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La Ilustración Liberal

Las ilusiones del pasado y la realidad del crimen

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Claude Lefort en su último libro (La complication. Retour sur le communisme, París, Fayard, 1999), profundiza y matiza su crítica del totalitarismo comunista y su terror, sobre todo soviético, y el papel represivo del partido único y de la burocracia como nueva clase. Este análisis crítico, ya ampliamente iniciado en sus textos anteriores, no aporta elementos radicalmente nuevos, sino valiosas precisiones y matices. Pero, como todo libro inteligente, sugiere a su vez interrogaciones, adhesiones y también críticas. Empecemos por el principio. En el capítulo "Falsa paternidad de Marx" Lefort niega que las raíces teóricas del totalitarismo comunista se encuentren en Marx, lo considera extravagante. Mediante sus propios análisis y apoyándose en citas de otros críticos, en particular Boris Souvarine, rechaza con desdén dicha filiación, señalada por varios autores, como François Furet, que en este libro le sirve de cabeza de turco a Lefort.

Sin embargo, tres elementos del dogma, por lo menos, demuestran que dicha filiación es evidente pese al rechazo de Lefort. Estos elementos son los siguientes: papel histórico y, diría yo, mítico, del proletariado; papel negativo de la propiedad privada de los medios de producción, considerada como el freno absoluto al desarrollo de las fuerzas productivas y papel todopoderoso del Estado. Evidentemente, Marx no describió nunca en detalle lo que tendría que ser la dictadura del proletariado, a veces calificada de dominación del proletariado, pero las tesis que recorren toda su obra, y según las cuales todo poder político es la dictadura de una clase sobre las demás, su propia visión de una revolución proletaria que conquistaría el poder por la violencia y destruiría las demás clases, también por la violencia, antes de disolverse como clase tras un periodo de transición, para dar a luz una sociedad sin clases y, por lo tanto, sin Estado, no están en absoluto en contradicción con las tesis leninistas sobre la dictadura del proletariado. Al revés, las unas constituyen la continuación lógica de las otras.

Además la dictadura del proletariado no ha existido nunca, primero porque el proletariado como unidad férrea de destino, de voluntad y de acción sólo ha existido en la mente erudita de Marx. El proletariado está compuesto de… proletarios, o sea de individuos con anhelos dispares y contradictorios. Y en vías de desaparición, ante la invasión de las nuevas tecnologías. Lo que ha existido en la URSS, en los tiempos de Lenin, como en los de Stalin y más tarde, ha sido la dictadura terrorista del partido y la burocracia, contra los proletarios, o mejor dicho, contra los ciudadanos, empezando por los campesinos e incluyendo los proletarios. Es cierto que Marx no afirmó tajantemente que dicha dictadura debía ejercerse por medio de un partido único. Pero constatar esto es constatar las diferencias que existen entre teoría y práctica. El propio Lenin jamás aplicó las tesis contenidas en Estado y Revolución, más bien hizo todo lo contrario. Asimismo Marx, el erudito, el pensador encerrado en su gabinete, conspiró como los demás para hacerse con la dirección de la AIT.

Lefort no analiza otro aspecto del dogma, o sea la condena de la propiedad privada de los medios de producción, no de los zapatos precisamente. Aquí la filiación es aún más evidente y permanece vigente. Teóricamente, la propiedad de los medios de producción podría tener tres contenidos jurídico-prácticos: a) la propiedad privada ligada al mercado y al capitalismo, gran conquista de las revoluciones "burguesas" y particularmente de la francesa de 1789; b) la propiedad colectiva y c) la propiedad estatal. Desde Marx hasta los comunistas nostálgicos de hoy, se confunde voluntariamente propiedad colectiva y propiedad estatal, cuando poco o nada tienen que ver. La verdad es que la propiedad colectiva, o sea la propiedad por los propios trabajadores de los medios de producción, que a veces se califica de autogestión, ha tenido poca existencia, poca realidad. Se suelen citar algunos ejemplos efímeros: durante los primeros meses de la revolución de 1917, que fueron enseguida bestialmente aplastados por los bolcheviques, quienes impusieron la propiedad estatal total; y las colectivizaciones anarquistas en la zona republicana, o roja, durante nuestra guerra civil, que también sufrieron el asalto sangriento de los estalinistas. Apenas vale la pena citar las experiencias cooperativas en el marco de sociedades democráticas, por el reducido peso que han tenido en la evolución socio-económica del mundo.

