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Partido Popular: el hundimiento

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Este texto apareció por entregas en Libertad Digital, con los títulos que aquí se han dispuesto como epígrafes, entre el 24 de abril y el 29 de mayo de este año.

1. Contra el marianismo

Puede que en el Gobierno y en el Partido Popular encuentren consuelo en las últimas encuestas. Si al final, como todo parece, el trío Sánchez-Rivera-Iglesias no logra ponerse de acuerdo y formar algún tipo de coalición antes del 2 de mayo, los sondeos electorales para unas hipotéticas elecciones generales el 26 de junio prometen hoy una mayoría de centro-derecha producto de un PP que no se hunde más y de un Ciudadanos que subiría como la espuma. La inacción de Mariano Rajoy habría dado sus frutos, tardíos pero positivos. Y, sin embargo, no hay motivo para la satisfacción. Tomar como base los malos resultados del PP en el 20-D significa viciar de partida toda comparación. Significa caer en una visión reduccionista que sólo quiere afrontar los retos a corto plazo que se le presentan al actual liderazgo del PP. Cierto, la continuidad de Mariano Rajoy se habría visto salvada –y la permanencia de los puestos en el Gobierno, garantizada–, pero a costa de proseguir en ese corrimiento al espacio de la socialdemocracia que el PP comenzó en 2006 y aceleró una vez que llegó al Gobierno, tras las elecciones de noviembre de 2011.

El 20 de noviembre de 2011 el pueblo español dio un mayoritario adiós a la desastrosa etapa de José Luis Rodríguez Zapatero. En ese momento, aupado por un respaldo social nunca antes logrado, Rajoy debía haber optado por enterrar el zapaterismo y recuperar las esencias del aznarismo. Sin embargo, prefirió eliminar el aznarismo y prolongar calladamente el zapaterismo. No lo hizo abiertamente, desde luego, sino bajo el falso dilema de tener que optar entre la economía y la política, entre la gestión burocrática y la ideología. Eligió la gestión económica y el resultado fue no sólo que perdió la política, no ganando las elecciones con la fuerza suficiente para poder formar Gobierno, sino que está a punto de perder también la economía, a tenor de los últimos datos de déficit y de la desaceleración de la actividad económica. Y si las encuestas resultan engañosas, como suele ocurrir, habrá perdido todo.

No hay una sola política llevada adelante por el Gobierno del PP de Rajoy que no prolongue las líneas básicas avanzadas por Rodríguez Zapatero mientras estuvo en la Moncloa:

  • En materia económica, el PP abandonó su credo de rebaja de impuestos para pasar a incrementar la presión fiscal como nunca antes en España. A pesar del anuncio, claramente electoralista, de rebaja de tipos de 2015, hoy por hoy sólo el impuesto sobre sociedades está (ligeramente) por debajo de los niveles de 2011. Hoy, las familias pagan más pero tienen menos asegurado el futuro.

  • En política autonómica, el Gobierno popular ha permitido el despilfarro continuo de las autonomías y ha dejado que, como en Cataluña, el independentismo gane fuerza, en una permanente cesión cuyo objetivo viene siendo evitar cualquier confrontación directa. La consecuencia no ha sido más que una España de desigualdad de derechos y libertades y fragmentada como nunca antes.

  • En el terreno antiterrorista, el Gobierno prefirió desde el primer momento llevar a ETA a un abandono del uso de las armas (que no de las armas en sí, ya que conserva su arsenal) a cambio de la aceptación del entorno etarra en las instituciones del País Vasco y Navarra. Episodios como la excarcelación de Bolinaga o el abandono de las organizaciones de víctimas no han evitado, todo lo contrario, la laminación política del PP vasco. Por otra parte, frente al yihadismo, el Gobierno ha seguido actuando como lo hizo Zapatero: persecución policial de cualquier célula potencialmente peligrosa y desarticulación antes de que llegue a actuar. A veces demasiado pronto para mantener a los terroristas en prisión. El objetivo estratégico es que no se repita ningún atentado islamista como los de marzo de 2004. Loable, pero insuficiente. La aproximación meramente policial ha hecho que el Gobierno olvide las raíces del yihadismo y cómo combatirlo allí donde se genera, en los últimos años principalmente en Siria e Irak. La ausencia de España en la minicumbre antiterrorista de las principales potencias de la OTAN en septiembre de 2014 fue una clara manifestación del miedo o desinterés del PP de Rajoy a la hora de asumir responsabilidad internacional o estratégica alguna. De hecho, el Gobierno tardaría más de tres semanas en dar respuesta al llamamiento del presidente Obama para integrarse en la coalición internacional contra el Estado Islámico. Es más, tras los atentados de París de noviembre de 2015, el Gobierno volvió a supeditar los intereses de seguridad a los electorales y dio largas a la petición del presidente galo de una mayor contribución en el combate contra el EI en Siria e Irak. Esto es, la actitud que a nadie sorprendería en Rodríguez Zapatero.

