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La Ilustración Liberal

Historia

La insubordinación

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Nota previa: el escritor Pedro Corral ha rescatado del silencio editorial, quince años después de su publicación, un libro que es considerado ya un clásico de la Guerra Civil y que se encontraba descatalogado desde hace una década, pese a lo cual ha seguido siendo uno de los más buscados y apreciados por los lectores. Se trata de Si me quieres escribir, un impactante relato de la tragedia de la 84ª Brigada Mixta del Ejército Popular, que conquistó Teruel para la República, la única capital de provincias tomada a los nacionales en la Guerra Civil. Doce días después de aquel triunfo, la unidad sufrió un terrible castigo por orden de sus propios mandos y fue disuelta al negarse dos de sus batallones, el Azaña y el Largo Caballero, a suspender el permiso que se les había prometido por la toma de la ciudad aragonesa. Como dice el autor, en la contienda española no hubo ninguna otra unidad que encadenara de manera tan brutal los pasajes de la gloria y del castigo, ni que cruzara tan rápidamente a los ojos de su bando la línea que separa a los héroes de los traidores. Reproducimos aquí uno de los momentos más dramáticos de la peripecia de la 84ª Brigada Mixta, reconstruida por Corral a través de la voz de los supervivientes.

***

A lo largo de los días de calma que habían seguido a la rendición de la ciudad, Franco había concentrado en el frente de Teruel hasta doce divisiones, y estaba seguro de haber alcanzado la necesaria superioridad en artillería y aviación para aplastar las defensas republicanas. En contra del parecer de los consejeros alemanes e italianos, que le instaban a una victoria decisiva en Madrid, estaba decidido a desquitarse de la pérdida de Teruel. Como sucedió en Brunete o Belchite, y como en el futuro sucederá en el Ebro, Franco quería garantizar la eficacia y rotundidad del golpe.

Franco descartaba el ataque frontal sobre Teruel, que se había demostrado tan costoso como inútil y que, sobre todo, carecía ya de sentido una vez rendidos los defensores. Ahora que ya no había sitiados a los que auxiliar, se imponía la maniobra de envolvimiento de la ciudad por el norte. El lugar elegido para la ruptura del frente era la línea Alto de Celadas-Las Pedrizas-El Muletón, que defendía la ribera oeste del río Alfambra antes de su paso por Teruel.

El 17 de enero comienza la ofensiva franquista. La aviación, incluida la Legión Cóndor y la Legionaria italiana, se encarga del preludio, martilleando las líneas republicanas con cerca de 80 aparatos entre cazas y bombarderos. Al ataque aéreo se suma pronto la artillería, orquestando una sinfonía de destrucción con los disparos de nada menos que quinientas piezas a la vez. Las líneas republicanas saltan en pedazos. Los hombres que las ocupan, de la 22ª Brigada Mixta de la 39ª División, apenas tienen tiempo de salir de ellas antes de que las primeras rociadas de bombas las trituren, y muchos de quienes lo consiguen caen a los pocos metros en medio de un aguacero de metralla.

Las pérdidas de la 22ª Brigada son enormes. Las alturas están sembradas de cadáveres, hasta el punto de que al llegar las tropas nacionales a las posiciones apenas tienen que disparar un tiro. Son los soldados de la 150ª División los que conquistan el Alto de Celadas "a pecho descubierto", como diría el general Martínez de Campos, responsable de la artillería nacional. "La operación de Celadas", escribió, "fue el éxito artillero más completo de la guerra: quinientas piezas en la mano y un resultado perfecto".

La destrucción desatada sobre las líneas de defensa republicanas aquella sangrienta jornada del 17 de enero indicaba la voluntad de Franco de cobrarse a buen precio la pérdida de Teruel, y de que tal precio se recordase para siempre. Como el historiador Luis María Lojendio escribió un año después del conflicto, el tipo de guerra desarrollado sobre el Alto de Celadas, Las Pedrizas y El Muletón fue "guerra de exterminio", y aquel bombardeo de aviación y artillería sólo podía compararse, por su extrema dureza, con el de la ruptura del Cinturón de Hierro de Bilbao.

El propio Lojendio describió aquella línea defensiva republicana como una poderosa zona fortificada "a base de construcciones en cemento armado, reductos preparados contra bombas de aviación y de artillería, trincheras comunicadas entre sí con pasos subterráneos, observatorios, nidos de ametralladora de tiro cruzado, etc.".

