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La Ilustración Liberal

Varia

Terrorismo: la estrategia de la libertad

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El terrorismo es el recurso al crimen con objetivos políticos[1]. No obstante, esos dos elementos, cometer crímenes y tener fines políticos, no cubren el núcleo de lo que es la actividad terrorista. Para que el crimen pueda considerarse terrorista tienen que darse varios elementos. En primer lugar, la acción terrorista se comprende en una ideología que la explica y justifica. En segundo lugar, para que los actos criminales tengan eficacia no basta con cometerlos. Además de la justificación ideológica, el terrorismo tiene que mantener la amenaza, tiene que establecer su propia actuación como una consecuencia o una reacción ante una acción (u omisión) de una parte de la sociedad o, habitualmente, del Estado. Es decir, que el terrorismo lo componen básicamente tres elementos: el crimen, la amenaza y el discurso. El último es perfectamente legítimo[2], los dos primeros no[3]; pero son todos ellos elementos consustanciales al terror.

El fenecido Osama Bin Laden reivindicó los atentados del 11 de Septiembre en noviembre de 2004, en un discurso que tiene todos los elementos propios del terrorista. La justificación: "Luchamos porque somos hombres libres y no dormimos bajo la opresión. Queremos restituir la libertad de nuestra nación". Y la amenaza: "Así como vosotros habéis devastado nuestra nación, nosotros devastaremos la vuestra". Aquí se ve, también, un elemento característico, aunque no esencial, del discurso terrorista, que es la magnificación de su potencia destructiva, con el objetivo de ampliar la amenaza.

¿En qué debe consistir una política antiterrorista? En principio, en la lucha contra su actividad criminal. Estrictamente, no debe haber política antiterrorista, sino mera lucha contra el crimen. Pero el crimen, ya lo hemos visto, es sólo uno de los elementos del terrorismo. Así las cosas, tenemos que volver sobre la pregunta que encabeza este párrafo.

La lucha contra las causas

¿Dónde queda la lucha contra las causas del terrorismo? La lógica es que si se acabacon los motivos que han llevado a un grupo a recurrir al terrorismo, se acabará con el terrorismo. El problema con esta estrategia es que no hay una relación automática entre una situación (la pobreza, un sentimiento nacional no correspondido en la estructura del Estado, la lucha por la ocupación del poder, conflictos religiosos...) y la concepción de una ideología como la que acaba recurriendo al terrorismo, amparándolo y asumiéndolo. Además, estas causas no se pueden solucionar con mera voluntad; ni en realidad pueden solucionarse en modo alguno. Queda, eso sí, el recurso a la concesión parcial de los objetivos marcados por los terroristas. Es la estrategia del apaciguamiento. Pero cualquier concesión no sólo no invalida el terrorismo como medio, sino que por un lado demuestra que la amenaza es efectiva y que el terrorismo rinde y por otro refuerza la ideología del terrorista, pues hasta cierto punto supone el reconocimiento de una injusticia previa.

Más razonable es la acción del Estado contra el crimen y no contra sus llamadas "causas". Aquí el Estado puede seguir varios cursos de acción, en absoluto incompatibles. Puede actuar contra el aparato criminal, así como tomar medidas para proteger a la población de sus eventuales ataques.

La guerra total

Estos dos últimos aspectos son también controvertidos. Habitualmente, la acción del Estado excede lo que deben considerarse medios legítimos e invaden los derechos de los ciudadanos. Ocurre lo mismo con la guerra. En este caso, y por lo que se refiere a los Estados Unidos, su gobierno ha seguido un patrón bastante fijo. Primero somete a los ciudadanos a su control, con menoscabo de sus derechos;en ocasiones los mata, sin más. En otras recurre a la conscripción. Prohíbe su derecho a la libre expresión o a la autodefensa. Eleva los impuestos y recurre a la inflación. O amplía su dominio sobre aspectos de la vida civil que antes no controlaba[4]. Lógicamente, estos pasos adelante en el poder del Estado a costa de los ciudadanos y sus derechos crean resistencias. Pero el Estado justifica tales atropellos diciendo básicamente dos cosas: 1) que son necesarios para luchar contra el enemigo y 2) que se adoptan de manera excepcional y temporal, mientras dura la amenaza. Luego la guerra termina y sólo una parte de esos nuevos poderes se abandona para que la sociedad recupere su libertad; otra queda en sus manos. De este modo, en sucesivas oleadas, el Estado va ampliando su poder a costa de la sociedad[5].

Pero ¿porqué hacemos referencia a la guerra, si lo que nos ocupa es el terrorismo, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001? Porque la lucha contra el terrorismo islamista se planteó como una guerra. George W. Bush recogió la expresion guerra contra el terror, que ya se había utilizado bajo las presidencias de Ronald Reagan y Bill Clinton, por una razón muy clara: la lucha del gobierno federal de aquel país se dirigió contra una organización terrorista y contra los Estados que la amparaban.

