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La Ilustración Liberal

Editorial

El pacto por las libertades y contra el terrorismo

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1. La sorpresa que vino de la izquierda

Lo primero que conviene señalar en la existencia del Pacto es que ha venido por sorpresa. Casi nadie creía que el nuevo secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, hiciera algo más que ganar tiempo ante su partido y ante la opinión pública cuando le propuso al Gobierno suscribir públicamente y por escrito un pacto contra el terrorismo que impidiera la utilización partidista de uno de los principales problemas españoles y que garantizase la eficacia de la respuesta institucional y social a los crímenes de ETA y a la estrategia separatista del Pacto de Estella, suscrita por PNV, EA e IU e indirectamente respaldada por CiU y BNG.

Sin embargo, deben reconocerse tres cosas y constatar dos más: Zapatero ha sido fiel no sólo a la idea del pacto, sino a los contenidos nacionales y democráticos que debía asumir. Aunque Rubalcaba y Zarzalejos asuman la no pequeña gloria de la redacción y firma, son Aznar (con Mayor Oreja tras él, naturalmente) y Zapatero (con gente a su lado aunque no sepamos aún en calidad de qué) los que han dado cuerpo y sentido al acuerdo. Aznar ha demostrado a quien no lo quisiera creer que la lucha antiterrorista era y es para él algo mucho más importante que los réditos partidistas que pudiera obtener. El PSOE ha conseguido transmitir a la opinión pública que además de ser una fuerza política esencialmente centrífuga, con Maragall al frente de la dispersión "federalista asimétrica", es decir, de la disolución nacional, y Felipe González dándole cobertura y respaldando la complicidad con los nacionalistas para ese mismo fin, también puede ser o volver a ser con Zapatero, como en los primeros ochenta con González, una fuerza centrípeta, que refuerce y no debilite o volatilice la cohesión nacional.

Las dos consecuencias de estos tres puntos son que Zapatero se ha convertido -o se convertirá, si el Pacto no naufraga- en un líder nacional, con posibilidades de suceder a Aznar en 2004, y que por esta misma variable Aznar va a tener que descubrir antes de lo que pensaba las cartas de la sucesión. Hemos sido los primeros en decir, precisamente en Libertad Digital, que "Aznar busca su Sagasta". Lo ha encontrado quizá, pero una legislatura antes de lo que pensaba o de lo que quería. Ahora tiene a su alcance la posibilidad de no testar, con lo que Zapatero se convertirá en favorito para las próximas elecciones, o de designar delfín y sucesor, como máximo a un año, aunque la escenificación sea en el verano del 2002, tras el semestre de Presidencia Europea que le corresponde a España y con la que Aznar clausurará su periodo como primera figura de la derecha europea. Al menos el primero. Puede haber un segundo presidiendo la Comisión o regresando a un segundo plano de la actividad nacional. Plano que se convertirá en primero si la sucesión no es todo lo leal, sincera, ordenada y rápida que precisa el PP.

Por tanto, lo primero que hay que señalar en el Pacto es que ha mostrado que en la izquierda -para sorpresa de los más pesimistas- hay todavía reflejos de tipo nacional y democrático. Aunque lo más evidente sea que en el PSOE -y por supuesto en el PCE- hay una línea muy poderosa que niega la idea de España y está dispuesta a someterse a cualquier nacionalismo, incluso o sobre todo el terrorista, también ha quedado claro que no sólo Francisco Vázquez, Rodríguez Ibarra o el socialismo vasco de la segunda generación (Redondo Terreros, Rojo, Javier Cruz) encarnan una idea de España identificada con la libertad sino que en el fondo eso es lo que siente, aunque no lo articule con la nitidez debida, buena parte de los dirigentes y la mayoría de los votantes socialistas. Que esta sorpresa que vino de la izquierda de la mano de un tal Rodríguez Zapatero se deba al oportunismo o la muevan los principios es, políticamente hablando, lo de menos. A la larga será lo decisivo, pero, de momento, ha roto la parálisis democrática nacional y ha dinamizado la alternancia democrática, gravemente atorada por la incomparecencia de una de las dos fuerzas nacionales. La izquierda ha resucitado cuando menos lo esperaba la Derecha. Resta por saber si está milagrosamente viva, es un muerto viviente, o sea, un zombi, o bien, si estamos simplemente ante un fantasma.

