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La Ilustración Liberal

El giro al centro

La izquierda conservadora

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El Partido Republicano convocó hace poco tiempo un mitin en la ciudad norteamericana de Denver. En vez de sus electores y simpatizantes tradicionales, familias de clase media, blancos y protestantes, los organizadores se encontraron con un público inesperado: neohippies, fumadores, motoristas, aficionados a las drogas… gente poco recomendable según la mentalidad republicana clásica, pero que estaba harta de la actitud intervencionista de los demócratas, saturada de buenas intenciones y solicitud por el bienestar de sus conciudadanos.

La escena es difícil de trasladar a Europa, donde las ideologías siguen teniendo un peso determinante en la posición política de la gente. Menos aún a España, donde a la presión ideológica ejercida desde la izquierda se suma una sociedad muy homogénea y profundamente conservadora, en la que las fobias y las filias políticas se siguen heredando como si fueran parte del patrimonio familiar. Aun así, lo ocurrido en el mitin republicano da buena cuenta de un fenómeno reciente, común a todo Occidente y que parece de largo alcance: el desconcierto del conservadurismo. De los quince países miembros de la Unión Europea, España es el único en el que un partido de centro derecha gobierna en solitario. En coalición, el centro derecha participa en los gobiernos de otros dos, Bélgica y Luxemburgo. Todos los demás países están gobernados por partidos de izquierda, con una amplia variedad de socialistas, coaliciones de diversos colores y ex comunistas más o menos arrepentidos. Aunque nunca se está a salvo de sorpresas, como la ocurrida en Francia con las elecciones anticipadas convocadas por Chirac, no parece probable que los partidos conservadores, o de centro derecha clásica, levanten cabeza de aquí a bastante tiempo.

La primera explicación de esta situación es el éxito de los conservadores, sobre todo en Estados Unidos y Gran Bretaña (pero también en buena parte del resto de Europa) al aplicar medidas liberales de política económica. Los conservadores sanearon las economías occidentales y le plantaron cara, como nunca hasta entonces se había hecho, al bloque soviético. El resultado es la prosperidad de los años noventa y el colapso del comunismo en casi todo el mundo. Pero también la transformación ideológica de la propia izquierda que ha ido abandonando, presionada por la opinión pública y por la terquedad de los hechos, su antigua querencia socialista.

A estas alturas, el socialismo es un cadáver, un objeto de estudio histórico que sigue ocupando parte de la actualidad política y social a causa tan sólo de la fidelidad de algunas organizaciones a un nombre propio del siglo pasado. Pero el agotamiento ha tenido otras consecuencias. Al hacer suyas las políticas liberalizadoras y al aceptar bastantes de los postulados básicos del liberalismo, la izquierda también ha vaciado de contenido ideológico a los partidos conservadores. De hecho, éstos también habían renovado sus propios programas con la inyección de ideas liberales, muchas veces contradictorias con las doctrinas y las actitudes conservadoras. Habiendo abandonado éstas, y con una izquierda reconvertida a un liberalismo cierto, los conservadores han perdido el rumbo. Valores como la exaltación nacional o la religión, bastiones propios del conservadurismo, cotizan poco en el mundo político de hoy. La primera vale sólo para sociedades primitivas en las que triunfan partidos estatistas y fanáticos como los nacionalistas, y los segundos, los religiosos, no sirven como factor de integración en sociedades cada vez más plurales y más abiertas como lo van siendo, aunque sea a regañadientes, las europeas.

Conservadores

Algún sociólogo ha escrito que vivimos en sociedades postradicionales. La palabra es fea pero el diagnóstico certero. Cada vez se acepta menos un hecho, una idea o un modo de vida por el simple hecho de venir autorizado por el tiempo y la costumbre. Si se identifica al conservadurismo con el apego y la defensa de las tradiciones, el conservadurismo está probablemente tan acabado como el socialismo, una más de las varias divinidades muertas. En el panteón le acompañan el comunismo, el anarquismo y por supuesto el socialismo. Pero tal vez la frase sea demasiado brillante y el conservadurismo tenga todavía algunos ases.

