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La Ilustración Liberal

Un bodrio de papel couché

El lector tiene ante sí una de las mayores joyas bibliográficas del panorama editorial español. Se trata del Libro Homenaje a Federico Mayor Zaragoza. De entrada es sorprendente el despliegue de lujo asiático en el cual se envuelve la breve historia de este singular personaje. Resulta una extraordinaria proeza lograr reunir dinero para hacer textos de esta naturaleza que resultan tan inútiles como descarados. La inutilidad procede de que el culto a la personalidad, uno de los marchamos de este lamentable libro, es una mezcla de viejo talante autoritario y propaganda tercermundista. Sin duda, ambos rasgos están asociados a la biografía del homenajeado: su etapa, encubierta en el texto de colaborador de la Dictadura, y su papel de corifeo de la ideología tercermundista sobre la cual se asentó su largo mandato en la UNESCO.

Por otra parte no resulta extraño que Anaya sea la empresa editorial promotora de un bodrio de esta naturaleza. Los editores de libros de texto siempre han mostrado una comprensible debilidad hacia las personas que han ocupado la subsecretaría de educación, que es donde se decidía tradicionalmente cuáles eran los libros de texto obligatorios, y revalidaban su entusiasmo hacia ellas si los dioses les convertían en ministros del ramo. Gracias a la colaboración de personajes como Mayor Zaragoza, los editores españoles de tan singular producto han acumulado importantes patrimonios. La industria de libros de texto en España ha estado cautiva y la competencia no se ha producido en el mercado sino en las antesalas enmoquetadas del Ministerio de Educación y Ciencia. Para tener éxito no era necesario convencer a los centros educativos, a los docentes, a los padres de la bondad de los libros de texto. Bastaba llevarse bien con el poder y seducir al político de turno para lograr imponerse en el mercado.

El libro homenaje a Mayor Zaragoza constituye una recopilación impagable del conjunto de tópicos que han definido la ideología estatista-tercermundista durante las últimas décadas. El homenajeado es un enemigo feroz del capitalismo, lógico en uno de los jóvenes cachorros del tardofranquismo, en el cual el componente azul pesaba más que el tecnocrático. En el libro que se comenta, Javier Urra Portillo, Defensor del Menor, realiza una larga entrevista a Mayor Zaragoza. Quizá embebido de su pasado totalitario o quizá con la mirada puesta en su amistad con los dictadores del Tercer Mundo, su principal apoyo en la UNESCO, Federico Mayor realiza una de las exposiciones más vulgares que recuerdan del discurso antimercado y antiglobalización. Para él, el mercado no existe. Es tan sólo un instrumento de los países ricos para mantener su bota sobre el cuello de los pobres.

Con estos presentes y antecedentes produce sonrojo que hace unos años la Fundación Garrigues concediese su premio anual a Mayor Zaragoza. Si Joaquín Garrigues, que sí era un liberal de verdad, hubiese vivido jamás se habría producido un hecho tan grotesco. Ahora se estremecerá horrorizado en su tumba. Pocos personajes de la España contemporánea representan el antiliberalismo cañí con tanta vehemencia como el homenajeado. Este simboliza con una precisión casi milimétrica esa mezcla de convicción y mala conciencia de muchos antiguos franquistas para quien el sistema demoliberal era la concentración de todos los males. Como éste es en buena medida un país de paletos, la "admiración" por Mayor y por sus "éxitos" internacionales es sólo una muestra del papanatismo hispánico que considera bueno, admirable y benéfico a cualquier ciudadano patrio con cierta proyección internacional. Sólo eso explica la presencia en el bodrio-homenaje de gentes como Matutes. En este sentido, Pompof y Teddy, los dos grandes payasos internacionales, eran mucho más inofensivos y mucho más serios que Mayor; hacían reír a la gente a propósito.