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La Ilustración Liberal

Las falacias del igualitarismo

Conferencia pronunciada por el autor en la Fundación Libertad y Progreso (Buenos Aires) el pasado 30 de octubre.

Comienzo estos papeles aludiendo al último tercio del siglo XVIII, cuando se forjó nuestro mundo contemporáneo desde un punto de vista político, jurídico y, en gran medida, económico. Parto de la base de que seguimos siendo hijos de la Ilustración y del pensamiento de hombres como John Locke, Montesquieu, el irreverente Voltaire y tal vez, sobre todo, del ejemplo de la revolución americana. Las ideas que pusieron en circulación, el Estado que entonces diseñaron –autoridad limitada, poderes que se equilibran, constitucionalismo, partidos que compiten, alternancia en el poder, propiedad privada, mercado– y las actitudes que preconizaron para sustituir el viejo régimen absolutista –meritocracia y competencia– mantienen todavía una vigencia casi total. Hoy no sólo las treinta naciones más exitosas del planeta se comportan, más o menos, con arreglo a ese modelo de Estado, sino que resulta evidente que los países que abandonan los sistemas dictatoriales, generalmente opresivos y estatistas, como la URSS y sus satélites, tratan de desplazarse en la dirección del tipo de gobierno creado por los estadounidenses.

Esa subordinación nuestra a una cosmovisión bicentenaria no debe sorprendernos. Al fin y a la postre, todavía viven en nosotros, y dan forma y sentido a nuestros juicios críticos, numerosos aspectos de las ideas de Platón o Aristóteles, o los milenarios principios morales del judeocristianismo.

Igualitarismo, desigualdades y darwinismo psicológico

En consonancia con esta observación, me atrevo a afirmar que el gran debate intelectual de Occidente en los dos últimos siglos gira en torno a las desigualdades económicas y a los diferentes desempeños de los individuos y, por tanto, de las sociedades. Cuando en 1776 Adam Smith publica La riqueza de las naciones, está intentando explicarse cómo y por qué ciertos países, y especialmente Gran Bretaña, han conseguido abandonar la pobreza. La aparición de esta obra coincide exactamente con la divulgación de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, escrita por Thomas Jefferson, donde se establece la igualdad esencial de todos los hombres. Dice el texto en uno de sus párrafos fundamentales:

Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados.

Pero en ese fragmento tan conocido del famoso documento radican los dos elementos que constituyen la médula del problema. Por una parte tenemos que todos los hombres son creados iguales; por la otra, que todos tienen derecho a la búsqueda de la felicidad. Sólo que la felicidad es un estado anímico absolutamente subjetivo. Una persona puede encontrar la felicidad orando en el desierto, vestida de harapos, como los anacoretas, o puede hallarla en un palacete rodeado de riquezas materiales. Puede sentirse feliz y realizado trabajando intensamente en pos de ciertos objetivos filantrópicos o, por el contrario, dedicado al ocio, la contemplación o la vida lúdica. Todo depende de sus valores y de las necesidades psíquicas y emocionales que posea.

Precisamente, una de las causas del fracaso de las dictaduras totalitarias, y de los inmensos perjuicios que generan, ya sean las de inspiración marxista o las fascistas, sus primas hermanas ideológicas, radica en que la clase dirigente en esos regímenes se arroga el derecho a definir para todas las personas cuáles son las características de la felicidad, y cómo cada uno debe vivir para poder encontrarla.

No hay malestar mayor para cualquier ciudadano que sufrir la arrogancia de unos funcionarios, dueños de la verdad absoluta, empeñados en negarnos lo que disfrutamos y exigirnos lo que detestamos, imponiéndonos sus gustos y preferencias en todos los órdenes de la existencia y en todos los aspectos de la conducta, hasta tejer una camisa de fuerza social en la que, como suelen decir en los paraísos socialistas en una frase teñida por la melancolía, todo lo que no está prohibido es obligatorio. De ahí que en esos Estados no haya felicidad posible. En ellos, buscar la felicidad propia, que es la única que existe, generalmente conduce a uno de los cuatro destinos que los Estados totalitarios deparan a los ciudadanos desadaptados: la muerte, la cárcel, el exilio o la marginación social.

Vale la pena, en este punto, consignar la primera falacia del igualitarismo:

El reconocimiento de que todas las personas tienen los mismos derechos no implica que obtengan, y ni siquiera que deseen, los mismos resultados. Los Estados que tratan de uniformar los resultados, aunque estén llenos de buenas intenciones, lo que provocan es una profunda infelicidad en los ciudadanos sujetos a esas arbitrarias imposiciones.

