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La Ilustración Liberal

Israel

Wagner en Israel: una controversia candente

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El yshuv, como se conocía a la comunidad judía en Palestina antes del establecimiento del Estado de Israel en 1948, tenía una enorme vocación por la cultura. Aun cuando ella debía lidiar con una serie de desafíos de envergadura –inmigración, absorción, asentamiento, desarrollo, defensa, economía–, supo dar espacio a una floreciente y rica vida artística e intelectual. A partir de la década de 1920, luego de la finalización de la Primera Guerra Mundial, y de la década siguiente, varios periódicos, locales e importados, podían leerse en sus cafés; películas mudas fueron subtituladas al hebreo; teatros de diversos géneros fueron establecidos; escritores, traductores y editores transformaron Palestina en un centro literario en hebreo con la publicación de novelas, poesías, textos científicos y ensayos académicos; se estableció la primera universidad, con el respaldo de figuras como Martin Buber, Sigmund Freud y Albert Einstein, quien dio la primera clase en el claustro; una ópera fue creada y los conciertos de música clásica se expandieron.

En 1936 nació la Orquesta Sinfónica de Palestina de la mano del violinista judeo-polaco Bronislaw Huberman, quien convocó a talentosos músicos del extranjero que no veían futuro para ellos y para su arte en una Europa crecientemente intolerante. El año anterior, el régimen nazi había despedido a todos los músicos judíos en Alemania. Huberman reclutó a setenta y cinco instrumentistas europeos para formar una orquesta judía en Palestina. Estos músicos trajeron consigo la herencia musical de sus países y la incorporaron en los programas musicales. Estos repertorios incluían obras de Richard Wagner, considerado uno de los más grandes compositores alemanes del siglo xix y cuya obra era ampliamente tocada en las orquestas occidentales. En aquel entonces ello no era considerado una calamidad, como posteriormente así sería visto, y de hecho producciones wagnerianas o comentarios sobre ellas fueron publicitados en esos tiempos en el yshuv. Por ejemplo, en 1928 fue traducido al hebreo un relato para niños de Lohengrin basado en un libreto de Wagner. Unos pocos años más tarde, el boletín del teatro Habima reprodujo un extracto de la elegía que Thomas Mann escribió en honor al compositor alemán en un aniversario de su fallecimiento. Ello fue doblemente extraño dado el conocimiento que imperaba sobre el antisemitismo de Wagner y dada la filiación que Mann tuvo con el régimen nazi hasta la segunda mitad de la década del treinta: el Premio Nobel era visto como una especie de escritor extraoficial de los nazis y eso no cambió hasta 1936, cuando finalmente criticó al nazismo y las autoridades alemanas respondieron prohibiendo a su casa editora, Fischer, que siguiera publicando sus textos. Tiempo después, Mann reconoció que había elementos protonazis en la ideología y en la música de Wagner.

Hacia fines de la década del treinta Wagner era tocado en Palestina. En 1938, por caso, obras suyas podían hallarse en los programas musicales de tres conductores diferentes: en abril Arturo Toscanini dirigió los preludios al primer y tercer acto de Lohengrin; en junio y julio Jascha Horenstein condujo la obertura de Tanhäusser; en julio Bronislaw Szulk incluyó la obertura Der fliegende Holländer. Los conciertos tuvieron lugar en Tel Aviv, Ramat Gan, Haifa y Jerusalem y fueron aplaudidos por los asistentes. En esas ocasiones no hubo objeciones a su música pese a su historial de antisemita consumado ni al uso que los nazis estaban haciendo de su obra. Pero eso estaba a punto de cambiar.

Entre el 9 y el 10 de noviembre de ese mismo año ocurrió la Kristallnacht. Esa noche las juderías de Austria y Alemania fueron violentamente atacadas, sus sinagogas quemadas y sus propiedades dañadas. Noventa judíos fueron asesinados y treinta mil enviados a campos de concentración. Luego del pogromo, cien mil alemanes se reunieron en Núremberg para festejar. Dos días más tarde impusieron una multa millonaria sobre la comunidad hebrea para que pagase los destrozos que ella misma había padecido. A los pocos días, los niños judíos fueron echados de las escuelas alemanas. Para agregar humillación a la herida ocasionada, sesenta judíos de Baden-Baden fueron forzados a escuchar –dentro de su sinagoga– extractos de Mein Kampf de Adolf Hitler y a cantar Horst Wessel Lied, canción-homenaje a un mártir nazi. La sinagoga fue posteriormente quemada. Con la atención al simbolismo que caracterizó al malvado emprendimiento hitleriano, la Noche de los Cristales Rotos fue llevada a cabo en coincidencia con dos fechas nacionales relevantes: el 9 de noviembre era el Día de los Testigos de la Sangre, que honraba a mártires nazis, y el 10 de noviembre era el aniversario del nacimiento del teólogo cristiano, reformador religioso y legendario antisemita del siglo xvi Martín Lutero.

Tres días después de estos trágicos sucesos debía comenzar la tercera temporada de la Orquesta Sinfónica de Palestina, la cual, bajo la batuta de Toscanini, tenía programado tocar Die Meistersinger von Nürnberg de Wagner. Toscanini se había exiliado de la Italia fascista y se había negado a participar en el Festival de Bayeruth desde que este se había convertido en un epicentro de los eventos musicales del Tercer Reich. Pero él seguía promocionando la música wagneriana en sus conciertos, y el de Palestina estaba en sintonía con ello. No obstante, cuando la junta administradora de la orquesta le solicitó que desistiera de incluir piezas del compositor alemán en el repertorio, dadas las circunstancias en Alemania y Austria, el director italiano aceptó y las reemplazó por la obertura de Oberon del más temprano compositor alemán Carl Maria von Weber.

Unos meses más tarde, durante una gira por Egipto, la Orquesta Sinfónica Palestina tocó piezas wagnerianas. En febrero de 1939, en El Cairo y en Alejandría, el conductor Eugen Szenkar dirigió los preludios del primer y tercer acto de Lohengrin, así como la obertura de Tanhäusser. En la propia Palestina, no obstante, un precedente había sido establecido. De allí en más, y hasta el fin del período del yshuv, en 1948, nunca más fue incluida una pieza de Wagner en el repertorio de la Orquesta Sinfónica Palestina. Tal como ha documentado Na'ama Sheffi en su libro The Ring of Myths: The Israelis, Wagner and the Nazis, a partir de 1938 tocar obras de Richard Wagner en Palestina, y posteriormente en Israel, ha sido un tema tabú y cada intento de músicos encumbrados en imponer su música ante la audiencia judeo-palestina o israelí ha estado rodeado de encendidas polémicas.

Las acciones de los nazis propiciaron un repudio colectivo en la judería palestina hacia la cultura alemana, incluido su idioma, al punto de que a los propios inmigrantes judíos provenientes de Alemania no les era fácil usar su lengua materna en el yshuv. Las películas habladas en alemán dejaron de importarse cuando un embargo fue impuesto, y también quedaron vedadas las puestas en escena en idioma alemán. La literatura preferida por los nazis fue ignorada y se promovió la traducción al hebreo de las obras de autores prohibidos por los nazis, tanto judíos como gentiles opositores al nazismo. A medida que arribaban al país sobrevivientes del Holocausto y las atrocidades nazis eran más conocidas, la aversión a todo lo alemán crecía. Inicialmente, la oposición a la cultura alemana fue abarcadora. Con el correr de los años, ella se fue acotando a la esfera musical, principal y muy puntualmente a la obra de ciertos compositores, entre los que Wagner se destacó. Otros músicos alemanes (y austríacos) cuya obra fue eventualmente admirada por los nazis, y quienes al igual que Wagner habían perecido antes del advenimiento del nazismo, no provocaron una reacción de ostracismo en Israel: obras de Beethoven, Liszt y Mozart fueron tocadas sin mayor controversia en el Estado judío. Incluso piezas de compositores alemanes públicamente identificados con el nazismo –Richard Strauss, Carl Orff, Franz Lehár–, a partir de la segunda mitad de la década del ochenta y durante los años noventa dejaron de ser boicoteadas en Israel. No así con Wagner. Su música siguió siendo resistida en Israel y solamente pudo ser escuchada a través de las estaciones de radio y canales de televisión que eligieron emitirlas.

