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La Ilustración Liberal

Negrín y Prieto restablecen la situación

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Introducción

Dos advertencias previas sobre este trabajo. En primer lugar, aunque uno de los bandos enfrentados en 1936 se proclamó republicano, nada tenía ya en común con la república inaugurada el 14 de abril de 1931. En julio de 1936, tras el armamento de las masas por el gobierno Giral, aquella república, o lo que quedaba de ella por esas fechas, se vino totalmente abajo en una convulsión revolucionaria. La seguridad en una rápida victoria sobre los sublevados –en absoluta inferioridad material y estratégica al principio–, hizo que los partidos de izquierda siguieran cada uno su política, creando una situación caótica. En septiembre todos comprendieron la necesidad de reorganizar el estado y aplicar una línea común.

Esa reorganización no fue, contra lo que sostienen algunos historiadores, una vuelta a la república, sino que creó un régimen distinto, cuyas fuerzas principales habían sido precisamente las que más habían hecho por destruir la república: anarquistas, socialistas y comunistas. Y lo presidía Largo Caballero, "el Lenin español", que había dirigido la revolución de octubre de 1934, concebida como una auténtica guerra civil. Bolloten ha llamado a este régimen III República, pero parece más adecuado denominarlo Frente Popular, antecesor de las "democracias populares" del este europeo después de la II Guerra Mundial. Como es sabido, el Frente Popular fue una iniciativa de Prieto y Azaña con vistas a ganar las elecciones y luego asentar un gobierno republicano izquierdista. El proyecto empezó a hacer agua apenas ganadas las elecciones de febrero de 1936, y al reanudarse la guerra en julio, los comunistas fueron configurándose como la fuerza más efectiva dentro del Frente, entre otras cosas porque tenían una visión clara de sus objetivos, que faltaba en los demás. Así pues, el Frente Popular, convertido en un nuevo estado, tomó un carácter muy distinto, el de un régimen de transición como el teorizado por el principal dirigente de la Comintern, Dimitrof, en su informe ante al VII Congreso de dicha internacional, en julio de 1935: un gobierno frentepopulista debía servir de prólogo "a la victoria de la revolución soviética".

Por esta razón no empleo el término "republicano", usado aun hoy de manera extendida, aunque visiblemente incorrecta, para definir al bando de izquierda durante la guerra, sino el de frentepopulista o, para abreviar, "populista" (en sentido obviamente distinto del que le da la sociología política).

Este capítulo describe algunas de las tensiones dentro del Frente Popular a causa de la creciente hegemonía comunista –inevitable, entre otras cosas, porque sin ella no había posibilidad de continuar la guerra–y las dificilísimas disyuntivas en que se encontraban los partidos a raíz de la pérdida del norte cantábrico (Vizcaya, Santander y Asturias). La caída del norte, en octubre de 1937, significó la entrada de la guerra en su segundo y decisivo período. El primero se había caracterizado por la superioridad del Frente Popular en el terreno material, económico y estratégico, superioridad que, salvo en el aspecto financiero, pierde definitivamente desde ese momento.

Negrín y Prieto restablecen la situación

Derribado Largo Caballero por las presiones conjuntadas de comunistas y socialistas del sector de Prieto, el hombre de la nueva situación, Juan Negrín, irrumpe vigorosamente en la historia de España. Todo en su carrera tiene un vago aire de misterio, aumentado por el hecho de ser el único de los grandes protagonistas que no dejó memorias sobre los sucesos de la época. De familia rica y muy religiosa (un hermano fraile y una hermana monja), tenía entonces 45 años y era canario, médico prestigioso, excelente políglota y con fama de hombre voluntarioso y hedonista. Antes de la guerra no había destacado en política, ni se había alineado con ningún sector del PSOE. Había desempeñado misiones secundarias, colaborado en la insurrección de 1934, y luego, en mayo del 36, había pugnado por que Prieto gobernase, como último intento de frenar la marcha hacia la guerra. Nombrado por Largo ministro de Hacienda, en septiembre, fue el artífice del envío del oro español a Rusia.

