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La Ilustración Liberal

Varia

Madrid

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Es posible que Felipe II escogiera Madrid como capital de su reino a causa del papeleo generado por las Indias: hacía falta un sitio fijo para instalar una administración profesional. No sabemos si fue así, pero la hipótesis, verosímil, sugiere que Madrid capital es una ciudad antes que nada política. Aunque tuviera cierta relevancia en el reino de Castilla, no tenía el peso de otras, como Burgos, Toledo o Valladolid. El Rey no quería interferencias en sus decisiones y, al mismo tiempo, dejaba plasmada una idea de España, la de una Corona que respetaba el carácter pluralista del país y no intentaba forzar la centralización. Madrid se convirtió en la esencia de España porque no representaba a ninguno de los reinos que componían la Monarquía. Por eso mismo, los representaba a todos. Puesto al servicio de la Corona, Madrid deja de lado la pretensión de crear una tradición propia. Sin pasado –o casi–, Madrid será una ciudad moderna por esencia. Un gran conocedor de Madrid hablaba de "la ciudad sin secretos". Como es natural, siempre será ciudad y nada más que ciudad. Los madrileños son naturalmente urbanitas, como lo son, por otra parte, los españoles, a los que les cuesta no vivir en la ciudad. Y la villa, escenario fastuoso del primer Estado planetario, que extiende su poder por cuatro continentes, deja atrás la cuestión de su identidad. Cualquiera que llegue y acepte la convención tácita que se le ofrece será considerado madrileño. Aquí no hay inmigrantes: sólo gente que comprende lo que ser madrileño quiere decir. La condición se adquiere mediante un giro intelectual –descartados el sentimentalismo, las emociones y el folklore–. También es la más dispuesta a reírse de sí misma. Es la elegancia de Madrid, a veces interpretada como frivolidad, pero sin la cual la noción misma de España estaría incompleta. Por eso Madrid ha sido siempre diana favorita de nacionalistas, resentidos y amargados de todo pelaje.

***

La Movida. Madrid en transición

Debió de ser entre 1976 y 1977. Yo estaba viviendo en París y asistía, sin la menor regularidad, a los cursos que impartían en la universidad de Vincennes algunas de las estrellas filosóficas de entonces. Me gustaba sobre todo la clase de Gilles Deleuze, tan literaria. Una mañana, sentado en una mesa de la cafetería, vi llegar a un amigo, de nombre Oswaldo, Oswaldo Muñoz. Llegaba, como casi siempre, con los ojos vivos y la risa reventándole en la cara. Nada más sentarse, y sin dejar de moverse, Oswaldo me anunció triunfante que había descubierto la que iba a ser nuestra música. Era un grupo neoyorquino que acababa de sacar un disco, un LP de los de entonces: los Ramones.

Yo andaba demasiado despistado en el ambiente post 68, intentando aclararme a mí mismo lo que quería ser, como para dar mucha importancia al anuncio de Oswaldo. No recuerdo si llegamos a escuchar alguna vez a los Ramones. Me figuro que sí y me imagino cómo, con qué carcajadas, lo debimos de hacer.

Viviendo en París, yo no había conocido mucho el Madrid de mediados de los setenta, pero siempre que estaba allí acababa relacionándome con amigos que habían hecho suya una forma de vida más o menos hippie, desorganizada y sin rumbo, o bien con otros que se habían inclinado por algún grado de compromiso político, más intelectual que auténticamente militante.

Al volver aquella vez, en cambio, lo que descubrí fue una nueva forma de vivir. Mis amigos madrileños habían dejado atrás la obsesión izquierdista, pero también la querencia hippie. Ya no regían las trencas ni las gafas rectangulares de pasta gruesa, como si quien las llevara estuviera perpetuamente dedicado a intentar leer, infructuosamente, a Althusser. También habían dejado de estar vigentes las greñas y el desaliño, signo de rebeldía y, más aún, la experimentación vital tomada muy en serio, con derroche de un tiempo precioso y consumo nada moderado de sustancias, químicas y naturales, que facilitaban la evasión perpetua. De pronto, todo eso parecía haberse acabado.