Ante esta afirmación, no faltan quienes alegan que hay algo instintivo en nuestra especie, la humana, que nos lleva a rechazar las diferencias en los modos y niveles de vida, especialmente cuando contemplamos personas rodeadas de riquezas frente a otras que apenas pueden alimentarse.

En realidad, puede admitirse que, en efecto, existe un rechazo instintivo, pero no exactamente de los grados de riqueza, sino de la forma de adquirirla. Se sabe, por experimentos con primates, esos parientes nuestros tan cercanos, que cuando la recompensa que reciben por la misma conducta es diferente, el agraviado enseña los colmillos y manifiesta su inconformidad. Por ejemplo, a dos chimpancés se les enseña a la vez el mismo comportamiento, y a cada uno se le da como premio dos plátanos cuando hacen correctamente lo que se les pide. Pero si, cuando repiten el truco, uno recibe los dos plátanos y el otro sólo uno, el que recibe la menor recompensa suele protestar. Es posible, pues, hablar de una oscura pulsión hacia la justicia, a la que llamaremos instinto, pero se basa en el agravio comparativo de premiar a alguien arbitrariamente.

De alguna manera, el fin del absolutismo y de la clase aristocrática responde a esa búsqueda instintiva de la equidad. Pero la verdadera equidad no está fundada en el reparto igualitario de los bienes materiales, sino en la obtención de recompensas y distinciones como consecuencia de los méritos basados en el conocimiento, el trabajo, la eficacia y la competencia entre personas y empresas. La idea, muy norteamericana, de que nadie está por encima de la ley y nadie, por lo tanto, merece privilegios había arraigado en el corazón del nuevo Estado gestado por los padres fundadores, al extremo de que se prohibió constitucionalmente la aceptación de rangos aristocráticos.

Habían llegado a formular ese principio por razones éticas más que económicas, pero lo cierto es que inesperadamente ahí estaba el núcleo central del fenómeno del desarrollo y la prosperidad crecientes: meritocracia y competencia.

Nadie reparó en o a nadie le importó que ambos factores, tanto la meritocracia como la competencia, no sólo inevitablemente generaran desigualdades, sino que fueran las causas del éxito. La meritocracia crea un orden social que premia y distingue a los que más saben, a los que mejor hacen su trabajo, a quienes cumplen las reglas con más probidad. La meritocracia establece la supremacía de los mejores, lo que suele traducirse en un mayor reconocimiento general y, por supuesto, en más bienes materiales. Ese orden social crea lo que en la cultura inglesa llaman ganadores y perdedores, pero es posible que, cuando los triunfos no están fundados en el capricho ni en la arbitrariedad, sino en el talento y el esfuerzo objetivo de las personas, la aceptación de esa jerarquía también responda a nuestros instintos.

Al fin y al cabo, todos sabemos que dentro de nuestra psiquis se enfrentan dos tendencias no siempre conciliables: por una parte están las fuerzas centrípetas que nos unen al grupo (distintas formas de tribalismo, como el nacionalismo o el vínculo afectivo a equipos deportivos); por la otra, las fuerzas centrífugas que nos llevan a tratar de fortalecer nuestro yo para destacar nuestra individualidad y alejarnos del grupo.

Esa fuerza centrífuga nos conduce a competir con los demás, y cuando es extrema, cuando es patológica, se hace insoportable y la llamamos narcisismo. Para el narcisista, el otro ha desaparecido y la única función de los demás seres humanos es ponerse a su servicio. Quien no lo hace es una especie de traidor. El narcisista carece de empatía y por eso es insoportable. Por la otra punta del asunto, cuando la autoestima es muy baja, el individuo sufre. Se siente inferior a las personas que lo rodean y ello le causa un hondo malestar psicológico.

De ahí que podamos consignar otra falacia del igualitarismo:

No es verdad que instintivamente las personas tiendan a procurar la igualdad. Si hay, realmente, una urgencia natural, ésta nos lleva a destacarnos, a tratar de triunfar, a competir y a superar a los otros. Y este fenómeno, que pudiéramos calificar como darwinismo psicológico, está en la raíz del desarrollo de las sociedades, aunque dé lugar a desequilibrios y desigualdades. Tratar de ahogarlo, como suelen hacer en las sociedades totalitarias, es una receta segura para la infelicidad individual y para el fracaso colectivo.