Como en casos anteriores, esta peculiar guerra comprometió parte de los derechos individuales, aunque en mucha menor medida que en las dos guerras mundiales y en la llamada Guerra Fría. La oleada, aquí, ha sido más pequeña aunque no poco importante. La expresión War on Terror fue utilizada por vez primera por George W. Bush el 20 de septiembre de 2011, en un discurso ante el Congreso de su país, reunido en sesión extraordinaria:

Nuestra guerra contra el terror comienza con Al Qaeda. No terminará hasta que ningún grupo terrorista de alcance global haya sido localizado, detenido y derrotado.

Es un objetivo sin fin. No es difícil crear un grupo terrorista de alcance más allá de lo local desde las cenizas de otra organización. Dick Cheney decía en octubre de 2004, que la guerra contra el terrorismo era "una nueva cotidianidad" y que "podría no acabar nunca".

El poder se ejerce violando los derechos individuales con el argumento de que se trata de evitar nuevos ataques y proteger a la población. Es el pretendido conflicto entre libertad y seguridad. Este conflicto lo resolvió la Administración Bush con la Patriot Act. Su nombre era toda una declaración de intenciones. El patriotismo se entiende aquí como valor supremo que se antepone a cualquier otra consideración. Como la Constitución o los derechos individuales. Y que se plasma en la defensa de los ciudadanos frente a nuevos ataques.

Lo más peligroso de la Patriot Act es su sección 215. Hay una ley de 1978 que permite la creación de tribunales secretos para que las fuerzas del orden investiguen a personas sospechosas de espionaje o terrorismo sin que éstas lo sepan. Ahora bien, el FBI tenía que ofrecer "pruebas específicas que dieran motivos para pensar que la persona investigada" era espía o terrorista. Tras entrada en vigor de la sección 215 de la Patriot Act, ya no es necesario ofrecer prueba alguna. Con esta ley en la mano, ante una solicitud del FBI, una corte secreta autoriza la investigación requerida sin necesidad de esas pruebas previas; ya no se necesita una "causa probable".

Una corte secreta con poder para investigar a cualquier ciudadano que se atiene a su solo criterio. La plasmación de las peores pesadillas de cualquiera de los Padres Fundadores[6].

Hemos descartado la erradicación de las causas del terrorismo y podemos descartar la guerra total contra el mismo, es decir, la lucha que recurre a la violación de los derechos individuales. Hay al menos tres motivos para descartarla, pero ahora citaremos dos.

Los defensores de la guerra total contra el terrorismo dicen que éste actúa contra Occidente por lo que somos y no por lo que hacemos. Una dicotomía sofisticada, pues, aunque no sean lo mismo, una cosa y la otra son inextricables[7]. Pero esta explicación tiene la virtud de poner en el centro de este debate lo fundamental. Lo que somos. Es decir, lo que hacemos. Si somos sociedades libres y los terroristas nos atacan por ese motivo, renunciar a nuestras libertades supone dos cosas: por un lado, caer en la estrategia de la erradicación de las causas o en el apaciguamiento, algo que –proclaman– no se debe hacer; por otro, y esto es más importante, otorgamos al terrorismo la victoria antes de que tenga que disparar un sólo tiro o poner una bomba, pues cumplimos nosotros lo que decimos es su objetivo. ¿En qué sentido se puede decir que una política así es antiterrorista?

Pero hay más. La dicotomía entre libertad y seguridad es falsa. Para entenderlo, lo mejor es citar al filósofo Wilhelm von Humboldt, quien en su principal obra de teoría política decía: "Yo considero seguros a los ciudadanos de un Estado cuando no se ven perturbados por injerencia alguna en el ejercicio de los derechos que les competen, tanto los que afectan a su persona como los que atañen a su propiedad"; y seguía: "La seguridad es, por tanto, la certeza de la libertad concedida por la ley"[8].

Esto es. Los derechos de la persona consisten en la seguridad de su vida y su propiedad. Y la libertad es el nombre que otorgamos a la seguridad de que tales derechos no sufrirán coacción alguna. La libertad es seguridad, y viceversa. Si el primer motivo para descartar la guerra total era suficiente, este segundo lo es aún más.

La estrategia de la libertad

¿Qué nos queda? No intentar solucionar los problemas sociales que causan el terrorismo. No cercenar la libertad de expresión, pero no dejar impunes las amenazas. No violar los derechos de los ciudadanos. ¿Qué queda, entonces? Queda la pura y simple lucha contra el crimen.

¿Qué hacer con la amenaza? No podemos negarla ni hacerla de menos, pues los terroristas ampliarán sus crímenes hasta obligarnos a considerarla. Pero tampoco magnificarla, pues entonces estamos contribuyendo nosotros al terrorismo, en lugar de luchar contra él. ¿Entonces? Lo que debemos hacer es reconocer la amenaza en sus justos términos[9]. Pero, y esta es la clave, no debemos modificar nuestro comportamiento por tales amenazas, salvo en dos sentidos: luchar contra el crimen terrorista y desplegar los medios de protección que sean compatibles con un pleno ejercicio de los derechos individuales.

