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La Ilustración Liberal

Reseñas

En la expresión 'monopolio legítimo de la violencia' la palabra clave es 'violencia'

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Desde principios de siglo XX la preocupación política, social y metafísica por la violencia como núcleo constituyente de la sociedad ha encontrado en los autores de ámbito germánico un lugar privilegiado. Pesimistas antropológicos por naturaleza, aunque habitualmente trágicos y activos, en Germania y su órbita de influencia siguen estado preocupados por la raíz del mal, como muestran los últimos libros de Peter Sloterdijk (Ira y tiempo) Hans Magnus Enzensberger (El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror), Slavoj Zizek (Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales) y Tzvetan Todorov (Frente al límite); por no mencionar los ya clásicos de Elías Canetti (Masa y poder) y Hannah Arendt (Sobre la violencia).

Menos conocido pero increíblemente atractivo cuando uno se sumerge en su prosa cortada a navaja es el catedrático de Sociología Wolfgang Sofsky, cuya obra en España ha sido traducida parcialmente. En Libertad Digital hice la reseña de su última publicación, Defensa de lo privado[1], en la que defendía una concepción activa de la intimidad y la privacidad frente a los poderes establecidos, intervencionistas y antiindividualistas del Estado omniabarcador y las empresas volcadas al monopolio. En sus dos obras anteriores publicadas en España, Tiempos de horror. Amok, violencia, guerra (2004) y Tratado sobre la violencia (2006), analiza con detenimiento el fenómeno crucial de la constitución y la legitimidad del contrato social en su versión contemporánea.

Si hay algo que siempre me ha parecido insuficiente del planteamiento liberal, el que arranca de Locke en el plano político y de Smith en el económico, es su ingenuidad acerca del estado de naturaleza, derivada de un optimismo antropológico que les hace creer cosas como la que sigue, que tomo del principio de la Teoría de los sentimientos morales de Smith:

Por muy egoísta que se suponga que es el hombre, es evidente que hay en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la fortuna de los demás, y hacerle necesaria su felicidad, aunque nada derive de ella si no es el placer de verla (...) Este sentimiento (...) el mayor rufián, el violador más endurecido de las leyes de la sociedad, no carece completamente de él.

Por el contrario, Sofsky comienza su Tratado sobre la violencia bajo la influencia pesimista, negra y trágica de Hobbes y su "bellum omnium contra omnes":

Cuando todos los hombres eran libres e iguales, nadie se sentía seguro ante los demás. La vida era breve, y el miedo inmenso. Ninguna ley protegía a nadie de la agresión. Todo el mundo desconfiaba de todo el mundo, y de todo el mundo tenía que protegerse. Pues aun el más débil era lo bastante fuerte como para herir o matar al más fuerte, a traición o en confabulación con un tercero.

Pero, a diferencia del filonazi Carl Schmitt, Sofsky no va a derivar de este lúgubre planteamiento una apuesta por el poder absoluto, sino un planteamiento abiertamente libertario de sospecha y denuncia de ese poder total y de sus pretensiones de legitimidad.

Por el contrario, en la visión lockeana el estado de naturaleza es esencialmente pacífico: la paz es posible porque predomina la buena voluntad y la asistencia mutua. De esta benéfica situación se sigue que los seres humanos poseen una serie de derechos morales absolutos, como son los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad privada.

Aunque es cierto que Adam Smith matizó su inicial optimismo antropológico en La riqueza de las naciones, al admitir un comportamiento egoísta –pero ilustrado y pragmático–, no es menos verdad que el liberalismo ha tenido su talón de Aquiles en un wishful thinking que le hacía creer en una benevolencia excesiva en lo relacionado con la tendencia al mal del ser humano. Porque incluso el egoísmo ilustrado de Smith se podría describir más como un amor hacia uno mismo que como un odio hacia los demás.

Schmitt se burlaba de los liberales anglosajones por su incapacidad para decir algo acerca de la guerra, fenómeno que para el alemán, en la senda de Hobbes, es la esencia de la política. Al fin y al cabo, ¿qué es la política si no es la continuación de la guerra por otros medios? Pues la mayoría de los liberales no parecen haberse enterado (o no han querido enterarse).

Para eso, para embadurnarnos de los detritus de las cloacas del poder, dándonos un baño de sucio realismo, tenemos Tiempos de horror. Amok, violencia, guerra, que comienza con un aforismo del propio autor:

Para eliminar la violencia del mundo habría que desposeer a los hombres del don de inventar.

Lo que nos retrotrae a la visión del escritor del Génesis que atribuía todos los males que padecía la humanidad a haber caído el hombre en la tentación de morder del fruto del árbol del conocimiento. El Paraíso es la descripción del más íntimo secreto del ser humano: un estado de no violencia, de no dolor. Al este del Edén, al otro lado de la frontera, comienza la maldición: "Parirás con dolor". Un poco después Caín inaguró la tercera profesión más antigua, tras las de ganadero y agricultor: la de asesino.

Dividido en cuatro partes, la primera se titula, precisamente, "Al otro lado de la frontera", uno de cuyos epígrafes reza: "El Paraíso de la crueldad". A partir de ahí, el libro, como la serie cinematográfica Saw, es una apoteosis de crueldad, terror, guerras, persecuciones, atentados, razias, muertes, combates, asedios, huidas, ocupaciones, agresiones, cargas, heridas, baños de sangre, profanaciones, represalias, horror y olvido. El punto de vista analítico es, y está impregnado de una extraordinaria lucidez expositiva y de una fría incandescencia expresiva. Lo que aquí tenemos es una panorámica de los hechos criminales a través del ejercicio académico de diferenciación de las diversas formas sociales de ejercer el terror.