El sueño americano y las desigualdades

Uno de los conceptos que mejor resume esta realidad es el que englobamos en la frase "el sueño americano". En rigor, pudiéramos sustituir esa expresión por otra más larga y más clara, como "el deseo natural de toda persona razonable y laboriosa a mejorar su nivel de vida con su propio y legítimo esfuerzo". En el pasado hubo un sueño argentino, cuando cientos de miles de inmigrantes europeos se desplazaron al mayor y acaso mejor dotado de los países hispanoamericanos. También hubo un sueño cubano, especialmente entre 1902 y 1930. En ese periodo la inmigración europea, casi toda española, prácticamente duplicó la población nacional, originalmente censada en millón y medio de nativos. Y hasta hace poco pudo hablarse de un sueño español, dado que en el curso de poco más de una década casi un millón de hispanoamericanos volvieron a su vieja casa cultural en busca de un mejor destino.

Pero observemos de cerca ese impulso: el inmigrante busca oportunidades para separarse del nivel social al que pertenece en su tribu de origen. La audacia y ese fuego interior que lo lleva a dejarlo todo, y a veces hasta a jugarse la vida en una balsa, en una patera, o colocándose en manos de un coyote, por lograr un mejor destino para él y para su familia, es una verdadera declaración de principios contra el igualitarismo. Ese emigrante quiere ser distinto, quiere sobresalir. Va a Estados Unidos porque no se trata de un sueño, sino de una realidad: él sabe que si trabaja duro y cumple las reglas, logra integrar los niveles sociales medios del país.

No es un sueño: es un pacto no escrito. Un pacto abierto que lo autoriza a pensar que sus hijos, mejor educados y con total dominio del idioma, pueden ascender por la amistosa ladera social del único país que conozco en el que los inmigrantes, nacidos en el exterior, aunque hablen el inglés con cierto acento extranjero, a base de esfuerzo y talento pueden escalar las más altas posiciones en la esfera pública, como ha sido el caso de Henry Kissinger, del exsenador Mel Martínez o del exgobernador de California Arnold Schwarzenegger. Es el caso, también, en la esfera privada, de triunfadores antológicos como Roberto Goizueta, un exiliado cubano que presidió con un éxito extraordinario Coca-Cola, la empresa emblemática del capitalismo norteamericano, o George Soros, el magnate financiero nacido en Hungría y ciudadano de Estados Unidos, alguien capaz de estremecer el mercado o sacudir países con sus compras y ventas de acciones, valores o monedas.

La falacia de los defensores del igualitarismo, quienes, paradójicamente, dicen ser proinmigrantes, es obvia:

Por definición, los inmigrantes son los mayores adversarios del igualitarismo. Quieren ser diferentes a la sociedad y al grupo que dejaron en su país de origen. Quieren escalar por la ladera económica. Buscan mejores condiciones de vida y reconocimiento social. Es absurdo percibir a los inmigrantes como pobres que buscan ayuda pública. Lo que procuran es oportunidades para, precisamente, escapar de la manada.

La torcida ética del igualitarismo

Durante milenios, y muy especialmente desde la entronización del cristianismo en Occidente, fue muy frecuente la crítica a quienes detentaban el poder económico. En esencia, la crítica a los poderosos se basaba en dos consideraciones. La primera decía que la riqueza no se expandía y el comercio de bienes y servicios era una especie de suma-cero: lo que uno ganaba, otro lo perdía. La segunda consideración tenía más fundamento. Con el surgimiento de estructuras sociales complejas como consecuencia del desarrollo de la agricultura, aparecieron los privilegios y las dignidades. La clase dirigente, esto es, el jefe, los guerreros y los chamanes, extraían unas rentas abusivas de los campesinos mediante la violencia y la coerción. Era natural sentir esas obligaciones como algo profundamente injusto. Cuando se incrementaron la producción artesanal y, en consecuencia, el número de comerciantes, todos situados en burgos o centros urbanos, los privilegios se acentuaron. Estos factores económicos pactaron con la clase dirigente y crearon lo que el Premio Nobel de Economía Douglass North llama "sociedades de acceso limitado". El dinero de los productores sostenía a los poderosos y el favor de los poderosos incrementaba el dinero de los productores. Era difícil entrar en ese círculo vicioso –nunca mejor dicho– de los ganadores.

Esa fórmula (que todavía perdura en la mayoría de los países del planeta) duró, precisamente, hasta que en EEUU, sin proponérselo, echaron las bases de un modelo diferente de Estado, basado en la igualdad de derechos, la competencia y la meritocracia. En Estados Unidos los privilegios eran mal vistos, y todos debían colocarse bajo el imperio de la ley y la autoridad de la Constitución. Ganar con ventaja era censurable y, muchas veces, constituía un delito.

No obstante, lo que cambió poco fue el juicio moral sobre quienes poseían la riqueza y los que nada tenían.

