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La Ilustración Liberal

Varia

Una infancia feliz

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Allende los Pirineos

Una tarde de 1936 (sí, sí, no es una errata, 1936, probablemente es octubre) paseábamos Paco y yo por las colinas que rodean Lestelle-Betharram, aldea de los alrededores de Pau, en el centro del Bearn, y donde entonces residíamos toda la familia, allí refugiada, y durante ese nuestro paseo habitual nos cruzamos con un cura, capellán de algún orfanato, o de una escuela, que conducía un reducido rebaño de niños de nuestra edad. Le saludamos, como nuestro padre nos había enseñado a saludar a los curas cuando veíamos a uno, bien fuera en las calles de alguna ciudad o en los senderos de montaña. No recuerdo los detalles de ese peculiar saludo (¿le besamos la mano, o eso se reservaba al anillo de los obispos?), pero el caso es que el cura-capellán se sorprendió agradablemente, y no tuvo la menor duda de que éramos niños católicos. Debido a nuestro curioso acento en francés, nos preguntó de dónde veníamos. "De España", respondimos. El cura –con sotana, pelerine (capa) y boina, no faltaba más– suspiró profundamente y, volviéndose hacia su rebaño, le echó una larga parrafada sobre la tragedia española, en la que los rojos masacraban a los cristianos y obligaban a los pobres niños católicos, como nosotros, a exiliarse. "¡Mírenles bien, y tengan piedad de ellos, porque son pequeños mártires de la barbarie roja!", declaró con énfasis. Claro, ni Paco ni yo nos atrevimos a decir que, en realidad, éramos niños rojos que habíamos huido de la barbarie franquista.

La confusión del bueno (se le supone) del cura, por anecdótica que sea, me parece sintomática: casi todo lo dicho, escrito o filmado sobre nuestra guerra civil, el franquismo y el antifranquismo me resulta igual de confuso y erróneo.

Empezando con la opinión del abate, quien, pese a su equivocación en cuanto a nuestro color político, nos considera mártires por ser niños exiliados, cuando fue todo lo contrario. El exilio fue una fiesta, titulé yo uno de mis libros, y todo el mundo, hasta los mejores, lo consideraron una simpática (o antipática) provocación, cuando no lo era en absoluto. Esta es una de las cosas que me han movido a escribir este artículo, y de paso a denunciar la desmemoria histórica oficial, con su leyenda negra sobre los niños "mártires" del exilio.

Como dije, la familia Semprún se había instalado en un hotelito, requisado, exclusivamente para nosotros, por su propietario, que era el hermano mayor de mi difunto cuñado Jean-Marie Soutou (el único electricista que llegó a ser embajador y secretario general del Quai d'Orsay). Creo que no pasamos más de un mes o dos allí. Las hermanas, las mayores, enseguida se fueron de internas a un colegio de monjas, en Suiza; los tres menores, Álvaro, Paco y yo, fuimos a Ferney-Voltaire; Gonzalo y Jorge, a Ginebra, a pocos kilómetros pero en Suiza. Todo esto tiene una importancia muy relativa, salvo, tal vez, para señalar que, si fue posible, fue gracias a "los equipos de Esprit", movimiento y revista liderados por Emmanuel Mounier, al que mi padre conocía, y con el cual compartía bastantes opiniones. Jean Marie Soutou formaba parte de esos equipos, y entonces seguía siendo electricista, y circulaba a una velocidad vertiginosa, en un pequeño coche Simca, y pocas semanas antes se había personado en Lequeitio, donde nuestras vacaciones fueron interrumpidas –hasta cierto punto– por la guerra civil, para entrevistarse con José María Semprún y Gurrea, para esa misma revista Esprit. El joven Jean-Marie, católico progre, casi proletario, que se presentó en "la casa del puente" con pañuelo rojo, como el minero-dinamitero de la canción, y mi padre se entusiasmaron tanto mutuamente, que cuando don José María fue nombrado encargado de Negocios de la República en La Haya (Países Bajos), le nombró su secretario personal. (Siendo francés, me imagino que no tenía derecho a ejercer un cargo diplomático español).

Ese veraneo en Lequeitio fue el más entretenido que recuerde, mucho más que los anteriores, incluyendo el Sardinero. Mi curiosidad infantil se entusiasmaba con los civiles en armas y, sin entender prácticamente nada, con los "Comités de Defensa de la República" y todo ese ambiente guerrero, mucho más excitante para un niño que el ritual paseo por la playa por las mañanas. Y el frontón de Mendeja por las tardes.