No, lo que ha dominado durante casi un siglo, frente al capitalismo clásico, basado en la propiedad privada, es… otro capitalismo, basado en la propiedad estatal de todo y no sólo de los medios de producción. También de la cultura de la vida privada. Cornelius Castoriadis, en diferentes ocasiones, lo calificó de "capitalismo burocrático de Estado" para distinguirlo de la propiedad colectiva y del capitalismo privado. Puede discutirse la definición (Lefort niega que fuera capitalismo, fue "otra cosa", pero ¿qué?), lo importante es subrayar que la experiencia, la praxis, por utilizar la jerga marxista, ha demostrado sin lugar a dudas la infinita superioridad de la propiedad privada de los medios de producción para el desarrollo de las fuerzas productivas. Tanto es así que los sistemas comunistas aún vigentes (China, Vietnam, Corea del Norte, Cuba), necesitan para sobrevivir inyectarse fuertes dosis de capitalismo, como los ancianos moribundos morfina, dando a luz inéditos sistemas socio-políticos de férreas dictaduras de partido único, con desarrollo de un capitalismo peculiar, sin derecho de huelga ni sindicatos libres.

Es asimismo evidente que el capitalismo ha evolucionado mucho, desde la revolución industrial del siglo XIX. Sin pretender hacer un análisis de dicha revolución, indicaré uno de sus rasgos más evidentes: su burocratización a través del papel interventor del Estado. Francia, por ejemplo, constituye un ejemplo preclaro del peso exorbitante del capitalismo de Estado. El Estado sigue siendo el primer patrón francés. También es cierto que en varios países europeos, incluyendo, pese a todo, a Francia, asistimos a una reacción de signo contrario, tendente a limitar el papel del Estado mediante privatizaciones, por ejemplo. Pero aún queda un larguísimo camino por recorrer. A pesar de todo y por mucho que no se acepte, de tan arraigada como está la idea de que el capitalismo no tiene ni puede tener futuro, el capitalismo se nutre, avanza, se modifica y fortalece a través de sus crisis.

La cuestión del estado

Estrechamente ligado con lo anterior y volviendo a la filiación con las tesis de Marx,

abordemos la cuestión del Estado. Y es que el Estado está casi tan presente en las tesis de Marx como en la realidad de la sociedad soviética y las demás sociedades comunistas que, por desgracia, vinieron después. En los diez puntos programáticos incluidos en el Manifiesto Comunista, publicado por primera vez en 1848, el Estado es omnipresente: la tierra, los transportes, el crédito, todo pasaría a manos del Estado. Marx propone la creación de un banco nacional, con capital estatal y mono- polio exclusivo. Además, no sólo aumenta considerablemente el papel del Estado, sino que se apunta a la burocratización de la sociedad y de la economía, con la multiplicación de las manufacturas "nacionales", la nacionalización de los instrumentos (medios) de producción, la organización de ejércitos industriales, "sobre todo en la agricultura", lo cual resulta por lo menos curioso. No falta un detalle jocoso, cuando Marx añade eso de "la supresión, bajo su forma actual, del trabajo de los niños en las fábricas". Se notará que no se trata de su supresión, sólo de su forma actual. Es de esperar que para mejorarla, pero no se dice.