No se sabe si enajenó el oro por iniciativa propia o por sugestión soviética. Su forma realmente opaca de manejar el tesoro y la hacienda, y el consentimiento del resto del gobierno a sus métodos, son hechos también extraños, cuando menos. Ya en 1936 había tomado otra importante y desusada iniciativa para un ministro de Hacienda: convertir el pequeño cuerpo de Carabineros, de vigilancia de fronteras, en unas masivas tropas especiales. Su elección para jefe del gobierno en sustitución de Largo resulta asimismo oscura. "¿Cómo fue preferido Negrín? No sabría decirlo", señala Zugazagoitia. Azaña lo relata así: "Me decidí a encargar del Gobierno a Negrín. El público esperaría que fuese Prieto. Pero (...) me parecía más útil (...) aprovechar en la presidencia la tranquila energía de Negrín". Esto después de que, según Prieto, Azaña hubiera montado en cólera al conocer el envío del tesoro a Odesa (envío que, en cambio, daba a los comunistas una excelente garantía sobre su autor). Negrín debía ofrecer a la CNT y a la UGT un solo ministerio a cada una, y no decisivo. Como, según se esperaba, éstas lo rechazarían, "debía intentar formar gobierno sin ellas. Parecía persuadido de que lo conseguiría. Pasada la medianoche vino Negrín a darme cuenta de sus trabajos y me dio la lista del nuevo Gobierno, que aprobé". Da la impresión de que los defenestradores de Largo –comunistas, prietistas y republicanos–, estaban en perfecta armonía en aquellos momentos.

A partir de entonces, Negrín iba a sintonizar de manera casi perfecta con Moscú, sin ser él mismo comunista. Las terribles tensiones a que hubo de someter al régimen y a la población u el fracaso final en sus expectativas hacen que sobre él se hayan volcado los juicios más dispares y apasionados. Su propio partido ha preferido olvidarlo, como deplora Carrillo: "Pocas personas saben que existió un jefe del gobierno republicano durante la guerra civil que se llamó así (...) ¿Quién osa reivindicarle hoy?".

Muchos anarquistas le detestaron desde el primer momento. Dice Abad de Santillán: "¿Sabe alguien cómo piensa Negrín, qué ideas tiene, qué objetivos persigue? Lo único público de la vida de este hombre es su vida privada, y ésta, sin duda alguna, dista de ser ejemplar y de expresar una categoría de persona superior. Una mesa suntuosa y super abundante, vinos y licores sin tasa, y un harén tan abundante como su mesa, completan su sistema". "Necesita la ayuda de los inyectables para su vida misma de despilfarro y desenfrenos". Le niega valor intelectual: "No escribió nada, ni sobre temas de su supuesta profesión ni sobre ningún otro". En política "no tiene inclinación alguna. Se acercó a un hombre de prestigio intelectual como Araquistáin (...) Era una especie de lacayo gratuito de ese escritor. Cuando Araquistáin reingresó en el Partido socialista hacia 1930, Negrín pidió también su ingreso, no por convicciones socialistas, sino por seguir(le)". De ministro, "tenía la llave de la caja y lo primero que se le ocurrió en materia de finanzas fue crearse una guardia de corps, de cien mil carabineros El delito de los que consintieron ese desfalco al tesoro público merece un juicio severísimo. Y los que han tolerado (...)esa guardia de corps de un advenedizo sin moral y sin escrúpulos, también deben ser responsabilizados por su negligencia o su cobardía, de ese atentado al tesoro y a las conquistas revolucionarias". "Tiene el arte maquiavélico de corromper a la gente (...) Esa política de manos rotas (...) ha hecho posibles operaciones como la del traslado de gran parte del oro del Banco de España a Rusia sin saber en qué condiciones y la apertura de depósitos cuantiosos de centenares de millones en el extranjero para la presunta ayuda a los futuros emigrados de la España republicana. De todo esto no se ha dado cuenta ni siquiera al Gobierno.(...) Ha hecho con la tapadera de la guerra lo que ningún gobernante, ni siquiera la monarquía absoluta, había podido hacer en España".

