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La Ilustración Liberal

Varia

Apuntes sobre la cultura de masas

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The hermetic work of art belongs to the bourgeois, the mechanical work belongs to fascism, and the fragmentary work, in its state of complete negativity, belongs to utopia.

T. W. Adorno

Orígenes del concepto 'masa'

La utilización del término masa surge a finales de la era moderna, en el ocaso del Antiguo Régimen. Alan Swingewood (Swingewood, 1977:3) observa una connotación despectiva en su uso, dirigido contra la burguesía y sus valores –como el comercio y la industria– por parte de la aristocracia y, en sentido más lato, por los estamentos dirigentes.

Las primeras versiones de la Teoría de Masas identificaban la mediocridad cultural con la demanda de derechos democráticos y reformas en el gobierno.

La democracia en América, de Alexis de Tocqueville, está considerado uno de los primeros acercamientos sociológicos a la cultura de masas, en particular a la de EEUU. Su crítica es principalmente elitista y aristocrática. La división del arte y la cultura en "alta cultura" y "baja cultura" –Highbrow vs Lowbrow– se ha convertido en norma, una estandarización que hace del arte dos compartimentos estancos y antagónicos. La alta cultura estaría emparentada con el gusto canónico –teatro shakesperiano, la literatura homérica, óperas wagnerianas, por señalar algunos ejemplos–; la baja es un trasunto de la cultura de masas y se le confieren connotaciones negativas: sería vulgar, soez, prosaica, etc. (Levine, 1988). Tocqueville considera que la alta cultura no tiene espacio en la democracia de masas, por lo que estaría condenada a la extinción.

En la misma centuria, Friedrich Nietzsche siempre destacó por su posición beligerante contra los credos igualitarios de los estratos populares; por lo mismo, ensalzaba a las élites. En la cúspide del grupo elitista Nietzsche sitúa a Richard Wagner: su música liderará y liberará a los hombres de la cultura zafia y sin valor que los narcotiza. Nietzsche servirá de fuente inspiradora a la Escuela Fráncfort, que lanzará un ataque total a la cultura de las democracias capitalistas del siglo XX, la cultura de masas.

A caballo entre los siglos XIX y XX, críticos conservadores como José Ortega y Gasset y el premio Nobel de Literatura T. S. Elliot analizaron la sociedad moderna y sus amenazas. Estos pensadores advertían de que el hombre común, la masa, tenía que ocupar su lugar natural en la sociedad, porque en caso contrario toda la tradición cultural de Occidente se precipitaría en el abismo. Las minorías, productoras de la alta cultura, suplen su inferioridad numérica con la ventaja de estar mejor cualificadas y deben ser responsables de mantener la tradición heredara de los clásicos: nada se puede esperar de la masa y su baja cultura (Ortega y Gasset, 2003).

Para estos autores, la revolución tecnológica y la universalización de la democracia son valores contrapuestos a la cultura tradicional de Occidente. La sociedad se divide en dos grupos totalmente contrapuestos: la élite formada y la masa, que por definición es iletrada, bárbara, poco cualificada. Las élites desempeñan un papel crucial en la conservación y salvaguarda de la alta cultura. Son las clases cultivadas las que deben contrarrestar el poder del capitalismo moderno, entendido como un sistema que espolea el egoísmo, el individualismo, el consumismo... y debilita los lazos de la tradición.

Sin duda alguna, el mundo de la cultura en ese período –último tercio del siglo XIX y primero del XX– se vio sacudido por los avances registrados en la tecnología y en otros campos. Para este grupo de autores críticos, el gramófono, la radio y el cine suponían una ruptura total con el concepto de alta cultura. Su pesimismo no era novedoso... y aún sigue presente entre nosotros, así como el mito primigenio de la Edad de Oro.