  • En el ámbito internacional, Rajoy y su ministro de Exteriores, García-Margallo, han seguido la estela dejada por Zapatero sin apenas variaciones. Enumeremos: primero, un amor no correspondido por la Casa Blanca de Obama; segundo, una marginalidad real en la toma de decisiones de la UE, ocultada burdamente por la grandilocuencia diplomática, pero sin efectos reales; tercero, una creciente soledad motivada por alianzas efímeras y contradictorias (de Alemania a Renzo pasando por Hollande) y el enfrentamiento con potenciales aliados (el Reino Unido o Israel); y cuarto, el abandono de la defensa de los valores de la democracia y la libertad en nuestra acción, con capítulos tan bochornosos como el de Cuba (de Carromero a la condonación de la deuda), Venezuela (abandono de la oposición democrática) o Irán, con quien se supone vamos a empezar a realizar grandes negocios a pesar de que los grandes contratos obtenidos por nuestras empresas están en Arabia Saudí, su rival más directo. La España menguante que inauguró Zapatero en marzo de 2004 se ha convertido en la España inexistente, que no cuenta para nadie ni para nada. La defensa, instrumento esencial de la proyección estratégica española, se ha visto degradada en sus capacidades, por falta de recursos y de dirección, y nos hemos contentando con apalancar las misiones de paz heredadas de Zapatero, sin que se haya cuestionado su sentido, su coste o sus beneficios, de tal manera que, cuando realmente se necesita una aportación militar, ésta tiene que ser ridícula, como en el teatro de Mali.

  • En cuestiones sociales, culturales y educativas, el Gobierno tampoco lo ha hecho mucho mejor, lo suyo ha sido el permanente zigzagueo. El PP ha pasado de oponerse al matrimonio gay a hacerse la foto de familia en el enlace de Javier Maroto; de promover una reforma de la ley del aborto a forzar la renuncia del titular de Justicia que la defendía; de defender el castellano de boquilla a no velar por el cumplimiento de la ley en aquellas comunidades autónomas, como Cataluña, que discriminan negativamente la educación en español. Ciertamente, no hemos llegado aún al "jóvenes y jóvenas" de Carmen Romero o al "miembros y miembras del Gobierno" de Bibiana Aído, pero, a tenor de la asistencia servil de los ministros de Cultura a las ceremonias de los Goya, puro acto de sadismo por parte de una industria que no sabría cómo sobrevivir sin las subvenciones públicas, y de masoquismo gubernamental, todo se andará.

Cuesta creerlo, y mucho más explicarlo, pero el PP de Rajoy, por acción y también por dejación, se ha regodeado en la abdicación de lo que muchos creíamos eran sus principios y ha aceptado no como algo inevitable sino de buena gana el marco ideológico del zapaterismo en lo sustancial, aunque no en su encendida y alegre retórica. De hecho, el marianismo pasará a la historia de España como la fase superior del zapaterismo.

2. El sorayismo, enfermedad infantil del marianismo

Mariano Rajoy ha vaciado al PP de todo contenido ideológico.La pasada legislatura pasará a la historia como una prolongación en sus líneas básicas de los dos mandatos de Zapatero. La ausencia de ideas ha llevado a la falta de política, espacio que se ha cedido gratuitamente a las fuerzas que quieren acabar con la democracia –caso de Podemos– e incluso con España –caso de los independentistas–. La falta de un discurso liberal-conservador está en la base del fracaso electoral del 20-D, en el que Rajoy y el PP perdieron el amplio respaldo social que obtuvieron cuatro años antes.