Araquistáin, ex amigo suyo, lo retratará así: "muy distinto de Vayo, infinitamente más inteligente y de más cuidado, pero no menos funesto. (...). Sus móviles son mucho más recónditos y complicados, aunque tampoco tanto como él se imagina. Le conozco íntimamente desde hace veinte años y creo que para mí es una esfinge sin secreto. El resorte de su personalidad es una ambición oculta y desmedida a la cual le ha sacrificado todo, viejos y hondos afectos, la lealtad a su partido y los intereses del partido mismo. Ha sacrificado aún mucho más: la República española y el destino de la propia España. Su suerte como hombre de gobierno está asociada al tesoro de la nación. Sabe que el hombre que en una guerra dispone del oro del país es siempre el más fuerte. Acaba siendo indispensable y el último superviviente de todas las catástrofes posibles". Largo escribe que Negrín y sus auxiliares "con una política insensata y criminal han llevado al pueblo español al desastre más grande que conoce la Historia de España. Todo el odio y el deseo de imponer castigo ejemplar para los responsables de tan gran derrota serán poco". Prieto, que se combinó con él para acabar con Largo, expresará juicios también durísimos al acabar la contienda.

Los comunistas, por el contrario, lo miran con buenos ojos. Carrillo anota su modestia, manifiesta en su retraimiento antes de la guerra: "Me llamó la atención sólo una tarde en que intentó pegar a Gil Robles (en el Parlamento) (...) Pero no recuerdo ni un solo discurso pronunciado por el doctor en aquella Cámara". Luego, ya ministro, "hace algo –además de gestionar las finanzas– que caracteriza su prevención hacia los comunistas: organiza una fuerza militar –adicta al sector centrista del PSOE– que según alguno de sus componentes llegó a reunir la cifra de ochenta mil soldados. Y la organiza transformando el cuerpo de Carabineros (...) en una gran unidad militar (...) Entre nosotros lo considerábamos así: una fuerza militar de reserva del PSOE". No obstante, "en el desarrollo de la guerra, Negrín cambió sin duda de actitud hacia los comunistas". "Realizó el milagro de financiar la guerra durante tres años" Zugazagoitia coincide en valorar la gestión financiera de Negrín, gracias a la cual no faltaron divisas durante la guerra, milagro que, a su juicio, el oro del Banco de España no explica por completo. En opinión de Carrillo, "abordó sus tareas políticas con el estilo del hombre de ciencia, que no se deja guiar por las hipótesis no contrastadas de unos u otros, que estudia cada situación, investiga y llega a conclusiones concretas por su cuenta. Es un hombre extraordinariamente ponderado e independiente" "En medio de la pusilanimidad que va invadiendo a muchos jefes republicanos y que conduce a la catástrofe de la llamada paz honrosa, la figura de Negrín se alza como una roca de dignidad, coraje y nobleza" "Como escribió en carta a Prieto, en 1939, ya en México: "Puedo estar orgulloso de haber procurado no hurtarme nunca al cumplimiento de mi deber, por duro que éste fuera, en los puestos donde no trepé sino que otros me colocaron". Vidarte opina igual que Carrillo.

Azaña acogió al sucesor de Largo con ilusión, casi con entusiasmo: "Tiene gran confianza en sus designios, en su autoridad, afirma que la guerra durará mucho todavía (¡otro año!) y que se prepara para ello. Negrín, poco conocido, joven aún, es inteligente, cultivado, conoce y comprende los problemas, sabe ordenar y relacionar las cuestiones. Parece hombre enérgico, resuelto, y en ciertos aspectos audaz". Sin embargo pronto se creyó engañado y sus juicios tomaron un tinte acerbo. El 22 de abril de 1938 anota sus exasperadas protestas a Negrín: "¿Me llevarán ustedes ante un tribunal, por derrotista? Desde el 18 de julio del 36 soy un político amortizado. Desde noviembre del 36, un Presidente desposeído. Cuando usted formó Gobierno, creí respirar, y que mis opiniones serían oídas, por lo menos. No es así. (....) Soy el único a quien se puede violentar impunemente en sus sentimientos, poniéndome siempre ante el hecho consumado" Hacia el final de la guerra habla de "la insegura y errática fantasía de Negrín", de "su falta de seriedad", "fourberie" (bribonada), "Tiene una imaginación enferma", "Me contesta chapucerías", "No cree en lo que dice". A su vez, Negrín confió a Zugazagoitia: "Me cuesta mucho trabajo reponerme de las conversaciones con Azaña. No cree en nada, carece de fe, todo lo ve perdido. Se interesa, en cambio, por las cosas más mezquinas y menudas. Según el propio Giral, ha venido a caer en todos los defectos que él reprochaba a Acalá-Zamora" (II, 304).