2. La sustancia del pacto es la idea nacional

Si el primer efecto del Pacto por las libertades y contra el terrorismo ha sido la recuperación a medias del PSOE como fuerza política realmente española y el surgimiento de Zapatero como proyecto presidencial se debe a que el Pacto no es primordialmente, aunque así se presente y también lo sea, un proyecto democrático sino, sobre todo, un esfuerzo de definición política nacional, cuya fuerza y eco posterior provienen precisamente del hecho de que siendo un pronunciamiento bipartidista obedezca realmente a un fin común, y no sólo a una estrategia conjunta. Pero defender las libertades, como hemos dicho infinitas veces, es inseparable en realidad de la defensa de la idea de España, porque no hay otro marco -ni real ni ideal, ni material ni espiritual, ni político ni moral, ni institucional ni social- que permita a los hoy ciudadanos españoles organizar con garantías de continuidad una convivencia civilizada si no es el de España. Si España se fragmenta y desaparece como entidad política, económica y social, desaparecerá de toda ella y, por supuesto, de cada una de sus partes, hasta el mínimo vestigio de libertad, amén de la prosperidad económica que en los últimos decenios la ha llevado desde la relativa pobreza y el aislamiento absoluto derivados de la Guerra Civil y la primera época franquista hasta un confortable lugar entre los países de la Unión Europea.

Por eso, la política conjunta del PSOE y el PP en el Pacto no se define sólo contra el terrorismo etarra y la complicidad del PNV con los terroristas sino sobre todo y sustancialmente contra el proyecto separatista, racista y totalitario del Pacto de Estella, que tiene su motor en ETA pero su carrocería imaginaria en el nacionalismo vasco, con la complicidad de los veteroestalinistas de Izquierda Unida. No sólo se rechaza el terrorismo sino la supuesta alternativa de paz que supondría la desmembración de España y la creación de un Estado racista y totalitario en lo que ahora son las comunidades autónomas del País vasco y Navarra más una parte de Francia. Los dos principales partidos españoles se comprometen ante la sociedad a no aceptar que para que los etarras suspendan su carnicería -temporalmente, claro, porque luego proseguiría la matanza desde el Poder- pueda liquidarse la estructura nacional y estatal del Estado Español. Se niega la estúpida alternativa entre España y la libertad que mantiene cierta izquierda anclada en el franquismo y todo el nacionalismo de viejo o viejísimo cuño. No hay España sin libertad, pero tampoco libertad a costa de la liquidación de España. Esto es el pacto o así se ha entendido. Y es lo verdaderamente sustancial.

3. La contradicción nacional del PSOE

La firma del Pacto PP-PSOE por las libertades y contra el terrorismo ha provocado la reacción inmediata de las tres fuerzas políticas que desde hace tiempo vienen tratando de destruir la estructura nacional del Estado Español para disolverlo en una supuesta federación de Estados cuya composición es tan vaga como sus fronteras y cuyo sistema político es imposible de definir e incluso de imaginar. Se sabe lo que quieren destruir. No se sabe lo que podrían construir porque, en rigor, no han tratado jamás de construir nada. Y además porque sobre el solar español la única construcción coherente desde hace muchos siglos se llama España. Lo demás sería, con toda seguridad, una sucesión de tribalismos enfrentados y confederaciones quiméricas que desembocarían en algo muy parecido a la antigua Yugoslavia. Porque el racismo, el totalitarismo, el salvajismo marxista-leninista y el fanatismo tribal de unas clases políticas a medio camino entre la secta y la mafia pueden observarse en la España actual, o en la anti-España, con la misma nitidez que en la Yugoslavia que estalló tras la muerte de Tito.