A renglón seguido, en el mismo texto del Manifiesto, como prácticamente en toda la obra de Marx, se señalan medidas, o más bien deseos, en perfecta contradicción con lo antedicho. Se nos explica que una vez "que han desaparecido las diferencias de clase y que toda la producción está concentrada en manos de individuos asociados, el poder público pierde su carácter político". Y más adelante, una vez destruida la sociedad burguesa, ésta será sustituida por una "asociación donde el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos". El Estado ha desaparecido por arte de birlibirloque. Evidentemente, los marxistas nos dirán que esta contradicción entre la sociedad burocrático-estatal y la angelical asociación de individuos libres, iguales y felices, se explica por los necesarios periodos de transición. Hay que destruir primero, de ahí la necesidad de la dictadura, para construir después. Pero los bolcheviques, como los estalinistas, aunque menos, también teorizaban sobre dicha transición. Era uno de los tapabarros de su oportunismo. Absurdo sería negar que en la historia de la URSS, como en la de la ideología marxista, no ha habido etapas, cambios, virajes, a veces sustanciales. Pero igualmente absurdo sería negar la filiación marxista de la Unión Soviética.

En ese sentido, una de las diferencias esenciales entre Lenin y Stalin, además de la ampliación del terror, lo constituye la tesis estalinista del socialismo en un solo país, o sea el abandono del internacionalismo de Marx y Lenin ("Los proletarios no tienen patria"), y el nacimiento del nacional-comunismo, que es lo único que queda en Rusia y otros países ex comunistas (o que aún lo son, como China). Debido a todo tipo de dificultades, el internacionalismo de Lenin y de los bolcheviques se iba convirtiendo en pura ficción teórica, y la defensa a ultranza de la URSS en el deber fundamental del "proletariado mundial", o sea de los Partidos Comunistas. Aun así, permanecería el temor a la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país, un país además relativamente poco desarrollado (sabido es que Marx sólo concebía la construcción del socialismo en los países más desarrollados) y por ende la necesidad, aunque fuera teórica de exportar la revolución.

El cambio de Stalin consiste en transformar dicho internacionalismo bastante apolillado, a partir del fracaso de la revolución en Alemania, Hungría y otros países, en imperialismo. Los intereses nacionalistas de la URSS dominan toda la política, la propaganda, la actividad de la Internacional Comunista. Se instala el dogma nacional-comunista y ya no será el "proletariado mundial", sino el Ejército Rojo quien exportará la revolución, o sea el totalitarismo y su terror, como después de la II Guerra Mundial. Pero ya en 1919, Lenin y Trotski habían enviado el Ejército Rojo a la conquista de Polonia, sin éxito (China constituye un caso aparte en muchos aspectos, salvo el terror).

La polémica: nazismo y comunismo

Con una inquina extravagante Lefort ataca el magnífico libro del historiador François Furet

(El pasado de una ilusión), del que escribe: "Me extraña que Furet vea un parentesco de intenciones entre el comunismo y la democracia". Esto linda con la pura mala fe polémica. Para no abrumar con citas, resumiré el pensamiento de Furet en su libro indicando que los valores que pretendía defender el comunismo -justicia social, igualdad, universalismo o democracia- eran semejantes a los de los liberales demócratas, pero estaban pisoteados a diario por el totalitarismo comunista, porque el comunismo también es la mentira como institución. Eso resulta evidente para cualquiera que haya leído el libro de Furet y no se limite a las citas elegidas por Lefort. También critica Lefort la supuesta indulgencia de Furet hacia los partidos comunistas occidentales, y concretamente el PC francés. Esto es absolutamente falso.

En relación con la historia y el análisis de los dos totalitarismos del siglo xx, el comunista y el nazi, Furet es, sin lugar a dudas, mucho más explícito, detallado y analítico que Lefort, quien se limita a comentar favorablemente algunos escritos anteriores, sobre todo de Hannah Arendt, sin aportar gran cosa por su parte. Sin embargo, la cuestión de la naturaleza fundamentalmente semejante de ambos totalitarismos, pese a sus diferencias y a sus enfrentamientos, ha vuelto a agitar al mundillo intelectual parisiense y aún son muchos quienes consideran dicha asimilación como una blasfemia y niegan que pueda calificarse de totalitarismo el régimen comunista. Pues bien, el culto al Jefe Supremo, el partido único, la policía política omnipresente, el intento de control total con métodos terroristas de toda vida política, económica, social, cultural y privada de los ciudadanos, la aniquilación del individuo, un Estado todopoderoso, las deportaciones en masa, todo eso son rasgos comunes a ambos sistemas.