La visión ética siguió siendo la que se empleaba para juzgar a las sociedades de acceso limitado, sin que se advirtiera que comenzaban a forjarse (sigo con la denominación de Douglas North) sociedades de acceso abierto, en las que el desempeño económico brotaba, en gran medida, del esfuerzo y la responsabilidad individuales.

En español se abrió paso una palabra cargada de censura: había que transferir fondos a los desposeídos. Es decir, a las personas a las que los otros, de alguna manera, habían usurpado sus posesiones. Por supuesto, es humanamente correcto a ayudar a quienes tenían grandes necesidades, pero el planteamiento estaba teñido por la culpabilidad, como si los que nada tenían fueran las víctimas de los que habían creado y acumulado riquezas. No entendían algo que José Martí, el más ilustre de todos los cubanos, explicó en su prólogo a un libro del autor Rafael Castro Palomino a fines del siglo XIX. Cito:

Pero los pobres sin éxito en la vida, que enseñan el puño a los pobres que tuvieron éxito; los trabajadores sin fortuna que se encienden en ira contra los trabajadores con fortuna, son locos que quieren negar a la naturaleza humana el legítimo uso de las facultades que vienen con ella.

Se estableció entonces la idea de que la manera justa de rescatar a los pobres de su miseria era mediante transferencias constantes de los poderosos.

Lo perjudicial de esas transferencias no era, obviamente, que se usaran para ayudar a los pobres a superar su inferioridad económica mediante el aprendizaje o el apoyo a iniciativas empresariales, como sucede con los microcréditos, algo generalmente muy positivo, sino que, en muchos casos, especialmente en América Latina, se convirtieron en instrumentos de los partidos políticos populistas para fomentar el clientelismo, con lo cual se perpetuaba el problema en lugar de solucionarse el problema. El PRI mexicano, tras ejercer el poder durante siete décadas, mantenía en la pobreza, una pobreza agradecida, todo hay que decirlo, a más del 50% de la población; y en esa parte de la población era, por cierto, donde obtenía su mayor respaldo electoral. Algo no muy diferente a lo que sucede en Venezuela, donde la popularidad de Hugo Chávez se sostiene en los sectores D y E, los más pobres, cooptados mediante una estrategia fatal de asistencialismo.

En todo caso, el fenómeno del transferencismo ha hecho metástasis hacia otras zonas de la convivencia, y hoy afecta a las relaciones internacionales.

El esquema de pensamiento es similar: de la misma manera que muchas personas creen que la pobreza de un vasto sector de la sociedad se debe a la riqueza de unos pocos, son legiones quienes suponen que la riqueza de las naciones poderosas es producto de la explotación de las más débiles, lo que dicta la necesidad de establecer transferencias internacionales para paliar este incalificable atropello. En Naciones Unidas hasta se ha fijado un porcentaje fijo del Producto Bruto Nacional para cumplir con ese deber: el 0,8%.

En realidad, esas transferencias, manejadas entre burocracias públicas, sirven de muy poco. En la década de los sesenta del siglo pasado América Latina, dentro de la llamada Alianza para el Progreso, se tragó treinta mil millones de dólares sin resultados apreciables. Y esto fue verdad incluso dentro del campo socialista, donde se suponía que la planificación centralizada manejaba mejor los recursos: sólo la pequeña Cuba fagocitó entre 60 y 100.000 millones de dólares de subsidio soviético –depende del economista que saque la cuenta– durante los treinta años que figuró como satélite de Moscú.

La falacia de la política de transferencias, defendida por los partidarios del igualitarismo, es inocultable:

Las transferencias de quienes tienen a quienes no tienen, ya sean personas o países, no alivian la pobreza, sino que tienden a convertirla en un problema crónico. Y la razón más evidente es que esos recursos los utilizan las clases políticas dirigentes para amaestrar conciencias y llenar estómagos agradecidos.

Por otra parte, las transferencias poseen un potencial factor de disgregación cuando los donantes sienten que son esquilmados por los donados. Ese fenómeno lo vemos en la Unión Europea, donde un número creciente de electores de países como Alemania u Holanda prefiere terminar con la alianza antes que continuar subsidiando sociedades que tienen actitudes diferentes hacia el trabajo y la responsabilidad individual.

Esos electores piensan, con cierta razón, que si los griegos desean vivir como los suecos deben trabajar como ellos, y no esperar que un flujo constante de transferencias los indulte del enorme esfuerzo, disciplina y buen gobierno que ello requiere.

La desigualdad y la competencia

Otro de los caballos de batalla de los partidarios del igualitarismo es la desconfianza en la competencia y en el progreso. Desconfían de la producción extranjera porque, supuestamente, destruye puestos de trabajo nacionales.