Hay quien dice que el Gobierno no ha sabido comunicar, como hay quien defiende un cambio de liderazgo para afrontar la nueva etapa. Pero si el PP de Rajoy no ha sabido comunicar no se debe a sus relaciones con los medios, sino a que no tiene nada que comunicar. Igualmente, regenerar el PP no va a venir solamente con un recambio de caras, máxime si las nuevas salen del equipo que ha desnaturalizado y hundido al partido en los cuatro últimos años. No es un problema generacional, es un problema de actitudes y de creencias. El marianismo no se puede reformar desde el marianismo. Punto.

Un liderazgo acorde con los retos de los próximos años exige convicciones sólidas, valentía para defenderlas y capacidad de llevar la sociedad a las ideas propias de un partido conservador. Pues bien, lo que caracteriza al equipo nacido y crecido al abrigo de Mariano Rajoy desde el Congreso de Valencia es justamente lo contrario: 1) ausencia de convicciones políticas fuertes; 2) ausencia de cualquier defensa activa de los principios tradicionales del PP; 3) rendición ante los dogmas ideológicos izquierdistas; 4) actitud de recelo y hasta de desprecio por la base social popular. Con este punto de partida, perseverando en estos errores, lejos de regenerarse, el PP sólo puede degenerar aún más.

Pese a que la prensa personifica estos vicios en la vicepresidenta del Gobierno, nosotros creemos que lo que se ha venido en llamar elsorayismo es una enfermedad que no se limita a personas concretas, sino que constituye a su vez un paso más en la degradación política que supone el marianismo. Degradación caracterizada por la pérdida definitiva del ADN ideológico del partido y por el triunfo del puro pragmatismo y la tecnocracia. Una degradación que creemos intolerable para el futuro del partido, de la derecha y de la nación entera.

La ausencia de ideas políticas fuertes en esta legislatura nos ha llevado a un Gobierno escondido tras la tecnocracia. Es verdad que de un Gobierno se espera que cumpla las leyes, no que renuncie a modificarlas o a tumbarlas cuando son manifiestamente nefastas; pero ni los más pesimistas pensaban que un Gobierno del PP se mostrase tan virtuoso a la hora de cumplir las leyes de un Gobierno de Zapatero. Y el equipo de Moncloa ha superado cualquier expectativa, con la Ley de Memoria Histórica, la anticonstitucional Unidad Militar de Emergencias o el engendro diplomático de la Alianza de Civilizaciones. Así, hemos visto a la vicepresidenta utilizar esa fórmula tanto para hacer lo que no se debía como para no hacer lo debido, incluso cuando se trataba de justificar la suelta de etarras por orden de Estrasburgo. Sin ideas propias, escondiendo esa carencia en la necesidad de "cumplir la ley", rechazando preguntarse por la bondad o maldad de la misma, el Gobierno del PP se ha convertido en el frío ejecutor de las leyes de Zapatero.

Los votantes del PP querían que su partido hiciera lo correcto cambiando las leyes heredadas de Zapatero, no que trocara lo correcto por el cumplimiento de las leyes de Zapatero. Sin embargo, hacer funcionar la Administración central heredada del socialista ha sido la gran preocupación del equipo de Moncloa."Hacer que el Estado funcione"han sido la gran coartada para no hacer política. Las supuestas grandes reformas que viernes tras viernes se afanó en contar la vicepresidenta, con ayuda de muchos números y estadísticas, esconden el hecho de que ni se ha cambiado el Estado socialdemócrata, ni se han introducido correcciones a su desbocada carrera ni se ha trazado una alternativa responsable; simplemente porque un gestor convertido en político es incapaz de concebirlas.

