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La Ilustración Liberal

Estados Unidos

Bush, un pionero en la Casa Blanca

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George W. Bush es el último presidente de una América que probablemente desaparecerá con él. Son los Estados Unidos de mayoría blanca, ya no protestante ni anglosajona pero sí consciente de ser la heredera de un país y unas instituciones creados y mantenidos por blancos protestantes y anglosajones, de origen europeo. Hasta ahora había sido capaz de asimilar las diferencias de costumbres, idioma y religión que habían traído los inmigrantes. La victoria de Barack Obama es la victoria de la diversidad. La antigua mayoría blanca pasa a ser una minoría más y se entra en terreno experimental. Ya no hay una mayoría dirigente, hay un conjunto de minorías.

No sé si Bush y su equipo han sido plenamente conscientes del carácter histórico de su presidencia. Resulta evidente, sin embargo, que a lo largo de los sus dos mandatos y en sus dos campañas presidenciales (2000 y 2004) hubo un esfuerzo consciente por cambiar un curso histórico que ahora, tras el 4 de noviembre de 2008, parece inevitable.

La creación de una nueva mayoría

Desde muy temprano, antes incluso de llegar a la Casa Blanca, Bush se esforzó por construir una coalición social en la que participaran los inmigrantes, en particular los hispanos y los asiáticos, y los negros o afroamericanos. Tuvo éxito con los hispanos, que en las elecciones del 2004 votaron republicano en un 44 por ciento, frente al 35 por ciento registrado cuatro años atrás. No ocurrió lo mismo con los afroamericanos, que siguieron votando demócrata en su inmensa mayoría, como vienen haciendo desde los años sesenta. Aun así, también aquí Bush incrementó su respaldo, de un 8 por ciento en 2000 al 11 de 2004. Este pequeño éxito y el nombramiento, por primera vez en la historia, de dos personas de raza negra como secretarios de Estado (Colin Powell y Condoleezza Rice) indican que Bush nunca se rindió en este punto. Ni siquiera lo hizo con la minoría musulmana. El activista republicano Grover Norquist consideraba que los musulmanes eran votantes naturales del Partido Republicano, y Bush invitó a clérigos de esa confesión a ceremonias celebradas después de los ataques del 11-S.

Bush parece haber querido demostrar que la posibilidad de integración demostrada hasta ahí por los Estados Unidos permanecía intacta, y que el sistema, tal como había llegado a sus manos, podía seguir funcionando. Esa es una de las cuestiones de fondo que se han ventilado en estos ocho años. No ha sido muy bien servida por sus compañeros de partido. Algunos pusieron todo su empeño en movilizar un voto alérgico a la inmigración, lo que ha acabado provocando el retroceso del Grand Old Party entre los hispanos y también entre los asiáticos, que votaron demócrata en un 56 por ciento en 2004 y en un 62 por ciento en 2008. Otras dos minorías, la negra y la musulmana, se han sentido representadas por la figura de Barack Obama, mestizo y nacido musulmán. Son los efectos, menos naturales de lo que parece, del multiculturalismo.

En buena medida, la política de Bush se encaminaba a impedir la ruptura de la unidad del electorado, su fragmentación en minorías dispuestas a prestar su lealtad y su voto a quien les garantice su supervivencia como tales. No lo ha conseguido, y el intento ha dado paso a un experimento de otro tipo: por primera vez preside los Estados Unidos un hombre no blanco que, además, se ha convertido en un símbolo de la diversidad cultural (y no de la unidad que, hasta aquí, ha sostenido la llamada excepción norteamericana). Bill Clinton dijo de sí mismo que era el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos. Con más razón, Obama podrá decir que él es el primer presidente multicultural.

Siendo éste uno de los elementos esenciales que conforman el legado de George W. Bush, la valoración que se haga de él en el futuro dependerá de lo que ocurra con el experimento Obama, que es tanto como preguntarse en qué consistirá.