En esencia, el conservadurismo político nace como respuesta a la Revolución francesa, y consiste en una actitud entre escéptica y horrorizada ante las consecuencias del cataclismo. En cuanto a los escépticos, su posición política traduce casi siempre una actitud moral universal y probablemente tan duradera como el propio ser humano. El conservadurismo, así entendido, no se define con claridad, ni hace explícitos sus objetivos ni sus medios porque desconfía de cualquier racionalización excesiva del mundo. Ante el voluntarismo revolucionario que prometía a la humanidad una felicidad instantánea, o para pasado mañana, estos conservadores se muestran profundamente desconfiados. El hombre no está hecho para la felicidad, y el objetivo les parece, de por sí, una insensatez. Pero además el proyecto mismo es peligroso para la pequeña parte de felicidad que a veces, con un poco de suerte, alcanzamos en la vida. Al racionalizar la realidad, al forzarla a encajar en un molde abstracto, la revolución y sus consecuencias políticas, es decir el liberalismo, destruyen todo lo que hace amable y vividero el mundo. Sin raíces, sin tradiciones, sin instituciones, sin cuerpos intermedios, el individuo –átomo indefenso– queda desamparado, a la merced de ese monstruo que es el estado moderno. 

Cuando el conservadurismo se queda en este escepticismo, casi puramente moral, las consecuencias políticas que se derivan de él han dado lugar más de una vez a una forma de liberalismo templado y dialogante, apegado a las tradiciones como contrapeso frente al mecanismo avasallador de la democracia. Es el liberalismo conservador que en Francia se llamó doctrinario y en España defendieron los "puritanos" Nicomedes Pastor Díaz, Pacheco y Cánovas. Hoy podría dar pie a un neoconservadurismo según el cual el propio capitalismo requiere valores o servicios que el mercado, de por sí, no es capaz de salvaguardar ni de proporcionar. Así se justificaría la intervención del estado, siempre bastante limitada, en sectores como la educación, la protección de la familia y de algunas grandes creencias, tal vez la sanidad y las grandes infraestructuras. 

Este conservadurismo, pragmático y prudente, desconfiado de la acción del estado, contrasta con el de quienes, abrumados por el primer despunte totalitario ocurrido durante el Terror en Francia, pretendieron restaurar la situación previa a la Revolución. Este conservadurismo reaccionario, de prodigiosa capacidad visionaria, el de Joseph de Maistre por ejemplo, es el fundamento del antiliberalismo radical. Aquí no hay medias tintas ni reconciliación posible. Hay que restaurar la antigua sociedad, y sólo la religión verdadera es capaz de fundar una moral estable. Para estos contrarrevolucionarios, no hay más valores que los de lealtad, autoridad y tradición, respaldados por un poder indiscutible, propiamente sagrado.

No es que el individuo lleve siempre las de perder ante el Estado, piensan Joseph de Maistre y sus amigos; Es que el individuo no existe, o sólo existe como error o como enfermedad. No hay un hombre sujeto de derechos universales, sino seres humanos sujetos a tradiciones heredadas y no escogidas, como la historia, idioma, que les vienen dadas por la comunidad en la que cada uno nace. No conozco a ningún hombre, dijo De Maistre, pero sí a españoles, franceses o rusos. De aquí se deduce que no existe el progreso como tal, porque éste es incompatible con esas diversas culturas, y que no hay instituciones, políticas o económicas, ajenas a una determinada identidad colectiva. Frente a la democracia y al capitalismo, con sus pretensiones de universalidad y racionalidad, hay que apoyar y salvaguardar esas identidades que forman un valladar último ante el apocalipsis.