También se da en España el factor que realmente desencadenó la pulverización del Estado y la sucesión de masacres: la fragmentación del partido único, el comunista, en varios partidos comunistas de tipo nacionalista, que reprodujeron las costumbres totalitarias del comunismo titoísta a escala serbia, croata, eslovena, bosnia, macedónica o kosovar. En el caso español, el partido cuya fragmentación arrastraría consigo la de todo el Estado es el socialista, el PSOE, que después de haberse presentado y en cierto modo haber significado formalmente durante los años ochenta y comienzos de los 90, hasta el apogeo del 92, el partido que garantizaba desde la Izquierda la continuidad nacional frente a la fragmentación de la Derecha en nacionalismos, regionalismos, caudillismos y tribalismos varios, se ha revelado como un volcán de contradicciones, sometido por oportunismo político y vaciedad doctrinal a la identificación y posterior deglución por cualquier nacionalismo regional, que además tiene la tentación de encabezar.

No es la primera vez que el PSOE se une al separatismo para luchar contra la derecha democrática: ya lo hizo en 1934 con la Esquerra Republicana de Catalunya y el resultado fue la Guerra Civil. Ahora se reproduce esa alianza pero con una variación sustancial: que el nacionalismo catalán está dentro y no fuera del PSOE. Es Maragall, no Maciá ni Companys, el que encabeza, en calidad de proyectado heredero de Jordi Pujol al frente de la Generalidad de Cataluña, un vago proyecto confederal que no es sino el camuflaje o celofán de la proclamación del Estat Catalá. Lo que llama Maragall "federalismo asimétrico" equivale a la "República Federal Española" o Confederación de Pueblos Ibéricos que, con la lastimosa e injustificada exclusión de los celtas, ya intentaron los catalanistas durante la II República. Los celtas impusieron de nuevo, como es bien sabido, la unidad celtíbera. Este ibero barcelonés tiene, sin embargo, un respaldo mucho mayor en otros nacionalistas antiespañoles camuflados o crecidos dentro de las organizaciones del PSOE, tanto en la Comunidad Valenciana como en Aragón, en Galicia como en las Baleares.

Y esa contradicción del PSOE es la clave del futuro del pacto y también del futuro de España. O se termina con la tradición de pacto político y sumisión intelectual de la izquierda ante el nacionalismo, representada no sólo por los nacionalistas declarados sino sobre todo por Felipe González y su generación, por "El País" y sus comisarios "progres", por los que han hecho de la negación de la Historia de España su única bandera nacional, o es inevitable que la liquidación de la idea de España y la fragmentación organizativa del partido lo conviertan en la base teórica y real de la voladura del Estado Español. Si el PSOE no rectifica su deriva teórica y política, el Pacto será una ocasión, acaso la última, perdida por la izquierda para seguir ocupando un papel esencial en la España de las libertades. Pero la inercia ideológica es muy grande y el partido debe acometer una recuperación tanto doctrinal como organizativa de su condición nacional española. No es fácil que lo consiga por que ni siquiera es seguro que lo intente. Pero ahí está la clave de todo.

4. Todos los nacionalistas son iguales, pero Pujol es más peligroso que Arzallus

Además de poner de manifiesto la terrible debilidad interna del PSOE, pidiendo en Barcelona el diálogo, es decir, la sumisión a ETA y el nacionalismo, mientras en el País Vasco se enfrenta heroicamente a ambos, el Pacto por las libertades y contra el terrorismo ha servido para revelar de forma diáfana que todos los nacionalistas, llámense moderados o radicales, están unidos contra España y, en ese sentido, respaldan inequívocamente el Pacto de Estella. Ya lo demostraba la Declaración de Barcelona suscrita en su día por CiU, PNV y BNG como respaldo al proceso separatista abierto por Arzallus, Garaicoechea y Madrazo a la sombra de ETA. Pero si eso no resultaba suficientemente claro, ahí está la negativa de Pujol a suscribir el Pacto "siempre que suponga la exclusión del PNV", cuando precisamente es el PNV el que se ha excluido, no ya de este pacto, sino de cualquier otro aceptable para el PP y el PSOE, porque ha renegado de la Constitución, de España y de la libertad.