En Notes Towards the Definition of Culture (Elliot, 1949), T. S. Elliot considera que la verdadera cultura, en cualquier civilización, pervive en buena medida gracias a que las élites la van conservando generación a generación. Consecuentemente, la familia desempeña un papel esencial en la preservación de la cultura de las élites, como valladar de los grandes valores frente a la masa, indocta y sin juicio estético.

La cultura moderna se habría convertido en una diversión banal y pasiva dirigida a la clase trabajadora, poco cultivada. Lógicamente, ampliando esta argumentación, se antoja indispensable que unos pocos, los eruditos, sean los custodios de la alta cultura y, por ende, de lo mejor de la civilización.

F. R. Leavis, crítico literario coetáneo de los anteriores, incide en que era la industrialización, el trabajo en cadena, lo que había deshumanizado la sociedad y, en consecuencia, la cultura modernas. Los nuevos medios de comunicación no hacían más que acentuar el problema. La visión de Leavis de la Old England como una suma de pueblos y ciudades genuinamente comunitarios choca frontalmente con la división pueblo-ciudad de la Revolución Industrial. La nueva cultura aliena a la sociedad y amenaza con debilitarla.

La alienación, la deshumanización y el pesimismo serán cuestiones cruciales para la Escuela de Fráncfort, que, no obstante, empleará un marco metodológico novedoso –combinando el psicoanálisis freudiano con el marxismo–, que le apartará de los críticos arriba mencionados.

La pseudocultura

En La Dialéctica de la Ilustración (Horkheimer y Adorno, 1994), la Escuela de Fráncfort concluye que la pseudocultura (Muñoz, 1995; 2000; 2005) ha pasado a convertirse en la superestructura ideológica de nuestro tiempo (Muñoz, 2005: 127).

La cultura humanista acentúa la bidimensionalidad, en el es de lo real y en su opuesto, lo normativo, el deber ser. En la cultura de masas la dimensión del ser real se diluye, se banaliza, para abarcar un público cada vez mayor, la masa. Lo fútil se adueña de la cultura en la sociedad postindustrial, minando la espiritualidad que equilibraba la cultura humanista. La fragmentación de los contenidos, característica de la comunicación en las sociedades avanzadas, imposibilitando un intercambio racional y fomentando la superficialización del conocimiento, su uniformización y homogeneización. Para Adorno, la fragmentación y la indexación –los elementos indexicales son los que requieren información contextual para ser perfectamente comprensibles– explicaban por qué en las nuevas artes –fotografía y cine– primaba la tecnología sobre la técnica del artista, y por lo tanto

does not permit absolute construction [...] Its elements, however abstract, always retain something representational; they are never purely aesthetic values. (Levin, 1990: 24)

La característica fundamental de la cultura popular es la estandarización. En su artículo "On Popular Music", Adorno nos brinda un análisis estético de la música popular para argumentar su tesis: la cultura popular es estándar y estandariza a la audiencia, facilitando las labores de control, de dominio y de opresión en el capitalismo.

El estribillo, el ritmo, la armonía están sujetos a férreo esquema, un patrón que se repite constante e inexorablemente y que elimina cualquier elemento exógeno que no cumpla los patrones mencionados. La música popular es, por su cualidad de someterse a un inflexible patrón, preconcebida –por el compositor– y preaceptada antes de que comience la experiencia musical. En contraposición, la música seria necesita de un marco propio, independiente, para que todas las secciones cobren sentido; solamente la música popular ofrece un marco idéntico, donde la música sin aura es un puro automatismo, cualquier arreglo tiene la misma personalidad y autonomía que una tuerca en una cadena de montaje.

La consecuencia de la introducción de la racionalidad tecnológica en la cultura postindustrial es la formación de individuos con amplias carencias espirituales, por estar expuestos a mensajes irracionales y fragmentarios.