Se ha dicho muchas veces que Joseph de Maistre se marchó a Rusia, después de la Revolución francesa, en busca de un país libre del contagio de la Ilustración y de las ideas liberales, para encontrarse con una elite intelectual y política que tenía a Voltaire de libro de cabecera... en francés además. Según esta fábula, la forma radical y contrarrevolucionaria del conservadurismo fue un anacronismo desde el primer momento. Así es, desde luego, pero eso no impidió que desde entonces el ideario contrarrevolucionario haya inspirado más de un episodio de regresión.

¿Socialistas conservadores?

De buenas a primeras, pocas cosas tan distintas de un conservador como un socialista. Hay diferencias morales de fondo, como que el socialismo se fundaba en el resentimiento, y el conservadurismo en la desconfianza. Además, los socialistas tenían una fe inquebrantable en la universalidad del hombre, en su acceso positivo a la racionalidad, y en el progreso material y moral de la humanidad. Los socialistas, en este sentido, eran herederos de la Ilustración. Su pretensión a la felicidad por la igualdad podía ser considerada, y de hecho lo fue, como una continuación radical, aunque fuera en rupture como dicen los franceses, del proyecto liberal.

Es también este extremismo lo que les distingue de los conservadores más templados o más reconciliados con el mundo moderno. Con su buena voluntad utópica, con su sistema de valores universal, aplicable a todo ser humano y en toda circunstancia, el socialismo arrasaba de todos los valores, creencias, prejuicios y tradiciones que, según los conservadores, hacen habitable el mundo. Y por si eso fuera poco, el proyecto socialista machacaba incluso esa última singularidad que es el individuo, tutelado desde la cuna hasta el sepulcro por un estado que representaba el ápice de la sabiduría, el bien y la felicidad.

Claro que, como habían previsto los conservadores, la felicidad, el bien y la sabiduría proporcionados por el estado se han revelado la peor forma de las tiranías y la segura ruina de cualquier sociedad en la que se ha querido aplicar. Tras el chasco, los antiguos socialistas se refugian en un desencanto completo. Lo que antes era una confianza delirante en un ser supremo redivivo en la Tierra, un ser que tomaba la forma de razón de Estado, se ha convertido en escepticismo radical. Los seres humanos sólo se mueven por egoísmo. Cualquier sistema de valores morales es artificial, falso, ajeno a la naturaleza pragmática e interesada del individuo. El colapso del socialismo demuestra que todo vale. El elogio de los "asquerosamente" ricos a cargo del laborista Peter Mandelson expresa bien este desplome de valores, pero no porque no se pueda llegar a ser muy rico a fuerza de trabajo y de suerte, sino porque parece que Mandelson no concebía otras formas de llegar a ser rico que no fueran algo turbias, por no recurrir a la misma palabra que empleó él mismo antes de dimitir del gobierno laborista por un escándalo financiero.

En España (y en Italia, y en Francia) tenemos una nutrida experiencia de esta forma de nihilismo moral, aunque no todos los antiguos socialistas acaban practicando esa forma de suicidio. Pero un tal pesimismo, que parece justificar la intuición básica del conservadurismo acerca de la maldad inherente a la condición humana, no está muy alejado de la posición defensiva en la que se ha encastillado el socialismo postsocialista. Si el hombre, reducido a la condición individual, es un ser sin moral alguna, incapaz de acceder a una fundamentación racional de la ética, será necesario protegerlo contra sí mismo, contra su egoísmo y su infinita capacidad para hacer daño. Por eso a los individuos no se les puede dejar sueltos, siguen razonando los antiguos socialistas, y es necesario poner a salvo, proteger y conservar algunas piezas básicas del muro que la cultura ha ido levantando para detener la barbarie.