En la década de 1950 Israel institucionalizó el Día de Recordación del Holocausto y del Levantamiento del Gueto de Varsovia (1951) y creó el Museo del Holocausto Yad Vashem (1953). Esa época coincidió con el acuerdo de reparaciones alcanzado entre Israel y Alemania, que estuvo rodeado de un fuerte debate social. En la década de 1960, tres acontecimientos instalaron de lleno la memoria de la Shoá en Israel y afectaron las precepciones sobre Alemania entre los israelíes.

En 1961 comenzó el juicio a Adolf Eichmann, quien, como director de la Sección IV-B4 de la Oficina Principal de Seguridad del Reich, supervisó la deportación de un millón y medio de judíos de toda Europa hacia campos de exterminio. El juicio duró aproximadamente ocho meses, convocó a más de cien testigos e involucró el estudio de alrededor de mil seiscientos documentos. El fiscal principal Gideon Hausner acusó al oficial nazi de quince cargos diferentes, entre ellos, haber cometido crímenes contra el pueblo judío y crímenes contra la humanidad. Este juicio, seguido por el mundo entero, conmocionó profundamente a la sociedad israelí e instaló en la esfera pública la discusión sobre el genocidio nazi de los judíos europeos, permitiendo a los sobrevivientes relatar en público padecimientos dolorosamente reprimidos. El juicio concluyó con la condena a muerte del acusado, su ejecución y posterior cremación. Sus restos fueron arrojados en aguas internacionales, fuera del territorio israelí.

A comienzos de la década se reveló que científicos alemanes estaban colaborando con el desarrollo del arsenal misilístico egipcio, hecho que provocó una intensa indignación en Israel. Por aquel entonces, Egipto estaba decidido a destruir a su vecino del norte. Todos los pedidos israelíes a Alemania para que cesara esa actividad cayeron en saco roto. Bonn alegó que no ejercía control sobre las decisiones de sus ciudadanos y sus empresas privadas. El servicio secreto israelí puso en su mira a los científicos alemanes colaboradores y a sus actividades en Egipto, y para mediados de la década esa cooperación había finalizado.

En 1965 Alemania Occidental e Israel entablaron lazos diplomáticos. A diferencia de la República Democrática Alemana, que no se vio a sí misma como sucesora del Tercer Reich y en consecuencia responsable de sus acciones, la República Federal Alemana aceptó la herencia negra de su pasado. El intercambio de embajadores fue la culminación de un proceso complejo iniciado a comienzos de los años cincuenta, cuando Bonn y Jerusalem dieron lugar a tratativas tendientes a que el primero compensara materialmente al segundo por los crímenes del Holocausto. En septiembre de 1951, el canciller alemán Konrad Adenauer anunció ante el Bundestag la voluntad de su nación de pagar reparaciones al Estado judío. Para Alemania, el arrepentimiento colectivo era visto como un imperativo moral y también como una vía para ser integrada en la Alianza Occidental. Para el Estado recién nacido, agobiado por las exigencias del emprendimiento nacional y pujando por hacerse un lugar en un Medio Oriente reacio a su existencia, el apoyo material de Alemania era necesario. Razones morales para justificar esa asistencia no faltaban, pero un sector de la sociedad consideraba una traición a la memoria de los muertos y una vergüenza para la generación presente aceptar lo que veía como dinero manchado con sangre. El líder de la oposición a estos acuerdos de reparaciones fue Menájem Beguin, un carismático orador, parlamentario, jefe de Herut y más adelante primer ministro por el Likud, que alegaba que nada debía ser hecho que pudiera rehabilitar a Alemania, ni debía haber contactos con los alemanes. La oposición al acuerdo fue por momentos violenta. En enero de 1952 el primer ministro, David ben Gurión, anunció que el Gobierno había decidido dar lugar a las negociaciones con Bonn y en septiembre un Acuerdo de Reparaciones fue firmado en reconocimiento del hecho de que "actos criminales indescriptibles fueron perpetrados contra el pueblo judío durante el régimen de terror Nacional-Socialista". Aun después de la firma del acuerdo, el boicot a los contactos con Alemania continuó, a excepción de los necesarios para implementarlo. Pero marcó la apertura a la normalización de relaciones entre ambas naciones y al eventual establecimiento de lazos diplomáticos.

En noviembre de ese mismo año, la prensa israelí informó de que la Orquesta Filarmónica de Israel deseaba tocar obras de Wagner y Strauss. Su director, Igor Markevitch, exclamó: "Amo a Israel, empero soy un extranjero entre ustedes. Y el punto de vista de un extranjero es: toquen a Wagner y a Strauss". Apenas diez meses después de la polémica por el establecimiento de contactos con Alemania en vistas a forjar un acuerdo de reparaciones, la noticia estaba llamada a causar una controversia. El titular del sindicato de compositores envió una carta al ministro de Educación y Cultura expresando su disgusto con los planes de la orquesta:

Nosotros no creemos que, luego de todo el asunto de las reparaciones, sea bueno para el Estado embarcarse en una nueva controversia en este tema. Por otro lado, tenemos confianza en que varios miembros del mundo cultural no permanecerán quietos al respecto, y con razón, dado que Strauss, a pesar de su importancia musical, fue miembro del partido nazi, perpetuó la memoria de los caídos en su In Memoriam, escribió un himno a [Hans] Frank, archiejecutor de Polonia, y frecuentemente panegirizó a sus líderes en obras de exaltación. Nosotros vemos como nuestra obligación pedirle que evite esta movida antes de que nosotros mismos hagamos algo.

El concierto fue cancelado. Esta discusión había tenido lugar unos pocos meses posteriores a un anuncio de la Orquesta Filarmónica de Israel de que la famosa mezzosoprano Jennie Tourel cantaría Das Lied von der Erde de Gustav Mahler con letra de Hans Bethge. La Junta de Revisión de Cine y Teatro recordó a la orquesta la existencia de una prohibición de hacer presentaciones en público en idioma alemán, la cual databa de 1950, surgida en respuesta a la intención del cantante Kenneth Spencer de cantar una selección de poemas de Goethe bajo melodías de Schubert. Su par cantante Ernst Garay aceptó el requerimiento y cantó en hebreo, pero la señora Tourel solicitó sin éxito al director Leonard Bernstein que le permitiera cantar en alemán.

Sobre la ola de estos precedentes, un nuevo intento de introducir cultura alemana en Israel fue hecho por el prestigioso violinista Jascha Heifetz. Cinco meses después de la cancelación del concierto de Wagner y Strauss de la Orquesta Filarmónica de Israel, trascendió que Heifetz quería incluir piezas de Strauss en una serie de recitales que daría en el país. La noticia se conoció cuando los israelíes estaban por conmemorar el Día de Recordación del Holocausto en abril de 1953, lo cual agregó indignación a la sensibilidad reinante. El ministro de Educación y Cultura pidió que Strauss no fuese tocado y el ministro de Justicia reforzó el requerimiento. Este último era también el presidente de la administración de la Orquesta Filarmónica de Israel, y en esa capacidad lescribió dos veces a Heifetz instándole a que desistiese de tocar obras de Strauss en Israel. El segundo pedido lo hizo llegar al violinista mediante un mensajero poco antes del inicio del concierto. Sin embargo, Heifetz se declaró contrario a la censura musical y rehusó cumplir con estas solicitudes. Durante su gira, tocó música de Strauss en Haifa primero y luego en Tel Aviv. Al finalizar un concierto en Jerusalem, cuatro días después del Día de Recordación del Holocausto, Heifetz fue atacado por un desconocido con un tubo de metal y padeció heridas superficiales. La maleta de su violín le sirvió de escudo.