La superestructura ideológica genera y fomenta una percepción deformada de la realidad, perpetuando las inequidades, sustituyendo la cultura espiritual y real del Iluminismo por la pseudocultura, sostienen los de Fráncfort. Bajo la tiranía de la cultura de masas, que no es más que pseudocultura, la vía al totalitarismo es inevitable, porque la sociedad está condicionada a responder activa y positivamente a mensajes irracionales, fragmentarios y violentos.

Marcuse desarrolla el concepto de pseudocultura con su análisis de la unidimensionalidad del hombre en el capitalismo postindustrial. El individuo de una dimensión se contrapone a la concepción humanista bidimensional del ser real y el deber ser. La falta de la segunda dimensión convertiría al ser humano en sujeto económico de producción e intercambio, lo cosificaría, como sucedería por otra parte con las obras de arte. Los individuos han interiorizado las necesidades y controles del sistema por medio de la superestructura del capitalismo postindustrial, sentenciará.

La relación entre cultura y clase

En los estudios de la Escuela de Fráncfort la cultura de masas está conectada con el sistema capitalista, especialmente con su modo de producción y con el avance de la tecnología bajo la economía de libre mercado. En cuanto a la clase trabajadora, estaría alienada por la superestructura, que la habría transformado de clase potencialmente revolucionaria en grupo atomizado, sin aura ni conciencia de clase. Ahora bien, el punto de unión entre cultura y clase está difuminado, posiblemente porque la formación y la estructura ideológica de la clase se estudia desde posiciones ahistóricas e idealistas.

En el bolchevismo se interpretaba el concepto cultura desde la perspectiva de la lucha de clases. La cultura era un arma de la clase trabajadora que expresaba la ideología pura del proletariado. Marx entendía que la cultura proletaria debía progresar partiendo del conocimiento acumulado bajo el capitalismo. Lenin, por su parte, sostenía que la cultura está vinculada al conocimiento necesario para desempeñar una serie de tareas; básicamente, la cultura sería equiparable al nivel mínimo de educación, entendida ésta de forma laxa. Trotsky rechazaba frontalmente la asimilación de la cultura burguesa propuesta por Marx; en la sociedad burguesa, afirmaba, los proletarios, por carecer de propiedad, no podían configurar una cultura propia (Swingewood, 1977: 44-47).

Los líderes de la revolución rusa manejaban un concepto de cultura muy estrecho, bien distante de las vanguardias que se estaban desarrollando en ese mismo momento. Muy estrecho y muy pragmático: en teoría, estaban pendientes de la alfabetización de la población y de elevar progresivamente los niveles de conocimiento de la sociedad. Lo que sigue es un comentario de Trotsky a propósito del cine como instrumento revolucionario y adoctrinador:

This amazing spectacular innovation has cut into human life with a successful rapidity never experienced in the past. In the daily life of capitalist towns, the cinema has become just such an integral part of life as the bath, the beer-hall, the church, and other indispensable institutions, commendable and otherwise. The passion for the cinema is rooted in the desire for distraction, the desire to see something new and improbable, to laugh and to cry, not at your own, but at other people’s misfortunes. The cinema satisfies these demands in a very direct, visual, picturesque, and vital way, requiring nothing from the audience; it does not even require them to be literate. That is why the audience bears such a grateful love to the cinema, that inexhaustible fount of impressions and emotions. This provides a point, and not merely a point, but a huge square, for the application of our socialist educational energies. The longing for amusement, distraction, sigh-seeing and laughter is the most legitimate desire of human nature. We are able, and indeed obliged, to give the satisfaction of this desire a higher artistic quality, at the same time making amusement a weapon of collective education, freed from the guardianship of the pedagogue and the tiresome habit of moralizing.

(...)

This weapon, which cries out to be used, is the best instrument for propaganda, technical, educational, and industrial propaganda, propaganda against alcohol, propaganda for sanitation, political propaganda, any kind of propaganda you please, a propaganda which is accessible to everyone, which is attractive, which cuts into the memory and may be made a possible source of revenue. (Trotsky, 1923)

No existe la menor sintonía entre la posición de Trotsky, que pretendía hacer de los mass media unos aliados de la revolución –incluso para el derrocamiento de la religión–[1], y la idea de cultura de masas de la gente del Institut, que consideraba que, incluso en el caso de que la revolución triunfara y los modos de producción capitalista fueran desterrados, el quebranto infligido por la racionalidad tecnológica podría ser irreparable.