Entre estos restos destaca en lugar muy principal el estado de bienestar. En este punto los socialistas se han acercado tanto a los conservadores que han acabado apropiándose de algo cuya paternidad les corresponde sobre todo a éstos. El estado de bienestar ha sido un sistema de seguros a escala nacional y gestionado por las instituciones públicas; una forma de apuntalar o incluso crear el estado nacional; y, sobre eso, un instrumento destinado a hacer del trabajo el valor central de la sociedad. Ninguno de los tres objetivos fue nunca específicamente socialista, aunque sobre el primero los socialistas se volcaron con insistencia muy especial. Pero a la cuestión del origen, al fin y al cabo un poco fútil, se añade algo más importante como es el debate sobre la viabilidad y sobre todo la adecuación del estado de bienestar a los fines éticos de igualdad, justicia y solidaridad que componían los cimientos del socialismo.

Está comprobado que el estado de bienestar no ha sido eficaz a la hora de contrarrestar los efectos de la pobreza, el infortunio o la imprevisión. Sus principales beneficiarios son, más que los grupos verdaderamente necesitados, los sectores bastante acomodados y con un nivel de ingresos suficiente. El alto grado de burocratización provoca derroches y disfunciones. Además, todo el sistema acaba creando una cultura de la dependencia de las ayudas y los subsidios que contradice el objetivo primero de fomentar la industriosidad entre la población.

Por si esto fuera poco, la innovación tecnológica y la globalización han cambiado sustancialmente la situación. Las empresas, incluso muchas pequeñas, han de competir a nivel mundial, con lo que las políticas nacionales de redistribución de renta acaban por reducir la capacidad de crear riqueza, impiden el crecimiento y fomentan el pato y la pobreza. Nadie, como no sean las gigantescas burocracias que viven de su gestión, se beneficia ya del estado de bienestar. Pero así como la globalización perturba unas instituciones pensadas para economías nacionales bastante cerradas, otras realidades han desbordado la estructura misma del sistema. El estado de bienestar, pensado para una sociedad con pleno empleo masculino, respetuosa con el tradicional reparto de papeles entre sexos, no ha podido asimilar la llegada de las mujeres al mercado de trabajo. y el envejecimiento de la población, con el colapso previsible del régimen de pensiones, acaba por poner todo el sistema en cuestión. En España, el Pacto de Toledo no ve más posibilidad a medio plazo, para la financiación de las pensiones, que la importación de mano de obra, algo así como la globalización del estado de bienestar...

En vista de todos estos problemas y del bloqueo que están produciendo en las sociedades europeas, sin voluntad de competir ni de innovar y siempre dispuestas a castigar a quien quiera hacerlo, algunos autores, muy críticos con el estado del bienestar, han llegado a hablar de "socialdemocracia salvaje". Parodiando a Bastiat, se ha llegado a decir que "es un gigantesco ente de ficción en el cual todo' el mundo intenta vivir a costa de todo el mundo". No hace falta llegar a tanto para darse cuenta de que los problemas a los que se enfrenta requieren, como mínimo, algunas reformas y que aunque se opte, como se ha optado en Europa, por el aislamiento, un alto nivel de paro y un crecimiento escaso de la riqueza, no se debe cargar todo el pago de la gigantesca hipoteca sobre los hombros de las generaciones venideras. Puede que los no europeos nos importen muy poco, pero algo nos habrán de preocupar los europeos de dentro de treinta años.

Pues bien, la línea adoptada por los socialistas es la defensa cerrada del sistema, caiga quien caiga. En este asunto, los socialistas no sólo se muestran des- confiados ante la libertad individual. También se niegan a pensar el presente y actúan como si el futuro no existiera. ¿Puro conservadurismo? A medias. La actitud se parece más a la de los centristas, aquellos cuyo mayor objetivo político es, justamente, la perpetuación de lo realizado por los socialistas... tras su propia obra.

La izquierda conservadora

Desde que empezó a despuntar la crisis moral y de ideas a la que se enfrentaba la izquierda, hace más de veinte años, se ha venido preconizando una renovación mediante la colaboración con lo que se ha dado en llamar nuevos movimientos sociales: grupos feministas, ecologistas, juveniles... La frase hecha, cuajada de una vez por todas, se tragó las buenas intenciones. En vista de la repetición mecánica del eslogan y de las mínimas consecuencias prácticas que todo aquello tenía, pasó a ser un colectivo más de los que la izquierda con vocación de alternativa intentaba convocar en su laboriosa puesta al día.