En noviembre de 1956 el nuevo director de la Orquesta Filarmónica de Israel, Georg Singer, quiso incorporar selecciones de la opera Don Juan de Richard Strauss en una serie de conciertos. La orquesta dio el visto bueno y el flautista Uri Toeplitz escribió una nota explicativa para suavizar la reacción del público. La orquesta publicó a su vez un manifiesto en su defensa: "La performance de obras de Richard Wagner y Richard Strauss es, en la opinión de todos los expertos reconocidos, obligatoria en todo país que busca promover la cultura musical y la educación del público general, particularmente jóvenes, de modo de promover un entendimiento del desarrollo de la música orquestal desde el fin del período clásico hasta el presente". Desde el otro extremo de la opinión, el movimiento juvenil nacional protestó: "¡No profanen la atmósfera de nuestro Estado con música nazi!". Cruces esvásticas aparecieron pintarrajeadas sobre algunos pósteres promocionales del concierto de la orquesta. Al final, Strauss quedó fuera del programa y en su lugar se tocó la apertura del Carnaval de Antonín Dvorák.

Tan sólo unas pocas semanas habían transcurrido del fin de la Guerra del Sinaí y la sociedad no parecía tener paciencia para enredarse en un nuevo debate sobre este asunto.

La administración de la orquesta siguió interesada y pidió a un miembro de la delegación israelí en Colonia que averiguase más hechos fácticos sobre la postura personal de Richard Strauss sobre el Tercer Reich. A comienzos de 1957 discutió el asunto de los dos Richard en una reunión de comisión. "Debemos continuar moviéndonos para purificar la música de Wagner", indicó el director general Kurt Salomon, "y la administración debe declarar su acuerdo de incluir obras de Wagner en el programa de la orquesta". Con todo, cuando el administrador del Club de Prensa de Tel Aviv sugirió un tiempo después que se realizara un simposio público sobre Wagner y Strauss en Israel, el propio Salomon desestimó la idea alegando:

No creemos que este sea el momento adecuado para elevar este tema en un foro público, la cuestión respecto de si la música de Wagner y Strauss debiera ser tocada en Israel no es un asunto musical, sino uno público.

Las autoridades de la orquesta estaban preocupadas por posibles actos de violencia a la luz de un hecho que había causado una fuerte conmoción seis semanas antes pero cuya génesis databa de unos años atrás. En septiembre de 1954 el periodista freelance Malkiel Grünwald acusó al abogado húngaro inmigrado a Israel Rudolf Israel Kasztner de haber colaborado con los nazis para salvar a miembros importantes de la comunidad judía húngara y de haber ayudado a salvar al criminal nazi Kurt Becker al dar evidencia a su favor en los juicios de Núremberg. Durante la guerra, Kasztner había logrado salvar las vidas de unos mil setecientos judíos, y algunos sospechaban que había logrado eso por medio de un acuerdo no santo con las autoridades alemanas. Otros creían que, a pesar de los riesgos de tratar con los nazis, él había hecho lo que pudo para salvar a la mayor cantidad de judíos. Kasztner inició acciones legales contra Grünwald por calumnias, y durante el juicio la opinión pública giró de modo adverso contra Kasztner. El juez Benjamin Halevi dictaminó en su contra y proclamó que este había "vendido su alma al diablo". Kasztner apeló y fue exonerado del primer cargo y hallado culpable del segundo. No llegó con vida al final del proceso: fue ultimado por un extremista en la vía pública en marzo de 1957. Este fue considerado el primer asesinato político en la historia del Estado de Israel.

A inicios de 1963 la junta de la Orquesta Filarmónica de Israel se reunió para definir si música cristiana y obras vocales en idioma alemán podrían ser representadas en el Estado judío. Treces años habían transcurrido desde que se había prohibido el idioma alemán en performances públicas en Israel y más de un lustro desde el último debate nacional sobre la música de Wagner y Strauss. Para los israelíes esta discusión no era puramente artística sino fundamentalmente sobre política e identidad nacional. Marlene Dietrich hizo una presentación en alemán en el Estado judío y eso fue usado por los críticos para clamar por la anulación de la prohibición. La junta decidió dejar librado al criterio de la orquesta la decisión final, y una votación arrojó una clara mayoría a favor de dar lugar a performances en idioma alemán en Israel.

Tres años después, en 1966, la cuestión de la música wagneriana resurgió cuando la Orquesta Filarmónica de Israel anunció su anhelo de incluir obras de Wagner en sus repertorios. Lo hizo a través de un artículo firmado por el primer flautista y miembro de la administración de la orquesta, Uri Toeplitz, publicado en el programa de los conciertos del final de temporada. Este escribió:

Nosotros sentimos que es tiempo de cambios, no sólo por las demandas cruciales de la libertad artística, sino porque la oposición a Wagner se ha transformado en un mero gesto. ¿Por qué debiéramos seguir negándonos parte de la más encumbrada música al prohibir tocar a Wagner, una pérdida que no puede ser reemplazada por los trabajos de ningún otro compositor, mientras que a una mera conveniencia como el Volkswagen alemán, con todas sus asociaciones de la era hitleriana, se le permite copar nuestras calles?... Por ende, esta vez debemos adoptar una postura racional y valiente y permitir que la música de Wagner sea tocada, y de esta forma abrir la puerta a obras incluidas entre las mejores de la música compuesta en el siglo xix.

Originalmente, Toeplitz se había expresado de modo diferente al decir: "Un cambio ha tenido lugar en la actitud de la nación hacia el exterminio de nuestro pueblo", lo cual había irritado a muchos y precipitado un pedido de los directores de la orquesta para que removiese esa afirmación. Su argumento acerca de la contradicción en la sociedad israelí –por un lado dispuesta a consumir productos alemanes de todo tipo y por indignada e intransigente con la obra de Richard Wagner– tenía su mérito, y el nuevo esfuerzo por introducir al compositor alemán en Israel ocurría en un momento oportuno: apenas un año antes, Bonn y Jerusalem habían entablado relaciones diplomáticas. La Orquesta Filarmónica de Israel supuso que ese acontecimiento mayor suavizaría el rechazo israelí a la obra del cuestionado músico alemán. Esa suposición resultaría ser equivocada.

Este nuevo intento había surgido en parte por el deseo de Zubin Mehta de tocar Tristan und Isolde. Mehta todavía no había sido designado director musical de la orquesta, pero era una estrella ascendente y sus pedidos no podían ser galantemente ignorados. La orquesta decidió realizar una encuesta entre cuatrocientos suscriptores, de los cuales el setenta por ciento se mostró a favor de tocar obras de Wagner en Israel, y determinó lo siguiente:

Creemos que la orquesta debiera tocar obras de Wagner y Strauss. Informaremos a la junta pública de la orquesta acerca de nuestra decisión; para evitar tomar al público por sorpresa, dado que el tiempo apremia, creemos que Wagner no debiera ser tocado en el concierto número doce de esta temporada, pero debiera ser introducido en la temporada siguiente.

Mehta lamentó la postergación. Un suscriptor y juez de la corte que juzgó a Katzner y a Eichman, Benjamin Halevi, se opuso:

Como suscriptor y figura pública que quiere identificarse con su orquesta nacional, pido una reevaluación de la decisión de aceptar el principio de tocar a Wagner y a Strauss, quienes están asociados en la conciencia pública con los nazis y todo lo que infligieron a nuestro pueblo en nuestra generación.

Una vez que la decisión de la orquesta alcanzó estado público, el debate se instaló de lleno en los medios de comunicación. Lamerhav, cercano al Partido Laborista, publicó un editorial que decía:

Ningún anuncio lacónico, casualmente transmitido en un programa de concierto, puede poner fin a un debate sobre un problema que ha sido tema de controversia pública por unos treinta años (…) ni siquiera en nombre de la "libertad artística" la Orquesta Filarmónica tiene el derecho de borrar la memoria de aquellos días en esta generación.

El diario Hayom, identificado con Herut, publicó un editorial celebrando el desarrollo histórico de la orquesta para luego agregar:

Entonces, habiéndose establecido, la Filarmónica va y decide –cuando han pasado unos veinte años desde el Holocausto– honrar al nazi Richard Strauss, y tocar sus obras en Tel Aviv y en sus conciertos en el extranjero. Y así como este paso atrevido y degradante –que insulta a la memoria de los seis millones de víctimas del régimen del que Richard Strauss era parte– no parecerá demasiado pronto y sorprendente, la orquesta desentierra (…) trabajos de otro alemán –él también un notorio antisemita– a quien los nazis vieron como su profeta y pionero: Wagner.

