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La Ilustración Liberal

Reseñas

Peripecia de un libro maldito

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Este libro es la biografía de otro libro, que puede ser el más odiado y el que más curiosidad despierta, pero no el más leído.

Vitkine divide la vida de Mein Kampf en dos grandes etapas: la primera, que comprende hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, contiene la peripecia del libro desde su nacimiento como panfleto programático de un político excéntrico hasta su consagración como la nueva Biblia, el documento programático del Régimen de los Mil Años. La segunda comprende desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días: mezcla de documento histórico y de panfleto terrible escupido por un juntaletras, hoy en día, en muchos países y por diferentes motivos, es una de las obras políticas más consultadas.

De panfleto a libro de culto

Al verse en la prisión de Landsberg, condenado a cumplir la leve condena que le impuso el tribunal que juzgó su participación en el Putsch de la Cervecería, Adolf Hitler tomó conciencia de su papel de protomártir, de conductor (no otra cosa significa el término Führer) de un nuevo movimiento patriótico encaminado a regir los designios de la Gran Alemania. Atrás quedó su época de pintor bohemio, de excombatiente desocupado y de politiquillo de café: él sería el nuevo Pablo de Tarso sin mácula de sangre hebrea, el conformador de la Nueva Religión. Como tal, necesitaba promulgar su Evangelio, y a ello se aplicó durante su etapa en prisión.

Lo primero que nos llamará la atención es que Mein Kampf no fue la única obra escrita por Hitler, ya que parió otra, titulada La expansión del Tercer Reich, que él mismo se negó a publicar y distribuir por los mismos motivos que le hacían resistirse a ceder los derechos de traducción de Mein Kampf, a saber: a) porque hacía demasiado evidentes sus intenciones a los ojos de sus enemigos y b) porque tampoco era demasiado conveniente que sus propios seguidores conocieran con detalle su programa, pues ello podría hacer más difícil, llegado el caso, renunciar a ciertos objetivos o pasar por alto algunos de sus principios cuando así lo requiriesen las circunstancias políticas, las conveniencias sociales o los escenarios internacionales.

Es curioso observar cómo Hitler sólo permitió traducciones parciales a lenguas extranjeras, en especial a la inglesa, y que las primeras eliminaran toda referencia a la política exterior y a los objetivos expansionistas del nacionalsocialismo. A Hitler no le importó que se difundieran en los Estados Unidos y en Reino Unido su feroz antisemitismo y su visceral antimarxismo: lo que preocupaba al austriaco era que las élites políticas de estos dos países pudieran esgrimir su texto para denunciar sus agresivos planes y la radical falsedad de su aparente defensa de la paz, que él venía proclamando desde sus primeras alocuciones en el Reichstag y hasta en los primeros meses de 1943, en plena guerra total.

Pese a sus evidentes ganas de disimular, Hitler no pudo evitar que los grandes dirigentes de la época leyesen versiones no cercenadas de Mein Kampf y que, por tanto, no se hicieran demasiadas ilusiones sobre sus verdaderas intenciones.

Muy centrado en el caso francés, Vitkine describe con gran detalle los intentos realizados por los nazis y sus satélites galos por prohibir la difusión del libro en la Francia de preguerra. El objetivo era impedir que el enemigo quedara advertido de los diáfanos planes expuestos en el libro. Hitler trató de prohibir las traducciones íntegras al francés y permitió sólo aquellas que ocultaban uno de los pilares de su pensamiento: su odio visceral a Francia y su ansia de venganza. Sin embargo, nadie se preocupó de eliminar del texto sus pasajes antisemitas y anticomunistas, que tan caros eran al lector conservador francés.

Conocido este objetivo, nos ha de extrañar menos que las versiones ilegales del texto íntegro fueran promovidas por algunos grupos de defensa judíos, especialmente interesados en que se difundiesen los verdaderos planes –tan antifranceses como antijudíos– del nuevo líder. Por este motivo comprendemos también que Mein Kampf fuera prohibido por las autoridades alemanas que administraban la Francia ocupada, convirtiéndose su impresión y distribución en un acto de resistencia, y como tal promovido por Radio Londres y por las autoridades de la Francia Libre en el norte de África.

En Alemania, en cambio, Mein Kampf se convirtió en el objeto de culto, en el libro del líder, en esa pieza que debía leer todo aquel que quisiera progresar y proclamar su adhesión inquebrantable al régimen. Herramienta de instrucción, artículo de regalo, fetiche de las más solemnes celebraciones, todos decían leerlo y entenderlo, aunque luego, tras la guerra, las encuestas revelasen que pocos fueron los que lo leyeron completo y menos los que lo comprendieron, más allá de sus feroces ataques contra el enemigo interior y exterior. Tal vez ocurra que, como con la memoria del Holocausto, sean pocos los alemanes de posguerra que quieran reconocerse en esas páginas o en los actos del régimen que tanta desgracia trajo.