Como diferencia, puede notarse el hecho de que el nazismo hacía lo que decía: su programa ya está expuesto en Mein Kampf de Hitler y los nazis se encargarán de ponerlo en práctica. Su racismo a ultranza, la exaltación de la raza aria, su ultranacionalismo, su voluntad de conquistas imperiales, no están en absoluto ocultos ni disimulados,. sino orgullosamente reivindicados. El comunismo, en cambio,. hace todo lo contrario de lo que dice, se enmascara tras los oropeles revolucionarios, proletarios y democráticos,. pretende suprimir la "explotación del hombre por el hombre" y en realidad la agrava en proporciones inauditas. Liquida lo que dice querer defender. Si el comunismo suprime la propiedad privada de los medios de producción, en la Alemania nazi la propiedad privada subsiste, pero sometida a las órdenes drásticas de las autoridades nazis. Si las fábricas Krupp, para elegir un ejemplo célebre, siguen siendo propiedad de la familia,. producen exactamente lo que exige la jerarquía del nazismo. La idea,. tan difundida en los medios de izquierda y según la cual Hitler no fue sino un monigote en manos de lo que llaman el Gran Capital,. es falsa. El Gran Capital estaba de rodillas ante Hitler.

En la Alemania nazi y en todos los países comunistas ha existido o existe aún,. el "universo concentracionario" (David Rousset). Treinta o cincuenta millones de muertos en el gulag soviético, dependiendo de las fuentes, El libro negro del comunismo o Soljenitsin. Muchos más muertos que en los campos nazis,. sobre todo porque el gulag duró más tiempo y aún sigue durando en China,. Cuba o Corea. En cambio, Auschwitz, Treblinka y los demás campos de exterminio nazis, en donde en pocos años (1942/1945) se puso en práctica la "solución final"" de los judíos, asesinando entre cinco y seis millones de personas, es una especificidad nazi, un horror puramente nazi, difícil de comparar con otros horrores por la siniestra eficacia y la velocidad de la masacre, incluso si los campos nazis surgieron antes, es decir inmediatamente después del triunfo de Hitler. Pero, a partir del momento en que Stalin se hizo con todo el poder, el antisemitismo también existió en la URSS. Sobre todo después de la II Guerra Mundial, cientos de miles de judíos fueron deportados al gulag, pero nunca oficialmente por ser judíos. Volvemos a la mentira como institución. A los judíos que se deportaba por serlo, se les acusaba de cosmopolitismo, luego de sionismo, siempre de actividades antisoviéticas. Nunca se declaraban los motivos reales de aquella barbarie. ¿Puede aún ponerse en duda que lo que tienen en común los totalitarismos es más importante que sus diferencias? Me parece que no.

El totalitarismo postcomunista

"El comunismo pertenece al pasado; en cambio, la cuestión del comunismo permanece en el corazón de nuestro tiempo". Estas son las primeras palabras del libro de Lefort. No me convencen del todo. No niego la importancia de la Historia, que se trate de Atenas, el Imperio romano o la conquista de América, pero el comunismo no es eso, si fuera sólo pasado, ¿por qué estaría en el corazón de nuestro tiempo? Desde luego ha conocido un naufragio, una implosión, y es previsible que ya no podrá nunca más despertar las ilusiones revolucionarias de sus primeros tiempos, ni la adhesión servil a su potencia conquistadora en el periodo estalinista, y más tarde hasta Gorbachov, el último zar rojo que despertó a su vez inmensas ilusiones en un comunismo por fin humano (incluso en Claude Lefort). Ya pasó, pero aún quedan rescoldos en los países comunistas ya citados, como también en Rusia, en donde el fascismo rojo de antaño se ha convertido en otro pardo, ultranacionalista y mafioso. Yo no creo que, por ahora, los comunistas vuelvan a triunfar en ningún país, ni mediante elecciones ni mediante golpes de Estado pero tampoco es absolutamente imposible.