El periplo que me condujo de Madrid a Lequeitio, de Lequeitio a Bilbao, de Bilbao a Pau, de Pau a Ferney-Voltaire, de Ferney-Voltaire a La Haya y de la capital holandesa a los arrabales de París fue una suerte inaudita que en otras circunstancias no hubiera conocido, limitándose mi universo infantil al Retiro y a la misa de los domingos.

Mi estancia en Ferney-Voltaire también tuvo su gracia. Vivíamos los tres peques en una gran casa a dos pasos de la frontera suiza. Su dueño era un intelectual católico norteamericano, un tal Paulding, también colaborador de Esprit, que vivía allí con su madre, gran admiradora de Mussolini, y su mujer, francesa, que fumaba en pipa. No tenían hijos, y sí, en cambio, un perro al que le gustaba comerse las zapatillas y, sobre todo, las cajetillas de cigarrillos. Cuando murió el perro –o perra–, y nosotros estábamos en La Haya, Paulding escribió un artículo en Esprit sobre el entierro de su perro que levantó ampollas metafísicas entre los hermanos mayores: ¿se puede escribir sobre el entierro de un perro, como si se tratara de un ser humano? Me temo que la cuestión no fue resuelta.

Recuerdo cuánto me entusiasmó una inundación, que dio un vuelco al paisaje, y cómo casi provocamos un incendio con uno de nuestros juegos favoritos: bombardear con cerillas encendidas aldeas de papel.

Exilios, no exilio

No soy tan baturro como para no aceptar que, aunque considere mi infancia feliz en ese periodo, no lo fuera para otros. Y, pasando de lo personal a lo social, digamos que no hubo exilio, sino exilios, muy diferentes en todos los sentidos. No se ha dicho nunca, pero los que más sufrieron fueron los niños españoles deportados a la URSS, hasta el punto de que José Díaz, aún secretario general del PCE, antes de que le asesinaran sus camaradas, el 19 de marzo de 1942, escribió varias cartas a las autoridades soviéticas para protestar contra las tremendas condiciones de vida que sufrían los niños españoles en la región de Tiflis (donde Díaz residía)[1]. Como siempre hay clases, en la URSS más que en cualquier otro país, no todos los niños españoles sufrieron el mismo cautiverio, la misma hambre, las mismas enfermedades. Por ejemplo, cuando la esposa de Fernando Claudin, Carmen (he olvidado su apellido), me contaba su infancia y adolescencia en la URSS, parecía un cuento de hadas. Bien sabido es que la fe ciega.

Pero la diferencia más importante entre los diversos exilios, los unos felices, los otros infelices, es de tipo económico y, digamos, ciudadano. La mayoría de los refugiados de 1939 se instaló en Francia y en Argelia; los que lograron llegar a América Latina, o tenían pelas o eran responsables de organizaciones antifranquistas, y fueron éstas las que sufragaron los gastos del viaje. O sea que los albañiles y los jornaleros, por ejemplo, no llegaron a México DF o a Buenos Aires; en cambio los que llegaron no sólo pudieron seguir ejerciendo sus oficios (ingenieros, arquitectos, médicos, catedráticos, periodistas, etc.), sino que los ejercieron en condiciones mucho más favorables, económicamente. Mientras que en Francia o Argelia ningún miembro de una profesión liberal pudo seguir siéndolo, porque para ello se exigía un diploma obtenido en Francia. Ocurre lo mismo hoy, salvo para los ciudadanos de la UE. Y fue así como los médicos españoles refugiados en Francia se convirtieron en enfermeros, los arquitectos en delineantes, los abogados en camareros, y así sucesivamente. (Una leyenda parisina pretende que por los años 20 y 30 del siglo pasado los taxistas eran príncipes o generales rusos, zaristas emigrados. Yo sólo conocí a uno).

Meter, por lo tanto, todos los exilios en el mismo pozo sin fondo de dolor y miseria constituye uno de tantos bulos sobre el tema. Buena prueba de ello es que cuando, en 1945, termina la II Guerra Mundial, y políticos españoles refugiados en América Latina deciden volver a Europa, y concretamente a Francia, para asistir a y participar en el asalto final contra Franco, sus esposas se niegan a acompañarles. Habiendo descubierto en el exilio "el discreto encanto de la burguesía", se negaron a perderlo. Digo "esposas", porque pienso en la primera mujer de Carrillo, que le abandonó por ese motivo, como otras, pero muchos fueron los maridos, o los solteros, que se negaron a abandonar el dulce infierno del destierro.