Ni reforma ni cambio: tras cuatro años de marianismo director y sorayismo ejecutor, los españoles no sólo tienen más Estado socialdemócrata: es que éste es más poderoso que antes. Resulta increíble que un partido que se dice liberal-conservador se haya entregado al burocratismo tecnocrático y haya convertido al Estado en un Leviatán con más funcionarios, más legislación, más inspectores de Hacienda y una burocracia más omnipresente y despersonalizada que con Zapatero. Lo malo no es que en 2016 el fofo Estado socialdemócrata esté más asentado y goce de mejor salud que en 2011: lo malo es que el sorayismo-montorismo lo presenta como un logro, y la mejora en su gestión como una referencia para la próxima legislatura. ¿Cuál será el plan, entonces? ¿Cumplir del todo el programa económico-social del PSOE, a expensas de la libertad, la iniciativa y la responsabilidad del individuo? Para el sorayismo, la política es el arte de lo posible, es decir de la continuidad: ni siquiera de lejos llega a concebir la política como herramienta de cambio. Ni la más mínima cercanía a la visión de Margaret Thatcher de que "la política es el arte de hacer posible lo deseable". Mas bien al contrario: hacen imposible lo deseable.

Naturalmente, si no hay ideas difícilmente se puede defender lo que no existe, ni hacer política de verdad. Porque la política es sencillamente eso, la defensa de unas ideas frente a otras y hacer avanzar las buenas mientras, al menos, se frenan las malas. Sin estas convicciones se llega a la política según Moncloa: maniobras de baja estofa ejecutadas a escondidas, en clave de intereses personales y cortoplacistas. Todo ello desde el aparato del Estado y a espaldas de militantes, simpatizantes y votantes del PP. El resultado lo vemos cada día en la sórdida lucha por eliminar rivales para la sucesión de Rajoy. Hoy tenemos un grotesco espectáculo dentro del Gobierno y del PP, que nos recuerda demasiado a los estertores del felipismo en los años noventa: filtraciones, depuraciones, guerras soterradas con información privilegiada. En estas manos, con estos protagonistas, cualquier regeneración del Partido Popular es pura fantasía.

Los miedos están sustituyendo al debate, los dosieres a las ideas, los linchamientos mediáticos al programa. Francamente, no esperábamos de un Gobierno del PP el mismo espectáculo dado por el PSOE en los noventa, un partido desangrándose en la sucesión del líder a golpe de filtraciones; no al menos cuando la regeneración y la transparencia eran antaño banderas del PP. A cambio de no tener ideas, creencias sólidas, se abusa de la imagen y la propaganda.Cualquier crisis se convierte en plataforma de promoción. Sea la crisis del ébola, un accidente de avión o un atentado en un país extranjero, se sobreactúa y se convierte la gestión de las crisis –reales o exageradas– en un espectáculo televisivo. Por otro lado, se arrastra el partido a la política pop, a la política del famoseo: lo mismo se hacen posados a imagen y semejanza de las ministras de Zapatero en Vogue, que se busca el compadreo con el establishment izquierdista acudiendo a shows nocturnos, como si el liderazgo se lograse dando saltitos con presentadores de TV. Pero el buenrollismo ni es liderazgo ni es política.

Detrás de esta falta de ideas y de esta sustitución de la política por propaganda naif está no sólo la ausencia de convicciones ideológicas y la renuncia a defender un programa fuerte: lo que de verdad se esconde es la rendición a los dogmas políticos, culturales y morales de la izquierda. La obsesión por cuidar la imagen personal sin pensar en las consecuencias ha llevado a una política de medios de comunicación suicida, que ha consistido básicamente en mantener y reforzar la hegemonía mediática izquierdista, a cambio de un buen trato o de no recibir uno malo.

Durante estos años no sólo no se ha liberalizado un sector clave para la libertad y para el desarrollo de una derecha activa; se ha apuntalado un monopolio televisivo entregado a la izquierda con los rescates de Prisa y La Sexta. El resultado es que no hay día, en este periodo tan complicado para España, en el que el PP, la derecha en general y los valores conservadores no sean vapuleados en prime time por las cadenas bendecidas desde la Moncloa. Hasta TVE, dependiente de la Vicepresidencia del Gobierno, es hoy una cadena escorada hacia la izquierda que no desentona con las demás en su antiamericanismo, anticristianismo y antisemitismo.