Una primera hipótesis es que la coalición de minorías cuaje en una mayoría social capaz de mantener el predominio demócrata durante un tiempo suficiente. Eso querrá decir o bien que el experimento multicultural ha tenido éxito y se ha creado una nueva forma social, o bien que las minorías se han acabado disolviendo en una forma renovada de la sociedad. En este segundo caso, Bush, pasada la animadversión de que hoy es objeto, podría llegar a ser considerado un pionero. En el primero, los ataques que ha sufrido, y que en buena parte se derivaban de la idea de pulverizar la cultura que representaba, se prolongarán. Bush se habrá convertido en el último presidente blanco, un arcaísmo reaccionario ya en su momento.

Cabe otra posibilidad. Y es que el experimento multicultural se ponga en marcha y fracase. Una parte de los demócratas llevan intentando crear una coalición de minorías desde principios de los años setenta. Siempre ha sido una alianza volátil, con grandes contradicciones internas. Nunca había conseguido cuajar en una plataforma política. En 1972 se deshizo en la Convención de Florida, en medio del escándalo. Bill Clinton, que iba para presidente multicultural y de hecho halagó la vanidad de las minorías, tuvo que dar marcha atrás en vista del caos que organizó en los primeros tiempos de su presidencia y el resurgimiento de una mayoría republicana en el Congreso. Si ahora la política norteamericana se desliza hacia las reivindicaciones identitarias, con todo lo que eso significará para una sociedad tan homogénea en lo cultural, es posible que se produzca una reacción casi espontánea. La presidencia de Bush, en tal caso, sería contemplada con nostalgia, tal vez casi como un ejemplo.

Consenso y diálogo

A Bush se le ha atribuido muchas veces el vicio de la soberbia, que se habría traducido en unilateralismo y nula voluntad de diálogo. Tal vez la imagen pueda corresponder al Bush comandante en jefe del ejército de los Estados Unidos, comprometido con el derrocamiento de Sadam Husein, el cambio de régimen en Irak y la práctica del nation building en dicho país. Incluso así, se compadece mal con la realidad de su actuación. En materia de política exterior, Charles Krauthammer, ensayista y columnista del Washington Post, ha subrayado la ecuanimidad del presidente en su actuación y en la valoración de los hechos a los que se ha tenido que enfrentar. Tampoco es un hombre pagado de sí mismo. Sabía lo que simbolizaba, en particular para sus adversarios, pero habrá habido pocos presidentes norteamericanos menos arrogantes.

Esa falta de arrogancia se corresponde bien con su voluntad integradora de las minorías, de la que dio muestras ya desde sus años de gobernador de Texas, entre 1994 y 2000. También encaja con su voluntad de articular políticas consensuadas con la oposición, lo que en Estados Unidos se llama bipartidismo. Sirvan de ejemplo la ley educativa No Child Left Behind, que contó con el patrocinio de uno de los caciques del progresismo demócrata: Edward Kennedy, y la ley Sarbanes Oxley, promulgada tras la quiebra de Enron (2001) para evitar el fraude empresarial y proteger a los pequeños accionistas. En algún otro caso aceptó las medidas que se le presentaban, como ocurrió con la ley McCain-Feingold (2002), que ponía límites a la financiación de las campañas electorales, algo a lo que él se oponía sin matices.

En contra de lo que se ha afirmado, las dos presidencias de Bush se han caracterizado por la búsqueda del consenso. Los ejemplos son múltiples, aparte de los ya citados. El más notorio, aunque buena parte de sus protagonistas preferirían olvidarlo, es el del apoyo a la invasión de Irak, que contó con el voto favorable de 297 congresistas (215 republicanos y 82 demócratas) y 77 senadores (48 republicanos y 29 demócratas). Entre esos 297 hay muchos que se opusieron retrospectivamente, cuando las cosas no iban bien. También constituyeron un ejercicio de bipartidismo las medidas para poner remedio a la crisis financiera desde agosto de 2008.

