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La Ilustración Liberal

Varia

La revancha de la barbarie

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Se cumplen veinte años de lo que para algunos fue motivo de festejos y para otros de denigraciones: el quinto centenario del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. El ensayo América Latina. Una agenda de libertad 2012, dirigido por Miguel Ángel Cortés y Alberto Carnero (FAES, 2012), señala que la obra de los autores liberales de América Latina

no ha podido obviar dos conceptos devenidos consustanciales a la realidad latinoamericana: civilización y barbarie. Conceptos que, empleados por primera vez por Domingo Faustino Sarmiento para explicar las causas del atraso del que la República Argentina adolecía a mediados del siglo XIX, siguen plenamente vigentes en la actualidad.

Y esta dicotomía es lo que explica la diferencia de comportamiento respecto del Quinto Centenario. Por un lado, el culto a la civilización; por otro, la revancha de la barbarie. Y el ensayo antes citado desvela los mecanismos que condujeron a esta desatinada iniciativa revanchista:

Un afán diferenciador inspirado por la obra de autores como Jean-Jacques Rousseau, que imaginaron un hombre puro, libre y feliz en un estado de naturaleza previo al contrato social. Una teoría que parecía ajustarse perfectamente a la historia del continente americano, donde el "buen salvaje", esto es, el amerindio, vivía feliz, dichoso y en perfecta armonía con el medio hasta el desembarco de Colón en Guanahaní. De esta manera, y como sucedió más tarde con el marxismo, las tesis que provenían de Europa se empleaban para reivindicar las culturas y formas de vida precolombinas, así como para denunciar su destrucción, supuestamente deliberada, a manos de los conquistadores.

Pedir perdón

La campaña de idealización de las tribus precolombinas y de reclutamiento de sus descendientes ya mestizados se inició mucho antes de 1992. Y quienes llevaban la batuta eran siempre intelectuales blancos y no indígenas, que esgrimían argumentos extraídos del acervo de la cultura ilustrada occidental y no de la mitología aborigen, y que a menudo proponían una nueva forma de colonialismo: la subordinación de los pueblos autóctonos a los centros de poder totalitarios, ya fueran estos la Alemania nazi o la URSS y la China comunistas. Pero la ofensiva llegó a su apogeo al aproximarse el Quinto Centenario.

Entre los precursores estuvieron los portavoces de la Teología de la Liberación, como el centro de estudios Cristianisme i Justícia, con sede en Barcelona, que, según informó El País (3/1/1989), divulgó una declaración

en la que sugiere que España pida "perdón a todos los pueblos latinoamericanos, por el despojo de la conquista y la colonización" (…) y expresa su temor de que “se puedan organizar unas celebraciones fundadas sobre todo en el triunfalismo, en la mentira, la autocomplacencia y la falta de solidaridad verdadera”.

Poco antes, en octubre de 1988, el premio Nobel de la Paz y correveidile de terrorismos variopintos Adolfo Pérez Esquivel publicó en el Corriere Della Sera un artículo, titulado "Ma, l´America fu scoperta o conquista?", en el cual se metía en el túnel del tiempo para denunciar un prematuro genocidio y fantaseaba:

Una cultura hegemónica, conquistadora, egoísta (la europea) no podía encontrarse con una cultura colectivista y comunitaria. No ha habido un encuentro entre dos culturas, sino el exterminio de una cultura por parte de la otra.

Al transcribir esta información, Fernando Elenberg, corresponsal en Europa del diario argentino El Cronista Comercial, escribió (27/10/1988):

Sería interesante saber cómo piensa Pérez Esquivel (él mismo un indudable descendiente de europeos) que podía haberse desarrollado la historia de América sin la intervención de los europeos. ¿Cree, por caso, que con el pasar del tiempo se podía haber producido un "encuentro" pacífico entre ambas partes del mundo, una técnicamente avanzada y la otra materialmente subdesarrollada? (…) Por otra parte, es poco creíble que las mismas naciones precolombinas estarían hoy mejor si no se hubiera verificado el descubrimiento y la conquista europea.