No nos extraña por tanto que algunos dirigentes del PP, incluso los de la pretendida regeneración, estén más preocupados por caer bien en La Sexta que por defender a sus votantes y simpatizantes. Losguiños continuos alestablishment de la izquierda, especialmente en temas como el matrimonio gay, la ostentación del matrimonio civil, la obsesión por hacer de lo marginal lo auténticamente central en nuestra sociedad (como los gestos del Gobierno de la Comunidad de Madrid con los transexuales), ha llevado a que los jóvenes líderes del PP sean indistinguibles de los progres y los socialistas: la misma ausencia de valores sólidos, la misma demagogia, el mismo cortoplacismo y la misma obsesión por la imagen. ¿Van a ser ellos quienes frenen el neobolchevismo de Pablo Iglesias, el radicalismo islámico, el desorbitado gasto público?

¿Quieren los militantes, simpatizantes y votantes unPartido Socialdemócrata Popular? A ello parece abocado el PP. Pérdida definitiva de las ideas, ausencia de cualquier batalla ideológica, entreguismo a los dogmas de la izquierda, traición a la base electoral popular, renuncia a construir una mayoría social conservadora… Estos son los efectos que el marianismo ha tenido en el PP, y también es lo que representa eso que se ha dado en llamar sorayismo como proyecto para el partido. La tentación de enterrar definitivamente la política y las ideas, de convertir al PP en una especie de partido funcionarial para el mantenimiento del poder y del orden, sin más ideología que el Estado burocrático. La negación de la sociedad abierta, libre y dinámica. El paraíso socialdemócrata.

En una época de retos y amenazas esencialmente políticas, el sorayismo, esa enfermedad infantil del marianismo, no sólo no es una solución para el PP y para España. Será su ruina definitiva. Si de verdad se quiere regenerar al PP, la solución no puede venir de los cachorros del marianismo, que son su extensión y degeneración. Hay que buscar lejos.

3. Un partido de cobardes es un Partido Perdedor

El PP, independientemente de los millones de votos que logre el 26-J, es el partido perdedor. Su máxima aspiración, tal y como anuncian sus responsables, es alcanzar los suficientes escaños como para que al PSOE de Pedro Sánchez (o sucesor/a) no le quede más remedio que aceptar una gran coalición.

Ya desconcierta que el Partido Popular de Rajoy se empeñe desde el 21-D en querer construir esa gran coalición con el PSOE, un partido al que al mismo tiempo acusa de hacer una política de exclusión del PP. Mariano Rajoy ha ido tan lejos como para denunciar que el líder socialista estaba trabajando en un nuevo Pacto del Tinell. Y es verdad que desde la dirección del PSOE se ha dicho que todo menos el Partido Popular. Aun así, todas las esperanzas de poder formar Gobierno, según Rajoy, pasan por compartir Consejo de Ministros con quien quiere excluirle, le considera un indecente y promete derogar las principales medidas adoptadas por su Ejecutivo en la legislatura 2011-2015.

La obsesión del Gobierno con esa gran coalición con el actual PSOE desconcierta aun más porque no se dice (tal vez ni se piense) para qué se quiere, más allá de para conformar una mayoría estable. Pero ¿mayoría estable para qué? ¿Qué políticas cree Mariano Rajoy que hará en coalición con el socialismo poszapaterista? Aún más ignoto, ¿qué políticas querría hacer Mariano Rajoy, habida cuenta de que todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido lo contrario de lo que prometió realizar en 2011?

A estas alturas, todo deberíamos tener claro que Mariano Rajoy no es un ideólogo, y su Gobierno tampoco. Su rechazo a las ideas quedó patente en su único discurso ideológico, el de Elche 2008, en que instó a los militantes liberales y conservadores del PP a que abandonaran el partido porque no había lugar para ellos. Nadie se marchó, el líder fue encumbrado en el posterior congreso de Valencia y la gestión burocrática quedó como la única alternativa viable y sancionada por las altas esferas.

De ahí los tres grandes erroresdel Gobierno de Rajoy:

  1. Hacer una política de corto plazo, incapaz de abordar los problemas de España más allá de la siguiente encuesta, elección o composición de Gobierno.

  2. Hacer una política de luces cortas, sin un programa real, sustentado e iluminado por ideas auténticas, con el único objetivo de navegar, sin que importe el rumbo.

  3. Hacer una política del miedo, centrada en acobardar al PP, sin darle otra salida que cerrar filas en torno a la actual dirección, por poca o nula consideración que le tengan las bases populares.

