misiles de alcance medio. Malinovsky contestó, sin pestañar, que sería posible hacerlo, pero que esa decisión sólo podía tomar el Presidium (órgano supremo de la URSS).

Días después, a fines de mayo, el propio Jruschev presentó ante el referido organismo una propuesta en ese sentido, y luego de encontrar alguna oposición, principalmente por parte del vice Anastas Mikoyan, el plan fue aprobado por unanimidad. Años después, Jruschev mantuvo que su único objetivo al colocar armas nucleares en Cuba había sido "defender" la Isla, y la mayoría de los historiadores le creyeron la versión. Pero la cosas no fueron así. La defensa de Cuba fue un motivo importante, pero no el único. Nada de eso. El motivo principal, como declaró el propio Jruschev ante el Presidium, fue político-estratégico. "Ésta será una política ofensiva", declaró el lider soviético, según las minutas tomadas por los taquígrafos militares presentes en la reunión.

Anadyr fue una vasta y complicada operación militar que involucró a todo el aparato militar soviético: al Ejército Rojo, a la Marina, al cuerpo de cohetería estratégico, hasta a la relativamente pequeña fuerza de submarinos nucleares, ya que el plan original contemplaba el establecimiento de una base para éstos en Cienfuegos; base que, por cierto, fue construida años después. Contaba además con un importante elemento político, que sería revelado una vez que los cohetes estuvieran emplazados y disponibles en Cuba.

Ahora bien, era crucial que la operación se desarrollara en el máximo secreto, para así sorprender a los Estados Unidos con un fait accompli.

Estuvieron muy cerca del éxito, pero al final el plan fue descubierto, y por eso fracasó. Bueno, no sólo por eso: también por el gigantesco error de cálculo en que incurrió Jruschev a propósito de la firmeza del presidente americano, John Kennedy. Todo empezó con el fracaso desastroso de la invasión de Playa Girón, en abril de 1961, cuando, en palabras del propio Kennedy, Jruschev pensó que el presidente americano había sido lo suficientemente atrevido para lanzar la operación pero no para verla triunfar. Mucho peor fue el resultado de la reunión que ambos mantuvieron en Viena unas semanas después, en junio: de nuevo en palabras de JFK, Jruschev "tomó la medida" al americano y salió convencido de que, a su debido tiempo, podría chantajearle. Ese momento llegó 18 meses después.

Anadyr fue el brillante plan ideado por Jruschev para ganar la Guerra Fría en noviembre de 1962. La apuesta más arriesgada y atrevida de un líder soviético supremamente confiado en que tenía dominado a John Kennedy, quien mansamente aceptaría la presencia de cohetes nucleares en Cuba, a las famosas 90 millas de las costas americanas. La jugada definitiva de un apostador de toda la vida, que veía en esa operación la única manera de igualar a EEUU en poderío atómico sin destruir la economía soviética e imponer su concepto de coexistencia pacífica. Se trataba de lograr el sueño dorado de todos los líderes comunistas desde Lenin: la dominación del planeta.

La operación militar incluía la introducción en Cuba, en cinco regimientos, de 40 cohetes nucleares de los tipos R-12 (alcance medio) y R-14 (alcance intermedio). Ambos tipos de cohete podían alcanzar EEUU, salvo en su parte noroccidental y Alaska. En 1962 la URSS contaba con solo 20 lanzadores de cohetes intercontinentales, por lo demás muy poco certeros (en las numerosas pruebas realizadas, más de la mitad de los cohetes habían caído sobre el propio territorio soviético); tan era así, que no había manera de confiar en que, una vez lanzados, los proyectiles impactaran en territorio norteamericano. De la custodia de los cohetes en la Isla se encargarían cuatro regimientos motorizados, dos batallones de tanques, un ala de MiG 21, baterías antiaéreas y doce grupos de cohetes tierra-aire (SAM), con 144 lanzaderas. Los soviéticos tenían en Cuba un total de 50.874 soldados; la inteligencia militar de EEUU creía que sólo eran 12.000. Cualquiera de los 42 bombarderos ligeros IL-28 podían llegar a la Florida, cargados con seis bombas nucleares. Lo más importante, y jamás detectado por los servicios de inteligencia americanos, eran los dos regimientos de misiles de crucero FKR, con 80 cohetes con cabezas atómicas, diseñados para proteger las costas cubanas de una invasión norteamericana. Igualmente cabe hacer mención de los doce cohetes atómicos tácticos Luna, con un alcance de 40 millas, que habían de ser empleados en caso de invasión (Jruschev había dado su autorización, pero el mariscal Malinovsky tenía que firmar la orden, y nunca lo hizo). La carga de las cabezas nucleares iba de 1 megatón a 2 kilotones (un megatón equivale a un millón de toneladas de TNT, y un kilotón a 1.000 toneladas). La bomba que destruyó Hiroshima era de 15 kilotones.