Con la implosión de la URSS se ha dado en Europa un fenómeno insuficientemente analizado, que he llamado socialburocracia. Tiene dos fuentes; la primera y la más importante es la burocratización de la socialdemocracia. Dicha transformación ha sido paulatina, al compás de la burocratización de las sociedades industriales, al calor del poder político, el peso asfixiante del Estado y de su papel en todos los ámbitos de la actividad humana. La socialdemocracia europea, al transformarse en socialburocracia ha perdido dos -por lo menos- de sus rasgos esenciales, su obrerismo y su anticomunismo. El anticomunismo de Kautski, Blum y otros muchos ha pasado a la Historia, como se ha desvanecido su base proletaria -como desaparecen los obreros en la producción, sustituidos por maquinaria-. Hoy la base de la socialburocracia está constituida, como es lógico, por funcionarios de todas las clases.

Tras la implosión de la URSS, tan inmensamente positiva (que se lamenten las plañideras, yo no pienso hacerlo), muchos partidos "obreros" -pocos llevaban el rótulo de comunista-, de la Europa del Este se han autoproclamado socialistas, los unos para disfrazarse y disimular en lo posible, los otros más sinceramente, se dice, pero en ambos casos con bastante éxito. En Europa occidental, debido asimismo a dicha implosión y a otros factores como los fracasos electorales, muchos comunistas también se han convertido en socialburócratas. El caso más transparente y masivo es el italiano. Todo ello, la burocratización de la socialdemocracia y la entrada de comunistas en sus partidos, ha dado un nuevo rostro a la vida política europea. No olvidemos que la socialburocracia domina la mayoría de los gobiernos. Podrán notarse diferencias evidentes entre el New Labour británico, con pinitos liberales y el jacobino-estatal PS francés, por ejemplo, pero eso no impide que paralelamente a confusos intentos de "liberalización" de la economía (como las privatizaciones), el rasgo que domina Europa, es un totalitarismo blando, sin campos de concentración, ni Gestapo-KGB, pero sí con la voluntad burocrática de control de todo por el Estado, ya sea la vida social, política, económica. cultural o privada de los individuos. Es la negación, bajo oropeles "humanistas" de protección, subvención y solidaridad, del derecho a la autodeterminación de los individuos. No reivindico el caos, reivindico la libertad. El caos está más bien en el despilfarro y la incoherencia de las instituciones europeas, por ejemplo. y mientras tanto, se sigue matando en Europa, ayer en Bosnia, hoy en Kosovo, ¿mañana...?

Terminaré preguntando a los marxistas, leninistas o no, ¿por qué en el sangriento enfrentamiento que ha dominado el siglo xx, entre capitalismo y comunismo, ha triunfado el capitalismo? Lefort, desde luego, no responde. Furet sí. El capitalismo, dado por moribundo a principios de siglo, y muy concretamente después de la I Guerra Mundial, ya no tiene prácticamente enemigos en el terreno económico. Hasta los socialburócratas conversan, sesudos, sobre las leyes del mercado. Aquel fin supuesto del capitalismo -debido, sobre todo, a las tremendas repercusiones de la crisis de 1929- pretendió justificar el nacimiento de los totalitarismos, nazi y comunista, pero también del fascismo italiano. Frente al. derrumbamiento previsto del capitalismo cochambroso, la realidad exigía sistemas nuevos, más fuertes, más solidarios, más jerarquizados, más fanáticos, más "machos", vaya, y resulta que son ellas, las "débiles y decadentes" democracias capitalistas, las que han vencido. La democracia parlamentaria tan odiada y despreciada por los totalitarismos, ha resistido y se ha afianzado.

Al finalizar su libro, Lefort ironiza sobre la "quietud de los liberales que ven en la mundialización el desarrollo combinado del mercado y de la democracia". Como si los liberales, sentados en la terraza de sus mansiones y sus casinos, estuvieran esperando el cobro de sus acciones. No veo a qué liberales alude -bueno, en parte, sí-, pero no es ese nuestro liberalismo. El desarrollo del mercado y de la democracia, y por ende, su reforma, exigen una lucha permanente.
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