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La Ilustración Liberal

Diez años que cambiaron el mundo

Al concluir mi estancia de dos años y medio en Harvard acepté una invitación como visiting professor de St. John's (Minnesota) para el otoño de 2001. Como estaba previsto, a mediodía de aquel 11 de septiembre entré en el aula para impartir clase de Civilización Hispánica. Me esperaba una treintena de estudiantes en absoluto silencio. El tema programado para ese día era la influencia de la civilización islámica en España. Por supuesto, no hablé de ello, ya que mis estudiantes estaban mudos, en un auténtico estado de shock, algunos incluso con los ojos lacrimosos.

Como ellos, aquella mañana me había desayunado viendo en directo por televisión el ataque a las Torres Gemelas.

En la introducción al curso, una semana antes, había comentado la tesis-marco sobre el choque de civilizaciones de Samuel P. Huntington (1992), que venía a corregir la visión excesivamente optimista o triunfalista del fin de la historia de Francis Fukuyama (1989) y que mostraba su eficacia explicativa en, por ejemplo, los conflictos derivados de la desintegración de la antigua Yugoslavia, entre croatas católicos, serbios ortodoxos, albano-kosovares musulmanes, etc. La tesis de Huntington tenía precedentes académicos diversos; para empezar, en James Burnham (v. su perspicaz previsión en The Struggle for the World, 1947) y varios autores de los años cincuenta (A. Toynbee, P. Sorokin, L. Pearson...), y más recientemente en Bernard Lewis (1990). Incluso –de una forma políticamente expresiva y dramática, por sus connotaciones estratégicas– en el testamento secreto del presidente pakistaní Zulkifar Ali Bhutto, que escribió horas antes de ser ejecutado, el 4 de abril de 1979:

Estábamos en el umbral de la total capacidad nuclear cuando dejé el gobierno y me trasladaron a esta celda de muerte (...) Las civilizaciones cristiana, judía e hindú tienen ya tal capacidad. Los poderes comunistas también. Solamente la civilización islámica estaba sin ella, pero tal situación va a cambiar...

La cita está tomada de la documentada e inquietante obra de Adrian Levy y Catherine Scott-Clark Deception (2008), que cobra de nuevo actualidad en 2011, tras la Operación Gerónimo de localización y ejecución in situ de Osama ben Laden, que se hallaba escondido en Pakistán, presuntamente al ampato de ciertos sectores del ejército y la inteligencia militar pakistaníes, como precisamente habían anticipado expertos como... los autores mencionados.

El ataque terrorista del 11 de Septiembre, con sus cerca de 3.000 muertos, fue siniestramente similar al Día de la Infamia, el ataque japonés a Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941. La diferencia es que en este último caso se trató de un ataque militar con víctimas casi exclusivamente militares, mientras que lo del 11-S fue un ataque terrorista con víctimas casi exclusivamente civiles.

Aquel septiembre, Estados Unidos sintió una tremenda vulnerabilidad, una impotencia extraña para una nación consciente de ser una gran potencia. El 11-S fue el primer ataque terrorista a gran escala en territorio norteamericano, nada comparable a la incursión de la banda mejicana de Pancho Villa en la ciudad fronteriza de Columbus (Nuevo México) el 9 de marzo de 1916, que produjo 15 muertos (civiles y militares) y múltiples heridos entre la ciudadanía; algo también distinto a los numerosos atentados y crímenes políticos que han jalonado la historia norteamericana: ahí están los magnicidios de Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy, y los asesinatos de Anton Cermak, Huey Long, Medgar Evers, Malcolm X, Martin Luther King, Robert F. Kennedy, etc. Por cierto, el asesinato del senador Kennedy, perpetrado por un terrorista palestino cuyas verdaderas motivaciones siguen siendo un misterio, tuvo lugar en 1968, precisamente el mismo año en que la OLP inició su larga y sangrienta carrera de terrorismo internacional con el secuestro de un avión de la compañía israelí El Al. (En este sentido, no debe olvidarse que la principal motivación del cerebro y planificador del 11-S, Jalid Sheij Mohamed [JSM], fue el apoyo de los Estados Unidos al sionismo y a Israel: v. The 9/11 Commission Report, p. 147).

El prestigioso académico Bernard Lewis escribió, al hilo de los trágicos acontecimientos de hace diez años: "La indiscriminada matanza del 11 de septiembre de 2001, cuidadosamente planeada, abrió una nueva fase en las relaciones entre Oriente y Occidente"; nos recordaba así las palabras de Osama ben Laden de febrero de 1998, cuando proclamó la yihad en nombre del Frente Islámico Mundial: "Durante más de siete años, los Estados Unidos han ocupado las sagradas tierras del Islam en Arabia (...), agrediendo a los vecinos pueblos islámicos". Estas últimas palabras, según el profesor Lewis, eran una clara referencia a la guerra de Irak de 1991 (v. "Afterword", What Went Wrong? The Clash Between Islam and Modernity in the Middle East, Harper, Nueva York, 2002, pp. 163-164).