El diario progresista Haaretz publicó una nota de opinión de un autor que lamentaba que el arte y la política se hubieran entremezclado tanto, y que ello sugería una "infiltración de pensamiento totalitario en nuestra vida pública", y pedía por "una distinción entre el reinado de las melodías y el reinado de Satán". Michal Zmora, directora musical de la radio Kol Israel, que había emitido obras del músico nazi Carl Orff, escribió a favor de tocar composiciones de Wagner y Strauss sobre la base de que sus contribuciones fueron importantes para el desarrollo cultural de la era moderna, mientras que las obras de Orff habían sido creadas con una finalidad expeditiva, la de ser aceptado por el esquema nazi y a la vez oponerse al sistema abstracto de Arnold Schönberg, músico judío censurado por los nazis. Dos miembros de la junta pública de la Orquesta Filarmónica de Israel, el ministro de Salud –Israel Barzilay– y el fiscal Gideon Hausner se manifestaron contrariamente a la decisión de la orquesta. El hecho de que dos fiscales del juicio a Eichmann (Halevi y Hausner) estuvieran en contra de la ejecución de obras de Wagner por parte de la Orquesta Filarmónica tenía su peso.

Esta polémica concluyó con la decisión de la orquesta de dejar fuera de su repertorio las obras de los dos Richard. Cuando la orquesta comenzó con sus preparativos para una gira por Australia, Nueva Zelanda y Hong Kong, el asunto desapareció de la escena. Al año siguiente ocurrió la Guerra de los Seis Días, en la cual Israel pasó de un estado de ansiedad por su existencia a uno de exaltación por su poder, habiendo derrotado a tres países árabes enemigos en el campo de batalla en un corto plazo. Apenas tres días después de finalizada la contienda aterrizaron en Israel el conductor Leonard Bernstein, la mezzosoprano Jenny Tourel (había estado en el centro de la controversia en 1952 por las canciones en alemán de Mahler) y el violinista Isaac Stern (un año antes había enviado un telegrama a la orquesta filarmónica instándola a no cejar en su esfuerzo por abolir la prohibición de tocar a Wagner). En 1969 Mehta nuevamente intentó tocar música de Strauss, pero las protestas que surgieron lo hicieron cambiar de opinión. Till Eulenspiegel de Strauss fue reemplazada por Chaconne para orquesta del compositor israelí Noam Sheriff, quien desafiaría al boicot contra Strauss veintiún años después, en 1990, al dirigir un concierto de la Orquesta Sinfónica de Rishon LeZion.

Pasaron cinco años hasta que la Orquesta Filarmónica de Israel pujó una vez más por introducir la obra wagneriana en el Estado judío. En junio de 1974 la prensa israelí informó de que la administración de la orquesta había decidido incorporar piezas de Wagner en un próximo concierto. Como era habitual, la orquesta esperó hasta el fin de la temporada musical para advertir al público acerca de su intención. Y una vez más las reacciones favorables y contrarias no tardaron en surgir.

El crítico de arte del diario Yedioth Aharonot, Imanuel Bar-Kadma, apeló a la inconsistencia de la sociedad israelí para sustentar su postura pro Wagner:

Tan sólo la noche previa toda la nación se sentó pegada a sus pantallas de televisión, mirando con excitación y verdadero fervor deportivo la lucha obstinada desatada en la cancha de fútbol entre los equipos nacionales de las dos Alemanias [la Copa Mundial en Alemania Occidental]. No hemos oído de un solo ciudadano que haya apagado su aparato de televisión para registrar una protesta; yo no he oído de ninguna reacción que indicara alguna corriente emocional subterránea de ningún tipo en la actitud del espectador hacia el partido. Todos nosotros, sin excepción, fuimos "buenos deportes" y muy "objetivos", que gane el mejor.

El único canal de televisión disponible por aquel entonces era estatal. En el mismo diario, Amos Kenan publicó un poema breve burlesco proponiendo un concierto que incluyera "el Preludio y fuga de Adolf Volkswagen" y "el Concierto para flauta de Sebastian Grundig". El profesor de derecho Amos Shapira fustigó, también en Yedioth Aharonot, a quienes apoyaban el boicot: "¿No hay un toque de exageración, y una sombra de hipocresía, en ser tan ansiosos por cerrar la ventana de la cultura y del arte –¡eso, de todas las cosas, y sólo eso!– para que, el cielo no quiera, los sonidos wagnerianos no penetren?". Desde la vereda de enfrente, en el diario Davar, el columnista Israel Neumann relató el caso de un admirador judío de Wagner que le había enviado una misiva al compositor diciendo que para matar al judío que en él vivía no tenía más remedio que matarse. Y de hecho, luego del fallecimiento de Wagner, este seguidor se suicidó en la tumba de su ídolo. "A los fans de Wagner en Israel no se les pedirá que lleguen tan lejos", señaló Neumann, apenas se les pediría que muestren recato en su entusiasmo por escuchar la música de Wagner en su patria.

El Comité de Trabajadores del Auditorio Mann, donde se iba a llevar adelante el concierto, emitió una carta de protesta contra la decisión de la orquesta:

Nos hemos enterado con gran pena y con nuestros corazones entristecidos que la administración de la Orquesta Filarmónica de Israel ha accedido a la sugerencia del conductor Zubin Mehta (…) ¡Qué vergüenza! (…) Pobre del judío en el Estado de Israel que acceda a tocar la música que acompañó a los seis millones, de niños, mujeres, hombres, y bebés, a los campos de la muerte.

Este comité estaba compuesto por los acomodadores, quienes eran en gran parte personas físicamente discapacitadas: sobrevivientes del Holocausto, partisanos, luchadores de la resistencia y veteranos del ejército israelí. Ellos amenazaron con no abrir las puertas del auditorio la noche del concierto. La prensa reportó que activistas anti Wagner planeaban comprar tickets para sabotear el concierto desde dentro de la sala. Una semana después del anuncio, la orquesta informó de que anulaba su decisión de tocar obras de Wagner en esa temporada. Yehuda Diamant, profesor de bioquímica en la Universidad Bar Ilán, envió cartas indignadas a las autoridades de la orquesta por haber cedido terreno. "Nadie puede detener el tiempo, pero hasta que 1984 arribe [en referencia al libro de George Orwell], me niego a aceptar el edicto cultural que me dice qué leer, qué ver, qué escuchar, de un comisario cultural, político gris, miembro de un consejo local, o un autoelegido grupo de presión".

Apenas una semana había transcurrido desde el anuncio y la marcha atrás. La rapidez con la que la orquesta abandonó su iniciativa pro Wagner esta vez posiblemente tuvo que ver con la coyuntura en Israel. En ese período, los residentes del norte del país estaban siendo agobiados con ataques terroristas particularmente atroces. A mediados de mayo, terroristas palestinos secuestraron y mataron a dieciséis niños en el kibutz de Ma'alot. Para cuando la orquesta anunció su intención de tocar Wagner, otro atentado contra otro kibutz dejó muertos a dos miembros y a un voluntario. El día posterior a la cancelación, un comando palestino ingresó en un departamento en Naharia y asesinó a dos niños y a su madre. A su vez, el anuncio de la orquesta tuvo lugar apenas seis meses después del fin de la Guerra del Iom Kipur –contienda en la que Israel fue tomada por sorpresa por Siria y Egipto en su día religioso más sacro y que dejó a la nación profundamente afectada– y a dos meses de la publicación de las conclusiones de una comisión investigadora que terminó provocando la renuncia de la primera ministra –Golda Meir–, del ministro de Defensa –Moshé Dayán– y del jefe del Estado Mayor Conjunto –David Eleazar–. Aunque el tumulto político y el acoso terrorista no fueron mencionados por los opositores a la música wagneriana en Israel, el contexto seguramente creó un espacio psicológico poco receptivo a la puja por la vanguardia artística de los miembros de la orquesta.