Tal descripción es absolutamente exagerada. Quien recorra hoy aquella cadena de cerros a orillas del Alfambra esperando encontrar los restos triturados de un Cinturón de Hierro aragonés hallará únicamente unas pobres líneas de trincheras con parapetos de piedras y cuevas excavadas bajo las rocas para refugio de la tropa, unos y otras pulverizados como por el puño de un gigante. Las alturas de estos cerros están salpicadas por cráteres de bombas, tan omnipresentes que en algunos lugares apenas se distancian dos pasos unos de otros. No existe el mínimo vestigio de los fortines descritos por Lojendio, pero no porque fueran destruidos por la aviación y la artillería el 17 de enero, sino porque nunca fueron construidos.

El bombardeo sobre Alto de Celadas, Las Pedrizas y El Muletón no buscaba acabar con una infranqueable Línea Maginot, como pretendía la historiografía franquista, sino provocar el mayor daño posible a las tropas republicanas para que, atemorizadas y ensordecidas por aquel diluvio de metralla, abandonaran sus líneas. De hecho, si éstas hubieran sido tan poderosas como describe Lojendio, no se habrían producido ni las numerosas bajas ni el pánico que sufrieron los hombres del Ejército Popular.

A lo largo del día 17, los nacionales progresaron a partir de la brecha de tres kilómetros que habían hecho saltar por los aires, conquistando parte de El Muletón y amenazando con cortar la carretera de Teruel a Alcañiz. La 39ª División republicana, que disponía aún de dos brigadas más o menos enteras, logró frustrar este último intento al final de la jornada. Ese día se produjeron los mayores combates aéreos de la batalla, con más de un centenar de aparatos en liza.

Al día siguiente, Hernández Saravia dispone un contraataque con las fuerzas de la 35ª División del general Walter y distintas brigadas de las divisiones 39, 40, 47 y 67, para detener el avance de las tropas de Aranda. Los teléfonos arden en los puestos de mando: se disponen refuerzos, se ordenan los envíos de blindados y artillería, se reclama la actuación de la aviación propia. Y, sobre todo, se exige a las tropas el máximo sacrificio, bajo amenaza de sanción. La orden que dicta el jefe del XIII Cuerpo de Ejército, comandante Balibrea, es buena prueba:

Toda negligencia en el cumplimiento de las órdenes recibidas será sancionada debidamente, sin que haya excusa ni pretexto alguno para el incumplimiento de dichas órdenes.

En la jornada del 19, la 5ª División de Navarra ataca El Muletón, defendido por los batallones Lincoln, British, Mackenzie-Papineau y Spanish de la XV Brigada Internacional de la 35ª División, que pagarán en aquella lucha feroz uno de los mayores tributos de sangre de los voluntarios extranjeros en la guerra de España. Muchos de aquellos brigadistas quedaron allí para siempre, en lo que es hoy un puñado de rocas trituradas, olvidado del mundo, como lo fue antaño, en los alrededores de Teruel.

La noticia de la nueva ofensiva franquista llega a Rubielos de Mora el mismo lunes 17. Durante toda la jornada, los hombres de la 84ª Brigada ven pasar sobre el pueblo varias formaciones de aviones propios en vuelo hacia Teruel, la más numerosa de las cuales sobrevuela Rubielos a las 14.30 horas, con dieciocho bombarderos escoltados por otros tantos cazas.

Al anochecer del 17 llega al puesto de mando de la 40ª División la orden de operaciones para el día siguiente, firmada por Hernández Saravia, que dispone el envío a Teruel de las dos brigadas de la división, la 84ª y la 87ª. Ambas unidades quedarían a las órdenes de Juan Modesto, jefe del V Cuerpo de Ejército, que debería emplearlas para taponar la brecha en el sector de Alto de Celadas-El Muletón.

Los carabineros de la 87ª Brigada son enviados urgentemente al frente al amanecer del día 18 desde sus acuartelamientos en Valbona y Mora de Rubielos. Llegan a los pies de El Muletón en camiones, aunque no están en línea a la hora indicada por el mando para el contraataque. Esto hará que se sumen a la operación con retraso, a las 10.30 horas. El contraataque, dirigido sobre las fuerzas de las 5ª y 150ª Divisiones franquistas que amenazan El Muletón, termina en fracaso.

Las fuerzas de la 84ª Brigada permanecen en Rubielos de Mora todo el día 18, viendo pasar sobre sus cabezas nuevas formaciones de aviones en vuelo hacia el frente. En los partes republicanos no hay ninguna razón que explique el hecho de que no se enviara aún a la 84ª Brigada a primera línea. Acaso pudo deberse a problemas de transporte, como los indicados en el diario de operaciones del Ejército de Levante como causa del retraso de la 87ª Brigada a la hora de sumarse al contraataque de El Muletón.