Claro que la intuición de la izquierda no andaba descaminada, por lo menos 'en cuanto a las organizaciones que intentaban explorar fórmulas asociativas, e incluso políticas, a partir de los cambios que ya habían empezado a producirse en la vida de la gente: el feminismo, las nuevas relaciones familiares y luego (la izquierda no se atrevía a tanto por entonces) el movimiento gay, los grupos antirracistas... Todo eso era, y es, la otra cara de la globalización que entonces se iniciaba. Se afirmaban derechos por encima de cualquier tradición, se ponía el al Centro en la autonomía del individuo, capacitado para tomar decisiones propias en todos los órdenes de la vida, con independencia de cualquier código de conducta o de cualquier modelo previo, y se ponía en marcha lo que Anthony Giddens, inspirador y teórico del laborismo blairita, ha llamado la "democratización de las relaciones personales", porque éstas no están ya basadas en roles prefijados ni en imperativos de autoridad, sino en la invención de su propia biografía por el individuo, en el respeto a lo que es propio de cada uno, fuera de su posición en la sociedad, y en la negociación permanente.

El campo que se abría, cada vez más amplio, más rico y más imprevisible desde entonces, se basa en la tradición liberal, es decir la primacía de los derechos, la autonomía del individuo y la confianza en el progreso, que llega cuando el individuo es capaz de fundar una ética personal en imperativos racionales y universales. Hoy todos nos enfrentamos a una ampliación gigantesca de la libertad, y con ella a la necesidad de tomar decisiones en campos que antes heredábamos de la tradición o la cultura en la que nacíamos. y no se trata de cuestiones en apariencia irrelevantes, cómo las referidas al ocio o la moda, sino de otras que llegan a afectar la posición del individuo en la sociedad o incluso su naturaleza misma, como puede su educación, su vida profesional, su vida afectiva y su cuerpo, que ha dejado de ser algo que se ha de aceptar sin remedio para convertirse en campo de manipulación y experimentación a gran escala, desde las dietas o la cirugía estética hasta el cambio de sexo.

¿Qué consecuencias tiene todo esto en la política? Por un lado, el estado se ve obligado a tomar en cuenta y prever hechos y situaciones completamente nuevas, como ha empezado a ocurrir, por poner sólo dos ejemplos, con la regulación legal de las "parejas de hecho" o las solicitudes de "divorcio" presentadas ante las autoridades por niños que sufren violencia o malos tratos por parte de sus padres. Por otro, resulta evidente que, por muy deprisa que quiera ir, la política se queda- atrás por la velocidad y la amplitud de los cambios. ¿Hay forma de legislar la difusión de la información en internet? ¿Es posible controlar el "teletrabajo" mediante inspectores más o menos cibernéticos, actualización de los que han existido hasta ahora? ¿Cómo regular los flujos de capital? Al fin y al cabo, ¿es necesario hacerlo?