En 1976 la Orquesta Filarmónica efectuó una performance como orquesta invitada en Hollywood junto con la Orquesta Sinfónica de Los Ángeles. Esta tocó Die Meistersinger von Nürnberg, la pieza cuya cancelación del repertorio de la Orquesta Sinfónica Palestina en 1938 había inaugurado el boicot a Wagner en Israel. La prensa israelí no prestó atención al hecho, quizás porque no fue la orquesta estatal la que tocó esa obra o quizás porque ello ocurrió en un país extranjero. En todo caso, como Na’ama Sheffi observó, el "1984" aludido por el doctor Diamant arribó a Israel al poco tiempo; anticipadamente, en 1981, cuando la orquesta filarmónica rompió el tabú al tocar una pieza de Wagner como un bis al final de un concierto. No se trató de una advertencia de que Wagner sería tocado, sino de una performance real de la música wagneriana, cosa que no ocurría desde 1938.

Las circunstancias que rodearon este hecho de octubre de 1981 sugerían que Zubin Mehta, el promotor de la última iniciativa, descartaría la idea. La nación estaba enlutada por el fallecimiento del legendario militar Moshé Dayán, una muchedumbre se había aglutinado a la entrada de la sala de conciertos luciendo la estrella de David amarilla en sus ropas (uno fue detenido al detectarse que portaba un cuchillo militar), la policía había advertido sobre la posibilidad de atentados, el ministro de Educación y Cultura, Zevulun Hammer, había asistido y se especuló con que Mehta no querría ofenderlo. Pero al final de uno de los conciertos ofrecidos, el conductor anunció al público presente que, como un bis, la orquesta tocaría una pieza de Richard Wagner. Quien hubiese querido retirarse de la sala, habría podido hacerlo, Mehta sugirió, y con ello no habría ofendido a los músicos. Algunos miembros de la audiencia dejaron el lugar, como también lo hicieron dos integrantes de la orquesta, el violinista Avraham Melamed y el trombonista Zvi Ostrowsky. Cuando los primeros acordes de Liebes Tod sonaron, uno de los acomodadores, Ben Zion Leitner, sobreviviente de la Shoá, subió al escenario, protestó y exhibió su cuerpo torturado por los nazis. Gente se agolpó, comenzaron las discusiones y el concierto quedó trunco. La fotografía del dramático momento apareció al día siguiente en los medios locales. A los pocos días, el trombonista objetor fue hospitalizado en terapia intensiva.

Esta vez el debate mediático, que solía ser intenso, fue acalorado, duró meses y tuvo además repercusión internacional. Parte de la crítica se centró en cuestionar la decisión de Mehta de haber impuesto por la fuerza, si bien efímeramente, a Wagner en el Estado judío. Otra parte de la crítica se sumergió en el conocido historial antisemita del compositor y en la inevitable perturbación que su música exaltada por los nazis generaría en Israel.

El titular del consejo administrador de Yad Vashem, Yitzhak Arad, protestó la decisión de la orquesta de querer introducir en Israel la obra de uno "de los líderes antisemitas del racismo, envenenado y envenenador, cuyos escritos difamatorios y música dieron inspiración a los nazis y a una gran parte de su actividad cultural oficial". Sumó su objeción Moshe Hoch, director del Instituto para la Conservación e Investigación de la Música Judía del Holocausto. El fiscal Gideon Hausner publicó una nota en el Jerusalem Post recordando la actitud de Wagner ante los pogromos de 1881, cuando invitó a sus compatriotas a emular esas acciones.

El crítico literario Moshe Dor escribió en Ma’ariv que en 1871 los franceses se habían manifestado en las calles en oposición a una puesta en escena de la ópera wagneriana Lohengrin. Un año antes, los alemanes habían invadido París y les resultaba bochornosa la noción de que la música de un compositor alemán fuese bien recibida en Francia. "¿Lo que fue permisible para los franceses nos está vedado a nosotros?", preguntó Dor. "¿Y podemos siquiera comparar lo que los alemanes les hicieron a ellos con lo que los alemanes nos infligieron a nosotros?". Su reflexión parecía ser una respuesta indirecta a una observación que había hecho Mehta antaño cuando, forzado a dar marcha atrás con su idea de tocar piezas wagnerianas, había acotado que los belgas y los holandeses habían estado bajo ocupación nazi y no por ello se oponían a disfrutar de la obra compuesta por Wagner. Cinco días después, Dor expandió su objeción con otro artículo que presentaba una famosa cita de Hitler sobre Wagner y cartas de lectores agregaron información sobre el antisemitismo del compositor.

El parlamentario y sobreviviente Sheva Weiss opinó en Davar que lo ocurrido fue "un acto no judío [realizado] por una orquesta que fue fundada por los sobrevivientes del nazismo, por las víctimas indirectas del wagnerismo. Es una estrechez de espíritu en los judíos, una suerte de abrazo del seigneur opresivo. Esta vez el seigneur viene en el formato de un músico alemán". El editor-jefe de Yedioth Aharonot, Herzl Rosenbaum, atacó a Mehta por su conducta:

Todo este problema es un problema interno nuestro, un problema que debe ser debatido dentro de nuestra propia casa, y ningún extranjero, por más amigo que sea, debiera ingresar allí (…) Esto es también válido para nuestro querido amigo Zubin Mehta, quien nos ama con toda su alma, y nosotros a él, pero él leyó sobre Auschwitz, y nosotros fuimos llevados allí (…) Debe dejarnos [esto] a nosotros, y no intentar decirnos qué hacer.

Una afirmación del viceministro Dov Shilansky, emitida por radio, enturbió las aguas. "Mehta", él dijo, "debe volver a la India". El vocero del primer ministro Menájem Beguin, usualmente un ácido crítico de todas las cosas alemanas, aseguró que Shilansky habló por sí mismo y que sus palabras no reflejaban la política oficial. En respuesta, la junta directiva de la orquesta filarmónica anunció que designaba a Zubin Mehta su director musical de por vida: “Estamos completamente con usted, y un insulto contra usted es un insulto contra nuestra institución artística y contra cada uno de nosotros”. Luminarias del panteón musical expresaron su apoyo a Mehta, entre ellos el violinista Yitzhak Perlman, el pianista Daniel Barenboim y el compositor Leonard Bernstein. La conductora Dalia Atlas indicó que el debate no debía “sabotear la existencia de una orquesta y de un conductor que glorifican el nombre de Israel en el mundo”, otros recordaron la solidaridad de Mehta con la nación, quien había viajado a Israel aun en tiempos de guerra. También manifestó su apoyo al conductor indio el músico israelí Arie Vardi, quien en la década siguiente violó la prohibición contra la música de Strauss durante un concierto de la orquesta filarmónica. El episodio fue cubierto por diarios del mundo como The London Times, The New York Times, Newsweek, Frankfurter Allgemeine Zeitung, Die Welt, International Herald Tribune y The Daily Telegraph. Una encuesta encargada por el Jerusalem Post mostró que el sesenta y cinco por ciento de los encuestados se oponía a performances públicas de obras de Wagner en Israel, contra un veintitrés por ciento a favor.

Desde este incidente y durante casi un año entero los israelíes estuvieron eximidos de nuevas polémicas relacionadas con músicos alemanes. En noviembre de 1982, el conductor Igor Markevitch grabó en estudio junto con la Orquesta Sinfónica de Jerusalem la pieza Till Eulenspiegel de Richard Strauss sin el acompañamiento esperado de disturbios o quejas. El precedente sugería que se podía desatar una nueva polémica –en 1953 y 1966 Georg Singer y Zubin Mehta, respectivamente, debieron cancelar sus anunciados conciertos con la inclusión de esa obra por el disgusto público– y algunos medios de comunicación locales e internacionales observaron que esta vez la tranquilidad había prevalecido.

El año 1982 había sido duro para los israelíes. Como parte de los acuerdos de paz con Egipto, Israel debió remover, forzosamente incluso, a los residentes israelíes de Yamit, en el desierto del Sinaí. Las imágenes de soldados judíos forcejeando con colonos judíos despertaron todo tipo de asociaciones con otras épocas y contextos. Unos meses más tarde, el ejército israelí invadió el Líbano para dar respuesta a la incesante campaña de terrorismo lanzada por la OLP desde aquel país árabe. Aun cuando Israel alcanzó su objetivo de expulsar a las fuerzas palestinas del sur del país, esta incursión terminó siendo una de las guerras más difíciles para el país y precipitó un prolongado y agobiante debate social. Si un director de orquesta todavía tenía la energía para insistir con la música alemana en el Estado judío, parecía que el resto de la sociedad no estaba presta a cuestionarlo.