En cuanto a la ascendencia europea de Pérez Esquivel, se le aplica una reflexión cáustica del periodista y ensayista James Nielson, que fue director, en Argentina, del diario en lengua inglesa Buenos Aires Herald. Según Nielson, los hijos y nietos de inmigrantes europeos que protestan con tanta pasión contra la aventura colonial parecen puritanos denunciando a sus padres por haber tenido relaciones sexuales.

Otro descendiente de europeos –esta vez alemanes–, que siempre ha puesto su discurso nihilista al servicio de la barbarie tribal y de la violencia ácrata, el muy festejado Osvaldo Bayer, escribió (Página 12, Buenos Aires, 31/10/1992):

Ni el rey de los españoles Juan Carlos ni su gobernante "socialista" Felipe González se pusieron de rodillas pidiendo perdón en nombre de su pueblo por ese Auschwitz con mita y yanaconazgo que fue la Conquista.

Recordemos que la mita y el yanaconazgo fueron dos formas de servidumbre que los conquistadores impusieron a los indios, tan maltratados como lo estaban en aquella época sus pares siervos en Europa, para no hablar de lo que sucedía en Asia y África.

Contactos rentables

La fobia antieuropea y, en estas diatribas, antiespañola aflora sin afeites en las motivaciones de los detractores. Tal fue el caso del editorial conjunto que publicaron en su hoja parroquial los obispados de Tarragona, Vic y Solsona, del que así informó La Vanguardia (9/10/1992):

Los tres obispados opinan que el descubrimiento significó "la desarticulación del tejido social autóctono, expoliación sistemática de las riquezas, dominación de las culturas, lenguas y religiones y la infravaloración de los indígenas". El texto también desaprueba “la actuación dominadora constante de los países occidentales respecto a América Latina durante estos cinco siglos”.

Vale la pena señalar, en relación con este editorial conjunto de los obispos catalanes, que un hilo sutil, que últimamente se ha transformado en una cuerda compacta, une a los revanchistas tribales latinoamericanos con los secesionistas. Contaba El País (10/4/2008) que Pedro Cayuqueo, dirigente de Wallmapuwen, el primer partido político mapuche de la historia chilena,

ha llegado a España con un mandato de su comunidad, destinado a establecer contactos con Esquerra Republicana de Catalunya, con cuya organización tratan de cerrar un convenio de cooperación similar al que firmaron años atrás con el Bloque Nacionalista Galego.

Dios los cría y ellos se juntan. Las tierras que los mapuches reclaman como ancestralmente propias en el sur de Chile y en la Patagonia argentina son las que ellos arrebataron a los primitivos pobladores tehuelches después de exterminarlos.

Además, los contactos entre las tribus irredentistas y el secesionismo catalán son rentables para las primeras. La Voz de Barcelona (4/3/2009) informó de que Josep-Lluís Carod Rovira comprometió, en nombre de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo, la entrega de un millón de euros en el plazo de cinco años para promover la enseñanza de lenguas autóctonas en Ecuador. Un cacique selló el pacto regalándole una lanza al agitador secesionista.

En Argentina, la agencia oficial de noticias Télam, divulgó un artículo virulento, firmado por Marta Gordillo, que refleja la opinión del kirchnerismo montonero sobre este tema, idéntica a la del antes citado energúmeno Osvaldo Bayer. Leo de La Nación (12/10/2005):

Un despacho de la agencia oficial de noticias Télam consideró ayer que la conquista y colonización de América (…) fue "el genocidio más grande de la historia", y que “con la llegada de los colonizadores se inició un exterminio que arrasó con 90 millones de pobladores de la región y quebró el desarrollo cultural de este lado del Atlántico”.

