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La Ilustración Liberal

Libro pésimo

La guerra civil española para humanos

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Se han cumplido 75 años del fin de la Guerra Civil y la literatura sobre el conflicto sigue creciendo, aunque apenas ha aparecido alguna obra que ofrezca nuevas perspectivas. Se publican textos de divulgación o síntesis, y estudios particulares referidos a alguna región o a alguna facción de un bando u otro. También proliferan los títulos transidos de referencias a la memoria, un ejercicio de historia flácida con objetivos políticos que no tiene mayor interés.

Dentro del primer grupo, el de las síntesis, se cuenta España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española, de Julián Casanova. Sus lectores apreciamos el conocimiento profundo que el autor tiene del movimiento anarquista en España. Pero no buscamos a estas alturas un gran escritor. En ocasiones Casanova nos despierta del tedio con algún zurriagazo como el siguiente. Trata del favor de la Iglesia hacia Franco, quizá su tema favorito en esta obra: "Gomá se deshacía en halagos cada vez que mencionaba su nombre, y Pla y Deniel le cedió su palacio episcopal en Salamanca para que lo utilizara como centro de operaciones, el 'cuartel general', como se le conoció por toda la España cristiana". Recordemos que hablamos de la Guerra Civil y no de la reconquista. “Allí, rodeado de la guardia mora, le rendían pleitesía los humanos”. ¡Los humanos, señora! En fin.

El esfuerzo de leer estas páginas resultará productivo sólo para el lector que conozca con seguridad qué llevó a España a la Guerra Civil, así como el desarrollo militar y político de la misma. Si no se mueve con firmeza en ese terreno, ya de por sí traicionero, el lector puede armarse una empanada mental mareante.

España partida en dos es un libro curioso. Trata sobre la Guerra Civil y, sin embargo, la guerra apenas aparece. Los aspectos militares le aburren al autor, quizás por su resultado impepinable, y sólo los trata a cuenta de la historia política, que es lo que verdaderamente le interesa. Eso le lleva a omitir datos importantes, aunque no se lo echaremos en cara en un libro de 192 páginas (más las notas y el índice onomástico), y a repetir otros datos que no merecen tanta consideración. Cuenta en tres ocasiones la muerte de Sanjurjo, y otras tantas la salida de Madrid del Gobierno republicano. Cuando se le van a agotar las páginas de un libro tan breve, le dedica un capítulo al apartado militar, el último, que resulta claramente insuficiente.

También es curioso, pues, aunque está muy contaminado por su ideología, que en algunos aspectos no se ajusta al relato canónico de nuestra guerra. Cuando habla de Durruti, señala que "el mito siempre se impuso a la realidad" y relata cómo “[la] imagen de la heroína miliciana formaba parte del espíritu de aventura revolucionaria del verano de 1936, pero desapareció muy pronto y fue sustituída por la consigna 'Hombres al frente, mujeres a la retaguardia'”.

Asimismo, reconoce en un momento dado (p. 30) que, tras el estallido de la guerra, "el Estado dejó de existir más allá de Madrid, si es que allí existía". Los partidarios del bando de izquierdas prefieren incidir en la continuidad del régimen republicano, pero Casanova recoge en su libro los añicos. Bien es cierto que esto le vale para incidir en una de las ideas fuerza de la historiografía de izquierdas, y es que la represión de la zona roja fue fruto de un ejercicio espontáneo de justicia revolucionaria que se valió del descontrol institucional. También le sirve para achacar a la derecha que desencadenara la revolución que quería evitar con el golpe de Estado. Un golpe que puso fin no al caos sino a “una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos”.

La represión aparece pronto en el libro y, en su disposición desorganizada, lo hace en varias ocasiones. Aquí sí se atiene al canon: "Allí donde triunfó" la sublevación, “los militares pusieron en marcha un sistema de terror que aniquiló físicamente a sus enemigos políticos e ideológicos”. Como César Vidal en su primera versión de la historia de la Guerra Civil, señala que “las matanzas se concentraron en los lugares donde más resistencia hubo”. También es característico que cargue las tintas sobre el bando nacional, pero no esconde las del republicano; sólo las suaviza. Dice: “Los militares, y sobre todo el clero, constituyeron los blancos inmediatos de la derrota de la sublevación”. “Antes de construir, había que eliminar de raíz 'el mal social' y a sus principales causantes”, como no podía dejar de reconocer un historiador del anarquismo. Por lo que “la marea revolucionaria del verano de 1937 arrastró con ella desde el principio una ola de terror”. Un terror, eso sí, que los republicanos controlaron pronto, pero que los nacionales no detuvieron hasta “el otoño de 1937”.

Una virtud de este libro es que da mucha importancia a la cuestión religiosa. Pero deja entrever sin complejos su anticlericalismo, "un fenómeno de la historia cultural, con su visión particular de la verdad y de la libertad humanas", y no, como pretende la Iglesia, “una ideología y práctica negativas” (p 80). La Iglesia, en este libro, no tiene derechos, pero sí ha detentado “privilegios”. De algún modo, que Casanova no explica, la Iglesia “se sintió aliviada con la sublevación y por eso ofreció sus manos y su bendición a los golpistas desde el primer disparo”. Si la Iglesia es una colección de privilegios, “predicaba la pobreza y ambicionaba la riqueza” y adolecía de “ceguera” en el terreno social, no tiene derecho a sentirse acosada durante la II República. Reconoce que sufrió, durante la guerra, una “violencia anticlerical de unas dimensiones sin precedentes ni parangón histórico en los países del entorno”, sí, “pero lo hizo pagar con creces”. Su actitud sectaria e hipócrita respecto de la Iglesia en el conflicto llega al paroxismo cuando la culpa de toda la violencia de ambos bandos (p. 41): “La entrada en escena de lo sagrado, lejos de mitigar la violencia, la incrementó. La bendijo por un lado y atizó todavía más la ira popular contra el clero, que había estallado en el mismo intento de la derrota del levantamiento militar”.

Hay momentos en los que Casanova se gusta, aunque no necesariamente acierta. Como cuando dice que la guerra fue un choque cósmico que se entiende en términos propios del materialismo dialéctico, "batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización". Nadie le acuse de maniqueo.

Cae en contradicciones chocantes para un libro tan breve. Critica amargamente a Gran Bretaña y Francia por no apoyar militarmente a la República y cuenta con precisión la ayuda que le prestó la Unión Soviética. Y al final del libro dice que "la derrota de la República fue asimismo una derrota para las democracias".

Claro, que su valoración de la Unión Soviética resulta sorprendente. Como cuando dice: "El pueblo soviético aportó millones de rublos para comprar ropa y alimentos, generando una movilización humanitaria extranjera sin precedentes en la Historia". Casanova tiene que saber que la URSS de Stalin era una dictadura totalitaria. Sí, seguro, tiene que saberlo. Tiene que haber sido un despiste momentáneo, una enajenación. Él sabrá que era un régimen totalitario, ¿no?

Y dice que la victoria de Franco estaba "asociada desde ese momento a los asesinatos y atrocidades que se extendían entonces por casi todos los países de Europa". ¿No sabe lo que es la Rusia de Stalin? No, seguro que lo sabe. Lo tiene que saber...

La editorial Crítica ha publicado este libro sin leérselo; de otro modo no habría pasado la referencia a los humanos. La primera edición, sin embargo, fue en inglés: A Short History of the Spanish Civil War, editado por I. B. Tauris. Claro, que la editorial, en su página, y con buen criterio, no incluye el volumen en la sección de Historia, sino en la de Religión.

Julián Casanova, España partida en dos, Crítica, Barcelona, 2013, 240 páginas.

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