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La Ilustración Liberal

Reseñas

Cuba: El fracaso de una utopía

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La obra de Languepin es un libro de bolsillo, pero de recomendable lectura, por su rigor y relatos de experiencias personales. Se compone de capítulos muy concisos que resumen, por ejemplo, la historia de Cuba desde el proceso de independencia durante la guerra colonial hasta Playa Girón, en 1961, en apenas 15 páginas.

El autor es presentado de una manera muy modesta: graduado de Ciencias Políticas, periodista, desde hace varios años estudia los asuntos cubanos para La Tribune de l'economie.

Resulta necesario leer el libro L'ile du docteur Castro, de Corinne Cumerlato y Dennis Rousseau (este último corresponsal de la AFP en La Habana de 1996 a 1999), para enterarnos que Languepin fue una de las primeras víctimas recientes entre los corresponsales extranjeros, cuando las autoridades de La Habana decidieron no renovarle su acreditación.

Cuando se estudie en detalle el período de la década de los 90 en Cuba, habrá que referirse al antes de la visita del Papa (AVP) y al después de la visita del Papa (DVP). "Algunos periodistas extranjeros acreditados en nuestro país y ciertas agencias extranjeras tienen la misión de difundir todas las intrigas y calumnias acerca de Cuba", advertía Granma el 4 de marzo de 1999. Languepin y Rosy Hayes, ésta última corresponsal de una radio canadiense, fueron unas de las víctimas de esa etapa. Ya había pasado más de un año de la visita de Juan Pablo II a la Isla (enero de 1998) y había llegado la hora de apretar nuevamente las tuercas. Como cantaría Carlos Puebla, si estuviese vivo: "Se acabó la diversión. Llegó el Comandante y mandó a parar".

La obra del escritor y periodista francés está dividida en seis capítulos: De la Independencia a la Revolución, El socialismo del Caribe, La economía cubana en la tormenta, Sociedad: la incertidumbre, El pueblo cubano: tensiones y reconciliaciones y ¿Cuál transición para Cuba?

En su introducción al libro, Languepin recupera una frase de Ernesto Guevara de 1951, cuando estuvo en su viaje en moticicleta por América Latina: "Ha llegado la hora de que los gobiernos dediquen menos tiempo a propalar los beneficios de su régimen y más dinero, mucho más dinero, para financiar obras de utilidad social". Según el autor, este sería un consejo que debía escuchar Fidel Castro.

En realidad, en la Cuba de hoy bastaría suavizar las draconianas medidas económicas contra los nacionales, para que mejoraran sus condiciones de existencia. En ese aspecto, tanto el libro de Languepin, como muchas otras obras o informaciones, reflejan el retroceso que se ha experimentado en Cuba respecto a la autorización y los controles sobre aquellos que trabajan por cuenta propia, o venden sus productos en los mercados libres campesinos.

El autor alerta que, al ritmo actual de crecimiento de la economía cubana, serán necesarios más de diez años para que el país recupere el nivel de vida de antes de 1989.

El libro logra un gran equilibrio informativo, incluyendo fragmentos de artículos publicados en el diario francés Le Monde y entrevistas con Francisco Soberón, presidente del Banco Nacional de Cuba y con Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Sin olvidar otras opiniones, como las de Elizardo Sánchez, presidente de la Comisión Cubana de los Derechos del Hombre y de la Reconciliación Nacional y el director de la agencia de noticias independiente Cuba Press, Raúl Rivero.

En el capítulo "Sociedad: la incertidumbre", el autor analiza el papel de la Iglesia católica y el sincretismo afro-cubano en las religiones.

Languepin pasa revista, en pocas páginas, al mundo cultural cubano y una de sus conclusiones es que "las fronteras que separan al artista oficial del maldito disidente cambian constantemente: evolucionan al ritmo de las tensiones y en función de las personalidades de cada uno".

Los datos son elocuentes acerca de la cultural y se reflejan en esta obra: en 1987, las casas editoriales cubanas publicaron unos 2.000 libros con una tirada total de más de 37 millones de ejemplares. Cuatro años más tarde, se publicaban unos 200 libros "con tiradas muy reducidas".

El libro se refiere a la reaparición, en 1997, del Caimán Barbudo. Pero, a continuación el autor registra que "el caimán perdió todos los dientes y no tiene nada de comparable con la publicación satírica dirigida por Jesús Díaz, en 1966".

Cuando se refiere al cine cubano, Languepin llega a una conclusión interesante: "La paradoja del ICAIC se encuentra en haber sido creado para elaborar una propaganda al servicio del régimen, y después servir de laboratorio a un cine independiente y de calidad".

Después de la reciente renuncia de Alfredo Guevara al frente del ICAIC, todo indica que esta paradoja ya dejó de existir, para sosiego de los celosos guardianes de una cultura guiada desde el Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

En el capítulo dedicado a la economía, Languepin cita con lujo de detalles la situación de la Isla en la década de los 90: desde las raciones mensuales que reciben los cubanos de La Habana y de las provincias, hasta los gráficos que muestran la producción azucarera en los últimos años, o la tasa real del cambio del peso cubano por un dólar.

En cuanto a la transición, Languepin no especula mucho acerca de los escenarios, pero advierte al lector que "Fidel Castro es un caso particular: él no es ni Pinochet ni Jaruselski".

El autor ofrece una explicación plausible acerca de lo innecesario para Fidel Castro del culto a la personalidad, eso de crear un estilo "vulgar, como Kadhaffi o Saddam Hussein, que colocan su efigie en cada esquina"

"Es perfectamente inútil y fuera de lugar, porque Castro es siempre el personaje central y único tema de conversación cuando se debate del pasado, presente o futuro de Cuba", dice el autor.

El capítulo queda un poco desactualizado, porque aún menciona al defenestrado Roberto Robaina, como un elemento de "la joven guardia" dentro del sistema.

"Una de las dificultades que deberá enfrentar un gobierno de transición, cualquiera que sea, reside en la ausencia de oposición organizada y con credibilidad en el interior del país", advierte el autor y añade a renglón seguido que "esta situación es el resultado de una política deliberada del poder, que prohibe cualquier asociación o reagrupamiento fuera de los organismos oficiales".

En lo que se refiere a la oposición interna, la explicación del periodista galo resulta comprensible. Sin embargo, respecto a los cubanos que viven y trabajan en el exterior, fragmentados y a veces inmersos en querellas intestinas, esta constatación se convierte en índice acusador que debe dejar avergonzados a los que en realidad quieren un futuro mejor para Cuba y no satisfacer ambiciones personales.

El libro de Languepin, por su rápida y fácil lectura, por la riqueza en datos y experiencias personales, puede ser una obra de consulta para los visitantes franceses a la isla (no tenemos noticias de que haya sido traducido al español), que a veces se contentan con el clásico paseo por la Habana Vieja y el disfrute de la playa de Varadero.

Por último, habría que agradecer a Olivier Languepin la calificación de "excelente" que otorga a la revista Encuentro de la cultura cubana (página 149).

Esperemos que algún día pueda ejercer su trabajo como corresponsal en Cuba sin que sobre su cabeza penda la espada de Damocles, cada trimestre de fin de año, sin saber a ciencia cierta si su credencial será o no renovada.

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