Esta estrategia del miedo está pasando por convertir al PP, a sus militantes, simpatizantes y votantes en una masa inerme y temerosa ante el populismo izquierdista, sin ideas propias ni ofrecer alternativaalguna. Una masa pasiva e indefensa, entregada de manera casi borreguil a unos dirigentes que no le ofrecen más que ausencia de proyecto, nada de grandeza ni –aún menos– ilusión. Acobardar y emascular al partido, incluso al votante popular, es quizá uno de los peores delitos del marianismo-sorayismo. No nos extraña la huida masiva de votantes.

Y no es un problema únicamente de caras. Como muy bien ha apuntado Esperanza Aguirre en su reciente libro Yo no me callo, al PP le falta un relato de lo que es y a lo que aspira. Un relato basado en el orgullo de España y en la eficacia para mejorar y progresar de los valores liberales-conservadores. Ese relato ni se puede ni se va a construir con los actuales dirigentes, porque reniegan de él, amparados en los méritos de la buena gestión de los altos funcionarios del Estado que son.

Los retos y problemas de las sociedades occidentales exigen liderazgos fuertes y decididos, y el PP no puede permitirse más la abulia y la apatía del experimento marianista, basado en la falta de liderazgo. Debatir con los contrincantes nunca puede darle pereza a un buen político, como tampoco puede contentarse exclusivamente con hacer que el aparato administrativo del Estado esté bien engrasado. El PP debe perder el miedo a un liderazgo fuerte y decidido, y apostar por figuras que lo favorezcan. Por figuras que aspiren a llevar adelante las mejores políticas. Cómo lograrlo cuando no se convocan congresos abiertos o cuando se rechazan elecciones primarias, y sin ningún apetito por reformas electorales que aten más a los candidatos a sus electores, es la pregunta del millón. Pero el PP se juega su futuro si no es capaz de recrearse.

La alergia del marianismo a las ideas básicas de cualquier partido liberal-conservador es patológica. Nuestra sociedad no se puede permitir este partido zombi, que no tiene las ideas claras en materias básicas: el fomento del libre mercado y la igualdad de oportunidades; la evolución hacia un Gobierno limitado; la promoción de la libertad personal frente al Estado; la construcción de una defensa nacional fuerte; la defensa de la religión y de los valores tradicionales de nuestra cultura; el aliento de la responsabilidad del individuo y la búsqueda de la excelencia educativa... Como decía Richard Weaver, las ideas tienen consecuencias. Las buenas ideas tienen buenas consecuencias; las ideas socialistas tienen malas consecuencias. Y el no tener ideas conlleva la peor de las consecuencias imaginables: la entrega y rendición a las de los demás. Que es lo que ha alimentado el marianismo: la aceptación del marco ideológico socialdemócrata y la consiguiente desnaturalización del Partido Popular. Ahí están las declaraciones del ministro Margallo renegando de las políticas de austeridad (tan levemente aplicadas por su Gobierno, dicho sea de paso) como ejemplo bien reciente.

El marianismo-sorayismo se equivoca si cree que puede ganar excluyendo las ideologías. No fue Rajoy quien acabó con Rodríguez Zapatero. Fue la sociedad y en buena parte una mayoría social conservadora. A través de organizaciones cívicas, medios de comunicación y activistas políticos, la derecha social alcanzó entre 2004 y 2011 una visibilidad y una influencia determinantes. No fue Rajoy sino aquella abigarrada alianza liberal-conservadora lo que acabó con ZP. Rajoy también rompió con ella tras la victoria del 20-N de 2011. Pero la política hoy se basa precisamente en la suma de movimientos de la sociedad civil: el siniestro éxito de Podemos, aglutinando grupos dispares pero unidos, lo deja bien a las claras. Así es la política del siglo XXI, pero el PP marianista sigue teniendo una visión de la política del siglo XIX. Sólo aunando y reuniendo en un esfuerzo común a activistas provida, víctimas del terrorismo, asociaciones cívicas, laboratorios de ideas, clubes de empresarios, etc. podrá construirse una alternativa real.