Por fin, en la tarde del miércoles 19, en el puesto de mando de la 40ª División, en la Casa de Ygual, situada frente al antiguo convento de los carmelitas calzados, el teniente coronel Andrés Nieto Carmona comunica al jefe de la 84ª Brigada, el mayor Benjamín Juan Iseli, la orden de volver al frente. La 84ª Brigada tiene que trasladarse al cementerio viejo de Teruel, para defender el norte de la ciudad en el caso de que las fuerzas franquistas consigan rebasar a las fuerzas que se mantienen a duras penas en El Muletón.

El mayor Iseli sale del puesto de mando de la 40ª División y cruza la plaza para entrar en el convento vecino, donde están acuartelados los batallones Largo Caballero y Azaña, que suman seiscientos hombres. Allí se encuentra a las fuerzas reunidas en el patio del claustro y en la galería superior. El estado de agitación de las tropas le confirma que ya conocen la noticia.

Como el mayor Iseli pudo suponer recordando las protestas provocadas por la marcha a La Muela el día 10, la orden no iba a ser bien recibida por aquellos hombres extenuados, al límite de toda resistencia moral y física, que lo habían dado todo en la primera línea de combate. Pero seguramente no se esperaba la reacción de las fuerzas acantonadas en el convento, de la que le informan rápidamente los oficiales: los batallones Largo Caballero y Azaña se niegan a regresar al frente y exigen que el mando respete el permiso que se les había prometido. "Cuando llegamos a Rubielos a disfrutar del permiso, sólo pensábamos en una cosa: a ver lo largo que se hace. Y bien corto que resultó", recuerda Blas Alquézar, el ametrallador del Largo Caballero.

El descanso con el que se les había premiado por la conquista de Teruel se había convertido en un permiso de tres días, puesto que el domingo 16 se habían retirado del frente en una marcha a pie de cincuenta y seis kilómetros y el 19 les daban la orden de volver a primera línea. Pero no todas las fuerzas de la 84ª Brigada habían disfrutado de este exiguo permiso. Según los testimonios de Eugenio Cebrián Navarro y Domingo Cebrián Castelló, la compañía de ametralladoras del batallón Largo Caballero, a la que pertenecían, había dejado el frente el mismo día 19, también a pie y con todo el equipo a cuestas. Iniciaron la marcha de madrugada desde Teruel y llegaron a Rubielos al anochecer.

Domingo Cebrián asegura que de los ciento veinte hombres que formaban la compañía de ametralladoras sólo quedaban catorce en condiciones de luchar cuando llegaron a Rubielos de Mora. Aparte de las bajas sufridas en un mes de combates, muchos llegaron enfermos y otros tantos extenuados después de aquella marcha a pie. Es fácil de imaginar la impresión que causó en las otras fuerzas de los batallones Largo Caballero y Azaña ver la entrada de aquella maltrecha compañía en el convento de Rubielos. Esta impresión contribuyó a soliviantar aún más los ánimos cuando, al poco tiempo, se recibió la orden de volver al frente. Aunque la mayor parte de los hombres acuartelados en el convento habían disfrutado de tres días de descanso, todos ellos se identificaron con sus camaradas de la compañía de ametralladoras y se sintieron engañados de igual forma ante la anulación del permiso prometido por la toma de Teruel.

"Nosotros teníamos razón y nos sobraba para no obedecer la orden de volver al frente", dice Domingo Cebrián, el sargento de ametralladoras. "¿A qué santo dicen los jefes que teníamos permiso si al final no lo cumplen? Si un jefe dice que si tomáis Teruel tenéis permiso, tiene que cumplirlo. ¿No se lo merece uno? ¿Una compañía como la nuestra, que de ciento veinte que éramos sólo quedábamos catorce, no se merece el permiso? Aquellos eran dos batallones deshechos. ¿A dónde van dos batallones deshechos? A ninguna parte. A morir todos, a eso van".

"Nos engañaron, nos metieron zorro por liebre", afirma Bernardo Aguilar, el tambor. "Los oficiales nos dijeron que nos preparáramos, que salíamos de madrugada para el frente. Aquello fue demasiado. Todos los que éramos voluntarios empezamos a decir que no volvíamos al frente, que llevábamos treinta días de combate, con frío y con nieve, y que estábamos agotados".