Lo que primaba ahora era una actitud nueva, hecha de ganas de diversión y de frivolidad como virtud principal. Con los años, aquello acabó llamándose movida, la "Movida madrileña". Fue descrita como el fruto de la Transición política, que tendría en ella su reflejo vital, después de los interminables años de plomo de la dictadura. Será verdad, pero yo no lo viví de ese modo, ni mis amigos parecen haber pensado que lo que estaban haciendo estaba relacionado con algo tan serio y tan grave como la Transición. Si nos emancipábamos de algo era de lo que había venido justo antes y que parecía imponerse a nosotros como una fatalidad. Fuimos rebeldes, si se quiere, pero contra la rebeldía vital y política de los años previos. Queríamos divertirnos, no cambiar el mundo. Y vaya si nos divertimos…

Tal vez fuimos postmodernos sin saberlo, aunque, de conocerla, no nos habría gustado la nueva etiqueta. Si habíamos dejado atrás el mundo progre y el hippismo, no era cuestión de dejarnos clasificar de nuevo. Desde otro punto de vista, en cambio, aquello sí tenía que ver con la Transición. Pero más que con el hecho político en sí, con todo lo ocurrido en la sociedad española bastantes años antes y que acabó cuajando en la formación de una democracia liberal. Los Ramones, los Clash, Blondie, los Sex Pistols, también Alaska y los Pegamoides, Los Secretos, Radio Futura, los Zombies o Aviador Dro y sus Obreros Especializados nos llevaban a apreciar de otro modo formas de cultura popular que las generaciones anteriores habían descartado, cuando no despreciado. La distancia irónica, propia de jóvenes bien educados y elitistas por naturaleza, no nos la quitaba nadie, pero entre Ovidi Montllor y Salomé, o entre Massiel y Paco Ibáñez, no había ninguna duda, como entre Carlos Saura y las películas de Marisol optábamos a ciegas, como una cuestión de principio, por las de la última. Si había algo prohibido, era el aburrimiento.

Todo aquello ocurrió en Madrid, capital política del país y sede de un Estado hasta hacía muy pocos años autoritario. Valencia y Barcelona habían visto surgir tendencias similares, aunque allí tuvieron más peso intelectual que en Madrid, donde todo se resumía en una fiesta perpetua o, como mucho, en algunas experimentaciones en pintura. Por eso la "Movida" acabó siendo "madrileña". La insustancialidad se correspondía con el estatuto de la ciudad, en trance de redefinición entonces. La Constitución de 1978 dio a la Villa de Madrid el rango de capital de España, pero no siempre estuvo claro el papel de Madrid en lo que estaba entonces naciendo, que era la España de las Autonomías.

Integrarla en alguna de las dos Castillas, rediseñadas entonces, resultaba difícil porque ya a mediados de los años 70 Madrid había alcanzado rango y dimensión de gran ciudad, con 3,5 millones de habitantes (de 1940 a 1970 casi triplicó su población) y un fuerte componente industrial. Estaba claro que absorbería las energías y la riqueza de la comunidad autónoma en la que se integrara. Se habló de una solución como la que rige para Washington DC y México DF. Un distrito federal madrileño, que sacase a Madrid del entramado de las Autonomías y lo situara bajo la gestión directa del Estado, algo que parecía coherente con la historia de la ciudad, siempre relacionada con el Estado.

La marca DF halagaba la vanidad madrileña. Requería, en cambio, un Estado federal. Por prudencia ante las pulsiones secesionistas, quedó descartado en favor del Estado de las Autonomías. Así que Madrid, la capital y la provincia, fue declarada comunidad autónoma, una de las 17, más las ciudades de Ceuta y Melilla, que acabaron conformando el mapa político de la España democrática.