Con toda su energía, Negrín no logró impedir la victoria de Franco en el norte cantábrico, culminada a finales de octubre del 37, cinco meses después de caer Largo Caballero. Con dicha victoria se abre el segundo gran período de la guerra, en el que también pueden distinguirse tres etapas. La primera dura seis meses, hasta el corte de la zona izquierdista en dos, al llegar los nacionales al Mediterráneo en abril de 1938. La segunda vio una nueva reacción populista, mucho más enérgica de lo esperado, pero concluida a los siete meses, en noviembre, con la derrota en el Ebro. Luego el Frente Popular entra en una fase de agonía, que se prolonga cuatro meses largos, hasta su rendición incondicional y el fin oficial de la guerra, el 1 de abril de 1939.

La caída del norte causó honda desmoralización en el gobierno izquierdista. La guerra parecía próxima a su fin por tercera vez (la primera fue al fracasar el alzamiento de julio en las grandes ciudades, y la segunda cuando las tropas de Franco, al atacar Madrid, estuvieron cerca de ser copadas y destruidas por la superioridad de los defensores). Pero en realidad no hizo sino recrudecerse.

A los nacionales se les presentaba un problema relativamente simple: el de explotar lo mejor posible su ventajosa situación, tan duramente adquirida, para acelerar el derrumbe adversario. Sin embargo éste no se produciría fácilmente, dadas las fuerzas que todavía conservaba y la extensión de su zona, que ascendía a bastante más de un tercio del país, muy poblada, con las mayores ciudades e importantes recursos financieros e industriales. En cuanto a los populistas, tenían ante sí un dilema muy arduo: intentar una paz negociada, o endurecer la lucha. La primera opción nacía de la desesperanza de ganar la guerra, y de la conveniencia de evitar a la población sufrimientos juzgados inútiles. La negociación pondría en la balanza la fuerza todavía disponible, a fin de lograr concesiones de los presuntos vencedores. Así venía a pensar Azaña. Pero, aunque no se decía, la idea implicaba ofrecer un trato aceptable a los enemigos, del cual tendrían que ser cabezas de turco los partidos revolucionarios, en una reedición muy agravada del intento de Martínez Barrio al principio de la contienda. Lógicamente, los partidos afectados rechazaban de plano un arreglo tal. Ello impedía a los pacifistas presionar al enemigo con el poderío que aún restaba al Frente, pues ese poder estaba en manos, precisamente, de los revolucionarios. Y, en fin, dada la voluntad de Franco de lograr la victoria total, una paz negociada sólo podría venir, y aun dudosamente, de una presión muy resuelta de Londres y París, presión por lo demás harto improbable.

La segunda opción era también penosa. En mayo de 1937, cuando Negrín sustituyó a Largo Caballero, todavía existían buenas expectativas de ganar la guerra, pero tras la pérdida del norte las esperanzas bajaron en picado. No obstante, cabía prolongar la lucha hasta enlazarla con la contienda mundial que se gestaba a paso rápido, y que obligaría a intervenir a Inglaterra y Francia. Explicaría Negrín más tarde: "Nadie podía prever cuándo la tormenta europea se desencadenaría, pero había de ser obtuso quien no la viera aproximarse" . Ello suponía aumentar las penalidades del pueblo, y enlazar la contienda civil con otra previsiblemente más mortífera.

Se impuso, por tanto, la continuación de la guerra. La estrategia consistió en resistir a todo trance y contragolpear con todo el vigor posible, apoyándose incondicionalmente en la URSS. En 1942, exiliado en Londres, explicó Negrín su política, al conmemorar el 14 de abril republicano: "¡Resistamos donde sea, como sea, con lo que sea! (...) ¿Cuándo dio el cielo la victoria a los cobardes?", y comparaba su postura con la de "Poincaré, Foch y sobre todo Clemenceau" en la guerra del 14, los cuales, sin reparar en sufrimientos, habían salvado a Francia. En este sentido Negrín descollaba en resolución, consecuencia y visión general, sobre los demás líderes populistas, salvo los del PCE. Con todo, su disposición a exigir sacrificios contrastaba con su fama de hombre incapaz de privarse de ningún placer. Los republicanos, socialistas y ácratas titubeaban, pero se veían arrastrados por una fuerza superior a ellos.