Bantustanes endogámicos

Sobre la base de este cúmulo de falacias maniqueístas, que como veremos más adelante no resiste el cotejo con la realidad histórica ni con los datos sobre la grandeza y decadencia de las culturas y civilizaciones, los exegetas del indigenismo, siempre blancos o mestizos alimentados con ideologías europeas, intentan adjudicar las virtudes de la modernidad, el progreso y la justicia a lo que no es más que un retorno a las condiciones de vida del buen salvaje. Condiciones de vida primitivas de las que nuestros antepasados occidentales se emanciparon mediante revoluciones técnicas, científicas y políticas, y en las que los frívolos o dogmáticos nostálgicos de la barbarie sucumbirían sin remedio.

Cuando aún podía ampararse en su condición de juez, el ubicuo Baltasar Garzón levantó en La Vanguardia (2/4/2002) su barricada histriónica para sostener:

Todos aquellos que tenían una identidad propia y milenaria pasaron a ser víctimas de la "integración nacional", constituyendo en realidad una mera agregación o una absorción que por lo general no ha respetado ni la diferencia ni la diversidad. Sólo la presión, incluso la sublevación de las comunidades y de los movimientos indígenas ha hecho que ese planteamiento cambie y se dulcifique.

Entre las reivindicaciones que Garzón plantea, con un argumentario que si sustituyera las referencias a los indígenas americanos por otras concernientes a los euskaldunes parecería copiado del de Sabino Arana o del de Arnaldo Otegi, destaca ésta:

Derecho a una organización social y a costumbre jurídica. Es decir, el respeto al derecho consuetudinario y a la resolución de sus conflictos dentro de esas normas de uso y por sus autoridades tradicionales.

Detalle curioso: aquí la segregación que reivindican Garzón y Otegi tiene muchos puntos en común con la que el apartheid sudafricano impuso a los bantustanes endogámicos, donde los negros disfrutaban de su propio sistema autónomo de gobierno y justicia tradicionales y anacrónicos. Olvidando la igualdad de derechos con el resto de los ciudadanos, vigente desde la Ilustración y la Revolución Francesa. Sí, es la revancha de la barbarie.

Hechiceros indocumentados

Tampoco se trata solamente de un salto atrás en materia de derechos civiles. Los valedores de los bantustanes retrógrados pretenden anular la vigencia de la sanidad pública tal como se entiende en las sociedades civilizadas. Leemos en un titular de El País (3/11/2003) que en el Encuentro Social Alternativo, vástago del Foro Social Mundial patrocinado por líderes del movimiento antisistema como Ignacio Ramonet, Noam Chomsky y José Bové, "Indígenas latinoamericanos exigen a los gobiernos la defensa y promoción de sus medicinas tradicionales":

Ataviado con vestimentas típicas de los indios chiquitanos y tocado con plumas multicolores, el médico tradicional naturista Eduardo Medina inauguró la reunión con una firme defensa de esos métodos ancestrales basados en hierbas y subrayó el valor que pueden tener "para todos los pueblos del mundo" (…) En el acto estuvo presente el ministro de Educación de Bolivia, Donato Ayma, quien saludó a los asistentes en las lenguas aymara y quechua y defendió igualmente “el conocimiento milenario que atesora la farmacopea popular. Son conocimientos adquiridos de nuestros antepasados en la universidad natural y mantienen vivas las más ricas culturas de América Latina”.

Una paradoja reveladora: los progres que abominan del Gobierno de España cuando éste retacea la asistencia médica a los inmigrantes sin papeles son los mismos que aplauden la política de quienes ponen la salud de los indígenas a merced de hechiceros indocumentados.

Una gigantesca impostura

Las reivindicaciones retrógradas de Baltasar Garzón y de los curanderos autóctonos y sus emisarios se oficializaron en la Constitución boliviana del 2009, aprobada bajo el mandato del líder cocalero Evo Morales. En el texto que reproduce la web Pueblos Originarios en América se lee:

Se considera Nación y pueblo indígena originario campesino a toda la colectividad humana que comparta identidad cultural, idioma, tradición histórica, instituciones, territorialidad y cosmovisión, cuya existencia es anterior a la invasión colonial española.