Y al final, a mediados de los 80, Madrid consiguió un himno –no oficial, claro está–. Lo compuso el grupo Séptimo Sello, antes llamado YHVH, nombre impronunciable a propósito, como el espíritu de Madrid. "Todos los paletos fuera de Madrid" –título de la canción– fue el gran propósito al que Séptimo Sello, que conocía muy bien la naturaleza de la ciudad, convocaba a todos sus habitantes: de Vallecas, Orcasitas, Carabanchel, Pan Bendito, Parla, Alcobendas, San Sebastián de los Reyes, Getafe, Latina, Cascorro, Barrio de Salamanca, Barrio Lucero, Oporto, Marqués de Vadillo, Algete, Escorial, Villalba… La nación madrileña.

La reivindicación del espíritu de la capital (Séptimo Sello no perdonaba el "olor a campo") llevaba implícito algo que quedaba sin decir. Y es que muchos de los habitantes de Madrid guardan un recuerdo muy vivo del pueblo del que proceden, ellos o sus padres. Muchas veces lo madrileño consiste en ese equilibrio precario entre el espíritu puramente urbano y lo que queda de una España que nunca se deja atrás del todo.

Villa y Corte

Cuando Felipe II instaló su Corte aquí, Madrid era una ciudad castellana importante, aunque no de las de primera fila. Tenía entre 20 y 30.000 habitantes, tamaño respetable para la época, y representación en las Cortes de Castilla. Se extendía desde el Alcázar, el actual Palacio de Oriente, hasta la Puerta de Guadalajara, en plena calle Mayor. Había sido una de las ciudades favoritas de Enrique IV, el rey heterodoxo, de gustos moriscos y sobre el cual se cernían sospechas o calumnias de homosexualidad.

La preferencia de algunos monarcas no había cambiado la naturaleza de la ciudad. De origen islámico, había sido fundada por el emir cordobés Muhamad I, hijo de Abderramán II, en torno a la fortaleza que se alzaba en lo alto del barranco que hoy en día sigue cayendo, casi a plomo, hasta el río Manzanares –punto en el que se eleva 657 metros sobre el nivel del mar, en contraste con el norte, donde alcanza los 846 metros–. Caza, bosques y leña, agua en abundancia –Magerit o Mayrit significó en su día fuente o arroyo–, ventilada por el aire de la sierra, era el lugar perfecto para levantar un alcázar que formara parte de una línea de defensa para la ciudad de Toledo frente a las incursiones cristianas del norte. Para sus estancias, los reyes se reservaban el monasterio de la Orden de los Jerónimos al oeste de la ciudad, no tan a la intemperie. Al servicio de un objetivo militar y estratégico, Madrid se fue quedando sin función cuando los castellanos avanzaron hacia Andalucía.

Madrid iba viviendo, sin grandes sobresaltos, rodeada de huertas y de bosques, hasta que Felipe II decidió establecer su Corte aquí. De pronto se estableció el aparato burocrático que hasta entonces había seguido a una Corona nómada por tierras de España y a veces del resto de Europa. Muy madrileño, aunque nacido en Valladolid, el Rey se ahorró las explicaciones. Entre sus motivos estaba la caza, deporte favorito de la realeza española y para el que Madrid ofrecía excelentes bosques, que todavía perduran. Aun así, eso no compensaba las ventajas que ofrecían otras ciudades, Sevilla, tal vez Lisboa, más tarde, cuando Portugal se integró en la Monarquía Hispánica, y sin duda alguna Toledo, capital y centro del reino visigodo, inexpugnable, rica, con tradición, personalidad y conciencia de sí misma.

Eso era lo que Felipe II no quería tener cerca. Al hacer de Madrid su capital, el Rey se ahorraba las interferencias propias de ciudades de mayor enjundia. Nada en Madrid podría no ya oponerse sino ni siquiera intentar intervenir en la decisión del Rey y de su aparato político-administrativo. Madrid se convirtió así en la primera capital política moderna. Política en sentido estricto, porque no tiene entidad propia como ciudad comercial (Venecia), industrial (Londres), religiosa (Roma) o universitaria (París). Luego vinieron otras: Washington DC, Ankara, Camberra, Brasilia. Y mucho antes estuvo Jerusalén, elegida por el rey David como capital de su reino porque no pertenecía a ninguna de las tribus de Israel.