Por último, recrear el PP es un elemento imprescindible del cambio en España, pero no suficiente. En gran medida, los males que nos aquejan provienen del papel central que en la Transición y en la Constitución se otorgó a los partidos políticos. Ha llegado la hora de devolverles a su sitio. Hay que poner punto y final a una partitocracia que ha contaminado todas las instituciones del Estado y de la débil sociedad civil. Pero para eso primero tenemos que encontrarnos con un liderazgo fuerte, con ideas, que esté dispuesto a hablar con realismo y sinceridad a los españoles. Y que esté dispuesto a asumir los riesgos necesarios. De lo contrario, a España sólo se le abrirá una disyuntiva: convertirse en la Venezuela chavista o languidecer plácidamente bajo el sol de nuestras playas.

4. El buen votante del PP, ante el 26-J

En las pasadas elecciones del 20-D, bastante más de un millón de votosde personas que habían apoyado al PP en 2011 fueron a parar al partido de Albert Rivera. Es de suponer que unos cuantos encontraron en Ciudadanos esa formación de centro que echaban en falta en el panorama político español desde la desaparición de UCD y el CDS. Pero es evidente también que una gran mayoría votó a Ciudadanos como castigo a un PP que no sólo había mostrado su cara más arrogante y antipática en los últimos cuatro años, sino que había traicionado sus señas de identidad y su ideario y olvidado los principios y valores que daban forma a su ser y que tan buen rédito político le habían otorgado con anterioridad.

Pues bien, a toda esa gente, que podemos llamar los buenos votantes del PP, es decir, a aquellas personas que no renuncian a sus valores y principios, que se sienten liberal-conservadoras y que ni se avergüenzan ni se asustan por decirlo, se les abre un verdadero dilema en esta nueva cita con las urnas. Su voto de castigo regalado a Ciudadanos se ha revelado inútil: por un lado, el partido de Rivera no logró el apoyo necesario como para influir realmente en la deriva del PP, que desde entonces sigue en sus trece, sin captar el mensaje; por otro, la definición de centro que ensalza Rivera, más como actitud que como ideología, tiende a escorarle hacia la izquierda simplemente porque lo que representa el PP es ya, en la práctica, el espacio de la socialdemocracia europea de siempre, mientras que el PSOE se ha ido mucho más a la izquierda, al ideario gestado en Mayo del 68. Ciudadanos puede ser un partido decente, nacional y limpio. Pero no deja de ser una fuerza que tiende a la izquierda.

Por eso volver a castigar al marianismoapoyando a Ciudadanos no es ya una opción para un liberal-conservador naúfrago del PP de Aznar y de sus ideas. Sin duda haría algo de daño a las aspiraciones del Gobierno y de Génova, pero sólo marginalmente: los dirigentes populares actuales dan por descontado la permanencia e incluso un leve ascenso del partido de Rivera, con lo que cuentan, y no les quita el sueño en absoluto. Algo que no trastoca su disposición a entenderse con lo que quede del PSOE de Sánchez (o quien sea) y formar una gran coalición más socialdemócrata que otra cosa. Es evidente que el marianismo no ha recibido el mensaje, y sus planes siguen siendo los mismos: mantener el poder en junio sin giro ideológico alguno. Es más, podría incluso argumentarse que seguir apoyando a Rivera, en la medida en que parece dispuesto a favorecer la estabilidad de un posible Gobierno del PP, es un flaco favor a las ideas que representaba el PP verdadero y a España.

La oportunidad de provocar el verdadero cambio en la derecha viene de la necesidad de agitar el poco nervio que queda: sería la irrupción de un partido abiertamente liberal-conservador. Un partido que recogiera el legado del PP de siempre, no el de ahora, que es el que invitó en su día a "liberales y conservadores" a "irse a otro partido". Un partido que defendiera sin complejos la unidad de España, la libre empresa, las libertades individuales, una bajada real de impuestos, una acción exterior que no corteje a los dictadores que quedan en el mundo. Un partido que defienda el rearme de los españoles frente a los retos de la emigración musulmana, el yihadismo y el terrorismo foráneo e interno. Un partido, en suma, que esté dispuesto a defender el orgullo de ser español y a construir una España digna.