Naftali y Fursenko fueron de los pocos que examinaron los archivos secretos rusos, que se abrieron efímeramente, por unos meses, bajo el primer gobierno de Boris Yeltsin (Michael Dobbs, respondiendo a una consulta mía al respecto, me confirmó que no había tenido acceso a esa documentación cuando condujo las investigaciones para su gran libro, muchos años después). Además de los archivos, entrevistaron a y contaron con las notas de los dos taquígrafos soviéticos presentes en las reuniones (celebradas en el Kremlin el 21 y el 24 de mayo y el 12 de junio) donde se tomaron las decisiones relacionadas con Anadyr. Según estos autores, para ellos estuvo claro que Jruschev vio los cohetes estratégicos nucleares como "armas ofensivas primordialmente desplegadas para establecer un balance de terror con EEUU".

Junto al plan militar, Anadyr contaba con dos elementos políticos clave para producir la sorpresa de noviembre. Uno de ellos era un, digamos, canal extraoficial, el coronel de la inteligencia militar soviética Georgi Bolshakov (supuestamente, un periodista de la agencia rusa Tass), quien se llegó a convertir en amigo personal de Robert Kennedy, hasta el punto de que fue invitado a reuniones familiares en casa de Robert. El objetivo era ganarse la confianza de los Kennedy y acometer campañas de desinformación en los más altos niveles de la administración; y se cumplió con creces. A petición de Bolshakov, se suspendieron los vuelos de vigilancia en todo el Caribe durante muchas semanas del verano –para aliviar "tensiones"–, circunstancia que aprovecharon los soviéticos para dar inicio al transporte a gran escala de equipo y personal militar a Cuba. El segundo elemento era el propio Jruschev, el actor más importante del drama que se iba a desarrollar: realizaría dos importantes viajes, en noviembre, después de las elecciones legislativas en EEUU; el primero de ellos a Cuba, para firmar un tratado de alianza y defensa mutua con Castro, y en el curso del cual se anunciaría la presencia de cohetes nucleares estratégicos en la Isla; el segundo, a New York, a la sede de la ONU, donde lanzaría un ultimátum sobre la situación en Berlín: demandaría el abandono de la ciudad alemana por parte de las tropas aliadas y la firma de un tratado con la RDA que pusiera fin oficialmente a la Segunda Guerra Mundial. Recuérdese que Berlín fue por mucho tiempo el principal campo de contención entre el Este y el Oeste, y para Kennedy se había convertido casi que en una obsesión. Una buena razón por la que en Playa Girón no hubo finalmente intervención militar americana alguna, ni siquiera para salvar a los sobrevivientes de la fracasada invasión, fue el temor de JFK a que Rusia interviniera militarmente en Berlín. Las alternativas para EEUU eran sólo dos: aceptar el gran diseño soviético en su totalidad o la guerra. Jruschev estaba seguro de que JFK se rendiría. Se la jugó, se equivocó... y perdió su gran apuesta para ganar la Guerra Fría. Pero en el ínterin el mundo estuvo más cerca que nunca de la guerra nuclear.

Desde julio hasta fines del verano, la enorme y complicada operación soviética se desarrolló sin grandes contratiempos y en el mayor de los sigilos, lo cual no deja de ser una gran hazaña, si se tiene en cuenta, por ejemplo, la tremenda distancia entre Rusia y Cuba. Pero en agosto todo cambió. En primer lugar, comenzaron a llegar rumores a EEUU de que, por la noche, unos "tubos largos" se movían con toda discreción por las carreteras de Cuba. Estos rumores provenían mayoritariamente de exiliados cubanos recién llegados y entrevistados por agentes de la CIA, pero también de diplomáticos de gobiernos aliados, principalmente de Francia. La novela de Leon Uris Topaz y la película del mismo nombre realizada por Alfred Hitchcock estuvieron basadas en algunos hechos reales relatados por agentes secretos franceses. La CIA no daba mucho crédito a los "inventos" y exageraciones de los cubanos que llegaban diariamente a Miami, pero los reportes de los pocos vuelos de reconocimiento que seguían efectuándose para vigilar los barcos rusos con destino Cuba no podían ser ignorados, sobre todo cuando llevaban en cubierta largos cilindros tapados con lonas. Muy pronto, los analistas fotográficos del Centro Nacional de Interpretación Fotográfica (NPIC) de la CIA confirmaron que los cilindros eran casi seguro misiles SAM. Y la CIA comenzó a presionar a la administración sobre la necesidad de reanudar los vuelos de aviones U-2 sobre Cuba, para tener una idea más clara de lo que estaba sucediendo en la Isla.