El gobierno de Negrín, por tanto, afrontó la adversidad con resolución. Tras la eliminación de Largo, su viejo rival Prieto había pasado a ministro de la Guerra, ahora llamado de Defensa (absorbía al anterior de Marina y Aviación), y emprendido una eficaz reorganización. Tras la derrota en el norte, puso en pie a marchas forzadas un ejército de maniobra equivalente al recién perdido, acabó de absorber las milicias, mejoró la centralización del mando y dictó normas para ordenar la retaguardia y la industria de guerra.

Capítulo especial fue el incremento de la disciplina en el ejército, las deserciones en el cual traían de cabeza al gobierno. Giral había comentado a Azaña que la mitad de las bajas sufridas en Brunete, "eran desertores más o menos disimulados", y en Cataluña se multiplicaban los "emboscados", jóvenes que huían al monte por disconformidad política o por no defender una causa que no sentían. Perseguidos implacablemente, se defendían a veces por medio de guerrillas. Como reflejan las instrucciones para la defensa de Madrid en noviembre del 36, los dirigentes populistas habían apreciado la capacidad de resistencia de los nacionales aun en condiciones desesperadas como en el cuartel de Simancas, Oviedo, alcázar de Toledo, etc. Y la atribuían a la disciplina militar, condición necesaria pero quizás no suficiente.

Cortar la indisciplina fue entonces tarea prioritaria. En agosto Prieto había creado el SIM (Servicio de Investigación Militar), para castigar acciones dudosas o desmoralizadoras, y el código militar fue endurecido para facilitar la ejecución sumaria de los soldados considerados desafectos. En este camino se llegaría responsabilizar de una deserción, y castigar por ella, a toda la familia del desertor, método al que no habían recurrido los franquistas ni en sus momentos más difíciles. El terror abierto se combinaba con intensas campañas de exaltación ideológica entre los combatientes. Los comunistas infiltraron el SIM, con éxito considerable aunque no total, y lo emplearon tanto contra la "quinta columna" como contra sus rivales políticos.

El extremo endurecimiento del código se acompañó de medidas para asegurar la coordinación y disciplina política, reorganizando la producción y metiendo en cintura a partidos y sindicatos díscolos. Las consignas eran "un gobierno que gobierne" y "orden en la retaguardia", en clara crítica al período de Largo. Ambos objetivos se cumplieron con éxito apreciable, aunque no pleno ni mucho menos.

Los primeros y más definitivos golpes cayeron sobre el POUM, grupo marxista enemigo del PCE, perdedor en la crisis de mayo. Su cruel represión, con torturas y asesinatos, fue jaleada por intelectuales de relieve, como José Bergamín. El líder poumista Andrés Nin fue secuestrado, martirizado y eliminado en una cárcel secreta de la policía soviética en España, instalada al parecer en casa de los aristócratas marxistas Hidalgo de Cisneros y su esposa Constancia de la Mora. Se acusaba a Nin de agente nazi, en imitación de los procesos de Moscú, por entonces en marcha y que estaban exterminando a la vieja guardia bolchevique bajo cargos semejantes.

La represión despertó escasas protestas de los intelectuales. En julio, en vísperas de Brunete se había celebrado en Valencia, organizado bajo cuerda por el aparato internacional stalinista de Willi Münzenberg, un magno Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, al que asistieron más de sesenta intelectuales de 21 países, desde China a Noruega o a Méjico. Concebido como un acto de propaganda internacional para el Frente Popular, el congreso cumplió las expectativas. Desde luego, no trató especialmente la masacre del POUM, que muchos de los asistentes juzgaban apropiada, al igual que los procesos de Moscú.

Los anarquistas también sufrieron persecución

Un sector de la CNT proponía la rebelión abierta contra el gobierno, pero estaba atenazado por la necesidad de ganar la guerra, consigna que manejaban con maestría los comunistas para reducir a la impotencia a sus adversarios. Y, en efecto, la rebelión habría debilitado catastróficamente la resistencia a Franco. Por ello, muchos ácratas estaban dispuestos a soportar prácticamente cualquier abuso de sus aliados, los cuales, en definitiva, eran la única garantía contra un derrumbe general. Y así quedó neutralizada la CNT, antes tan poderosa y temida, en medio de un furioso rencor contra el PCE, que estallaría al final de la guerra. Los anarquistas perdieron tanto nervio que salieron del gobierno en mayo, y en agosto no reaccionaron cuando Líster, coronel comunista, liquidó violentamente sus emblemáticas comunas aragonesas, dirigidas en régimen de práctica independencia por el llamado Consejo de Aragón. Los jefes del Consejo fueron culpados de abusos, crímenes y desorden financiero, y varios de ellos encausados por robos y tráfico de alhajas.