"Ni tres meses, ni mil pesetas, ni ascenso ni nada", recuerda Avelino Codes. "Una semana de descanso, eso es lo que nos habían ofrecido cuando acabáramos en Teruel. Fuimos a Rubielos de Mora, y a los tres días nos dijeron que teníamos que volver al frente. Nosotros estábamos agotados, llevábamos muchos días pegando tiros y recibiéndolos. Además había mucha gente enferma. Cuando vinieron para decírnoslo, empezamos a hablar unos con otros. A los mandos les dijimos que se fueran ellos. Fue así, como cosa de todos. Al ver que no se enfadaban, pensamos que nos habían dado la razón y todo quedó como si nada".

El último punto del relato de Avelino Codes demuestra que, ante aquellos seiscientos hombres armados que se negaban a cumplir las órdenes, los jefes, oficiales y comisarios de la brigada intentaron en todo momento no empeorar la situación. Su actitud pudo ser hasta comprensiva y solidaria para con los soldados que se resistían a volver a Teruel, hasta el punto de que en ningún momento, como confirma Avelino Codes, llegaron a esgrimir la amenaza de un castigo por la insubordinación.

Pero podemos suponer que existió otra razón para la actitud de distensión de los mandos y comisarios: conocían bien a aquellos soldados. Los habían visto asaltar El Mansueto, luchar en las calles de Teruel, asediar los reductos nacionales en la ciudad, combatir en La Muela. Aquellos voluntarios de la primera hora de la guerra, la mayoría labradores y pastores, muchos de ellos analfabetos, eran hombres valientes, aguerridos. Lo estaban demostrando incluso al desobedecer una orden del mando con el mismo arrojo y la misma temeridad de que habían hecho gala en la batalla. Estaban dispuestos a jugarse la vida por la República, pero también por cualquier otra causa que consideraran justa y legítima, como la del permiso que se les había prometido.

Cuando el mayor Iseli informa del estado de insubordinación de los dos batallones de su brigada al jefe de la división, Andrés Nieto, éste reúne en su cuartel general a los jefes de batallón, oficiales y comisarios para conocer la situación y buscar una solución. Una vez concluida la reunión, Nieto se personará en el convento. Sólo una salida parece contar para el antiguo alcalde de Mérida: debe acabar con la insubordinación, a cualquier precio.

Blas Alquézar narra los hechos que siguieron a la reunión en el puesto de mando de la 40ª División:

Al anochecer vino el jefe de la división con el resto de los oficiales. Se pusieron en la puerta del convento y nos dijeron: todos los que quieran volver al frente, que se queden, y los que no, que salgan entregando el armamento, para que sean relevados. Y yo, pues me puse a la cola, con el fusil. Y cuando me vio arrojarlo el teniente Magallón, que era de mi pueblo, se echó las manos a la cabeza y me dijo: "¿Pero sabes lo que has hecho, desgraciado?". "Pues entregar el fusil, porque yo no voy al frente, me voy antes a mi casa, a la guerra que se vaya su tía". Y entonces es cuando llegan unos camiones con guardias de asalto, y a todos los que hemos dejado el fusil nos apuntan con sus armas y nos dicen que subamos a los camiones.

Bernardo Aguilar confirma la estratagema del mando para desarmarlos, haciendo que se confiaran y pensaran que se habían aceptado sus razones para no volver a primera línea:

Nos dijeron que venían a relevarnos y que entregáramos las armas. Yo dejé mi fusil como los demás, pero también tuve que entregar el tambor. Cuando nos quedamos desarmados, aparecieron unos camiones en la plaza, de los que bajaron hombres apuntándonos con sus fusiles. Si hubiéramos sabido que iban a hacer eso, nos habríamos defendido, pero nos engañaron.

El engaño es también lo que mejor recuerda Avelino Codes de aquellos tensos momentos:

Vimos llegar camiones con otros soldados y pensamos que eran los que iban a relevarnos, como decían los jefes. Muchos escaparon entonces porque ya aquello lo vieron mal, pero a otros nos cogieron por engaño, cuando ya nos habíamos quedado desarmados. Desde que entregué el fusil, ya no volví a coger uno en toda la guerra.

