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La Ilustración Liberal

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Qué significa Israel para mí

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El pueblo judío siempre vivió aferrado a una noción romántica de la normalidad. Preguntado recientemente por su rasgo más distintivo, el notable rabino Adin Steinsaltz respondió, recordando al converso Heine, que los judíos buscan ser como los demás, salvo que buscan serlo aún más que los demás. Groucho Marx no disentía al negarse famosamente a integrar las filas de cualquier club que le aceptase como miembro.

Si se entiende esta dulce ironía como la raíz del humor judío, el Estado de Israel probablemente sea su fin, o el principio de su fin. En un mundo en que las gentes se conocen y parecen cada vez más, el judío de la diáspora y el del estado judío se conocen y parecen cada vez menos. Años después de emigrar de Praga a Tel Aviv, Max Brod supuestamente dijo de su nueva y calurosa patria: "Israel es un país pequeño, y yo no soy patriota".

El israelí se detiene cada vez menos en su judaísmo como diferencia. Esa era la idea –Bialik auguraba un país con ladrones judíos y prostitutas judías–. Ciertamente, carece el israelí de toda conciencia del judío como categoria social, tan determinante en la diáspora. Su sentido de minoría lo vive en un contexto político regional, y estimo que cualquier sentido de minoría cultural o religiosa lo percibe mayormente como subsidiario. La religión se entronca de manera ambigua en la historia del estado. Con el afán de no excluir o discriminar, se hizo lugar a la injerencia rabínica en asuntos civiles (régimen alimenticio en el ejército, matrimonios, entierros). Pero, en realidad, cuanto más observante es el ciudadano, menos le representa su condición de israelí (el ultra-religioso está eximido de servir en el ejército del país que le proteje), y hay que decir que el estado fue fundado y aún persiste como entidad escencialmente secular, dedicada a recibir al judío y a emanciparlo de toda atadura, aun la religiosa, que lo hubiese condenado en la diáspora a una identidad postrada y servil.

La relación entre el israelí y el judío de la diáspora ha sido tan emocional como utilitaria desde el comienzo, pero los acentos han ido variando con los años. En un principio, el israelí se le aparecía a la diáspora como un símbolo de autenticidad virginal, nombrando las cosas en renovada lengua bíblica. Le parecía rústico y parco, pero erecto y directo. Encontrar tal afirmación en un retazo de tierra desértica, con refugiados variopintos, milagrosamente diestros en las armas y la tierra, antes vedadas, suscitó en la diáspora –especialmente luego del Holocausto– un orgullo parasitario y permisivo. Mientras muchos judíos lograban reponerse de la guerra sólo dando la espalda a sus orígenes, apoyar a Israel presentaba una oportunidad distinta: cerrar el capítulo más abyecto y empezar el más glorioso. Cumplir con el mandato solidario y asociarse a un vigor y unos méritos nuevos dotaban a la diáspora de un antídoto contra complejos viejos.

Era natural que primara la psicología sobre la ideología. Podía uno ser capitalista en Nueva York y sin embargo sancionar la creación de granjas colectivas en Israel, ser la víctima arquetípica del nacionalismo y sin embargo defender el derecho a poblar desde donde fuera un nuevo estado-nación, condenando a los del lugar a ser nación ajena y marginal dentro de ese mismo estado. Las atrocidades del anti-semitismo europeo legitimaban en Medio Oriente los hábitos mentales del asedio y la supervivencia, reforzados por la resistencia árabe, que sin embargo era de tinte y motivacion distintos. Se justificaba la incondicionalidad.

