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La Ilustración Liberal

Testimonio

Covid-19: la tempestad

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La fiebre empezó el lunes 23 de marzo. Ya había padecido algún pequeño malestar y varios ataques de tos. Mi hermana Paloma comentó la posibilidad de que estuviera infectado del coronavirus. Aquello, dicho medio en broma, no me sentó bien. El domingo anterior no había tenido fuerzas para levantarme antes de las nueve de la mañana, muy tarde para lo que acostumbro. El malestar iba en aumento. Del lunes por la mañana tengo el primer registro de temperatura, con 36’8º a las nueve y media. Por la tarde, a las cuatro, la fiebre alcanzaba los 38’4º, aunque luego bajó y la situación se normalizó.

Aquel lunes 23 de marzo en Madrid hubo 1.777 infectados nuevos –6.584 en toda España– y 272 fallecidos. Llevábamos en estado de alarma desde el sábado 14 de marzo. Dos días después, el 16, cuando todavía se podía circular por motivos de necesidad, había cogido el coche para ir a la facultad, a Cantoblanco, a recoger unos libros que me iban a hacer falta durante el confinamiento. Ya estaba todo desierto, salvo una auxiliar en un despacho, detrás del mostrador de recepción, y la persona de seguridad que me hizo firmar un registro a la entrada. Recogí el paquete que me habían dejado los bibliotecarios en el despacho, subí al coche, saludé de lejos a la persona de seguridad y a la salida, en vez de torcer a la izquierda hacia Madrid, cogí a la derecha para subir a la sierra. Pasé Tres Cantos, Colmenar Viejo, Soto del Real y llegué a lo más alto del puerto de la Morcuera. Hacía un día fresco y lloviznaba a rachas, bajo un cielo gris recorrido por nubes oscuras y rápidas. En aquella inmensidad, sólo se oía el viento, ocasional, imprevisible. Estaba completamente solo.

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