Los que han entregado sus armas suman cerca de ciento treinta hombres. Entre ellos hay cinco sargentos, veintiocho cabos, dos tambores y un corneta. El resto de los batallones Largo Caballero y Azaña, unos quinientos hombres, son también desarmados y quedan recluidos en el convento, bajo una fuerte vigilancia. Durante los momentos en que se aborta la insubordinación, y aprovechando la confusión que se produce en el convento, son muchos los soldados que consiguen darse a la fuga. Algunos lo hacen advertidos por oficiales de sus compañías, que, sabedores de lo que se prepara, les previenen de la amenaza que se cierne sobre los dos batallones. Son oficiales que actúan por amistad o por compasión hacia sus subordinados, a los que alertan con la condición de que escapen sin dar aviso a otros compañeros, pues ellos mismos corren peligro por favorecer la huida de sus hombres. Los que huyen dejan atrás, dolorosamente, a amigos y paisanos que ignoran el grave riesgo que corren.

El plan para acabar con la insubordinación no ha dejado ningún resquicio a la improvisación. Los camiones con los hombres apresados en el convento son conducidos a las minas de pizarra donde habían estado acuarteladas las tropas del tercer y cuarto batallones de la 84ª Brigada, que a esas horas iban ya camino del frente. La reacción de estas tropas ante la orden de regresar a Teruel no había sido muy diferente de la de los batallones insubordinados. Aunque la obedecieron, al llegar a las posiciones del cementerio viejo de Teruel, el cuarto batallón, Otumba, se negó a ocupar la primera línea, por lo que fue relevado por el tercer batallón, Temple y Rebeldía, que ocupó dichas posiciones a regañadientes. Incluso su comandante advirtió al mando de que el cansancio de sus tropas era tal que no podía garantizar su comportamiento en el combate. Su fracasada intervención, al día siguiente, en un contraataque en El Muletón, confirmó esta advertencia.

Al llegar a las minas, los hombres de la 84ª Brigada desarmados y apresados en el convento de Rubielos fueron recluidos en el pabellón de los ingenieros. Allí pasaron las primeras horas de la noche preguntándose cuál sería su suerte. Cuando algunos ya estaban a punto de dormir, se oyó ruido de camiones y voces bajo las ventanas del edificio. Relata Avelino Codes:

A medianoche vimos llegar unos camiones con oficiales y soldados. Nos hicieron salir del edificio para formar. Cuando ya estábamos todos fuera, empezaron a leer una lista que traían. Los que fueran nombrados tenían que salir de la formación. En ese momento, pues qué vas a pensar, lo que pensamos todos: que el próximo de la lista vas a ser tú. Al final nombraron a unos cincuenta, los subieron a un camión y se los llevaron.

Blas Alquézar recuerda que, nuevamente, el mando recurrió al engaño:

El oficial que leyó la lista empezó diciendo que los nombrados tenían que ir a declarar por lo que había pasado en el convento de Rubielos. Entonces los van nombrando, los suben a un camión y se los llevan.

Algunos de los que fueron nombrados no aparecieron, porque ya habían logrado escapar. Al camión subieron cuarenta y seis hombres. Los que se quedaron los vieron marchar con desasosiego, aunque el hecho de que figuraran varios sargentos tranquilizó a muchos, tanto a los soldados que iban con ellos como a los que se quedaron en las filas. La mayoría creyó que les llevaban de vuelta a Rubielos de Mora, a testificar por la insubordinación, como acababa de declarar el oficial. Sin embargo, a medida que pasaban las horas, la inquietud comenzó a cundir entre los prisioneros. Algunos comenzaron a temerse lo peor, contagiando su preocupación y su insomnio a los demás. Cuando clareó el día, los malos presagios parecieron esfumarse con la última oscuridad, pero la noticia de la tragedia acechaba en los primeros rayos de luz.

Relata Blas Alquézar:

Al día siguiente, muy de mañana, vimos pasar desde la ventana del edificio a unos paisanos de Rubielos que iban por la carretera. Les preguntamos a voces si sabían qué había pasado con los que se habían llevado a medianoche. Nos dijeron que sabían que los guardias de asalto habían fusilado de madrugada, a las afueras del pueblo, a unos soldados que se habían negado a ir al frente.

Una punzada de rabia y temor atravesó a los hombres recluidos en el pabellón de las minas. Estaban seguros de que ahora les tocaría a ellos, pero el miedo a ser los siguientes no lograba disipar la indignación por la suerte de sus compañeros. Por sus mentes pasaban las imágenes de la noche anterior y de los sucesos de Rubielos, y también las secuencias de los combates en las calles de Teruel, el asedio a los reductos, la rendición de los defensores. Eran visiones que se entrecruzaban las unas con las otras hasta confundirse en una imagen sola: la del paisano o del amigo con el que habían compartido peligros desde el comienzo de la guerra, y cuyo cadáver se amontonaba con el del resto de sus compañeros, fusilados con las balas de su propio ejército.