Una vez más, la nefasta influencia del Secretario de Estado americano, Dean Rusk, gran responsable del desastre de Playa Girón (aunque, ciertamente, fue Kennedy quien tomó las decisiones finales), se hizo sentir, con su oposición a reanudar los vuelos de los U-2 por temor a provocar un incidente internacional. El asesor de Seguridad Nacional del presidente, McGeorge Bundy, apoyó a Rusk, por lo que los vuelos no se reanudaron hasta el 29 de agosto: ese mismo día, un U-2 reveló ocho emplazamientos en construcción para misiles SAM, y Kenneth Keating, senador republicano por New York, denunció la presencia de cohetes rusos en Cuba. El 5 de septiembre, otro U-2 detectó tres nuevas bases de SAM en construcción y cinco MiG 21, los más modernos de la aviación soviética: podían alcanzar los 70.000 pies de altura y, así, poner en peligro a los U-2.

Pero Kennedy y sus asesores siguieron ignorando los peligrosos indicios y optaron por confiar en el embajador soviético, Anatoli Dobrinin (quien no conocía el plan Anadyr), que aseguraba que las armas que llegaban a Cuba eran "defensivas". JFK se pasó horas y más horas dudando sobre si el armamento soviético era ofensivo o defensivo; como si lo importante no fuera lo que pretendían hacer con él soviéticos y cubanos.

El hecho de que no se pudiera utilizar los submarinos nucleares soviéticos para proteger a los barcos que transportaban el armamento a Cuba representó un cambio importante en los planes originales. No eran confiables, y en los primeros experimentos llevados a cabo en aguas soviéticas a uno de ellos se le recalentó el reactor nuclear de tal forma, que a duras penas se pudo rescatar a su tripulación, compuesta por 128 hombres: todos ellos estuvieron expuestos a la radiación, y algunos murieron tiempo después. En esa misma prueba, uno de los cohetes lanzados cambió de rumbo en el aire y se autodestruyó sin alcanzar siquiera la mitad de la distancia planeada. Así las cosas, las labores de protección quedaron a cargo de cuatro submarinos petroleros; ahora bien, y esto es algo que se desconocía hasta hace muy poco, cada uno de ellos portaba un torpedo con cabeza nuclear. Los capitanes de estos submarinos estaban autorizados a usar los torpedos si consideraban que sus naves corrían riesgo de ser capturadas o destruidas. Eso, a pesar de que los torpedos nucleares habían sido probados solo dos veces; y las dos con nefastos resultados.

Anadyr fue definitivamente descubierta luego de que Kennedy reautorizara, en los últimos días de septiembre, los vuelos de los U-2. Pero entonces sus patrullajes hubieron de retrasarse debido a las nubes que cubrían Cuba. Finalmente, el 14 de octubre un U-2 pudo determinar conclusivamente la presencia de cohetes soviéticos de alcance medio en la Isla. Increíblemente, el asesor de Seguridad Bundy demoró dos días en informar al presidente.

Se creó un Comité Ejecutivo (ExCom) para la gestión de la crisis, y comenzaron las deliberaciones al respecto. Hay que señalar, en defensa de Kennedy, que prácticamente todos sus asesores lo habían malinformado sobre las intenciones soviéticas, desde Bundy hasta Rusk, pasando por el director de la Oficina Nacional de Estimados, Sherman Kent, quien le reportó el 19 de septiembre: "Creemos que el aumento de la capacidad militar rusa en Cuba registrado en julio no refleja una política rusa radicalmente nueva hacia Cuba". Por supuesto, los soviéticos, desde Dobrinin, que desconocía la existencia de Anadyr, hasta el ministro de Relaciones Exteriores, Gromiko, quien sí sabía, aseguraron a Kennedy que el armamento y los asesores soviéticos presentes en Cuba tenían el solo objetivo de proteger la Isla. Gromiko mintió en la cara a un enfurecido Kennedy el 18 de octubre, cuando éste ya tenía las fotos de los U-2 en la gaveta de su buró.