Pero la doblez de Pujol diciendo que está de acuerdo con los diez puntos del Pacto pero no con el Preámbulo, que es el resumen y quintaesencia del mismo, prueba que no existe ni un nacionalismo realmente democrático ni tampoco "moderado", porque sea cual sea la táctica elegida para prosperar políticamente en su comunidad, al final todos se unen en una misma estrategia, que es la de debilitar a su enemigo común: España, tanto en lo que tiene de nación como de Estado. Y en esa estrategia el terrorismo etarra cumple un papel esencial, el del reto de fondo, el de la enmienda a la totalidad, que es por lo que ni Arzallus abandona a ETA ni Pujol abandona a Arzallus. La división del nacionalismo entre buenos y malos, según su presunta inocuidad o su virulencia a corto plazo, es una táctica política defendible e incluso inteligente. Lo estúpido es acabar confundiendo la táctica con la estrategia y el problema inmediato con el problema de fondo. El problema inmediato es el terrorismo. El problema de fondo es el nacionalismo, de donde el terrorismo nace y en el que continuamente obtiene apoyo, justificación, renovación y subsistencias. La peligrosidad de un enemigo declarado, que, como el nacionalismo antiespañol, se considera antagonista y excluyente por definición, es directamente proporcional a su fuerza, aunque la inmediatez en el tiempo pueda alterar la consideración de su entidad espacial. La fuerza de Arzallus está, por propia decisión desde el Pacto de Estella, unida a la de ETA, pero en la medida en que PP y PSOE se consideran democráticamente capaces de desalojar al PNV de sus posiciones en el Gobierno Vasco, esa fuerza de Arzallus se convierte en su debilidad, ya que no puede mantener a la vez su alianza estratégica con los terroristas y su anterior estrategia de pacto con las fuerzas políticas españolas, tanto en Madrid como en Vitoria. Arzallus es más débil en cuanto ya no se le considera ni invencible ni imprescindible. En realidad, es esa declaración de caducidad de su Poder lo que le debilita más.

Pero Pujol sigue siendo igualmente fuerte y aún más peligroso en la medida en que no se piensa siquiera en tratar de combatirlo y, de forma implícita o explícita, se admite que es parte de la solución democrática y no del problema nacional español. Naturalmente, Pujol es consciente de que su fuerza es ideológica y nace de la impregnación de nacionalismo del PSC y de la eliminación de Vidal Quadras en beneficio de Piqué dentro del PP de Cataluña. Pero también advierte que no hay ninguna razón de las que se esgrimen desde el PP y el PSOE contra el PNV que no puedan esgrimirse contra él. Si dentro del PSC se produjera un cambio como el del PSOE en el País Vasco, el PP lo apoyaría y eliminaría a Convergencia del Poder, en el que ha creado una red clientelar durante veinte años, clave de su fuerza pero también su debilidad. Un partido basado en las nóminas no sobrevive a la pérdida del presupuesto.

Pero Pujol, como cabeza visible del nacionalismo catalán, es la retaguardia y el factor clave de cualquier nacionalismo, que naturalmente se define siempre contra España. Y su respaldo indirecto a ETA muestra que no es sólo Arzallus el que recoge las nueces cuando los etarras sacuden el árbol. Pujol tiene su propio nogal, que es la debilidad intrínseca de los partidos españoles en Cataluña, y eso le permite ser a la vez el que sacude y el que recoge. Instalado entre el Noguera Pallaresa y el Noguera Ribagorzana, es el verdadero Cascanueces de esta ópera donde nunca baja el telón y que sólo terminará por la extinción o por la dimisión del público.

5. Izquierda Unida, de vuelta a Stalin y a Carrero Blanco

La tercera fuerza política, tras el sector nacionalista del propio PSOE y el nacionalismo llamado "democrático" y "moderado" -en rigor ni una cosa ni la otra- presidido por Jordi Pujol, a la que el Pacto por las libertades y contra el terrorismo del PP y el PSOE ha obligado a definirse es Izquierda Unida. Para ser más concretos, el PCE, cada vez más abandonado por los electores y más a solas con sus fantasmas, vertiginosamente devuelto a su propia tradición kremliniana, pero ya sin Kremlin y sin más tradición que la de la deslealtad constitutiva y constituyente a todos los sistemas democráticos y liberales por parte de los partidos comunistas, desde Lenin hasta Kim Jong-II, por cómodamente que los alberguen y por mucho que les perdonen su origen, vocación y tradición totalitarios. Llamazares y Madrazo representan aparentemente una versión cutre del sainete nacionalista del PSOE y Maragall. Y es cierto que el PCE es todavía más deudor que el PSOE de la estrategia intelectual de la izquierda antifranquista, que identificaba cualquier nacionalismo, incluido el terrorismo etarra, con el bien, la democracia y hasta la modernidad. No podía ser de otro modo cuando fue el PSUC, con Vázquez Montalbán como capataz intelectual, la factoría de legitimación del nacionalismo y la fábrica de estupideces doctrinales que posteriormente ha implantado "El País" como auténtico "pensamiento único" del perfecto progre español, es decir no-español o realmente anti-español, según su cercanía a cualquier nacionalismo periférico. Durante los trece años largos de Gobierno del PSOE ese mecanismo no explícito, pero sí muy presente, de legitimación ideológica y política se convirtió en Educación y Descanso, Cultura y Propaganda, legislación y colocación. Pero lo que en el PSOE era oportunismo, en el PCE es anacronismo. De lo que el PSOE puede escaparse, el PCE ni puede ni seguramente quiere.