Por contrapartida, el israelí veía a su aval en la diáspora como un individuo mundano pero rezagado, cuando no malogrado. La paródica fe en sí mismo que suele exhibir el israelí es una exigencia de sus circunstancias. Tal vez porque el desafío de su estado nunca dejó de ser en gran medida demográfico, en un principio sostuvo que la única manera de ser cabalmente judío era emigrando allí y haciéndose israelí. Le costó entender (todavía le cuesta) que es tan útil para el estado un judío poderoso e influyente fuera de Israel como un inmigrante nuevo en su ejército o en sus start-ups. Por otro lado, el estado y la sociedad israelíes (las universidades, las ONG, el mismo ejército) nunca fueron tímidos a la hora de extraer una suerte de renta por el orgullo que dispensan a su diáspora, que la sigue pagando con gusto y más orgullo en forma de donaciones y apoyo político.

Ni bien sintió holgura económica, el israelí se abandonó a viajar por el mundo con la curiosidad insaciable de quien se ve enjaulado en un vecindario hostil. La nostalgia por la heredad de sus antepasados, otro lujo entrañablemente advenedizo, le llevó a encontrar y visitar parientes lejanos.

Hoy, el israelí no es resueltamente oriental ni, para el caso, occidental. Más híbrido que síntesis, se muestra de a ratos aprendiz del uno y de a ratos del otro, en ese mundo entusiasta pero improvisado de hummus y rascacielos. Los detractores quieren ver en estos remedos un injerto tóxico, ciego en su ocupacion colonialista. Los simpatizantes quieren ver la redención de un pueblo antiguo afirmando en su tierra milenaria, pese a su pasado cruel y su presente azaroso, valores pluralistas y democráticos con vitalidad e inventiva –Borges diría "precioso como un león al mediodía".

Pero esta clase de loas a Israel van sonando cada vez más cansadas por el mundo. No es que sean inmerecidas, pero son selectivas, un poco simplistas, ciertamente parciales y, ante todo, no conducen a nada, salvo en el más corto plazo. Tienen algo de desesperado, y cuando tachan de antisemita cualquier crítica punzante al estado judío tienen mucho de irreal e injusto. Convencen a quienes ya responden a sus reclamos emotivos, mayormente judíos de la generación de la centellante victoria de la Guerra de los Seis Días, que tanto más cambio del esperado, malo y bueno, trajo. Entre los gentiles (exceptuando a los evangélicos, con su particular celo teológico), los amigos tradicionales de Israel observan con resignación una suerte de pacto de silencio, sustentado más que nada por la persistente e hipócrita intransigencia del mundo árabe, que le es menos afin aún. Ante la aparente necesidad de Occidente, en nuestros caldeados tiempos, de enamorarse de cualquier corriente nueva en el mundo árabe que se asemeje a una democracia, ¿qué cabe esperar de un Israel que sigue remitiéndose a las recriminaciones de siempre, con la intensidad emocional de siempre?

Sin duda, los éxitos de Israel han tenido un gran costo, y no sólo para los palestinos. Ha sufrido el prestigio de Israel ante las naciones, pero también, crucialmente, ante la diáspora. La ocupación desembocó necesariamente en hábitos autoritarios y, paradójicamente, en todavía un mayor énfasis en la seguridad del estado. El idealismo se volvió más tribal y luego se fue perdiendo casi del todo entre la ciudadanía, desapareciendo de la clase política, hoy famosamente oportunista y bastante corrupta, dentro de su bizantino sistema de partidos. El laborismo que construyó el estado cedió su primacía a segmentos más dogmáticos y desproporcianadamente influyentes del electorado, entre otros el religioso de los asentamientos y el de la población soviética absorbida en los 80 y 90, en todo dispares menos en su común intransigencia. Sufrieron los derechos de las minorías árabes y la separación de la religión y el estado.

Las nuevas generaciones de la diáspora, que no han visto a Naser en sus televisores pero sí merkavaspasearse por el Líbano, caterpillars demoliendo modestas viviendas palestinas y apaches vigilando manifestaciones de violencia rudimentaria, entendían las amenazas del terrorismo pero no compartían con sus padres el mismo sentido de asociación fraterna. Cuanto más próspero y parecido es el israelí a la diáspora en sus modas y modales, más enfocado parece en su mera supervivencia y menos ideales comparte con aquélla. Israel, concebido para garantizar por siempre la seguridad del pueblo judío, se ha convertido en el sitio donde más peligran vidas judías por ser judías; y las hace peligrar más también en el metro de París y en las calles de Malmoe.