Hasta la publicación de The Uses of Literacy (Hoggart, 1973), del sociólogo británico Richard Hoggart, no encontramos ningún intento de remediar la falta de conexión entre la teoría de la cultura de masas y la estructura de clases. Hoggart sostiene que la cultura de la clase trabajadora enfatiza la importancia del rito, del mito, de las creencias supersticiosas, del destino... Se hace patente que, con las características que acabamos de enumerar, la conciencia de clase, la formación de una clase trabajadora ideologizada no tiene espacio en las sociedades capitalistas modernas. Los productos que consume la clase trabajadora, prosigue Hoggart, no contienen los valores de su clase sino los de la dominante.

Raymond Williams (Williams, 2001), especializado en Estudios Culturales[2], atacó la concepción de la tradición marxiana de la cultura. Para el galés, la cultura es algo habitual –ordinary­–; la cultura de la clase trabajadora es una idea básica colectiva, así como las instituciones y hábitos de pensamiento proceden de aquélla. Para Williams, los sindicatos contribuyen al crecimiento de la sociedad a través de sus aportaciones al desarrollo de la cultura común. Rechaza el concepto de cultura como ideología, defendido por Trotsky más arriba, pero fracasa al no poder unir el culture is ordinary con la formación de la estructura de clases y la legitimización de la dominación entre clases.

Palabras finales

Las diferentes reflexiones sobre la cultura de masas están relacionadas con el avance de la tecnología, el trabajo en cadena y la mecanización/deshumanización de la clase trabajadora en la democracia de masas. La tecnología sería la variable independiente que explicaría el colapso de la cultura tradicional y, al mismo tiempo, la pérdida de gusto del público.

La cultura de la democracia de masas está condenada a convertirse en mercancía. La cultura se produce en serie por técnicos especializados que han sido contratados por hombres de negocios. La audiencia son consumidores pasivos cuyo poder no sobrepasa la elección de comprar o no comprar... Este análisis simplista está relacionado con las características que señalan Adorno y Horkheimer: estandarización, estereotipación, conservadurismo, mendacidad, manipulación. El Institut negaba que las clases trabajadoras pudieran derrocar al capitalismo, como sostenía el marxismo ortodoxo; la función de la cultura de masas en el capitalismo tardío constituía la herramienta más poderosa para perpetuar el sistema.

Nuestra postura es la opuesta: el avance del comercio y la tecnología, sobre todo desde la consolidación de la Revolución Industrial, no solo ha alfabetizado a las masas, sino que las ha cultivado, y la cultura, lejos de homogeneizase, continúa fragmentándose en estilos y corrientes inimaginables hace menos de una centuria.

La crítica elitista está emparentada con la crítica a la cultura de masas en las sociedades de capital intensivo. La diferencia sustancial entre cultura tradicional y cultura popular estriba en que esta última se sostiene gracias al concepto de masas y a la cultura entendida como mercancía producida siguiendo los estándares de la producción en cadena y la división del trabajo. Subyace bajo el paradigma del pesimismo cultural el temor a la desaparición de la alta cultura como resultado de la democratización y el poder de la masa. La masa embrutecida, en esencia, no tiene capacidad intelectual para disfrutar de un concierto de Schoenberg o de una obra de Goethe. La alta cultura queda bajo la protección de la vanguardia más cultivada, fuera del influjo de la superestructura capitalista. Pero lo cierto es que también las clases más elevadas consumen cultura de masas, como señala Alan Swingewood en The Myth of Mass Culture (Swingewood, 1977:105):

(...) the vast amount of pornographic literature produced during the latter half of the nineteenth century, much of which was consumed by the literate upper classes.