Y es que la caída del Muro no derribó al PCE cuando le correspondía por una razón harto curiosa: por la propia decadencia ideológica y moral del PSOE dentro de la izquierda, que permitió a Julio Anguita mantener la bandera de la hoz y el martillo al socaire de la lucha contra la corrupción del PSOE. Curiosamente, la "pinza" con el PP le eximía de replantearse sus pecados contra el liberalismo y la democracia occidentales, puesto que ya estaba a su lado en la lucha política, pero al llegar el PP al Poder, Aznar no tuvo que cambiar su programa económico ni su proyecto político, salvo en lo nacional (que lo archivó), mientras el PCE se embarcaba en un viaje a ninguna parte que no se justificaba ni por una derecha antidemocrática -que no existía y lo demostraba en el Poder- ni por una izquierda corrompida que ya había perdido la fuente de la corrupción, el Gobierno, y que podía regenerarse con un cambio de líderes sin tener que depurarse doctrinalmente. Como está sucediendo.

El PCE sigue hoy la táctica estalinista de favorecer cualquier nacionalismo separatista para debilitar a no importa qué país capitalista y occidental. Y se alía con ETA y con el PNV como en tiempos de Carrero Blanco, cuando todo valía contra el franquismo: desde el terrorismo al racismo sabiniano. Esa incapacidad de madurar democráticamente convierte a Izquierda Unida en un vivero de votos para el PSOE y en un vivero de activistas para los nacionalismos violentos y los "grapos" ya existentes o por existir. En vez de ir hacia delante, el comunismo español va hacia atrás. En vez de volver de Lenin a Kautski, ha vuelto de Lenin a Nechtaiev. Como en el PSOE, el Pacto es un acicate decisivo para modernizarse, nacionalizarse y democratizarse o para reunirse para siempre con la momia de Vladimir Ilich.

6. La estrategia del PP después del pacto

Si el Pacto por las libertades y contra el terrorismo sigue adelante, señal de que funciona, habrá llegado para Aznar, con más razón que para González, el momento de "morir de éxito". Porque el líder del PP no sólo habrá encauzado a la Derecha por el camino de Cánovas, sino que habrá encontrado a su Sagasta. Tendrá entonces que decidir si realmente se retira o si se reserva, si trata de que su partido, con otro líder real, aunque no moral, gana las elecciones, o si él se queda como líder moral y real, permitiendo que Zapatero le suceda en la Moncloa para que la sucesión empiece y termine en Aznar. En cualquier caso, deberá designar a un sucesor o a una sucesora, bien con opciones de victoria, bien con todos los números para la lotería de la derrota.

Creíamos, y así lo expusimos en Libertad Digital, que era maligno y liberticida el secretismo sucesorio, entre faraónico y mexicano, que había anunciado Aznar para los próximos tres años. Por muchas razones de orden ético y político pero resumibles en dos: introducía un factor de despotismo indeseable que por desgracia ya apuntaba en la Presidencia del Gobierno; y, además, convertía al partido en rehén de quien no iba a representarlo en las urnas, abocándolo al desastre electoral. El director de El Mundo, con su "Carta de Navidad" en la Nochebuena del 2000, ha tratado de romper ese designio presidencial defendiendo la candidatura de Rodrigo Rato como candidato idóneo para competir con Zapatero por la Moncloa en 2004. Pero conviene recordar que Pedro Jota sólo ha planteado esa situación cuando ha creído que el Pacto ha ungido como candidato presidencial a Rodríguez Zapatero. Y candidato con demasiada ventaja sobre el del PP si Aznar no comienza ya a rodarlo como Presidente "in pectore".