Por otro lado, Kennedy no necesitaba que sus asesores le interpretaran las intenciones soviéticas. Él conocía muy bien la capacidad militar soviética y la abrumadora superioridad nuclear de EEUU. Y lo sabía, para empezar, gracias a los informes del más importante desertor soviético, el coronel de la GRU (inteligencia militar) Oleg Penkovskiy (arrestado el 22 de octubre, el día en que Kennedy informó por medio de la TV que había misiles soviéticos en Cuba, fue fusilado en mayo de 1963). Penkovskiy no sólo dio invaluable información a EEUU (a través de sus controladores de la inteligencia británica) acerca de la cohetería soviética –así como de sus problemas técnicos y fracasos–, sino que hasta proporcionó los planos de los cohetes introducidos en Cuba. Dichos planos permitieron a los analistas de la CIA y el NPIC identificar definitivamente la presencia de cohetes estratégicos en la Isla.

La otra fuente era, si cupiera, aún más importante: la información proveniente de los nuevos y revolucionarios satélites Corona. Kennedy, quien llegó a creer firmemente en la existencia del famoso missile gap (diferencia entre la cantidad de cohetes que tenían soviéticos y americanos): de hecho, su permanente alusión al mismo contribuyó a que venciera en las elecciones de 1960, por fin se convenció de que el gap, sí, existía, pero a favor de los Estados Unidos...

Es por toda esa información que Kennedy tuvo en sus manos que muchos analistas, entre los que me incluyo, pensamos, tan pronto como en 1969, que la crisis fue permitida y hasta provocada por Kennedy por dos importantes razones: 1) porque podía representar un utilísimo elemento de distracción de cara a las legislativas de 1962, en las que parecía que el Partido Demócrata iba a perder varios escaños, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado: de hecho, las pérdidas demócratas fueron muy inferiores a lo que suele perder el partido gobernante en las elecciones de mitad de mandato; y 2) porque deseaba hacer pagar a Jruschev las humillaciones de Playa Girón y Viena.

Esto último es crucial. Recuerden que los Kennedy eran fervientes partidarios del dicho irlandés que dice: Don’t get mad, get even (No se enoje, desquítese). Y JFK se desquitó. Sólo que, para lograrlo, puso al mundo en peligro mortal. Y lo que es peor: pudo hacer mucho más para cortar las alas al comunismo internacional y liberar a Cuba de la dictadura castrista, pero no hizo ninguna de las dos cosas; es más, la crisis terminó suponiendo la garantización de la pervivencia de la dictadura castrista.

No vale la pena describir lo que sucedió durante la semana casi fatídica del 22 al 28 de octubre. Los hechos son muy conocidos y no hay mucho que agregar; pero lo poco relativamente novedoso abunda en lo cerca que estuvimos de una guerra nuclear. Me refiero a la unidad de misiles de crucero FRK secretamente emplazada a sólo 15 millas de la base naval de Guantánamo. Debemos esta revelación al magnífico libro de Dobbs antes aludido. El uso de esos misiles estaba terminantemente prohibido a los jefes militares en el terreno; pero el máximo responsable de los mismos no era el general a cargo de las armas nucleares soviéticas en Cuba, Issa Pliyev, ausente en los días finales de la crisis, sino el coronel Dmitri Maltsev. Pero Maltsev tampoco estaba en el emplazamiento, cerca de Mayarí Arriba, por lo que un simple teniente, con la ayuda de dos soldados, hubiera podido hacerlo. ¿Alguien duda de que, en el calor de una batalla, pudiera haber ocurrido? ¿Por qué no, si las tropas soviéticas tenían órdenes de morir peleando?