Es curiosísimo que quienes suelen calificarse como progresistas suelen ser quienes con mayor virulencia se oponen a los cambios tecnológicos y a los avances de la ciencia, basados en la hipótesis, a veces cierta, de que sustituyen mano de obra. No en balde las sociedades dominadas por esos progresistas son las que menos progresan.

La verdad es que el progreso, al menos en una primera etapa, siempre genera perdedores. La imprenta acabó con miles de copistas que devengaban su salario escribiendo a mano, pero poco a poco fueron sustituidos por los obreros de artes gráficas. La luz eléctrica casi liquida la enorme industria de las velas y las cererías, mas aceleró todos los procesos productivos, modificó los horarios de trabajo y creó miles de nuevas actividades. Es tan obvio que el progreso termina por beneficiarnos a todos, aunque a corto plazo perjudique a algunos, que no vale la pena continuar dando ejemplos. Pero el progreso se sostiene, precisamente, en la desigualdad y en el desequilibrio. Esa es su naturaleza.

Hay espíritus inquietos, desiguales, que se proponen hacer nuevas cosas, o hacer las viejas cosas de manera diferente. Suelen ser individuos creativos, rompedores, que traen cierto benévolo desasosiego a nuestra convivencia.

Joseph Schumpeter hablaba de la destrucción creadora del mercado. Los consumidores e inversionistas, con sus recursos y sus preferencias, destruían y construían empresas constantemente. Tenía razón. Y no era un fenómeno perverso, sino beneficioso. Es así como mejor se asigna el capital y, al cabo, como más rendimiento produce, más empresas genera y, con ellas, más puestos de trabajo. Hace unos días, nada menos que Kodak se declaró en bancarrota. La destruyeron la tecnología digital y los teléfonos inteligentes que son, además, cámaras de fotografía. Kodak no supo o no pudo adaptarse a los tiempos modernos. Newsweek tampoco, y con esa revista cientos de diarios de papel y numerosas editoriales han cerrado sus puertas.

Internet es una especie de gigantesco tornado que arrasa y absorbe todo lo que se le acerca: periódicos, libros, música, escuelas, radio, televisión. Todo. Esos formidables cambios, naturalmente, conllevan altibajos. Dislocan la producción y la remuneración de los agentes económicos. Pero también explican las diferencias de ingresos. Quienes han tenido la suerte o la visión de formar parte de las actividades preferidas por el mercado, que suelen ser las de tecnología punta, reciben mayores beneficios. Por eso prosperan muchos individuos y muchas empresas más allá de la media. Y por eso cuando en una sociedad proliferan este tipo de empresas no sólo el enriquecimiento individual y colectivo es ostensible: también disminuyen las diferencias que separan a quienes tienen más de quienes tienen menos.

La principal razón que explica por qué el coeficiente Gini de los países escandinavos o de Suiza es más justo que el de las naciones latinoamericanas o africanas no radica en el alto nivel de impuestos que pagan los ciudadanos de esos países, sino en la calidad del tejido empresarial que poseen, hecho que posibilita el pago de salarios altos. De donde se deduce y desmiente otra falacia proclamada por los igualitaristas:

Si lo que se desea es reducir las abismales diferencias que existen en nuestros países entre los que tienen más y los que tienen menos, la fórmula es desarrollar un tejido empresarial complejo y moderno, con alto valor agregado, como ha hecho Israel, por ejemplo, la nación que más empresas incuba y genera de acuerdo con su población, lo que implica dar una gran importancia a la tecnología y a la ciencia.

Termino con una observación inevitable: no hay que luchar para que todos dispongan del mismo modo de vida. Eso es contraproducente, contranatura, empobrecedor. Hay que luchar para que las personas tengan una educación y una información adecuadas. Hay que inducir el comportamiento individual responsable para crear ciudadanos convencidos de que una de sus tareas y obligaciones es sostener el Estado, y no que el Estado los sostenga a ellos.

La calidad de una sociedad, en suma, no se mide por el grado de igualdad que exista entre sus miembros, sino por las posibilidades que ofrezca de vivir y crear riquezas en libertad sin necesidad de la asistencia colectiva. Se mide, en suma, por las posibilidades que tienen los ciudadanos de buscar en ella la felicidad individual. Aquellos Estados que se ven obligados a asistir a una parte sustancial de los ciudadanos, y no sólo a los que están objetivamente incapacitados, no son Estados benevolentes y generosos, sino Estados fallidos precipitados a la violencia, el atraso, el desorden y la crispación creciente de la sociedad. Eso es lo que nos ha enseñado la historia.