Como ya hemos escrito anteriormente, querer reformar el PP de hoy, regenerar el marianismo, es una engañosa ilusión. El poder y el temor a perderlo hace de los partidos una institución monolítica, y el PP de Rajoy, bunkerizado y paranoico, no es una excepción. Sí, todos conocemos muchos comentarios críticos en privado sobre la deriva suicida del PP y de la derecha a la que arrastra: pero nadie se mueve un milímetro en el retrato público. Nadie se mueve en el partido, ni en los cuadros ni en las bases. Mantener esa esperanza en la regeneración y en las primarias es un ejercicio de voluntarismo difícil de tomar en serio.

Si el buen votante del PP quiere poner freno a la deriva ideológica del marianismo, no puede votar ni a Ciudadanos, claramente escorado al centroizquierda y que garantiza la pervivencia del marianismo-sorayismo por inercia, ni al PP, claramente desesperado por mantener el poder. Aquí, ni el Rajoy de "Sé fuerte, Luis"disfrazado a última hora de conservador para arañar votos ni la evanescencia narrativa de los nuevos cachorros de los que se rodea son garantía de pervivencia de valores para la próxima legislatura. El votante liberal-conservador tiene que buscar en la derecha unas ideas y unos valores que le representen en los próximos años.

Hoy por hoy sólo hay una minúscula opción, que ha sido boicoteada desde el PP porque representa el testimonio de la rotura moral e intelectual que el PP ha causado en la derecha española, una rotura imposible de arreglar. Ese partido es Vox. Una organización pequeña, cierto, pero de la que nadie puede negar algo evidente: enseña las caras de lo que siempre fue el PP basado en la honestidad, la entereza de España y el sacrificio por el bien de España. No es casualidad que sea el partido de Ortega Lara.

Bien: uno se puede preguntar sobre la utilidad de votar a una formación que no ha podido hasta ahora lograr un escaño. Pero la utilidad no se mide en votos, salvo para los interesados: para mantener viva la llama del liberal-conservadurismo, en una próxima legislatura en la que nadie creerá en él, no son necesarios millones de papeletas. Bastan unos decenas de miles de electores generosos y valientes para que haya una voz en el Parlamento español que diga lo que hay que decir, lo que muchos pensamos pero ningún político dice, sobre inmigración, terrorismo, nacionalismo, autonomías y tradición. También es cierto que, desde el punto de vista legislativo, un escaño poco puede hacer. Pero la idea no es esa. España no necesita ahora más leyes ni más meses de pactos y contrapactos: todo lo contrario, necesita derogarlas casi todas, como cualquier autónomo y padre de familia sabe. Por eso es necesario tener en el Congreso un Pepito Grillo liberal-conservador, una sola voz segura entre el temporal podemita, el naufragio socialista y el titanic popular. No sólo es relevante: es moralmente urgente.

España necesita un rearme, antes moral que numérico. Los enemigos de España son muchos, pero el 26-J se condensan en tres: quienes quieren acabar con España, como los independentistas que gobiernan como nunca en el pasado; quienes quieren acabar con la democracia en España, como los populistas y radicales de izquierda, y quienes renuncian a dar la batalla contra ellos por España, como el marianismo-sorayismo, que con sus balbuceos, cobardías y tibiezas no ha hecho sino prolongar el zapaterismocuatro años más, con todas su calamidades.

Tenemos que ser capaces de escapar a las alternativas que se abren ante nosotros, que parecen ser convertirnos en una Argentina siempre inestable y cómica de la mano del PP o en la dictadura de Venezuela, con Podemos y su frente popular. Podemos y debemos escapar del caciquismo político, la corrupción y la picaresca, pero no lo haremos desde el marco trazado por quienes han creado el problema.

Pocas cosas hay en democracia más míseras que apelar al voto del miedo. Y pocas cosas más miserables que considerar que el voto es prestado o propio de cada partido. El voto es del ciudadano, y ese compromiso crítico caracterizó durante años al votante del PP. Es hora de de que éste sea auténticamente coherente y vote por aquello en lo que quiere y cree sin entrar al juego de las alianzas y los escaños, sin pinzas en la nariz, sin despechos ni acritud. Hay opciones para denunciar a dónde nos llevan las concesiones y las renuncias, para mantener viva la llama del liberal-conservadurismo, que es la única manera de volver a hacer de España un país grande.

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