A diferencia de las dos mayores crisis vividas por Estados Unidos en el siglo XX, la de Pearl Harbor en 1941 (inteligencia incorrecta-enemigo racional) y la de Cuba en 1962 (inteligencia correcta-enemigo racional), la del 11-S presentaba el peor escenario posible: inteligencia incorrecta-enemigo no racional. Las primeras palabras que pronunció el presidente Bush (otros autores se las atribuyen al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld) tras constatar la auténtica dimensión del desastre fueron: "We're at war", y pocos días después añadiría: "This is Civilization's fight. We ask every nation to join us". La auténtica revolución tectónica que, en términos estratégicos, significó la Doctrina Bush como respuesta al 11-S (retormo al unilateralismo, definición del enemigo terrorista y sus aliados, empleo de ataques preventivos, gran estrategia democratizadora de Oriente Medio, etc., que ha conducido a Estados Unidos a dos guerras inacabadas y posiblemente inacabables) ha sido exhaustivamente examinada y criticada; una buena síntesis al mismo tiempo equilibrada nos la ofrecen Steven W. Hook y John Spanier en los capítulos finales de su obra American Foreign Policy Since World War II (CQ Press, Washington DC, 2007).

Aunque la literatura sobre el 11-S, Al Qaeda, el yihadismo y la guerra global contra el terrorismo es ya considerable, la mejor obra para abordar su análisis objetivamente, y de entrada eliminar muchos tópicos inexactos o erróneos, sigue siendo The Commission 9/11 Report (W. W. Norton & Company, Nueva York, 2004, 567 pp.), editado con brillantez por el director ejecutivo de la referida Comisión, el politólogo Philip Zelikow. Por supuesto, persisten muchas dudas y lagunas en la investigación; mis favoritas siguen siendo las relativas a las controvertidas (especialmente para la izquierda internacional) conexiones de Al Qaeda con el régimen de Sadam Husein, que junto a otras cuestiones –armas de destrucción masiva, brutal represión de kurdos y chiitas, agresión a Kuwait, incumplimiento de las resoluciones de la ONU, apoyo a los terroristas suicidas palestinos, etc.­– justificaría la guerra de Irak. Existen lagunas sobre ciertas informaciones de los servicios de inteligencia checos y polacos que relacionaban a agentes de Sadam con terroristas de Al Qaeda, así como sobre el caso del terrorista Abdul Rahman Yasin (ARY), aún prófugo de la justicia. ¿Se trata del mismo individuo al que se refiere el informe oficial con cierto misterio como "an FBI informant" (The Commission 9/11 Report, p. 72)? ARY participó en el atentado contra las Torres Gemelas de 1993, que causó seis muertos y un millar de heridos. Ramzi Yusef, hoy en prisión, también participó en este último ataque: se había entrenado en campos de Al Qaeda, y casualmente es sobrino del antes mencionado JSM. ARY consiguió huir en 1993, y estuvo diez años refugiado en Irak, protegido por los servicios de inteligencia locales. Desde 2003 se encuentra en paradero desconocido. Si fue considerado erróneamente "an FBI informant" por la Administración Clinton, sería un ejemplo perfecto de las deficiencias en materia de seguridad que padecía Estados Unidos.

Paul Wolfowitz, arquitecto de la intervención en Irak, está convencido de que los dos atentados contra las Torres Gemelas (1993 y 2001) estaban relacionados, y de que en ambos estuvo implicado JSM. Probablemente, como en el caso del mismo Osama ben Laden (The Commission 9/11 Report, p. 49; Lewis, ob. cit., p. 164), Yusef y su tío querían vengar al pueblo iraquí por la Guerra del Golfo y castigar a EEUU por su apoyo a Israel. Que ARY se refugiara en Irak era, por tanto, significativo.

Como pertinentemente ha recordado John Yoo, criticando la metodología de Obama ("Shoot First, Ask Never", National Review, 6-6-2011), este nuevo tipo de guerra se dirime esencialmente en el ámbito de la inteligencia y de las estructuras jurídicas y militares antiterroristas creadas por la Administración Bush (que han hecho posible, por ejemplo, la localización y ejecución de Ben Laden). Desde tal perspectiva, conviene no olvidar la famosa advertencia de Rumsfeld: en materia de terrorismo, nuestra inteligencia debe tener en cuenta "lo conocido, lo conocido desconocido y lo no conocido desconocido".