En cambio, Bush no encontró la manera de apuntalar su liderazgo con claridad y decisión. En 2004 consiguió una mayoría pequeña pero histórica. Sus asesores lo publicitaron como el inicio de un realineamiento que daría la hegemonía al republicanismo durante por lo menos dos décadas. Pues bien, ni siquiera logró sacar adelante los proyectos de los que él mismo hizo bandera durante la campaña electoral. Así, la reforma de las pensiones (o de la Seguridad Social) fue torpedeada por unos representantes poco deseosos de acometer una empresa tan impopular en un momento en el que no estaban urgidos por crisis alguna, como dijo con melancolía el propio Bush. Aquel fracaso, que tuvo lugar al principio de su segunda presidencia, dejó al descubierto su debilidad. Luego se distinguió por ser el mandatario que menos vetos ha impuesto a las leyes emanadas del Congreso. Hasta julio de 2006 –es decir, cuando ya habían pasado más de seis años de su llegada a la Casa Blanca– no hizo uso de dicha facultad presidencial; desde entonces sólo lo hizo en doce ocasiones, y algunas fueron prácticamente simbólicas, porque a partir de noviembre de ese año los demócratas contaron con mayoría en las Cámaras.

Bush ni siquiera lo utilizó para impedir las corruptelas de los congresistas. Durante su mandato, la más célebre de ellas fue el "puente a ninguna parte" de Alaska: se iba a financiar con dinero público un puente que comunicara con tierra firme una isla –de nombre español, por cierto: Gravina– de sólo cincuenta habitantes. La falta de un liderazgo consistente es tanto más sorprendente cuanto que Bush, de forma voluntaria, no se mantuvo fiel al conservadurismo norteamericano clásico y rompió con la tradición conservadora. Este cambio parecía requerir una figura y una acción más enérgicas.

El nuevo conservadurismo

Un conservador americano, ha escrito Fred Barnes, cree en tres cosas: en un Gobierno pequeño con impuestos bajos, en los valores tradicionales –entre los que se cuenta la santidad de la vida– y en una política exterior agresiva. Es el modelo de Reagan, Dan Quayle y Gingricht, por ejemplo. No el de Bush. Cierto que éste hizo recortes impositivos, pero siempre ha sido partidario de otorgar un papel importante al Gobierno en asuntos socialmente sensibles, como la educación o la salud.

No ha faltado quien le ha llamado traidor, como el republicano Bruce Bartlett, en un libro titulado Impostor y publicado en 2006. ¿Traidor a qué? Justamente, a los principios del ideario conservador. Durante sus dos mandatos aumentó el intervencionismo, y como se acometieron varios recortes fiscales –Bush siguió en esto el modelo de Reagan– también aumentó el déficit. Con Clinton, el déficit desapareció. Con Bush, y en unos años de prosperidad económica –hasta 2008–, ha alcanzado (ejercicio 2007-2008) la cifra récord de 455.000 millones de dólares.

William F. Buckley hizo una definición célebre del conservadurismo cuando dijo que consistía en gritar "Stop!" al cambio. La política de Bush, incluso su actitud personal, indica que el conservadurismo, para él, debe abrazar y, ya que no impulsar, al menos liderar un cambio que, lejos de representar una amenaza, resulta necesario. Nos encontramos así ante un presidente comprometido, activista e incluso revolucionario. Es lo que se vivía en Washington cuando, al inicio de su segundo mandato, todavía resonaban las palabras que había pronunciado durante su jura del cargo; cuando parecía que, gracias a esa nueva política de apoyo activo a la democracia, se había iniciado una nueva etapa en Afganistán, Irak, Egipto, Líbano, Georgia y Ucrania.

En su propio campo, hubo quien desconfió de lo que llamó "excesos de idealismo". La escritora y periodista Peggy Noonan, por ejemplo, escribió una crítica, por momentos ácida, del famoso segundo discurso de investidura. Ahí empezaron los movimientos que acabaron en la desafección de buena parte de las elites liberales y conservadoras, primero hacia Bush y luego hacia el Partido Republicano, y en el apoyo a Obama. Parte del legado de Bush será, precisamente, esta enajenación del republicanismo de una parte muy importante de unas elites que antes se sentían representadas por él. Bush, como es natural, considera que lo más importante de su legado es, justamente, la liberación de millones de personas que, antes de él, vivían bajo regímenes autoritarios, prácticamente totalitarios.