El mismo dilema infernal aturdía a los socialistas de Largo después de ser expulsados del poder. Al no resignarse al eclipse, sufrieron la pesada mano del gobierno de Negrín. Durante el verano y otoño de 1937, intentaron movilizar su influencia entre las masas, denunciando los métodos comunistas y los de los socialistas que colaboraban con el PCE. Surgió entonces una furiosa pelea interna por el control de la UGT, en la que los de Largo vieron, impotentes, cómo su voz era amordazada, cortada la libertad de movimiento de su jefe, e incautada su prensa por el nuevo gobierno y los ministros "centristas" Zugazagoitia y Prieto, antiguos compañeros del ex Lenin español en la insurrección de octubre del 34. Incluso la correspondencia y fondos bancarios del sindicato fueron secuestrados: "En la historia del proletariado español no se ha conocido atropello semejante. Ni los enemigos naturales de la UGT se habían atrevido a realizarlo", observa amargamente Largo. Desesperados, en octubre pensaron en consumar la escisión del partido, y romper abiertamente con el gobierno, pero carecían de prensa y medios para defenderse y explicar su causa ante la población, y ello les disuadió. En enero de 1938 una misión de la Federación Internacional Sindical (FIS), socialista, vino a España para soldar la UGT, con éxito muy relativo. El jefe de la misión, L. Jouhaux tomó partido, de hecho, contra Largo. Y así acabó la carrera del Lenin español. No obstante, los ánimos estaban tan encrespados, las divisiones en el PSOE tan emponzoñadas, y los recelos de la Internacional Socialista tan a flor de piel, que el PCE ya no pudo realizar su sueño – una de las claves de su política desde el principio de la guerra–, de absorber al PSOE en "una completa, íntegra, indisoluble unidad orgánica" , en una "vanguardia monolítica". Con todo, la división de sus rivales proporcionaba al PCE un amplio margen de maniobra.

Otro perdedor en la política de "orden en la retaguardia" fue la Esquerra, que no había sabido o podido asegurar la productividad de la industria catalana ni imponerse a los anarquistas. Por ello el gobierno recuperó el control del orden público en la región y, a finales de octubre del 37, se trasladó de Valencia a Barcelona, para irritación de los nacionalistas. Éstos lo recibieron con resistencia sorda, si bien inefectiva, porque su prestigio en Cataluña había caído muy bajo. Companys lamentaba estar siendo despojado de autoridad y tratado con desdén, y sus secuaces sembraban el descontento: pintaban a las fuerzas de orden público como "ejército de ocupación" e insinuaban rebeldía.

A su turno, el gobierno acusaba a Companys por su abierta usurpación de funciones, deslealtad y falta de colaboración. Azaña resume: "Los conflictos entre el Gobierno y la Generalidad, llevados con groseras faltas de tacto y de lealtad por ambas partes, produjeron en los catalanes más o menos influidos por la táctica de la Esquerra y otros grupos análogos, un despego (llamémoslo así) que no se disimulaba". Y en su Cuaderno de la Pobleta, no cesa de quejarse de Companys quien habría insinuado a Martínez Barrio un paralelismo entre la situación de entonces y la que originó en el siglo XVII la guerra de Cataluña: "Hubo alguien que no se conformó, Clarís, que se entendió con Richelieu para hacer la guerra a España. Esto le ha dicho el Presidente de la Generalidad al Presidente de las Cortes. Poco encubierta amenaza, y amenaza de traición. "¿Quién sería ahora Richelieu?" pregunta Martínez Barrio. "Acaso Mussolini", le respondo. Lo que ofrece poca duda es que Companys sueña con Clarís". Algunos agentes de la Generalitat habían hecho gestiones ante Ciano y Mussolini, en el otoño de 1936, en pro de un respaldo fascista a un régimen más o menos independiente en Cataluña. Negrín comentó a Azaña: "Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos (...). Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco".