La realidad, cada vez más compleja y más abierta a la decisión individual, ha cobrado una nueva autonomía con respecto a la política. Por eso la política. con un poder cada vez más reducido para intervenir, interesa cada vez menos. Aun así, la izquierda no se ha rendido y, en vez de aceptar que la política, después de dos siglos de hegemonía, está en retroceso y que eso es un hecho positivo, sigue manteniendo una posición radical. Todavía no ha renunciado a la reforma del mundo según un proyecto previamente definido, ni a embargar el alma y el cuerpo de la gente en una idea abstracta. Giddens ha llegado a hablar de "política de vida", un poco en la línea de los antiguos izquierdistas de mayo del 68. No acaba nunca de saberse lo que quiere decir con eso. Hablar de democratización de la familia, como él hace, es una constatación sociológica, casi académica, referida al derrumbamiento de los papeleos tradicionales. ¿Querrá eso decir que el estado se arroga el derecho a intervenir en la vida familiar, en la negociación de las tareas o en los conflictos de autoridad entre los padres (biológicos o no) y de éstos con los hijos? ¿O se trata sólo de una operación cosmética, una forma de dar algún contenido a una política izquierdista que, habiendo hechos suyas las políticas  liberalizadoras, ha perdido pie en lo que era su verdadero intento de cambiar la realidad? Así lo indica lo ocurrido en el Reino Unido, donde en este campo los laboristas se han limitado hasta ahora, con sensatez, a adoptar medidas legislativas antidiscriminatorias que en otros países llevan ya vigentes bastantes años, como acaba de ocurrir con la equiparación de la edad legal para el mantenimiento de relaciones homosexuales.

A falta de otra cosa, la izquierda se esfuerza por presentarse a sí misma como abanderada de la tolerancia y del respeto a la pluralidad. A cambio, acusa a los conservadores de seguir encastillados en el culto casi supersticioso de la nación, la religión o la familia. La acusación va doblada de otra: que esta querencia tradicional es contradictoria con las políticas liberales puestas en marcha por esa misma derecha, que revela así su verdadero rostro, inhumana en lo económico, autoritaria en lo político y arcaica en lo social.

Hay motivos más que de sobra para defender, desde una estricta posición liberal, instituciones como la familia y la nación (también la religión), pero, sobre eso, conviene señalar que la posición de quien esgrime esta acusación no suele ser la defensa del individuo. Al contrario, la crítica de las instituciones "tradicionales" va acompañada de una defensa de la "cohesión social" que no hace de la sociedad un conjunto de relaciones voluntariamente asumidas por un individuo libre, sino una especie de organismo vivo en el que el individuo alcanza su plenitud en el cumplimiento del papel que le tiene asignado la cultura o el grupo en la que nace.

En vez de confiar en la capacidad del individuo para reproducir o volver a crear el lazo social según sus necesidades y sus deseos, esta supuesta preocupación por la "cohesión social" tiene otra prioridad, que es la comunidad. y es que lo que la gente requiere no es libertad, sino, como dice John Gray, "una red de prácticas comunes y tradiciones heredadas "gracias a las cuales les será concedida la dicha de una identidad estable". Hemos llegado al mismo punto que en el caso del esta- do de bienestar. Ante los efectos devastadores de la libertad individual, se levanta la "identidad estable" como resguardo y puerto protector. Claro que en vista del desplome de tantas "prácticas comunes y tradiciones heredadas", es muy difícil saber qué es eso de la "identidad estable", y aún más cuando la variedad de las prácticas y las tradiciones otorga al individuo una complejidad cada vez mayor. Se entenderá mejor si se recuerda la consigna de pluralidad y postmodernidad que defiende ahora, como si de un descubrimiento se tratara, el nuevo laborismo: lo mismo que la izquierda española, tan arraigadamente estalinista en tantas ocasiones, llamaba colectivos "feministas, ecologistas, juveniles..."

Una mujer, un hombre negro, un homosexual, no es, desde este punto de vista, un individuo sujeto de derechos sino el miembro de un grupo. Como tal, su identidad ("estable", no sabemos en virtud de qué, como no sea la nostalgia de quien así habla), es decir su misma felicidad, dependen del grado de fidelidad que demuestra al grupo o al "colectivo". Por supuesto que es perfectamente comprensible que, en el camino de la libertad individual y para zafarse del sufrimiento impuesto por la estupidez, la arbitrariedad, la discriminación y el miedo, la gente reivindique sus derechos mediante la afirmación activa de una identidad. Lo es todavía más que se asocie y que actúe colectivamente ante el poder político, los medios de comunicación o en defensa de sus adheridos. Pero esas asociaciones son de índole voluntaria, y no deberían tener la ambición de definir una identidad colectiva de naturaleza superior a los individuos que la constituyen.