En cuanto a la política interior, su intento de renovación se manifestó en el llamado conservadurismo compasivo. Las leyes sobre enseñanza y atención sanitaria son fruto de este nuevo conservadurismo, alejado del clásico laissez-faire norteamericano. También hubo medidas en el exterior, como el gigantesco plan de emergencia para el sida, un programa de cinco años de duración, lanzado en 2003, que habrá invertido a finales de 2008 quince mil millones de dólares en la prevención y el tratamiento del sida en África. Bush, con frentes abiertos en Afganistán y en Irak, no podía intervenir militarmente en el continente negro. Como nadie –en particular los europeos– estaba dispuesto a hacerlo, Bush se inclinó por la ayuda humanitaria masiva. Ni que decir tiene que sólo se lo han agradecido los afectados.

El desastre del Katrina, en 2005, pareció en un primer momento demostrar la quiebra del nuevo conservadurismo de Bush. Fue al revés. El presidente lanzó un monumental plan de reconstrucción de la zona de Nueva Orleans que provocó una nueva rebelión conservadora. Aquello parecía salido de la Casa Blanca de F. D. Roosevelt, no de un presidente republicano que se proclamaba heredero de Ronald Reagan. Bush, que sin duda no midió la reacción que podía provocar en sus propias filas, mantuvo sin embargo todas las decisiones adoptadas, por encima de las críticas. Tan de cerca quiso seguir los progresos de la reconstrucción, que su esposa se convirtió en su embajadora personal, y casi permanente, en la zona.

La raíz de este nuevo conservadurismo está en la consideración del poder como una instancia moral. La gran novedad del conservadurismo de Bush reside, precisamente, en que ha colocado la cuestión moral en el centro mismo de la acción política. No se le reconocerá por el momento, pero probablemente sea ésta la parte de su legado que más calará. El triunfo de Obama sobre Hillary Clinton, su actitud y sus mensajes, serían quizás inconcebibles sin esa novedad de la que ha sido responsable Bush.

La consideración moral de la acción política está relacionada, sin duda alguna, con la actitud de Bush ante la religión. Bush se crió en un ambiente metodista. Y volvió a la religión tras una conversación con el pastor evangélico Billy Graham en 1985. Al año siguiente dejó de beber. Bush, hombre religioso, cree sinceramente en los efectos benéficos de la religión en el comportamiento de los seres humanos y en el progreso de la sociedad.

Esta convicción encaja bien con la tradición norteamericana de fundamentación del orden social en un principio trascendente, de orden divino. Pero Bush dio un paso más, aunque no llegó, como se ha llegado a decir, con poco fundamento, a borrar las fronteras entre Estado y religión, una diferencia que también forma parte de las grandes tradiciones norteamericanas. Lo que sí hizo fue intentar utilizar las asociaciones religiosas para fines de reforma social que el propio Estado no tenía capacidad de llevar a cabo. Fueron las llamadas Faith Based Initiatives, unos programas gubernamentales gestionados por organizaciones religiosas que no tuvieron el éxito que Bush esperaba de ellas: naufragaron entre las intrigas internas y la desconfianza de la opinión pública.

Se trataba de una adaptación de lo mismo que Blair había intentado en Gran Bretaña para aliviar el Estado de Bienestar. Ha quedado el fracaso, y también el fondo del asunto. Por una parte, la constatación de que, por muy grande que sea su ambición, el Estado por sí solo no puede responder a las necesidades que se le plantean una vez ha sido aceptada su naturaleza moral. Por otra, la vuelta de la religión al centro de la vida pública (no de la política), después de las vacaciones de los años noventa y tras el desafío del terrorismo islámico. Tampoco se entenderá bien el significado de Obama, con sus indudables rasgos mesiánicos, sin comprender hasta qué punto el gesto de Bush caló en la sociedad norteamericana. En términos estratégicos e ideológicos, ha obligado a los demócratas a tener en cuenta la religión como hacía mucho tiempo que no lo hacían.