La posguerra

Una vez derrotada la Alemania nazi, los ojos de la Humanidad se volvieron hacia Mein Kampf para comprobar con qué precisión y crueldad se habían cumplido todos sus presagios. Lo que algunos se resistieron a creer, lo que otros contemplaron como las bravuconadas de un político de medio pelo, lo que muchos despreciaron como dos desvaríos de un pintor fracasado, todo se había cumplido con tremenda precisión y con inexorable seriedad. Todo.

Sólo entonces, al abrir los hornos de Buchenwald, se tuvo cabal certeza de que tenían que haber creído lo que el libro decía, en lugar de las melosas mentiras que esparció, mientras le convino, el hombre que lo había escrito. Sólo entonces, al franquear las puertas de Auschwitz, constataron todos cuán ciertas eran las advertencias que hiciera el poeta Hiene un siglo antes: el pensamiento precede a la acción como el relámpago al trueno.

Desde entonces nos debatimos entre dos posibilidades: ¿es Mein Kampf un texto histórico o un vehículo de propaganda? Y a partir de esta pregunta podemos destilar tantas otras, que siempre surgen en cualquier debate sobre la difusión de este libro: ¿debe permitirse su distribución o debe ser prohibida? ¿Debe reservarse su lectura a especialistas debidamente formados y exclusivamente interesados en el análisis de la historia o podemos consentir que hasta jóvenes iletrados lo consulten?

Razones y argumentos de autoridad sobran para defender ambas posturas. Hay quien sostiene que su lectura es necesaria para prevenir el resurgimiento de sus criminales postulados y quienes consideran que el respeto debido a sus víctimas impone su prohibición. Hay quienes, como el mismísimo pastor Niemöller, proclaman que es un texto indispensable para comprender cómo esa ideología criminal se abatió sobre Alemania y quienes, como el propio estado de Baviera, en su condición de legítimo titular de los derechos de autor sobre la obra, pretenden evitar que se difunda para enjugar algo de la vergüenza que se abate sobre los compatriotas del Führer.

Aunque parece mostrarse contrario a su prohibición, no hallamos en Vitkine una postura clara y contundente sobre la licitud y la forma de las nuevas ediciones de Mein Kampf. Por nuestra parte, y a la vista de todo lo leído, creemos que la conclusión es parecida a la que merece la prohibición del comercio de armas: estén éstas prohibidas o no, los malos siempre las conseguirán, por lo que, si se prohíben, los buenos no tendrán con qué prevenir o defenderse de los ataques de aquéllos. Permitamos que este libro maldito se lea y procuremos a la juventud la capacidad de entenderlo y de juzgarlo como merece, ya que, si se lee y se entiende, se desactiva él mismo. De lo contrario, aún hoy nos arriesgamos a sufrir aquella premonición que Hitler lanzó sobre los obreros que le abucheaban durante una visita electoral a la fábrica de Siemens:

Tengo claro que una parte de vosotros no me sigue; pero me da igual, porque tendré conmigo a vuestros hijos.

Tampoco olvidemos tampoco que el aura de lo prohibido es lo que más excita la curiosidad.

El laboratorio turco

Para demostrar la influencia especialmente intensa y perniciosa que Mein Kampf ejerce en las sociedades más nacionalistas y antinorteamericanas, Vitkine comparte sus experiencias en Turquía, país que toma como ejemplo y laboratorio de su teoría acerca de la influencia y utilidad de Mein Kampf en sociedades antinorteamericanas, antisemitas, nacionalistas y con escasa tradición democrática.

En un país donde se venden pocos libros y se leen aún menos, la obra hitleriana ha tenido un éxito absolutamente arrollador. Aunque los editores lo justifican por la curiosidad de los lectores, Vitkine, tras un peculiar peregrinar por diversos editores y libreros, considera que es el odio a Israel y el deseo de entender mejor la forma de medrar del pueblo judío en su propio Estado y en los Estados Unidos –país al que se odia en Turquía y cuyos rasgos más despreciables se agravarían al considerarlo rehén de una raza extranjera– lo que explica el inusitado interés que despierta allí Mein Kampf.

Las preguntas

Dejaríamos sin acabar el comentario de estas obras (la de Hitler y la Vitkine) si no insistiéramos en que Mein Kampf no es un libro relegado al estudio histórico, sino un texto de plena actualidad. Líder en descargas por internet y una de las obras más compradas por los jóvenes alemanes fuera de su país, no es un libro del pasado sino uno que puede influir definitivamente en nuestro futuro.