En 1983, en ocasión del centenario del fallecimiento de Wagner, ningún evento tuvo lugar en Israel ni, extrañamente, esfuerzo alguno fue realizado por la orquesta filarmónica para insertar su música en sus reportorios de aquel año. Al año siguiente fue publicado el primer libro en hebreo sobre la controversia que rodeó a su persona y su música en Israel bajo el título ¿Quién le teme a Richard Wagner? El título estaba basado en un artículo publicado en Haaretz en plena polémica de 1981, escrito por Haim Gans. Y por primera vez su manifiesto antisemita El judaísmo en la música fue traducido al hebreo. Pero en el ámbito musical no hubo mayores desarrollos sino hasta fines de la década. En 1988 el pianista Gilead Mishory incluyó un arreglo de piano de Liszt de Liebestod de Tristan und Isolde en recitales dados en Rehovot, Jerusalem y Tel Aviv, y estos pasaron sin demasiada atención del público a pesar de haber sido informado el programa por la prensa impresa y la radio. El veterano periodista Yosef Lapid aprovechó la oportunidad para opinar que "ha llegado la hora de perdonar, si no a Richard Wagner el hombre, al menos a su aura". Él no escondió el antisemitismo del compositor, sino que lo expuso y alegó que era inconsistente prohibir a Wagner y no a otros creadores antisemitas como Chopin, Mussorgsky o Hemingway.

El debilitamiento del boicot se cristalizó a mediados de 1988, cuando la televisión emitió un programa sobre la dirección de Daniel Barenboim en el Festival de Bayreuth. En 1989 un congresista pidió la comparecencia del ministro de Cultura, Yitzjak Navón, ante el Parlamento para que explicase el hecho de que durante sus ensayos, bajo la batuta de Barenboim, la orquesta filarmónica hubiese tocado piezas de Wagner. El ministro confirmó el hecho, acotó que un músico se había excusado de tocar esas piezas y se le permitió retirarse, y aseguró que la orquesta no tenía intenciones de realizar performances públicas de obras wagnerianas. Para esos tiempos, el programa de música clásica de la radio israelí comenzó a incorporar ocasionalmente obras de Wagner y Strauss y, ante el silencio del público, continuó haciéndolo.

En octubre de 1990 el periódico del norte del país Kol Hakrayot informó que música de Wagner estaba siendo difundida en los trenes de Israel. La compañía de trenes prometió investigarlo y el asunto no pasó a mayores. Ese mismo año cayó un tabú en Israel cuando Barenboim aterrizó allí para dirigir a la Orquesta Filarmónica de Berlín, la cual tuvo vedado el ingreso al Estado judío por décadas, dado que su conductor legendario, Herbert von Karajan, había sido miembro del partido nazi. Karajan falleció en 1989 y al año siguiente la orquesta fue recibida en Israel. Wagner quedó fuera del programa del concierto.

En diciembre de 1991 el maestro argentino-israelí estaba decidido a incorporar dos de las piezas más conocidas de Wagner –Der fliegende Holländer y el preludio Liebestod de Tristan und Isolde– en un concierto de la Orquesta Filarmónica de Israel que él dirigiría. La polémica no tardó en estallar y, como otras veces en el pasado, ocurrió en un contexto de una sociedad profundamente afectada, en este caso por los hechos de la Guerra del Golfo de unos meses previos. Durante esa guerra, surgida de la invasión de Kuwait por parte del Iraq de Sadam Husein, éste amenazó con incendiar la mitad del Estado judío y lanzó treinta y nueve misiles Scud contra el país. Estos no provocaron muertes directas por impacto, pero sí debido al estrés, además de ocasionar daños materiales. La población debió recluirse en refugios antibomba y usar máscaras antigás, pues el dictador iraquí tenía un arsenal de armas químicas y biológicas que había empleado anteriormente contra la minoría kurda de su propia nación. La memoria colectiva judía revivió recuerdos atroces de muerte por gas, y cuando trascendió que el gas iraquí había sido manufacturado y provisto por Alemania, el sentimiento popular se enardeció. La asociación entre Wagner, los nazis y Sadam Husein fue inmediata y quedó reflejada en la nueva controversia por la música wagneriana en Israel.

El Comité Público por la Herencia del Holocausto y del Heroísmo envió una carta a la junta de la orquesta filarmónica instándola a remover la palabra Israel de su nombre. El violinista Avraham Melamed tocó la plegaria hebrea por los muertos, Kadish, frente al Auditorio Mann, sede usual de los conciertos de la orquesta, y en entrevistas dadas a la prensa explicó la relevancia de la simbología en la cuestión wagneriana: "En primer lugar, los nazis tomaron la música de Wagner como un símbolo. También hicieron de un símbolo la esvástica, que es en realidad un antiguo símbolo indio. Ellos tomaron estos símbolos y los convirtieron en un símbolo. Hoy, si yo dibujara una esvástica en algún lugar público, la policía me arrestaría". El violonchelista Paul Blassberger, sobreviviente de Mauthausen, se expresó a favor de tocar obras del compositor alemán en Israel alegando que su ideología no había contaminado su arte. El clarinetista Yaacov Barnea sostuvo lo opuesto, que no podía separarse al hombre de su creación y que la música wagneriana estaba saturada de nacionalismo. El violinista Itzjak Perlman, solista frecuente de la filarmónica, opinó que debía respetarse el sentimiento de los sobrevivientes de la Shoá en Israel.

Michael Handelzalts, editor cultural de Haaretz, sugirió que la nación debía madurar y dejar de lado sus quejas contra Wagner como un símbolo para verlo como un artista solamente. En ese mismo diario, el crítico Ariel Hirschfeld rechazó el argumento que ridiculizaba a los consumidores de Volkswagen que se oponían a las performances públicas de Wagner en Israel señalando que las actitudes hacia las cosas materiales y las espirituales eran incomparables. El editor de Ma’ariv, Shmuel Schnitzer, marcó una posición personal: "Y si la orquesta filarmónica incluye su música en los conciertos para suscriptores también, me distanciaré de ella con pesar, agradecido por las experiencias mágicas que me ha dado en el pasado, pero sin la menor duda".

La ex directora del departamento musical de la radio Kol Israel, Michal Zmora, dijo que la conducta de los nazis hacia el arte había sido fascista y anticultural y desafió a sus compatriotas con una pregunta: "¿Compartiremos eso con ellos?". Esas palabras ocasionaron una controversia dentro de la otra controversia. Por su parte, Zubin Mehta intervino para decir que había dejado en manos de Barenboim el liderazgo de la cruzada pro Wagner en Israel:

Luego de haber intentado tocar Wagner en octubre de 1981, llegamos a la conclusión de que solamente un conductor israelí podría hacerlo. Luego del intento y del escándalo, decidimos dejar descansar al asunto por unos años, y pensamos que la persona que podría hacerlo sería Lenny Bernstein o Daniel Barenboim. Hemos estado hablando con Barenboim al respecto por cinco años ya.

Mientras el debate continuaba, la orquesta filarmónica anunció que no incorporaría obras de Wagner en sus repertorios en consideración a quienes hallaban eso objetable. Las pasiones menguaron.

Mientras tanto, piezas de Richard Wagner y comentarios sobre su vida y obra comenzaron a ser escuchados en la radio y mostrados en la televisión israelí. En enero de 1995, por ejemplo, Kol Israel emitió una serie de ocho capítulos sobre el compositor alemán. A mediados de año, el programa semanal dedicado a la ópera emitió Der fliegende Holländer y Haaretz lo incorporó en su comentario sobre recomendaciones musicales de la semana. En 1994 el Canal 8 emitió una obra de Wagner, pero fue a partir de 1997, con la regulación de los canales de TV por cable, que las óperas wagnerianas comenzaron a copar la televisión local: Tanhäuser, Der fliegende Holländer, Der Ring des Nibelungen, Die Meistersinger von Nürnberg. Ello fue expandido por medio de los canales extranjeros, especialmente alemanes, disponibles en la televisión por cable.