En cuanto a los submarinos soviéticos, fueron fácilmente detectados y continuamente hostigados por destructores de la Marina de EEUU. Uno de ellos no podía comunicarse con la URSS, y su tripulación estaba desesperada por el calor (la temperatura máxima a bordo llegó a ser de 65 grados centígrados) y las carencias: el capitán Nikolai Shumkov estaba barajando la posibilidad de disparar su torpedo atómico cuando el destructor Blandy le lanzó una bomba de profundidad; el suceso se produjo el martes 30, dos días después de que Jruschev anunciara que retiraba los misiles de Cuba. ¿Estuvimos cerca del abismo atómico? Sí. Demasiado. Pero por accidente o descuido, pues el líder soviético jamás tuvo intención alguna de librar una guerra que podría resultar en la aniquilación de la URSS. Ahora bien, si la crisis no se hubiera resuelto el día 28 y EEUU hubiera invadido la Isla el día 29, nadie sabe qué habría sucedido.

Toda esta información extraordinaria, y aún en buena medida desconocida, a pesar de que se reveló desde 1993, que yo sepa, sólo ha sido publicada en detalle en el libro October Fury, escrito por el capitán retirado de la Marina americana Peter Huchthausen en el 2002 (Huchthausen estaba destacado en el Blandy cuando se produjo el incidente arriba referido).

La Crisis de Octubre terminó con un intercambio de cartas entre Kennedy y Jrushchev. La carta que envió aquél el 27 es la más importante, aunque la primera de las dos que escribió el soviético ha de ser igualmente mencionada, por su peculiar contenido. Es una carta muy larga, casi incoherente. Según el entonces embajador de EEUU en Moscú, Foy Kohler, que fue profesor en la Universidad de Miami en 1969-70, "parecía escrita muy de prisa y por un mecanógrafo malo, llena de errores, borrones y palabras tachadas en tinta de color púrpura". Según declaró en una conferencia que pronunció en mayo de 1969 en la Universidad de Miami, y en la cual estuve presente, es probable qie Jruschev estuviera borracho en el momento de escribirla, y en ella se mostraba desesperado y aterrorizado.

La carta de marras fue depositada por un mensajero en la embajada americana en Moscú a las 4:42 am. Kohler fue el primero en leerla. Su contenido se mantuvo oculto durante años por orden de Kennedy, y, de acuerdo con varios diplomáticos americanos, como el propio Kohler, Llewellyn Thompson y George Ball, en ella su autor "demostraba una desesperación indigna de un jefe de Estado".

Horas después, un Jruschev ya sobrio envió la segunda carta, mucho más enérgica, en la cual planteó por vez primera que EEUU retirara sus misiles Júpiter de bases de la OTAN radicadas en Turquía. Esta segunda misiva fue ignorada por Kennedy, que, en respuesta a la primera, recordó a su interlocutor su promesa de que retiraría los misiles de Cuba. El cuarto párrafo contiene la esencia del entendimiento entre Kennedy y Jruschev, ya que nunca hubo pacto, acuerdo o tratado alguno. Sea como fuere, el resultado fue la garantía de la pervivencia de la dictadura castrista: Hasta ahora.

Ese famoso cuarto párrafo decía: "Nosotros [EEUU], por nuestra parte, acordaríamos (...) a) eliminar prontamente las medidas de cuarentena ahora en efecto, y b) dar garantías [assurances] contra una invasión de Cuba, y yo confío que otras naciones del Hemisferio Occidental estén preparadas para hacer lo mismo". Esto es todo. Con esas efímeras palabras, garantizó la revolución cubana, ya que el entendimiento ha sido respetado desde entonces por nueve presidentes americanos.

La carta de Kennedy, en cuya confección tomaron parte gentes como George Ball y Alexis Johnson, del Departamento de Estado; Adlai Stevenson, embajador de EEUU ante la ONU, el asesor de Kennedy Ted Sorensen (quien compuso la versión final) y Robert Kennedy fue entregada personalmente por este último al embajador Dobrinin en la sede diplomática soviética en Washington. Durante mucho tiempo se pensó que ese encuentro Kennedy-Dobrinin fue lo que resolvió la crisis. Pues bien, no fue así. (Aunque Dobbs está en desacuerdo conmigo en esto). Lo que sí se logró en la misma fue que Jruschev, a petición de Robert Kennedy, no incluyera la retirada de los Júpiter de Turquía en los documentos finales, de acuerdo con las memorias de Dobrinin, para que no resultaran perjudicados los futuros planes de Robert de aspirar a la presidencia de EU. Es verdad que Robert le dijo a Dobrinin que si la crisis no se resolvía para el día siguiente (28), las fuerzas militares de EEUU invadirían Cuba de inmediato (la invasión americana estaba programada para el 29). Pero la retirada de los cohetes se había decidido en Moscú horas antes, de acuerdo con Naftali y Fursenko, que tuvieron acceso a los hoy inaccesibles archivos rusos. Para mí, esta evaluación es más creíble que la de Dobbs, que no examinó esos documentos.

