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La Ilustración Liberal

Reseñas

Palabras de libertad

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A nuestros políticos no les gusta escribir libros. Quizá se deba a que no les gusta leerlos. Durante los primeros años de la Transición subsistía el convencimiento que en su día alcanzó Antonio Machado de que los españoles tendían a utilizar la cabeza más para embestir que para pensar y que, puestos a que alguna prefiriera pensar a embestir, sería, naturalmente, de izquierdas. Adolfo Suárez ha pasado a la historia como un magnífico piloto de la Transición sin ser muy lector, mucho menos escritor. El Rey, que fue quien lo eligió, tampoco es muy aficionado. Y Felipe González, a quien Zapatero ha hecho un gran estadista, tampoco es el colmo de la intelectualidad. Aznar sí ha leído y escrito, pero como es de derechas no se le reconoce ninguna altura intelectual por ello. Esperanza Aguirre quiere ser igualmente una excepción; y, como también es de derechas, tampoco se le reconocerá.

De hecho, la derecha española tiene el complejo de que carece de ideas. De que casi todo su bagaje ideológico se limita a aspirar a que las cosas se queden más o menos como están el máximo tiempo posible y a aceptar la inevitabilidad de que nuestra sociedad sea cada día un poco más de izquierdas. El proceso podría ser inofensivo y, por lo tanto, poco preocupante. El problema es que no lo es. La izquierdización de la sociedad, de las leyes, de las costumbres, de los valores en España ha tenido y está teniendo una consecuencia muy perniciosa: cada vez hay menos libertad. Cualquier lector que tenga más de cuarenta años puede preguntarse si ahora es más libre de lo que lo fue hace veinte o treinta años, y con seguridad se contestará que no, que al contrario. La merma de libertad que los españoles padecemos a consecuencia de tantos años de gobierno de izquierda constituye un problema real no sólo para los que se sienten de derechas, también para los que, siendo de izquierdas, aman la libertad. No se olvide que también hay una derecha que aborrece la libertad, aunque lo haga de un modo diferente a la izquierda, pero esa derecha, por el momento, no constituye una amenaza seria.

Ciudadela nos presenta un libro con el que iluminar nuestra reflexión. Percibimos que atacan nuestra libertad. Intuimos que es una especie de dictadura de izquierdas enquistada en nuestro sistema democrático quien lo hace. Pero no sabemos que muchos otros antes que nosotros se vieron en las mismas dificultades y encontraron hombres que les iluminaron el camino. El libro selecciona unos pocos discursos de algunos de esos hombres. Lo hace la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ayudada por un editor de Ciudadela, José R. Barros. Cada discurso está precedido por una introducción que lo sitúa en contexto, así como a su autor. En todos ellos se defiende la libertad.

No se trata de personajes inequívocamente adscritos al liberalismo. Muchos de ellos, por la época en que vivieron, ni siquiera podrían estarlo. Se trata pura y llanamente de personas amantes de la libertad.

La sucesión de los personajes es cronológica. El primero de ellos es Pericles, de quien se reproduce la famosísima oración fúnebre tal y como está recogida en la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides. El último es el que pronunció Juan Pablo II en el Memorial del Holocausto (Israel) al final de su papado. Entre los más antiguos, hay una sabia mezcla entre pensadores griegos, juristas romanos y sobresalientes cristianos; se ha sabido conjugar así los tres ingredientes esenciales de la civilización occidental: la filosofía griega, el Derecho romano y el cristianismo. Aparecen igualmente los grandes pensadores del conservadurismo del siglo XIX, Burke y Tocqueville, así como grandes hombres defensores de la libertad en América, desde Jefferson hasta Reagan.

Quizá el personaje más comprometido de los que han escogido Aguirre y Barros sea el de Margaret Thatcher. Ningún izquierdista en España reniega hoy de Churchill o De Gaulle: su grandeza se impone al sectarismo. Tampoco lo haría de Martin Luther King: por creerlo equivocadamente de los suyos. Pero sí se atreven aún a atacar a Margaret Thatcher y a acusar a los políticos españoles liberales, y muy especialmente a Esperanza Aguirre, de "thatcherismo", como si la acusaran de odiar a los niños o atropellar ancianas. Lo hacen ellos, que levantan con el dinero de todos monumentos a gente de la calaña de Largo Caballero o que reivindican las figuras de un Juan Negrín o un Julio Álvarez del Vayo. Frente a esta clase de personajes, de quienes nuestro PSOE se tiene por heredero, la Thatcher aparece como una inmensa heroína de la libertad. El ataque del que sigue siendo objeto por parte de la izquierda española la engrandece aún más.

Pero, más allá del interés que puedan tener los discursos por sí mismos y de la oportunidad de leerlos –no necesariamente en el orden en que han sido recogidos–, está el de ver qué piensa Esperanza Aguirre cuando tiene la ocasión de desligarse de los temas de actualidad, cuando puede hablar de principios y valores sin estar atada a los pequeños acontecimientos de nuestra política diaria. En la forma en que presenta a sus personajes, se vislumbra un modo de pensar y de sentir la política presidido por la necesidad de preservar la libertad de los que la tengan y de devolvérsela a quienes la hayan perdido. Para algunos, el volar tan alto puede parecer un modo de no comprometerse, y sin embargo es el modo más profundo de hacerlo, pues se trata de un compromiso con los principios, o al menos con uno, la libertad.

A algunos no les gustará el modo que tiene Esperanza Aguirre de entender la sanidad o la educación públicas. Otros discreparán de la manera que tiene de concebir un sistema impositivo equilibrado. Pero los que lean el libro, si no pertenecen a la izquierda sectaria que nos gobierna, acordarán con ella que es muy bonito defender la libertad propia y de los demás como lo hicieron aquellos hombres y con aquellas palabras.

Esperanza Aguirre, Discursos para la libertad, Ciudadela, Madrid, 2009, 217 páginas.

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