Primavera de 1937

¿Qué hacía yo en mayo de 1937? Jugaba con el perro, Don Gil, en el soberbio parque de la legación, leía alguna novela robada a los mayores (los niños sensatos odian la literatura infantil), o tal vez, en el coche de Trevijano, cónsul general de España, visitábamos Rotterdam, Amsterdam o cualquier playa holandesa. En todo caso, estaba tan lejos de las calles de Barcelona como un estudiante sueco de la guerra de los bóers.

Y sin embargo, en la historia de nuestra guerra civil, esa semana trágica de Barcelona tuvo más importancia que mis primeras emociones sexuales, digamos, porque constituye uno de los puntos álgidos de la guerra civil, la otra, en el seno del campo republicano. Admitiendo la versión oficial, según la cual la Telefónica, en manos de la CNT, funcionaba bajo "control obrero", o sea, que las llamadas del Gobierno, refugiado en Valencia, a la Generalitat podían considerarse menos importantes que las de un miliciano de la columna Durruti a su novia; admitiendo que ese tropiezo, que acabo de imaginar, fuera cierto, o sólo en parte, y que la Telefónica tuviera sus caprichos, evidentemente, una reunión de los "hermanos proletarios" (UHP), CNT, UGT y demás organizaciones antifranquistas, solidarias, en principio, en la lucha contra el fascismo, hubieran podido, en media hora, y con la ayuda de los ministros anarquistas, zanjar la cuestión. Pero los comunistas y sus aliados catalanistas utilizaron ese nimio pretexto para lanzar una ofensiva generalizada contra la CNT y el POUM, batalla que ganaron, con la colaboración de los ministros anarquistas en Valencia, y que se cobró más muertos en la retaguardia (500) que muchas batallas en el frente contra el ejército nacional. El ya citado Libro negro da una lista impresionante, pero no exhaustiva, de esta masacre entre camaradas antifranquistas. ¿Qué dice de esa guerra fratricida la ley de desmemoria histórica? Nada, como es su obligación.

¿Qué hacía yo mientras tanto, pobre niño exiliado, mártir de los horrores de la guerra? Pues me lo pasaba muy bien, jugaba en el gran parque de la legación, leía los libros que robaba a los hermano a mayores, como Moravagine, de Blaise Cendrars, Piloto de noche, de Antoine de Saint-Exupery, o Arsène Lupin, gentleman-cambrioleur, de Maurice Leblanc, y otras ocupaciones de una infancia feliz.

No sé si mis hermanos mayores aún recuerdan algo de las discusiones políticas que podían tener mi padre y sus amigos, o visitantes, pero yo, desde luego, no recuerdo nada, salvo las discusiones en torno a un libro –o álbum– publicado por las oficinas de Propaganda del Gobierno republicano denunciando en términos ultrarracistas la participación de las tropas moras de Franco en la contienda. Yo, entonces, ni sabía muy bien lo que significaba la palabra racista, pero recuerdo las fotos de mujeres violadas, de cadáveres degollados y de otras barbaridades, y algo recuerdo del comentario que acusaba a Franco de haber utilizado para su guerra sucia tales salvajes moros, que nada tenían de humano. Otro libro desaparecido que podría incluirse en el dossier de la desmemoria oficial.

El señor con bombín

En mi cuarto de atrás, donde escribo estas líneas, tengo una foto de mi padre, con abrigo y bombín, saliendo del Ministerio de Asuntos Extranjeros holandés, donde acaban de darle la Cruz de Oranje-Nassau y una patada en el culo, porque el Gobierno holandés había reconocido oficialmente a Franco, como acababa de hacer el del Reino Unido, país que entonces influía mucho en la diplomacia de los Países Bajos. Debía de ser a principios de febrero de 1939.

Para mí esa foto tiene su salero, por la pinta de furibundo cabreo de mi padre, y también, de forma más personal, o egoísta, porque marca el fin de mi infancia feliz. Tenía 12 años y mi adolescencia apuntaba, y ese mismo año comenzó la II Guerra Mundial.

No voy a negar que esos años de guerra y de ocupación nazi de Francia fueron años difíciles, con penuria de todo y los inviernos más fríos de mi vida, y además sin calefacción. Pero mi egoísmo tiene sus límites, porque fuimos docenas de millones, niños, adultos y ancianos, quienes sufrimos lo mismo –y algunos más– en las diferentes retaguardias, y, aparte del caso patológico de nuestra madrastra, Annette Litschi, que se desplegó con una tal furia paranoica, debido precisamente a dichas dificultades y a dicha penuria nuestras miserias fueron del montón.

Pero ese periodo difícil, sobre el que ya he escrito bastante, desembocó, con la Liberación y el fin de la tremenda guerra, en una gran fiesta. He dicho y escrito en varias ocasiones que tener apenas 20 años y descubrir San Germán de los Prados me parecía más interesante, o en todo caso más entretenido, que descubrir el Gijón a la misma edad. Y la movida de Saint-Germain más divertida que la posterior movida madrileña. Sólo es una opinión personal.