La división entre alta y baja cultura solo se puede entender si afirmamos que son las embrutecidas masas quienes, a través del consumo irracional, provocan la uniformidad de la cultura popular y, al mismo tiempo, un descenso de calidad en la misma. Los cómics, las novelas románticas o los relatos de aventuras, desde este prisma, son pura mercancía cuyo único y principal valor es que entretienen. Otra función de la cultura popular sería la de controlar y homogeneizar a la sociedad; sin embargo, esta afirmación es muy difícil de sostener con datos. Los nexos de unión que crean los medios culturales son complejos objetos de análisis y estudio. ¿En qué forma se aprehenden pautas de comportamiento?, ¿cómo se asimilan conductas de clase?, ¿se influyen entre sí las clases y las estructuras sociales? Son preguntas de difícil respuesta, puesto que la cultura de masas es dinámica y no estática, ambigua antes que precisa, contradictoria y no necesariamente lógica. No hay cultura de masas o sociedad de masas, pero es indudable que existe una ideología de la cultura de masas y de la sociedad de masas.

Alan Swingewood (Swingewood, 1977:117-123) concluía que la sociedad de masas como mito legitima la democracia burguesa y la dominación totalitaria. Como teoría es vacua, está viciada por la ideología y es analíticamente despreciable.

Bibliografía

- Swingewood, Alan. (1997). The Myth of Mass Culture. London: United Kingdom, Macmillan Press.
- Levine, Lawrence W. (1988). Highbrow / Lowbrow. The Emergence of Cultural Hierarchy in America. London: United Kingdom, Harvard University Press.
- Ortega y Gasset, José. (2003). La rebelión de las masas. Madrid, Tecnos.
- Elliot, T. S. (1949). Notes Towards the Definition of Culture. London: United Kingdom, Faber and Faber.
- Horkheimer, Max y Adorno, Theodor. (1994). Dialéctica de la Ilustración: fragmentos filosóficos. Madrid, Trotta.
- Muñoz, Blanca. (1995). Teoría de la pseudocultura: estudios de sociología de la cultura y de la comunicación de masas. Madrid, Fundamentos.
- Muñoz, Blanca. (2000). Theodor W. Adorno : teoría crítica y cultura de masas. Madrid, Fundamentos.
- Muñoz, Blanca. (2005). Cultura y comunicación: introducción a las teorías contemportáneas. 2ª ed., Madrid, Fundamentos.
- Levin, Thomas Y. (1990). For the Record: Adorno on Music in the Age of Its Technological Reproducibility. October, [versión electrónica] vol. 55, Winter, pp. 23-47. The MIT Press. Fuente: http://www.jstor.org/stable/778934.
- Trotsky, Leon (1923). Vodka, the Church, and the Cinema. [versión electrónica] Fuente: http://www.marxists.org/archive/trotsky/women/life/23_07_12.htm.
- Hoggart. (1973). The Uses of Literacy. London: United Kingdom, Penguin Books.
- Williams, Raymond. (2001). Cultura y sociedad: 1870-1950. De Coleridge a Orwell. Buenos Aires, Nueva Visión.



[1] "The cinema competes not only with the tavern but also with the church. And this r ivalry may become fatal for the church if we make up for the separation of the church from the socialist state by the fusion of the socialist state and the cinema" (Trotsky, 1923).
[2] La Asociación de Estudios Culturales define la disciplina de esta manera: "By the term cultural studies we refer to the inter and trans-disciplinary study of and intervention into the relations between cultural practices and the social relations and organization of power. Cultural studies researches and theorizes cultural practices and forms, and their effects, by placing them into the contexts of relations in which they emerge, through which they circulate and into which they are appropriated. Cultural studies focus on the production and reproduction of such relations and on the agencies which enable or resist them". Véase http://cultstud.org/index.php?id=6.

 

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