Esta Constitución condena al pueblo indígena a ceñirse a las formas de vida primitivas de sus antepasados, con sus creencias religiosas, espiritualidades, prácticas y costumbres, su propia cosmovisión, sus saberes y conocimientos tradicionales, su medicina tradicional, sus idiomas. Reviste especial importancia el reconocimiento de la justicia indígena, tal como reclamaba Garzón: "La jurisdicción ordinaria y la jurisdicción indígena originario [sic] campesina gozarán de igual jerarquía".

Evo Morales creyó que podría utilizar la anarquía sanitaria, educacional, lingüística y jurídica en su propio beneficio. Pero le ha salido el tiro por la culata. Las víctimas del desbarajuste fueron, son y serán los 60 grupos tribales, a menudo enfrentados entre ellos. Además, todo esto descansa sobre una gigantesca impostura, como revela el escritor venezolano Ibsen Martínez en "Evo Morales y la utopía arcaica" (El País, 30/5/2006):

Un estudio realizado en 2004 –hace apenas dos años– confirma un resultado del censo boliviano de 2001: dos tercios de la población boliviana se considera, en efecto, parte de un grupo "originario". Lo singular está en que, al preguntarles de qué raza son, el 61% de los bolivianos responde que “mestiza”, y sólo el 16% se tiene por “indígena” (…) No es faltar en absoluto a la verdad decir que la “indigeneidad” de Evo Morales es una calculada elaboración en la que participan intelectuales mestizos, blancos y “originarios” (…) Lo cierto es que Evo Morales –quien ni siquiera habla el aymará, como sería de esperar– es tan convincentemente indígena como los andaluces de Bienvenido Mr. Marshall (…) Nada de lo cual debería distraernos de un inquietante precedente "indigenista" europeo: Adolf Hitler también logró validarse apelando a la vindicación de lo “convincentemente” ario.

Alianza non sancta

Ni indígenas puros, ni arios puros. La humanidad es producto, desde sus orígenes, de un fecundo proceso de mestizaje del que sólo se han librado, para su desgracia, algunas selvas y algunos valles herméticos, donde la endogamia y la consaguinidad fomentan la teratogenia y el estancamiento social. El brillante intelectual Enrique Krauze lo deja muy claro respecto de su país (La Nación, 18/3/1998):

El mejor homenaje al mestizaje mexicano ha sido la arcaización del propio término: nadie usa la palabra mestizo por la sencilla razón de que desde el siglo pasado, y de manera cada vez más pronunciada, la población mexicana es mayoritariamente mestiza.

En el malestar de nuestra era posmoderna se pasa por alto el milagro que significa la cohesión del México mestizo. Los neoindigenistas la desestiman y sueñan con una vuelta al ilusorio edén de colectividades culturales y étnicas detenidas en el tiempo, amuralladas en el espacio, contradictoriamente protegidas y autónomas, fieles a sus usos y costumbres, pero "integradas al sistema global" (¿vía internet?), practicantes de la magia y de la ciencia.

(…)

Al hacerlo, el neoindigenismo mexicano –alianza non sancta entre un sector de la izquierda huérfano de su ideología original y una Iglesia Católica milenarista, volcada hacia la teología de la liberación– corre el riesgo de legitimar una especie de fundamentalismo que no sólo alimentará las tensiones étnicas en México, sino que las inducirá, las creará de hecho, allí donde no existían.

Cuando Enrique Krauze menciona "el ilusorio edén de colectividades culturales y étnicas detenidas en el tiempo" con el que sueñan los neoindigenistas pone el dedo en una de las llagas más purulentas que degradan esta mistificación de la historia. Dicho edén no sólo no existió jamás en la América precolombina, sino que ha sido urdido premeditadamente por el equipo habitual de intelectuales y agitadores antisistema, blancos, por supuesto, para generar la revancha de la barbarie contra la civilización occidental.