Extrañamente, una de las consecuencias negativas del 11-S, luego de desencadenarse la nueva y mundial Guerra contra el Terrorismo ("global war on terrorism", según la directiva presidencial de Seguridad Nacional de 25 de octubre de 2001, que no distingue entre los terroristas y quienes los esconden), fue la demagógica perversión de elecciones democráticas con campañas antibélicas, anti Bush y, en el fondo, antiamericanas, antisionistas y antioccidentales, particularmente en España y en los propios Estados Unidos, que arrojó como resultado la victoria de los que puede que sean los peores presidentes de la historia democrática de ambos países. Obama, el Zapatero americano –salvando las distancias–, desde su famoso discurso de El Cairo, plagado de errores históricos y falsos conceptos, coincidirá con el español en el buenismo, el apaciguamiento, el multiculturalismo y el multilateralismo. Y para qué hablar de la utópica y delirante Alianza de Civilizaciones del Maquiavelito de Pucela.

Las consecuencias político-económicas del 11-S (y, mutatis mutandis, del 11-M) son obvias: más Estado, más regulación, más gasto público, más déficit y más deuda. El Gobierno de Bush incrementó el gasto hasta el 18-20 por ciento del PNB, pero a partir de las elecciones intermedias de 2006, con los demócratas –liderados por Pelosi y Reid– copando el Congreso, la escalada fue impresionante, puro descontrol de drunken sailors (y no se olvide la concomitante corrupción de la clase político-financiera propiciada por los earmarks y las corporaciones hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac, mangoneadas por el tándem demócrata C. Dodd-B. Frank), lo que ha llevado, tras la victoria de Obama, a cotas de gasto nunca vistas desde 1945, por encima del 25 por ciento del PNB, con los consiguientes problemas de deuda y desempleo.

Desde su discurso de El Cairo hasta la intervención vergonzante en Libia, Obama es la expresión del debilitamiento del rol internacional de los Estados Unidos y del liderazgo de las naciones libres, parcialmente mitigado por Israel y su primer ministro Netanyahu. Por cierto, me parece muy oportuna la iniciativa del expresidente José María Aznar y de su consejero Rafael Bardají en defensa y apoyo de Israel (v. Jay Nordlinger, "Friends in Need", National Review, 4-7-2011).

En un sentido más profundo, el 11-S ha sido un revulsivo –con las ramificaciones adicionales, poco destacadas, de la prolongada crisis financiera y económica derivada de aquella fatídica jornada– para la cultura política norteamericana cuyos principales efectos los estamos viendo hoy, pasados diez años, en las elecciones intermedias de noviembre de 2010 y en las presidenciales de 2012. El informe de la Comisión del 11-S ya anunciaba, con tonos huntingtonianos, un proceso duradero, "medido no en años sino en décadas (...) en el que Estados Unidos se verá implicado en un choque dentro de su propia civilización" (ob. cit., p. 363). No solo en relación al islamismo y la minoría islámica americana, también en el seno de su propia cultura. Esta centralidad de la cultura en la vida política frente al relativismo nihilista, que venían anunciando desde mediados del siglo XX pensadores conservadores como Carl Schmitt, Leo Strauss y James Burnham (véase, por ejemplo, la temática recurrente en la revista neoyorquina de filosofía política Telos en estos últimos diez años), exigirá una clarificación de las ideas y los valores en el debate público, lo que pondrá de manifiesto las preferencias del mayoritario electorado liberal-conservador por un mayor sentido común y una mayor claridad moral, por la defensa de la responsabilidad individual y del excepcionalismo americano, frente a las tentaciones estatistas y secularistas, si no abiertamente socialistas, de la Administación Obama (véanse las obras más recientes de Freddoso, Gingrich, D’Souza, Kurtz y Limbaugh sobre el presunto socialismo de Obama). Aunque algún autor ha insinuado agudamente que el régimen de Obama, muy diferente del socialismo tradicional y erigido sobre el estado de coma keynesiano que tan bien conocemos los europeos, se compadece más bien con el nuevo tipo posmoderno del fascismo progresista o liberal fascism (Goldberg).

El reputado dramaturgo y último converso neocon David Mamet (ya un hereje o traidor, pues se le venía considerando un icono de la intelectualidad progresista del eje New York-Hollywood), en su imprescindible memoria The Secret Knowledge: On the Dismantling of American Culture (Sentinel, Nueva York, 2011), consciente de la necesaria conexión entre los valores de la cultura judeo-cristiana y el experimento político-constitucional americano, y teniendo asimismo en mente a los enemigos externos e internos de la Civilización, resume magníficamente en una frase, aforística, el meollo de la cuestión:

No es la ausencia de gobierno sino la destrucción de la cultura lo que conduce a la anarquía.