Para cimentar el desencuentro, la diáspora pregunta a los israelíes cómo se atreven a traicionar los ideales de antaño, y los israelíes preguntan a la diáspora cómo se atreve a criticar a la distancia, jugándose sólo una merma de prestigio entre los gentiles. "Luz de las naciones", dirá Isaías, pero a la dura luz de la realidad no hay derecho a exigir a Israel que sea ni más ni menos que cualquier otro país, dicen los unos. Si de normalidad se trata, ya tenemos Manhattan, Chicago o Los Ángeles: lo que apoyamos debe ser una causa, dicen los otros.

La reticencia de Israel a ceder en su negociación de paz es racional y hasta razonable. Ante un enemigo que no parece avenirse a reconocer la legitimidad de un estado judío, ¿a qué sacrificarse desde una posición de fuerza? ¿Acaso las retiradas del Líbano y de la franja de Gaza, para los israelíes experimentos germinales con la paz, no fueros retratadas por los beneficiarios como derrotas que sólo confirmaban las virtudes de la resistencia armada? ¿Para qué dar un palmo a quien anuncia que va a por todo? ¿Y por qué no sospechar también de quien no lo anuncia pero parece actuar en ese mismo sentido, negándose por lo pronto a reconocer, como aún lo hace la Autoridad Palestina, a Israel como estado judío?

También es entendible la reticencia palestina a ceder en estos asuntos, muchos de los cuales responden más a ansiedades demográficas del pueblo judío que a otra cosa. El estado de Israel es el estado judío. Lo es de hecho, a expensas parciales del derecho al retorno de los refugiados palestinos, más allá de lo que puedan los palestinos hacer al respecto. ¿A qué esperar que, además de tolerar ese resultado, deban los palestinos celebrarlo como sionistas? ¿Y acaso no depende exclusivamente de los israelíes hacer de Israel un estado judío, si así lo logran, poblándolo, siendo más una oportunidad que un derecho? ¿Se puede acaso pedir a los palestinos que acepten el estado judío sobre bases que excedan el mero pragmatismo? ¿Y han hecho realmente los israelíes todo lo posible por estimular ese pragmatismo?

Mientras las partes se demoran en responder estas preguntas, el tiempo corre en contra de Israel. Podrá Israel alegar que la violencia no es su estrategia y que ésta le es impuesta por el enemigo, que se dedica a colapsar en sus brazos sin hablarle. Pero el costo creciente de cualquier conflicto lleva a preguntarse hasta qué punto merece la pena. Para los israelíes, que a esta altura son de allí y de ninguna otra parte, la merecerá siempre. Pero debe merecerla también para cuantos sea posible entre todos aquellos que apoyan, convalidan y legitiman al estado de Israel. Esta base de apoyo se ha ido restringiendo a la derecha del espectro político internacionalmente, y en casa del amigo clave, los Estados Unidos, se ha ido restringiendo, al menos en su versión más incondicional, también a una base cada vez más parcial, ya sea la derecha o, dentro de la esencial comunidad judía, su porción más ortodoxa en términos religiosos, y la más anciana y evanescente.

El consenso político en Israel mismo, incluyendo la flor y nata profesional de Tel Aviv, se ha corrido notablemente a la derecha a la hora de formular concesiones en el proceso de paz, y se niega a ver lo aislado que está su país internacionalmente. Se entera de los vergonzosos dobles raseros de la ONU y las condenas de su Consejo de Seguridad, y descuenta que está en el destino de Israel ser discriminado. Entre tanto, la Autoridad Palestina, forzada a distinguirse de Hamás, viene aprendiendo a distanciarse del maximalismo tradicional y actúa con un realismo lógico y constructivo digno de Ben Gurión. Salam Fayad dice estar dispuesto a presentar inminentemente, con el patrocinio del Cuarteto, las instituciones que harían viable, y por ende inapelable, un estado palestino.