Asimismo, la radio, la televisión y las orquestas israelíes quebraron el tabú sobre las obras de otros compositores nazis o colaboradores tales como Richard Strauss, Carl Orff y Franz Lehár. Ya en marzo de 1990 Noam Sheriff había tocado la pieza Metamorfosis de Strauss en un concierto público de la Orquesta Sinfónica de Rishon LeZion. En 1994 el Canal 8 divulgó Der Rosenkavalier e Intermezzo de Strauss. Ese mismo año la orquesta filarmónica había incorporado una breve pieza de Strauss hacia el final de su temporada musical y para la siguiente temporada, en 1995, Lieber y Das Heldenleben, ambas del mismo compositor, fueron adicionadas a los conciertos. En la siguiente temporada se tocaron selecciones de Salomé y Don Quijote, y años más tarde el Canal 8 emitió óperas de Strauss, así como documentales sobre su vida. Similar suerte corrieron las composiciones de Orff y Lehár. No obstante, la oposición a Richard Wagner permaneció incólume.

Y así, cuando la Compañía de Ópera de Tel Aviv anunció, en 1998, que había incluido en su programación un extracto grabado de una obra suya, la audiencia protestó. Cuando la Orquesta Sinfónica de Rishon LeZion hizo pública la inclusión del Idilio de Sigfrido para la temporada 2000-2001, otra polémica se sucedió. El caso llegó a la Corte Suprema, que falló a favor de la orquesta. La coyuntura de este concierto era la segunda intifada palestina: el día del concierto, una sinagoga en Efrat había sido profanada, el día anterior había ocurrido un atentado suicida en Kfar Darom y los residentes del barrio jerosolimitano de Gilo estaban siendo atacados a tiros incesantemente por francotiradores palestinos desde la aldea próxima de Beit Jala. Antes de que el primer acorde del Idilio de Sigfrido pudiera ser escuchado, algunos miembros de la audiencia se retiraron en muestra silenciosa de desaprobación. Pero un hombre mayor eligió una forma más ruidosa para manifestar su enojo: durante minutos hizo sonar frenéticamente una matraca. Un oyente intentó detenerlo pero se necesitó la asistencia de dos acomodadores para contenerlo. El conductor Mendi Rodan ignoró el incidente y continuó dirigiendo la orquesta. Uno y otro eran sobrevivientes del Holocausto. Una vez afuera de la sala de conciertos, mientras la audiencia aplaudía la performance de música wagneriana, la prensa preguntó al disidente la razón de haber llevado una matraca. Shlomo, tal era su nombre, respondió: "Porque no pude encontrar una bomba".

Al año siguiente Daniel Barenboim tocó una pieza de Wagner durante un concierto dado en Israel al mando de la Staatskapelle de Berlín. Previo a su arribo al país, se le había solicitado expresamente que no lo hiciera y el conductor dio a entender que aceptaba aquel pedido, para terminar haciendo lo opuesto de modo sorpresivo. Al final de un concierto dedicado a Schumann y Stravinsky, Barenboim se dirigió a la audiencia en hebreo y preguntó si le gustaría escuchar una pieza de Wagner que había sido removida del repertorio debido a las protestas. La mayoría del auditorio respondió con aplausos, pero varios asistentes se pararon y gritaron al conductor: "Fascista", "Vete a tu casa" y “Es la música de los campos de concentración”. Imperturbable, Barenboim dijo que honraría los anhelos de la mayoría. Al cabo de media hora de discusión con la audiencia, indicó: “Este es mi bis personal para ellos”. Los objetores abandonaron la sala ruidosamente, la música de Richard Wagner sonó en la sala de conciertos y la audiencia aplaudió con fervor. Posteriormente, Barenboim dijo que decidió cambiar de parecer luego de ser interrumpido durante una conferencia de prensa por un celular que tenía como tono Die Walküre de Wagner. "Pensé que si podía ser escuchada en el ring de un teléfono, ¿por qué no podría ser tocada en una sala de conciertos?". "No es su trabajo determinar si el Estado de Israel decide permitir que Wagner sea escuchado o no", respondió el alcalde de Jerusalem, Ehud Olmert. Cuando legisladores propusieron prohibir las performances de Barenboim en Israel, Zubin Mehta salió en defensa de su colega. El Comité de Educación y Cultura del Parlamento israelí declaró a Barenboim persona non grata. Tres años más tarde, el mismo Parlamento le concedió el prestigioso Premio Wolf, la distinción más destacada que confiere el Estado de Israel. Comenzó a ser entregado en 1953 bajo los auspicios del Ministerio de Educación y ha sido otorgado cada año desde entonces el Día de la Independencia. Es conferido en una ceremonia en la Knéset en presencia del presidente de la nación, el primer ministro, miembros de la corte suprema y legisladores. Barenboim usó la ocasión para criticar la política israelí hacia los palestinos. "Ustedes", dijo, "son indiferentes a los derechos y sufrimiento de un pueblo vecino. ¿Puede el Estado de Israel permitirse un sueño irreal de un fin ideológico al conflicto en vez de perseguir uno pragmático y humanitario basado en la justicia social?".

La postura propalestina y pro Wagner de Barenboim están relacionadas, al menos en la visión del director. Tal como él mismo explica en sus memorias, Mi vida en la música, publicadas en 2002:

Lamentablemente, todo el debate en torno de Wagner está relacionado con el hecho de que todavía no hayamos realizado la transición para convertirnos en judíos israelíes, sino que nos aferramos a todo tipo de asociaciones con el pasado –que, evidentemente, eran válidas y comprensibles en esa época–, como una manera de recordarnos a nosotros mismos nuestro propio judaísmo. Decir que no se tocará Wagner en Israel nos brinda un vínculo más con el judaísmo de las décadas de 1930 y 1940. Claro que debemos tener un sentido histórico, pero también tenemos que saber quiénes somos hoy como judíos israelíes. Mientras no seamos capaces de hacerlo, no podremos establecer un diálogo fructífero con los no judíos. Por eso, la cuestión de Wagner está vinculada con la relación con los palestinos.

Si para Barenboim la cuestión de la legitimación de la música wagneriana en Israel es un asunto de identidad judía, y ello está a su vez vinculado con el nexo con los palestinos, entonces su incansable esfuerzo en este sentido adquiere la dimensión de una cruzada. Y así es exactamente como por momentos su gesta puede ser descrita.

En 1999, junto con el intelectual palestino Edward Said, Barenboim fundó la West-Eastern Divan Orchestra, que reúne a músicos israelíes, palestinos y árabes, por lo que ambos fueron receptores del Premio Príncipe de Asturias "por promover el entendimiento entre las naciones". La génesis del proyecto surgió en el contexto de los eventos culturales europeos en ocasión del 250° aniversario del nacimiento de Goethe. Los organizadores pidieron a Barenboim que reuniera en un taller a jóvenes músicos del Medio Oriente. Al sumarse, Said propuso juntar a los músicos en una orquesta que interpretara una colección de poemas líricos de Goethe de 1819 inspirada en el poeta persa del siglo XIV Hafiz Shirazi y que llevaba por nombre Westöstlicher Diwan. La noción romántica de que artistas árabes e israelíes superasen creativamente los antagonismos del Medio Oriente captó el corazón de los europeos y lo que había comenzado como un taller experimental se transformó en una orquesta profesional compuesta por ciento veinte músicos estables de Israel, Palestina, Jordania, Siria, el Líbano, Egipto e incluso de naciones musulmanas no árabes como Turquía e Irán. La iniciativa era ambiciosa y, en su entusiasmo, muchos debieron de olvidar que Said fue un opositor a los Acuerdos de Oslo que inauguraron el proceso de paz entre israelíes y palestinos. Ambos eran ácidos críticos de las políticas de Israel. Coescribieron el libro Paralelos y paradojas. Al presentarlo, Barenboim rechazó escuchar una pregunta de la corresponsal de la radio del Ejército israelí alegando que vestir el uniforme militar era una muestra de insensibilidad para la ocasión. Él dio conciertos y dirigió orquestas en Ramala (el gremio de autores y poetas, así como el de artistas palestinos, se opuso); uno de tales conciertos lo dio en 2002, mientras grupos terroristas palestinos estaban atacando a los israelíes en restaurantes y centros comerciales. Luego de un concierto dado en 2008, recibió la ciudadanía palestina, convirtiéndose así en el primer judío-israelí en obtener el pasaporte palestino. Ese mismo año dirigió a la orquesta árabe-israelí en el Berlín Waldbühne, edificado por el régimen nazi para los Juegos Olímpicos de 1936. La orquesta tocó obras de Mozart y Wagner y se anunció que lo recaudado sería donado para la construcción de una sala de conciertos en Ramala.