Pero entonces, sigue existiendo un riesgo. Considero que lo debemos asumir. Es más, la principal lucha contra el terrorismo debe descansar en presumir de que nunca, jamás, reaccionaremos a sus ataques cercenando nuestras libertades. Contra el elemento ideológico y de autoafirmación del terrorismo debemos responder con orgullo que somos mejores porque somos más libres, y que ningún ataque terrorista nos va a corromper.

Esta estrategia choca con la guerra total en un sentido más, muy revelador y muy importante. Volvamos sobre la definición del terrorismo: el recurso al crimen con objetivos políticos. Es claro que el Estado no es responsable de los crímenes del terrorismo. Pero también lo es que en la guerra total el Estado recurre a la violencia de los terroristas para conseguir sus propios fines: la ampliación de su poder. Y, con la misma lógica de acción que los terroristas, y del mismo modo en que lo hacen éstos, el Estado magnifica el hecho terrorista y su amenaza para reforzar su poder. Esta estrategia antiterrorista es, a su vez, parcialmente terrorista. Y no sólo no es útil para luchar contra el crimen con motivos políticos, sino que contribuye al mismo amplificando su incidencia y magnificando su relevancia. Este es el tercer motivo para descartar tal estrategia.

Como se puede comprobar, la guerra total y el apaciguamiento se confunden con el terrorismo que dicen combatir, y se parecen entre sí mucho más de lo que parece; y finalmente ambos fracasan frente a la incidencia del terror. ¿No hemos llegado a la conclusión, en España, de que debemos luchar contra el terror sólo desde el Estado de Derecho?

Por las víctimas. Por las que lo han sido y las que pudieran serlo. Debemos luchar contra el crimen desde la libertad, el orgullo por lo que somos y la defensa de nuestros valores, entre los que se cuentan el compromiso con la inviolabilidad de los derechos de la persona, y desprecio del fenómeno terrorista. Estos deben ser los ejes que nos guíen a la hora de tratar de reducir el impacto del terrorismo.



[1] ¿Dan igual los objetivos políticos? Resistir a una tiranía es terrorismo... según la propia tiranía, pero no tenemos por qué aceptar su mismo criterio. Entiendo que hay objetivos políticos que se pueden defender con violencia, bajo ciertas condiciones, como la defensa de los propios derechos. No es el caso de los atentados del 11-S.
[2] El discurso es un elemento moral y debe ser valorado, condenado en su caso, sólo en términos morales. Sólo cabría una criminalización del discurso si hubiese una relación unívoca, automática y cierta entre éste y el comportamiento criminal, pero no es el caso. V. mis artículos para el Instituto Juan de Mariana "Inductores y provocadores" (9-II-2006) y "Crímenes sin víctima" (10-VIII-2006).
[3] La ideología es legítima y se puede separar del terrorismo. Pero ¿y la amenaza? Lo que marca la diferencia entre lo legítimo y lo ilegítimo es la coacción. Y la coacción no es sólo el uso de la violencia física, sino la mera amenaza. La amenaza es lo que sirve para dirigir la acción del otro hacia los propósitos de quien recurre a la violencia. Es consustancial al terrorismo la coacción: la violencia y la amenaza de su uso. La coacción, con sus dos elementos, es también consustancial al Estado. Sobre la lucha del Estado contra la ideología, v. la nota 2.
[4] El caso de los ataques a la libertad de expresión lo he expuesto en el artículo "Censura y guerra en los Estados Unidos", La Ilustración Liberal, nº 44.
[5] El libro que mejor describe este proceso es Robert Higgs, Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government, Oxford University Press, Nueva York, 1987. Lo llama ratchet effect, o "efecto trinquete", porque facilita los acontecimientos en un sentido pero los dificulta en el contrario.
[6] La Patriot Act es sólo el ejemplo más conocido, pero puede que no el peor, de cómo el gobierno federal de los Estados Unidos aprovecha el terrorismo para hacerse con poderes exorbitantes. Es muy grave la National Security and Homeland Security Presidential Directive, que permite al presidente ejercer poderes casi dictatoriales en caso de emergencia. Le dediqué un artículo en Libertad Digital, "Ni libertad ni seguridad" (10-VI-2007). A ello habría que añadir los casos de tortura, pero son moralmente tan repulsivos que no los voy ni a considerar en este artículo. Sobre el debate en torno a su eficacia v. "Está bien, defendamos la tortura", El Imparcial, 23/4/2009.
[7] V., por ejemplo, Karol Wojtyla, Persona y acción, Ediciones Palabra, Madrid, 2011, pp. 38-46.
[8] Wilhelm von Humboldt, Los límites de la acción del Estado, Tecnos, Madrid, 2009, p. 111.
[9] Ver, por ejemplo, "A false sense of insecurity?", Regulation, pp. 42-46. Cato Institute, invierno de 2004.

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