Jruschev fue depuesto en un golpe de estado capitaneado por Leonid Breznev y Aleksei Kosiguin en noviembre de 1964, días antes de las presidenciales americanas, tras ser acusado de "aventurerismo" y de manejar esquemas de cerebro de liebre (hare brained schemes). Es decir, por fracasar con la Operación Anadyr, que, repito, fue aprobada por unanimidad en el Presidium, del que también formaban parte Breznev y Kosiguin.

Pero ¡qué cerca estuvo de triunfar! ¿O no? Y es que los errores de cálculo de los líderes autoritarios acerca de la firmeza de los presidentes americanos son históricos. También Hitler y los japoneses se equivocaron. A pesar de su comportamiento más bien pusilánime de los primeros momentos, llegada la hora decisiva Kennedy mostró firmeza. Con todo, y lamentablemente, desperdició una gran oportunidad: pudo ser el domador del comunismo internacional décadas antes de que, finalmente, cayera el Muro de Berlín (1989). Logró la retirada de los misiles, sí, pero de nada sirvió: el comunismo revivió para conquistar buena parte del mundo; hasta que otro presidente americano, mucho más firme y con un plan para derrotarlo, fue electo en 1980.

¿Quien ganó y quien perdió en la Crisis de Octubre? Primero, ganó el mundo entero, que se ahorró una guerra potencialmente devastadora. Hubo solo un muerto, el mayor Rudolph Anderson, cuyo U-2 fue derribado en la provincia cubana de Oriente el sábado 28, el día más peligroso de la crisis. En cuanto a Kennedy, ganó en varios aspectos. Su prestigio subió muchos enteros y los demócratas salieron muy bien de las elecciones legislativas. Y Berlín se esfumó del debate: Jruschev no volvió a provocar crisis alguna en demanda de la retirada de las tropas aliadas de la ciudad y de la firma de un tratado con la RDA. Las negociaciones soviético-americanas se suavizaron bastante, y menos de un año después Moscú y Washington firmaron un tratado por el que se comprometían a no hacer pruebas nucleares en la atmósfera.

En cuanto a las pérdidas, se perdió la gran oportunidad de liberar Cuba y evitar, así, los gigantescos gastos y los miles de muertos causados por el castrismo en todo el mundo.

Poco más de un año después, el 22 de noviembre de 1963, JFK caía asesinado en Dallas. Todavía son muchos los que creen que la mano siniestra de Castro estuvo detrás del crimen.

También perdió Jruschev, que acabó siendo desalojado del poder. Aunque también ganó... La dictadura castrista se mantuvo, se mantiene, en pie: y ese, según el propio Jruschev, fue el motivo principal para la introducción de los cohetes en Cuba. Ya sabemos que no fue así, pero aún la mayoría de los historiadores acepta esa explicación.

Quienes más perdieron fueron, en definitiva, Cuba y su sufrido pueblo.

Para terminar, permítanme una anécdota personal. La noche del sábado 27 de octubre, yo estaba tan convencido de que se iba a producir una invasión norteamericana de la Isla, que en compañía de un amigo fui a Key West, a ver de cerca los acontecimientos. Salimos a las once y llegamos a Key West a la una. No había tráfico. Key West estaba desierto y todo apagado. Pero después de dar varias vueltas vimos que en el estadio de beisbol, cuyas puertas estaban abiertas, abundaban los camiones militares. En el camino de regreso a Miami, pude ver entre los manglares las puntas de los cohetes listos a ser lanzados sobre Cuba. Al llegar, ya de amanecida, pude leer con gran sorpresa en el Miami Herald que la crisis había terminado. Pero no con la libertad de Cuba. Al rato entré al cuarto de mis padres y pude escuchar a mi padre, Diego, decirle a mi madre, Estela, que todo se había perdido, y que para Cuba no había regreso; así que teníamos que rehacer nuestras vidas en EEUU. Yo tenía solo 16 años, pero nunca olvidé aquellas tristes y proféticas palabras de mi padre. Jamás volvimos, y ya ellos murieron, de manera que solo sus cenizas quizás regresen algún día a una Cuba libre. Pero puede ser que sólo las mías puedan regresar. Dios dispondrá.

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