Me desvela la imagen de un pequeño estado que, con desidia y ceguera triunfalista, deja correr los años hasta convertirse en una suerte light de rogue state, apalancado tan sólo en grupos marginales, sea una derecha dogmática, religiosos mesiánicos o simples personajes acomplejados, todos ávidos de gestas vehementes, complaciéndose con el espectáculo de un Israel beligerante y soberbio, mientras la diáspora y sus viejos aliados se desentienden como de un primo loco.

¿Qué significa entonces Israel para mí?

Israel aún significa una conmovedora oportunidad milenaria. Creo que su aspiración nacional sigue siendo lícita –si lo pudo ser alguna vez, lo seguirá siendo siempre–. Pero esa aspiración debe permanecer viable, y esto sí que es mera contingencia histórica. Está en Israel el saber aprovecharla.

Su aspiración territorial y nacional se superpone en gran medida con la de otro pueblo, el palestino, a quien ha insistido en ver como una sátira de su propia victimología. A su vez, los palestinos han visto en esto el impasible abuso de un usurpador con mejores padrinos que los suyos. Esto los ha cegado con un odio suicida.

Es éste un conflicto que trata de mucho más de lo que las partes reclaman. Es una puja entre Oriente y Occidente, el Norte y el Sur, la paz y la justicia, el progreso y la dignidad. No hay quien se aproxime a él, sea judío, musulmán o gentil, que no se sienta involucrado: política, ideológica, económica, psicológicamente. Israel se siente solo, pero no puede ignorar estas realidades y debe entender que para sobrevivir debe superar su resistencia a conceder lo que haga falta para estar más acompañado.

La solución ideal está en la convergencia que la modernidad haga naturalmente posible entre esos dos pueblos. Pero, de producirse, sería en un tiempo que no queda. Entre tanto, Israel controla por la fuerza una situación de hecho que no es sostenible ni legal ni físicamente salvo pagando el precio de la desvirtuación. Ese control debería aprovecharlo para ofrecer, con menos vanagloria y estridencia, con más humildad y agradecimiento, una paz justa y hasta generosa.

No debe sacar partido de su poderío, ya que la historia de su pueblo, si algo le enseña, es que es transitoria. Los retazos de territorio que ceda igual no desaparecerán. Vivió ya milenios el pueblo judío sin poseerlos, y en esos milenios se cubrió de glorias distintas, más espirituales que terrenales. No hay piedra ni lugar alguno que justifique comprometer esas glorias (ni la misma Jerusalén ni, mucho menos, cualquier asentamiento ilegal, por más inconveniente que resulte el desmantelarlo). No le cabe a Israel comprometer el espíritu de su pueblo, y la diáspora, que lo comparte, está para ser oída cuando lo recuerda, sin esos regodeos excesivos que le quitan realismo y fuerza.

Debe especialmente Israel reconocer la porción de responsabilidad que le corresponde en el sufrimiento de los palestinos, hacerlo sin temor ni cálculo, por principio y con el respeto de quien conoce sufrimientos parejos. Son los hechos. La verdad, tarde o temprano, tiende a descubrirse, y cuanto antes se la admita, mejor nos hace. Es la base de cualquier reconciliación y paz duraderas.

No hay garantía alguna de éxito en esto, y los riesgos de conducirse así son, francamente, muy altos. Pero, de no intentarlo, el fracaso se me aparece como seguro. Por eso no soy incondicional. Para que sobreviva una tribu debe sobrevivir el hombre. Perdería Israel primero mi apoyo activo y eventualmente (espero que nunca) mi simpatía. De llegar a eso, lo vería como algo trágico, pero también como algo acorde con la historia de mi pueblo, regada de destierros, y, por lo tanto, quiero creer, como algo no carente de sentido, por más recóndito que sea.

Número 47

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