La referencia a la saga cinetográfica Saw no es gratuita, porque es precisamente el análisis exhaustivo de Sofsky lo que puede hacer entender el atractivo que tiene entre el público una exhibición tan pornográfica de la destrucción sanguinolenta del cuerpo humano, una catarsis respecto a los instintos sádicos que aún conservamos como memoria de la especie.

El subtítulo de esta obra es "Amok, violencia, guerra", donde el término amok hace referencia a lo que según la OMS es un

episodio aleatorio, aparentemente no provocado, de un comportamiento asesino o destructor de los demás, seguido de amnesia y/o agotamiento. A menudo va acompañado de un viraje hacia un comportamiento auto-destructivo, es decir, de causarse lesiones o amputaciones llegándose hasta el suicidio.

Este arrebato de locura homicida consiste en un rapto de violencia desmesurada sin aviso previo. Pero, como apunta Sofsky, lo que Occidente ha tratado de conjurar y exorcizar como un simple y accidental cortocircuito mental forma parte en realidad de un espectro cultural mucho más amplio, en que la conducta amok no sólo no es algo excéntrico y anormal en el desarrollo humano, sino que es una cuestión central. Al fin y al cabo, amok –término tomado del sur de la India o de Malasia, como si en Occidente no se quisiera ni nombrar– es lo que tenían entre ceja y ceja los guerreros griegos que cayeron ante las murallas de Troya y a los que cantó Homero.

Sofsky analiza con precisión cómo el Estado, devenido monopolizador legítimo de la violencia –la única duda recae en el segundo término, los otros dos son meridianos y cristalinos–, se dedica a investigar a sus "súbditos", no en vano "el sueño del poder es el archivo total en que están recogidos todas las inclinaciones y actos". Lo que sintetizaría Michel Foucault en el título de una de sus obras más famosas: Vigilar y castigar.

Y aunque la exposición de Sofsky tiene una altura olímpica, desde la que trata problemas globales, se capta lo profundo y sutil que resulta su análisis en párrafos que podrían haber sido escritos al calor de algunas polémicas sobre la violencia que vivimos en España. Por ejemplo, sospecho que les vendrá a la cabeza la misma cuestión de rabiosa actualidad española cuando lean este párrafo:

El perdón no pocas veces requiere generosidad, grandeza moral, superación de uno mismo; el olvido, simplemente una memoria de muy corto plazo. Sin embargo, hay atrocidades que no se pueden perdonar. Los pecados veniales, los errores y faltas de la vida cotidiana merecen ser olvidados, el crimen no. Las equivocaciones son fruto de la ligereza del que olvida, de su descuido, su inadvertencia. El crimen, por el contrario, se comete con premeditación y planificación. El criminal sabe de la prohibición de antemano. No es una persona que vive sólo en el presente, pues actúa con memoria y conocimiento de causa. El asesinato, por consiguiente, no permite la absolución. Nunca pasa al olvido. La muerte interrumpe la continuidad de la vida social. La muerte rompe el tabú sobre el que se basa todo lo social: el tabú de matar.

En cuanto a Tratado sobre la violencia, su forma es la del panfleto, dividido en doce capítulos cuyos títulos nos permiten una panorámica comprensiva del recorrido de la obra: 1) Orden y violencia; 2) El arma; 3) Violencia y pasión; 4) La violencia, el miedo y el sufrimiento; 5) La tortura; 6) Los espectadores; 7) La ejecución; 8) El combate; 9) La caza y la huida; 10) La masacre; 11) La destrucción de las cosas; 12) Cultura y violencia.

Con sentencias aforísticas que caen sobre el lector como una tormenta de metralla de acero, la rapidez de la expresión se combina aquí con el brillo fenomenológico de un contenido más mostrado que analizado. A voleo, se podrían extraer frases que podrían servir para un cartel anunciador de una entrega de Saw: "La violencia absoluta es una experiencia de libertad ilimitada"; "Cuando ninguna convención limita los actos, los abusos son posibles en todo momento"; "Sin la protección de la espada no hay contrato posible".

La idea central del opúsculo es que el cemento que mantiene unida a la sociedad no es un impulso irresistible de sociabilidad ni las necesidades de la división del trabajo. Es la experiencia de la violencia y el temor a los demás. Una violencia que emerge de forma natural de la libertad absoluta que se disfruta en el estado de naturaleza. Pero, y aquí reside la clave de su argumentación, la violencia no se crea ni se destruye. Siempre está ahí, y lo que llamamos violencia no es sino una mutación de la misma que la deja intacta aunque más o menos camuflada, enmascarada. Esa violencia en forma de mutación tiene su última manifestación en la forma en que el Estado se presenta a sí mismo como monopolio legítimo de la violencia y pretende el total control sobre la misma. Desde esta consideración se entiende en profundidad la defensa que se hace en los Estados Unidos del derecho a portar armas sin la injerencia del Estado, que no podría ser, obviamente, juez y parte en la cuestión de la violencia originaria.

De ahí, del monopolio de la violencia, sea legítima o no, surge la pretensión de regulación total, de vigilancia absoluta, de transparencia omnisciente. Un sueño de orden definitivo a fuer de totalitario del que Sofsky nos ayuda a despertar. Si todavía no es tarde.

Wolfgang Sofsky, Tiempos de horror, Siglo XXI, Madrid, 2004, 244 páginas.

Wolfgang Sofsky, Tratado sobre la violencia, Abada Editores, Madrid, 2006, 226 páginas.



[1] Wolfgang Sofsky, Defensa de lo privado, Pre-Textos, Valencia, 2010, 220 págs. Mi reseña está disponible en http://libros.libertaddigital.com/rebelion-contra-el-poder-1276238510.html

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