En cambio los republicanos cobraron esperanzas –pronto decepcionadas– de mejorar su posición. Si Largo había ignorado prácticamente a Azaña, Negrín pasó a tratarle con mayor cortesía. Pero Negrín y los comunistas se consideraban –como Largo– "el gobierno de la victoria", y la buscaban con firmeza, mientras que Azaña no creía en ella ni probablemente la deseaba, ya que entonces los revolucionarios podían perder los reparos que les habían llevado a sostener una fachada de república. Desde pronto, Azaña había aspirado a una mediación de Londres y París en pro de una paz negociada que mantuviese, o más propiamente restituyese, la república. Ya bajo el gobierno de Largo, en mayo, había mandado a Londres a Besteiro, con motivo de la coronación del rey Jorge VI de Inglaterra, y lo había hecho, significativamente, a espaldas del gobierno. El auge comunista y la ayuda de Stalin les pesaban a muchos como una losa, entre ellos a Prieto, que sin embargo había apoyado una estrecha alianza del PSOE con el PCE, fruto de la cual había sido, entre otras cosas, la defenestración de Largo Caballero.

Caído, pues, el norte, la guerra entró en compás de espera mientras el ejército nacional se reorganizaba con vistas a nuevas acometidas. Franco vaciló entre dos posibles grandes operaciones: irrumpir por el valle del Ebro con vistas a cortar en dos la zona populista, o concentrarse nuevamente sobre Madrid, en una repetición a escala mucho más vasta, de la ofensiva de Guadalajara. Finalmente, a finales de noviembre se inclinó por Madrid. La ex capital ya no tenía la importancia estratégica y política de 1936, pero sí un extraordinario valor psicológico, como símbolo de la resistencia. Quizá le obsesionaba demostrar, una vez más, que podía alcanzar cualquier objetivo que se propusiese. Al mismo tiempo acumuló fuerzas en Zaragoza, con vistas a una posterior ofensiva Ebro abajo.

Negrín y Prieto aprovecharon también esos meses para poner a punto sus dispositivos. Rojo, el estratega principal del Frente Popular, estimó dos planes posibles: atacar por Teruel o retomar el plan de Largo sobre Mérida, cortando el territorio franquista y lanzándose a continuación sobre Sevilla. Sin renunciar a éste se orientó por el primero, que ofrecía buenas perspectivas de éxito. Teruel, pequeña ciudad de unos 15.000 habitantes, dominaba la comunicación entre el valle del Ebro y Valencia y estrechaba el territorio populista con una cuña hacia el Mediterráneo. Aunque había resistido el constante asedio de las milicias barcelonesas, estaba apenas defendida por unos 7.000 hombres que debían cubrir una línea de un centenar de kilómetros. El objetivo estaba elegido también con ánimo de adelantarse a la temida ofensiva franquista sobre Madrid.

Y efectivamente, fue Negrín quien tomó esta vez la iniciativa, ya en diciembre. Teruel resistió con denuedo a un ejército que le decuplicaba en número y más aun en aviación y carros, bajo grandes nevadas y un frío intenso que ocasionó innumerables bajas por congelación. Franco tuvo que desistir de la ofensiva sobre Madrid y organizar la ayuda, pero tras 24 días de lucha en condiciones infernales, la guarnición terminó por rendirse, el 7 de enero del nuevo año, 1938, lo que Franco no perdonaría al jefe de la resistencia, Rey d´Harcourt.

El triunfo fue aireado en todo el mundo por el excelente aparato de propaganda de las izquierdas. Quedaba de relieve la capacidad del ejército populista para recuperarse e incluso tomar la iniciativa y "hacer variar la faz de la guerra". Quizá la victoria fuera aún posible. La noticia impresionó a alemanes e italianos. Mussolini, muy preocupado por el deterioro de las relaciones europeas, quería una acción rápida y resolutiva, y acusó a Franco de falta de aptitud o de voluntad, amenazando veladamente con retirar sus tropas. Hitler también buscaba tener cuanto antes las manos libres para realizar sus proyectos agresivos en el centro de Europa. Franco se impresionó menos. A finales de enero formaba su primer gobierno propiamente dicho, con ocho ministros civiles y cuatro generales, superando la situación anterior de juntas militares; y ordenaba la reconquista de Teruel mientras Rojo, creyendo definitiva la victoria, pensaba en completarla volcándose en el "Plan P": atacar por Extremadura y desde allí hacia Sevilla.