La coalición de Bush

El sesgo religioso de la política de Bush se ha atribuido, por lo menos en parte, a los votantes movilizados por su estrategia electoral, en la que los evangélicos desempeñaron un papel primordial. Sin duda es así, en parte. Con su conservadurismo compasivo, Bush intentó un nuevo fusionismo, por utilizar el término clásico con que Frank Meyer, de la National Review, definió la política de Reagan, que consistió en reunir una coalición de liberales clásicos, conservadores fiscales y conservadores sociales. Como ha dicho Fred Barnes en su libro sobre Bush Rebel in Chief, en este fusionismo había algo para todos, o más bien para casi todos, excepto para los llamados paleo-conservadores (partidarios del Estado Mínimo y más próximos a la abstención de Estados Unidos en política exterior).

Los liberales pudieron hacer suyo el gran eslogan de la sociedad de propietarios, lanzado en toda su dimensión en 2004 y con el cual Bush intentó atraerse también a los inmigrantes, en particular a los de origen hispano y asiático. Los libertarios pudieron respaldar la reforma (al final fracasada) de la Seguridad Social, es decir del sistema de pensiones. Todos ellos, junto con los conservadores fiscales, tuvieron ocasión de aplaudir los recortes de impuestos. Y los conservadores sociales, los nombramientos para el Tribunal Supremo, las restricciones al aborto, la política contra la clonación de células y el veto al llamado matrimonio entre personas del mismo sexo. Los neoconservadores se identificaron con un presidente que había llegado con un programa de regeneración interior y se reconvertía en cuestión de horas, tras el 11-S, a la línea de Truman y Reagan.

Este fusionismo, que intentaba conjugar tendencias y elementos contradictorios, tuvo probablemente un efecto contrario al deseado por sus promotores. En vez de unir, provocó grietas en la coalición social que había llevado a Bush al poder. Poco tiempo después de la segunda elección, esa coalición estaba destrozada. Tal vez la presidencia de Bush acabe siendo vista, en contra de lo que se ha afirmado una y otra vez, como un experimento fracasado de centrismo. Un liderazgo no muy sólido habría intentado complacer a demasiados segmentos del electorado, pero no habría conseguido sino una desafección generalizada y una sensación de agotamiento y desgaste de unos presupuestos que, sin embargo, no dejan de aparecer en la retórica del nuevo presidente.

La guerra contra el terrorismo, declarada tras los ataques del 11-S, unificó una coalición demasiado variada. La mala gestión de la victoria militar sobre el régimen de Sadam Husein fue el agente de corrosión más eficaz. Sorprende que, habiendo demostrado Bush tal capacidad de liderazgo en la declaración de guerra al tirano, demostrara tan poca a la hora de conducir la guerra contra el terrorismo en Irak. Sólo la estrategia del general David Petraeus, que respondía a lo preconizado por los neoconservadores, acabó con el desgaste y sacó a Irak de la primera plana de la información.

Aun así, Bush había hecho suya la convicción de que Estados Unidos es "una ciudad en el monte" –célebre expresión particularmente apreciada por Reagan–, levantada para dar ejemplo e iluminar al resto del mundo. Sin entrar ahora en la discusión acerca del unilateralismo de la Administración Bush en política internacional, eslogan propagandístico que no resiste el menor análisis de lo ocurrido en estos años, se abre aquí una incógnita que sólo el tiempo despejará. Si Obama cumple algunas de las expectativas de cambio que le han llevado a la Casa Blanca, Bush, el último presidente blanco, pasará también a la historia como el último presidente que sostuvo la excepcionalidad de Estados Unidos. Y sin embargo, también en este caso es más probable que, una vez remansada la propaganda ideológica, se empiece a comprender que su manera de encarar la guerra desatada por el islamismo contra Occidente abrió el camino a la única forma de derrotar a semejante enemigo. Otra vez, el legado de Bush aparecerá más como el de un pionero, el de alguien capaz de abrir nuevos caminos en un territorio desconocido, con errores monumentales y aciertos históricos, que el del hombre con el que se puso fin a la larga hegemonía liberal-conservadora en la vida política norteamericana.

Eso sí, la presidencia de Bush, terminada con la victoria de un demócrata, abre una etapa de transición en su propio campo que determinará, en buena medida, la forma en que aquél será entendido y apreciado en el futuro.

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