Pues bien, ese es el paso que se da con demasiada frecuencia, cayendo en lo que Leopoldo Alas ha llamado, con expresión afortunada, el "infierno de la unanimidad". En busca de un espacio de libertad, no es difícil despeñarse en el culto al colectivo o la comunidad. En el preciso instante en que en que la globalización, la mayor prosperidad y el derrumbamiento de las tradiciones autoritarias amplían hasta el infinito el campo de la libertad individual, en el momento en que se empieza a vislumbrar la posibilidad de una auténtica universalización de los valores humanistas y racionales, la izquierda vuelve a descubrir las virtudes de la tribu, reinventado un lazo social primero, que jamás existió, y proponiendo una especie de paraíso cerrado en el que el proyecto individual, irreductible a un modelo previo, imprevisible por naturaleza, queda encauzado en una "narración" o una "historia" transmitida por el grupo. Es como aquel ideal de sociedad rural, estable, solidaria y homogénea, tan confiada, alegre y feliz que sus habitantes, en cuanto tuvieron la más mínima oportunidad, la abandonaron de estampida en busca del salvaje capitalismo.

Se habrán reconocido algunos de los motivos fundamentales del pensamiento conservador: antiuniversalismo y primacía de la identidad cultural, es decir colectiva. Queda el otro gran apartado, el del antiprogreso. No anda lejos. La reivindicación de la comunidad por encima del individuo es también una forma de oponerse a la libertad individual en nombre de una supuesta felicidad, independiente de la voluntad o del proyecto de cada uno. A la libertad individual se la llama en estos casos "capitalismo" o "mercado". Con eso basta para resucitar los antiguos fantasmas: la devastación de las identidades (siempre "estables"), el estrago de las culturas, el desplome de los valores. Son ideas repetidas una y mil veces, que la izquierda, más o menos adscrita al comunitarismo, y alejada definitivamente de su antiguo ideal universalista, des empolva con gran aparato propagandístico. Giddens, tomando como referencia al ecologismo, que es el modelo ideológico de la izquierda postsocialista, lo ha dicho mejor que nadie: "Hoy todos deberíamos volvemos conservadores, pero no de forma con- servadora". Eso debe de querer decir que hay que inventar nuevas tradiciones. y como éstas no pueden serlo por el individuo (siempre inestable, caprichoso y arbitrario), habrá de ser el estado el que se encargue de darles formas, regularlas y obligamos a todos a respetarlas. Los neohippies, fumadores, motoristas y aficionados a las drogas que acudieron al mitin republicano en Denver sabían lo que se les venía encima. Puestos a tener que sufrir a los conservadores, mejor los de toda la vida. Al fin y al cabo, los viejos conservadores no tienen tan buena conciencia como estos nuevos y saben de sobra lo que es el mal.

Libros citados

Una buena síntesis sobre el pensamiento y la mentalidad conservadora, en Robert Nisbet, Conservadurismo, Madrid, Alianza, 195. Un análisis más polémico, en Jerry Z. Muller, The Other God that failed, Princeton University Press. Para John Gray, Beyond the New Right, Londres, Routledge, 1993; "The Undoing of conservatism", en Enlightment's Wake. Politics and culture at the close of the modern age, Londres, Routledge, 1997; False Dawn. The Delusions of Global Capitalism, New Press, 1998. Gray, no se sabe muy bien por qué, por snobismo, por eso de estar próximo al Laborismo pero a la derecha del Partido Conservador, discute con gran convicción a los comunitaristas. Para Anthony Giddens, La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, Madrid, Cátedra, 1998; Más allá de la izquierda y la derecha. El futuro de las políticas radicales, Madrid, Cátedra, 1998; The Third Way. The Renewal of Social Democracy, Londres, Polity Press, 1998. La cita de Leopoldo Alas, en Los amores periféricos, Madrid, Temas de Hoy, 1997.
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