¿A qué se teme, entonces, cuando se trata de evitar el contacto con la materia bruta de Mein Kampf? A su influencia sobre los espíritus de las nuevas generaciones (con perdón), ya que el hecho de vivir en una democracia moderna y en una sociedad avanzada no nos inmuniza contra una nueva dictadura nacionalsocialista; antes al contrario, hay pruebas sobradas de que las atrocidades no son patrimonio exclusivo de las sociedades atrasadas.

¿Por qué en Alemania son especialmente prohibicionistas? Aunque en la inmediata posguerra pudo argüirse el miedo al resurgir del nazismo, hoy día, cuando tal riesgo parece conjurado, puede ocurrir que el objetivo sea ocultar el rastro de una época y de unos actos que les resultan especialmente vergonzosos a los alemanes. El Ministerio de Finanzas de de Baviera, en su calidad de titular de los derechos de autor, viene distinguiéndose por su lucha legal contra las nuevas ediciones del libro, y se presenta como legítimo propietario de los derechos en cualquier rincón del mundo (del mundo occidental, al menos) para obtener sentencias judiciales en contra de los supuestos usurpadores.

¿Por qué se prohíben sólo las ediciones posteriores a 1945 y las anteriores se consienten? Parece considerarse que las ediciones antiguas son simples objetos históricos y que sólo las nuevas tendrían fines propagandísticos. Esto resulta especialmente contradictorio, porque la capacidad doctrinaria y deformadora del texto es la misma, con independencia de cuándo se haya impreso. Aventuremos entonces como respuesta que el Ministerio bávaro de Finanzas pretende mantener su pulcra imagen evitando que le consideren una nueva SA dedicada a hacer piras con libros malditos. Además, y desde un punto de vista estrictamente jurídico, mal puede oponerse dicho ministerio a las ediciones hechas antes de la guerra con permiso de Adolfo Hitler, legítimo titular por aquel entonces de los derechos.

Las siete lecciones de Mein Kampf

Como conclusión, se nos ofrecen siete lecciones que podemos extraer de la peripecia de Mein Kampf:

  1. No se deben subestimar los proyectos políticos, por fanáticos, violentos y delirantes que nos puedan parecer.
  2. No tomemos Mein Kampf como un libro de base para una nueva experiencia nacionalsocialista, sino como combustible de otras muchas ideologías nacionalistas y violentas. Mein Kampf no sólo produce nazismo.
  3. La falta de reacción ante Mein Kampf suele deberse a la falta de voluntad política de combatirlo y no tanto a la falta de capacidad para comprenderlo.
  4. La democracia no nos vacuna contra la barbarie y el salvajismo. No tengamos absoluta confianza en que nuestros actuales sistemas políticos y de libertades van a impedir una nueva caída en la barbarie.
  5. La peripecia de Mein Kampf es una advertencia sobre las consecuencias del antisemitismo y del racismo, sea cual sea el origen de ambos.
  6. El mundo libre ha sido víctima de la ideología esparcida por Mein Kampf. No pensemos que los judíos fueron sus únicas víctimas.
  7. No tiene sentido prohibir Mein Kampf, porque contiene en sí mismo su propio antídoto.

Los textos malditos del nacionalismo actual

Vitkine formula una acertada conclusión que nosotros no vamos a dejar de aprovechar para la España de nuestros tiempos. Afirma el autor que libros como Mein Kampf encuentran su caldo de cultivo en sociedades de marcada tendencia nacionalista, proclives a las ideas totalitarias y contrarias a la democracia europea. Echen ustedes, por favor, un vistazo a estos dos textos y pregúntense luego por qué no es Mein Kampf el único libro maldito que en la actualidad se oculta:

1) El maketo sigue su camino, ese camino que lo conduce a penetrar disimuladamente en los pueblos y vaciarlos de su sustancia; y combate con sus armas, que son la mentira y la calumnia, el envenenamiento y la descomposición, que acentúan la lucha hasta el exterminio cruento del adversario detestado".

2) El roce de nuestro pueblo con el judío causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda la humana sociedad. Y muerto y descompuesto así el carácter moral de nuestro pueblo, ¿qué le importa ya de sus caracteres físicos y políticos?

Advertencia: en el primero de los párrafos he sustituido la palabra judío, que aparece en el original, por maketo, que me parece que viene como de molde, mientras que en el segundo de los textos he operado a la inversa, reemplazando el término español por judío.

Y conclusión: si empezamos prohibiendo Mein Kampf, vayamos haciendo el índice de los que habremos de prohibir acto seguido; incluyendo los de un tal Sabino, al que hoy se le dedican calles y plazas.

Antoine Vitkine, 'Mein Kampf'. Historia de un libro. Anagrama, Barcelona, 2011, 261 páginas.

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