Aztecas e incas imperialistas

El ensayista argentino Juan José Sebreli ha desmontado con erudición enciclopédica en su libro El asedio a la modernidad (Ariel, 1992) el mito del "ilusorio edén" precolombino. Extraigo de él unos pocos fragmentos de la rica información que ofrece sobre aquellos tiempos de barbarie:

Tampoco debe olvidarse que tanto los aztecas como los incas eran pueblos invasores que oprimían a otros pueblos vencidos, y esta constituye la gran contradicción de los indigenistas y tercermundistas que hacen del imperialismo su principal lucha olvidando que los pueblos precolombinos eran tan imperialistas como los europeos. Los aztecas habían venido del norte y masacraban a los pueblos que vencían en la guerra (…) A la llegada de los españoles, para muchos indígenas mexicanos los imperialistas eran los aztecas y Hernán Cortés fue visto en un primer momento como un libertador, y para los propios aztecas era el retorno del vengador Quetzalcóatl. A los escasos españoles les hubiera sido más difícil la conquista de México de no haber contado con la ayuda de cientos de miles de indios tlaxcaltecas que se sumaron al ejército invasor animados por el deseo de venganza contra los aztecas (…) Los pueblos sometidos a los aztecas como los tlaxcaltecas fueron los que se asimilaron con más facilidad y de ellos descienden los indios actuales.

(…)

Los incas también habían invadido las tierras que ocupaban; desde la pequeña ciudad insalubre de Cuzco, a la que estaban relegados al comienzo, fueron dominando a sus vecinos por la violencia, los aimará entre ellos, imponiéndoles su religión, su lengua, su cultura, forjando con los pueblos dominados una unidad política y social coercitiva. Del mismo modo que Cortés, Pizarro obtuvo el apoyo de tribus rivales para derrotar a los incas, contó con la ayuda de Huáscar en su lucha contra Atahualpa y también se aprovechó de la colaboración de tribus como la de los canaris de Ecuador, y de los huancas opuestos a la dominación de los incas.

La mentira demográfica

Otro desmitificador impenitente, Jean-François Revel, ajustó cuentas con los fabuladores indigenistas. Si bien incluyó en su artículo "¡Abajo Moctezuma!" (La Vanguardia, 28/5/1992) una hipótesis controvertida sobre el origen americano de la sífilis, el resto de su argumentación está impecablemente documentado:

En cuanto al descenso demográfico indio después de la conquista, su causa hay que buscarla menos en la espada de los conquistadores que en las enfermedades contagiosas, la viruela y el sarampión, transmitidas por estos a poblaciones carentes de defensas inmunitarias. Como contrapartida, los indios comunicaron a los españoles la sífilis, que haría una larga carrera en Europa. La mentira demográfica, además, ha engordado las cifras. La América precolombina era casi un desierto: sus dos principales polos de población, Perú y México, no contaban cada uno más de tres o cuatro millones de habitantes y el resto de las dos Américas más o menos otros tantos (véase el libro de Jean-Claude Chesnais, La population du monde. De l´antiquité à 2050, Bordas 1991). En el inmenso norte, desde el Río Grande hasta Alaska, erraba un millón escaso de personas, y no diez millones, cifra fantástica y fantasiosa que pretenden los indios actuales.

En síntesis, la idealización del indígena y de su edén mítico está impregnada de prejuicios racistas antiblancos y de tergiversaciones históricas, y por consiguiente tiene tantos componentes irracionales como el fundamentalismo religioso, el nacionalismo identitario y el totalitarismo antisistema. Todas estas son lacras que, no obstante sus diferencias y antagonismos, están amancebadas en torno al odio al progreso, a la modernidad y a los valores de Occidente. Escribe Sebreli en su libro arriba citado:

La única civilización que, aunque sólo fuera en teoría, proclamó la igualdad virtual de todos los hombres fue la occidental, y por esa sola razón debe reconocerse que es mejor que otras civilizaciones que consideran insuperables las diferencias entre los pueblos.

He aquí un razonamiento que convendría recordar cada vez que nos endilgan una jeremiada multiculturalista, de esas que hoy están tan de moda.

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