Es muy probable que Aznar tome este comienzo de la carrera presidencial como una típica manifestación de las prisas políticas del periodismo o como una forma de "tutelarlo" en sus decisiones, circunstancias ambas que le producen una mezcla de disgusto confesado y tal vez de inconfesable y ya injustificable humillación intelectual. Lo malo de vivir entre incienso es que se pierde de vista hasta el pebetero y después de su éxito en la prórroga de la convocatoria electoral hasta apurar los cuatro años completos, contra la opinión de todo el mundo, es muy capaz de insistir igualmente en demorar hasta la víspera del 2004 la designación de sucesor, dejando que los "delfines" se ahoguen en su ambición. La tentación es evidente pero esta vez la obstinación podría tener fatales consecuencias. Para el PP, sin duda, pero también para Aznar.

Porque todo lo que no sea preparar a su partido para después de su segundo período electoral le será cargado en el debe al Presidente del Gobierno. Y todo lo que no sea organizar la sucesión o, lo que es lo mismo, adelantarla con respecto a sus planes, es ya malo para el PP. Particularmente, creemos que tanto con su candidato designado como sin él, el proceso que debe seguir el PP es el de las "primarias" del PSOE, no importa cuál haya ha sido el resultado entre los socialistas. Si Zapatero se consolida será gracias a saber pegarse a la estela de Aznar, pero antes ha debido existir una cierta democracia interna en el PSOE para alcanzar el cargo de Secretario General por la legitimidad del voto y no del dedo de González y/o de Polanco. Si el PP realiza democráticamente la sucesión de Aznar su estrategia habrá sido un éxito.

7. Abrir una etapa política nacional, clausurar el purgatorio ideológico español

Si el pacto por las libertades y contra el terrorismo desarrolla toda su potencialidad y culmina los dos procesos paralelos de renovación en las dos grandes fuerzas españolas, podrá decirse que termina un ciclo político marcado por la salida de la Dictadura y la construcción de un Estado democrático integrado en Europa. Pero también que acaba una etapa siniestra en el terreno de las ideas y de los valores, una larga época en la que la evolución política ha implantado la censura en muchos niveles y la impostura en casi todos.

El gran tabú desde la muerte de Franco ha sido España, la nación y hasta el nombre de la nación, concediéndole los sedicentes demócratas al finado dictador el raro privilegio de sepultar con él lo que más decía querer y más proclamaba defender. La traición a la idea nacional española, con todo lo que eso supone de abandono de una tradición, condena de una solidaridad social y estigmatización de una legitimidad que es infinitamente anterior a Franco pero que pudo perecer con él si hubiese prosperado el empeño de sepultar a la vez el régimen, el Estado y la idea nacional, es el hecho más relevante de estos últimos veinticinco años. Y habrá sido el terrorismo, con su lucha salvaje al mismo tiempo contra España y contra sus libertades constitucionales lo que involuntariamente habrá hecho más por su recuperación.

No obstante, los dos grandes partidos deben todavía inaugurar una época de verdadera lucha en el terreno de las ideas, de los valores y de la cultura en su más noble y profundo sentido para terminar con el purgatorio ideológico que viene padeciendo la noción misma de España y todo lo que conlleva, no sólo en la política, sino en el terreno de la Historia, de la Lengua y de las Artes . Y como la censura de lo español ha sido una censura contra la libertad individual y contra los sentimientos particulares de buena parte de la sociedad, los dos partidos llamados a turnarse en el Gobierno de la Nación deberían también abrir o permitir que se abra una nueva época en la que libertad y responsabilidad aparezcan como sinónimos, que es lo que son o lo que deben ser según el liberalismo que defendemos y que esperamos tenga en España el lugar que merece. Si el pacto por las libertades y contra el terrorismo sale adelante, nos gustaría poder decir que hemos contribuido en nuestra modesta escala personal y profesional a su triunfo. Y si no triunfara, seguiríamos creyendo que es preciso volver a intentarlo.

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