Descubrí el Gijón más tarde, con la peculiaridad de que las primeras veces que fui llevaba en mi bolsillo un pasaporte falso de tornero francés. Lo cual le daba evidente sabor a mi situación.

Es de ese pasaporte falso que quiero hablar ahora, porque fui comunista, o sea cómplice del totalitarismo, y si fui clandestinamente a España fue para participar en el "triunfo del comunismo en el mundo entero", o, si se prefiere, para la extensión por doquier del Gulag. Pero sobre todo, o en primer plano, para la revancha, para que los vencidos de la Guerra Civil se convirtieran en vencedores del franquismo. Y no sabía nada de nuestra guerra civil. Prácticamente sólo había leído los informes del Comité Central y algún libro del agente del KGB Tuñón de Lara.

Desde entonces he tenido tiempo de leer algo más, y lo primero que salta a la vista, lo más indiscutible, sea cual sea la ideología que sustenta las lecturas o las experiencias, es que en la zona roja, o republicana, existió una guerra civil en el marco de la Guerra Civil. He aludido a la batalla de mayo 1937 en Barcelona, pero al año siguiente las tropas comunistas, al mando de Líster, arrasaban Aragón, cuyo consejo era cenetista, fusilando a diestro y siniestro. Hubo batallas campales entre comunistas y anarquistas en Valencia; hubo por todas partes sacas y paseos. Todo ello fue de una violencia inaudita, con una represión sanguinaria, que no se ejercía únicamente contra los franquistas, los curas y las monjas, ni mucho menos, sino que se ejercía "entre camaradas", supuestamente del mismo bando en la guerra civil, y mientras tanto los dirigentes de la CNT, de la UGT, del PCE, del PSOE, etc., formaban gobiernos unitarios, fomentaban crisis gubernamentales, como si sus respectivos militantes no estuvieran asesinándose mutuamente.

Un aquelarre absoluto. Como fue otro aquelarre el proceso del POUM, un proceso ordenado desde Moscú y que sólo canallas como Santiago Carrillo o Antonio Elorza consideran que "respetó la legalidad republicana". ¿Cuándo y cómo Andrés Nin, torturado a muerte y sin sepultura, y los demás dirigentes del POUM rompieron la "legalidad republicana"? ¿Y dónde se escondía tamaña legalidad? ¿Qué tenía de legal encarcelar a los dirigentes poumistas, disolver ese pequeño partido antifranquista, prohibir su prensa, etc.?

Lo siento, pero en el campo nacional, o franquista, no ocurrió nada semejante. Hubo tensiones, problemas, algunas detenciones, pero absolutamente nada semejante a la guerra entre "hermanos proletarios" en la zona roja. Es un detalle que tiene su importancia histórica, y hasta ética.

Esta nuestra tragedia cobra una comicidad siniestra cuando se sabe –yo lo supe muchos años después– que mientras tanto, mientras que los rojos se asesinaban mutuamente, y guerreaban contra los franquistas, en Berlín y en Moscú Hitler y Stalin habían comenzado sus negociaciones secretas, uno de cuyos apartados decía que la URSS debía cesar toda ayuda militar al bando republicano, cada vez más rojo. Si los aquelarres de nuestra historia contemporánea y de nuestra guerra civil son infinitos, esta realidad, negada u ocultada por casi todos, constituye el más absoluto de ellos, y todos los estudios históricos para averiguar quién tenía razón, Negrín o Largo Caballero, la UGT o la CNT, Azaña o Franco, se convierten en vapores calenturientos, puesto que Stalin regaló la España roja a Hitler a cambio de media Polonia, los países bálticos y demás concesiones territoriales. Sin hablar aquí y ahora de la estrecha colaboración de sus policías secretas.

Para volver –y concluir– con mi infancia feliz, y la fiesta del exilio, me temo que, consciente o inconscientemente, muchos consideren que abandonar su aldea, su patria chica o su patria grande es siempre una desgarradora tragedia. Como si mirar la misma calle, o los mismos prados, a lo largo de toda la vida fuera la verdadera felicidad. Menos mal que no es así, porque si así fuera no hubiéramos conquistado América.



[1] Le livre noir du communisme, p. 384. El capítulo sobre España es bastante flojo. Desde luego, se denuncian muchos crímenes comunistas en la zona roja, pero no sacan la menor conclusión política de los acuerdos secretos entre Hitler y Stalin sobre España.

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