El éxito populista en Teruel iba a convertirse en terrible desastre a las pocas semanas. A finales de febrero, la ciudad volvía a manos de los nacionales. Todavía el 6 de marzo, como una especie de premio de consolación, la flota de Cartagena hundía al crucero Baleares, una de las principales unidades franquistas, ocasionándole cientos de muertos; pero el día 15 iniciaba Franco un vasto ataque, con gran superioridad de medios, por el valle del Ebro y por Aragón. Entonces parte del gobierno, y Azaña, pensaron en aprovechar una oferta francesa de mediación, rendición práctica, admitiendo en Francia a los líderes populistas, así como a la aviación y la flota. Para evitar esa salida, el Partido Comunista organizó el día 16 una gran manifestación en Barcelona con lemas como "No hay otro compromiso que aplastar a Franco", o "Continuaremos la lucha hasta la victoria". Luego los manifestantes desfilaron ante el palacio presidencial, en clara presión, por no decir intimidación a un Azaña cada día más pesimista.

Un mes después, el 15 de abril, prácticamente en el séptimo aniversario de la proclamación de la II República, llegaban las tropas de Franco al Mediterráneo. La zona populista quedaba cortada en dos, habiendo perdido 15.000 kilómetros cuadrados y con Cataluña en peligro inminente.

Y unos días antes, el 6 de abril, Prieto tenía que dimitir del ministerio de Defensa, acusado de derrotismo, tras diversas presiones comunistas.

El pesimismo de Prieto era real y apenas lo disimulaba, pero no le había impedido derrochar en su puesto una actividad a la cual se debían en gran medida la reorganización y la capacidad de respuesta del ejército populista. En su desconfianza en la victoria concordaba con Azaña, quien le había transmitido su preocupación en vísperas de la ofensiva de Brunete, en julio del 37: "–¿Y si las cosas salen mal y usted adquiere la convicción de que no se puede ganar la guerra, qué se hace? A mi parecer, habría, llegado el caso, que emprender una política consecuente con esa convicción. Lo difícil, lo imposible, es decirle a la gente desde el Gobierno que la guerra se va a perder. – No puede decirse –me responde Prieto–. No hay más que aguantar hasta que esto se haga cachos. O hasta que nos demos de trastazos unos con otros, que es como yo he creído siempre que concluiría esto" .

En su política reorganizadora y disciplinaria, Prieto había marchado del brazo con el PCE, pero chocó con éste en otro terreno crucial: se empeñó en despolitizar el ejército, lo que, en la práctica significaba cortar la influencia de los comunistas en él, cosa que éstos no estaban dispuestos a admitir, a pesar de las constantes denuncias sobre sus métodos de infiltración. F. García Lavid, comandante socialista de la 61 Brigada y presuntamente asesinado en Barcelona por los comunistas, escribía en agosto de 1938: "Gentes que se permiten decir públicamente que ellos no han pedido puestos de mando políticos, monopolizan hoy el mando casi absoluto del Ejército, haciendo uso de él para toda clase de trabajos partidistas (...) Los fusilamientos de compañeros nuestros aumentan sin cesar, hasta el extremo de que ya se han dado múltiples casos de negativa a ir al frente por parte de jefes y oficiales socialistas y anarquistas, que no quieren ser asesinados por la espalda, y ser luego acusados de traidores y cobardes". La eficacia de este ejército dentro del ejército era tal que las quejas no servían de nada: "Lo corriente va siendo que la gente tenga miedo a hablar (...) El miedo lo invade todo. La guerra de liberación que decimos hacer, está esclavizando la mente de las gentes, atenazando las voluntades y amordazando toda voz saludable". Las denuncias ácratas no son menos explícitas. Los comunistas les oponían la necesidad de la disciplina y de ganar la guerra a toda costa.

El resultado de la pugna fue, una vez más, la victoria del PCE y la reorganización del gobierno. Negrín, sin dejar la presidencia del gobierno, ocupó también la de Defensa, que Prieto dejaba, con las tres subsecretarías (Tierra, Marina y Aviación) en manos de comunistas. Ya sin esperanza racional de victoria directa sobre Franco, la estrategia se centró por completo en aguantar hasta que la contienda mundial en gestación obligase a Francia y Gran Bretaña a intervenir en España a favor del Frente Popular.

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