Barenboim llevó a la orquesta árabe-israelí por todo el mundo, y llegó a tocar en la Salle Pleyel en París, el Royal Albert Hall de Londres, el Mozarteum de Salzburgo, el Teatro alla Scala de Milán, el Carnegie Hall de Nueva York, el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú, el Museo Hagia Eirene de Estambul, la Plaza Mayor de Madrid, el Teatro Colón de Buenos Aires, incluso en la sede de las Naciones Unidas y en la mezquita de Córdoba (España). Pero en tierras árabes la difusión fue más lenta. En 2003 dirigió a la West-Eastern Divan Orchestra en Marruecos, en presencia de la reina Lala Salma. "Un raro hechizo de armonía meso-oriental ha sido echado en Marruecos", comentó Al Yazira, "en un concierto salvajemente aplaudido". El primer concierto dado en Cisjordania junto con su orquesta multinacional ocurrió en 2005. “No todos los días ve uno un ensayo custodiado por soldados armados con armas semiautomáticas, pero el ambiente entre los músicos era relajado y excitado”, reportó Charlotte Higgins en The Guardian. En 2010 y 2011 llevó la orquesta a Qatar y fue bien recibida. En 2012 debió cancelar conciertos en Egipto y Qatar dadas las reacciones hostiles despertadas; con la prensa árabe acusando al maestro de ser "un sionista", se optó por abandonar el tour de promoción de armonía entre los pueblos.

En abril de 2009 el maestro dio recitales de piano y dirigió a la Orquesta Sinfónica de El Cairo, donde tocó piezas de Beethoven. Fue invitado por la embajada austríaca y contó con el apoyo del Gobierno egipcio; fue además el primer músico israelí famoso en dar conciertos en aquella nación árabe. Hubo reacciones negativas, como la del secretario general de la Liga Árabe, Amr Musa, que se negó a asistir. Pero la audiencia, compuesta por miembros de la alta sociedad egipcia y diplomáticos acreditados, ovacionó al pianista y conductor. La estrella de cine Omar Sharif lo presentó diciendo: "Amo su trabajo y amo sus opiniones". El ministro de Cultura, Faruk Hosni, acotó: "El maestro es conocido por estar en contra de la agresión israelí y está entre los moderados y pacifistas y está con la causa palestina". Este mismo funcionario era el candidato egipcio a dirigir la Unesco, y pronto se vería enredado en una controversia originada en una frase suya del año anterior. Durante una comparecencia ante el Parlamento, en mayo de 2008, Hosni fue interrogado por un congresista a propósito de la existencia de libros escritos en hebreo en la nueva biblioteca de Alejandría y respondió: “Quemen esos libros; si es que hay algunos allí, yo mismo los quemaré”. También dijo que la cultura israelí era “inhumana”. Cuando perdió la elección ante la búlgara Irina Bokova, el por veinte años ministro de Cultura acusó a “un grupo de los judíos del mundo” de montar una conspiración en su contra “cocinada en Nueva York”. Para cuando se desató esta polémica, Barenboim ya había abandonado el país árabe.

En mayo de 2011 el maestro dirigió un concierto en la Franja de Gaza, gobernada por el movimiento fundamentalista Hamás. Para ello convocó a músicos de orquestas de Viena, París, Berlín y Milán y recibió el apoyo de las Naciones Unidas, que fue instrumental para transportar secretamente a toda la troupe desde Berlín hasta Viena, para aterrizar en el aeropuerto egipcio de El Arish y continuar en ómnibus diplomático hacia Gaza. Era la primera vez que un ensamble internacional daba un concierto de música clásica en la Franja. Una amenaza emitida por un grupo radical islámico durante la performance clásica hizo que los músicos dejaran la sala al terminar el concierto y al cabo de unos breves discursos; niños que esperaban saludar y recibir autógrafos quedaron decepcionados. Así relató el abrupto final The New York Times: "La orquesta fue trasladada de regreso a Rafah y abordó su vuelo a Berlín el martes, con una escala en Viena: cuarenta horas de viaje, resultó ser, para menos de una hora de música". El repertorio incluyó la Sinfonía en Sol menor y Pequeña música nocturna de Mozart. Por qué no se incluyeron obras de Wagner en un concierto que no habría causado controversia es un misterio1. Las peripecias de la orquesta en tierras árabes han llevado a algunos críticos, como Kate Wakelin, de la Universidad de Cambridge, a sugerir que el proyecto funciona más como una fantasía de armonía social que gratifica a sus audiencias progresistas que como un aporte positivo a la dinámica política del Medio Oriente.

En 2010 el abogado Yonatan Livne fundó la Sociedad Wagner en Israel en honor a su padre, un sobreviviente de la Shoá que hasta su último hálito de vida fue un admirador de la música del compositor. Para mediados de 2012, la Sociedad Wagner planeaba llevar adelante un concierto en la Universidad de Tel Aviv, pero se vio forzada a cancelarlo cuando la universidad retiró su apoyo, alegando que no había sido informada sobre el hecho de que obras del compositor alemán serían tocadas. La Sociedad Wagner aseguró que la universidad había cedido a la presión de la sociedad. Asher Fisch, discípulo de Barenboim y quien iba a ser el director del concierto, tenía un cometido personal para luchar contra la prohibición informal antiwagneriana: su madre debió abandonar Viena en 1939 y legó a su hijo la noción de que si él tocara Wagner en el Estado judío, de algún modo ello sería una especie de victoria hebrea sobre Hitler. Fisch dijo a un periodista tener en su iPod la ejecución en vivo del Añillo del Nibelungo de Wagner por Wilhelm Furtwängler, el mismo que en 1944 dirigió la Novena Sinfonía de Beethoven en Berlín bajo una esvástica enorme en ocasión del cumpleaños de Hitler.

El año anterior, la Orquesta de Cámara de Israel, bajo la batuta de Roberto Paternostro, había creado un precedente importante cuando tocó una pieza de Wagner en el Festival de Bayreuth: fue la primera vez que una orquesta israelí tocaba a Wagner en tierra alemana. El repertorio versó sobre obras de compositores judíos como Gustav Mahler y Felix Mendelssohn y finalizó con la ejecución de Siegfried Idyll y la ovación del público. En un acto especialmente conmovedor, los músicos también tocaron el himno nacional israelí Hatikva. "El antisemitismo y la ideología de Wagner fueron terribles", reconoció el director Paternostro, "pero él fue un gran compositor. El propósito es distinguir entre el hombre y el arte". “No tocaríamos en Israel por las sensibilidades de los sobrevivientes del Holocausto”, explicó Omri Raveh, principal oboe y coordinador artístico de la orquesta, “pero fuimos invitados a tocar en Bayeruth como un símbolo”. Un parlamentario israelí pidió que el Estado cesara de aportar fondos a la orquesta en represalia, pero el ministro de Cultura rechazó la idea.

Claramente, la figura de Richard Wagner es altamente divisiva para los israelíes. Más de setenta años después de que por última vez fuesen tocadas obras suyas en Palestina/Israel sin polémica asociada, el público israelí todavía no ha consensuado cómo lidiar definitivamente con su arte y su legado. Los reiterados esfuerzos de las elites culturales por promoverlo en Israel y las resistencias populares, así como la prohibición informal que pesa sobre su obra en el Estado judío, conforman una dinámica que seguramente ofrecerá nuevas instancias de contrapunto por unos años más todavía.

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"Egypt’s Unesco hopeful in book burning row", BBC, 28/5/09.


1 En su afán por promover a Wagner, Barenboim también ha suscitado polémicas fuera de Israel. Al abrir la temporada 2013 del Teatro alla Scala de Milán con Lohengrin –el año del bicentenario tanto de Richard Wagner como de Giuseppe Verdi– ocasionó la indignación de algunos italianos. "¿Habrían los alemanes inaugurado el año Wagner con una ópera de Verdi?", protestó, por caso, un articulista del Corriere della Sera.

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