Madrid no aspiró nunca a ser capital de ninguno de los antiguos reinos españoles. La unificación del país en tiempos de los Reyes Católicos había suscitado una inmensa admiración en el resto de Europa. La expresó muy bien Maquiavelo, patriota italiano que aborrecía la división de su país. La capitalidad de Madrid era un paso más en el largo camino de reunificación que arrancó con la "destrucción" de España, como llamaron los cristianos a la invasión árabe, y continuó hasta la total recuperación territorial, cuando sobre los reinos cristianos y su avance hacia el sur sobrevolaba siempre la palabra España. Unidad peculiar, y que conviene comprender bien, porque si la Corte, es decir el Estado, se situaba un poco por encima de los reinos españoles, también era porque estos no se diluían del todo en España.

"Sólo Madrid es Corte". Los españoles de entonces resumieron así esta situación. El historiador y arquitecto Fernando Chueca Goitia lo expresó en un ensayo de gran agudeza. Madrid tenía vocación de capital. Capital particular, porque allí donde las diversas regiones de España representaban formas de lo español, perspectivas particulares de una manera de ser y de vivir en común, Madrid, carente de entidad propia –fuera de la fortaleza, los huertos, los bosques y un convento que servía de retiro real–, encarnó la esencia de esa España plural que sin la nueva capital habría quedado sin formular.

El espíritu de Madrid

Los lugares comunes ahorran el trabajo de pensar. Uno de ellos, repetido una y otra vez, reza que Madrid es un poblachón, manchego para más ignominia, como si La Mancha tuviera algo de despreciable.

La frase se justifica tal vez por una cierta desgana, muy madrileña, efectivamente, que ha llevado a dejar sin acabar muchos proyectos urbanísticos y arquitectónicos. Ahí están las medianerías, las "impúdicas medianerías" que afean escenarios que serían muy hermosos sin ellas. O la incapacidad de proyectar la ciudad, como ocurre en los barrios que crecieron más allá de los ensanches, ya sea La Guindalera o Tetuán. O las agresiones que sufrió Madrid en los años del desarrollo, cuando la dictadura de Franco, sin más justificación que el crecimiento económico, dio vía libre a la especulación y permitió atrocidades que el paso del tiempo no ha paliado, como el derribo de los palacetes de la Castellana, de cuando Madrid era popular al sur, burgués en los ensanches y aristocrático en el gran eje que lo cruza de arriba abajo. Siendo todo esto cierto, la realidad es que Madrid nunca tuvo nada de ese carácter rural al que apunta lo de "poblachón". "Solo Madrid es Corte" se puede entender también como que Madrid es sólo y únicamente Corte, es decir ciudad.

La decisión de Felipe II trajo a Madrid multitud de gente relacionada con el Estado: nobles, funcionarios y letrados que aspiraban a algún cargo o veían en la Corte la solución a sus pleitos. Estos a su vez atraían a todos aquellos que suministraban los bienes y los servicios que necesitaban, desde médicos a albañiles y de empresarios y artistas a carniceros, bordadores, amas de cría y vendedores de agua al por menor. Así que Madrid se acostumbró a un crecimiento vertiginoso –que contribuía al aspecto descuidado e inacabado de la ciudad–, con una población en la que siempre predominaban los nacidos fuera de la ciudad: españoles y, durante mucho tiempo, también extranjeros. Si Madrid tenía entre 20 y 30.000 habitantes en 1561, al final del reinado de Felipe II, en 1598, tenía 100.000. Más de dos tercios eran forasteros. Madrid se había convertido en la ciudad más poblada de España. En 2017 había 6.596.829 personas censadas en la Comunidad de Madrid. De ellos, 864.485 (un 13,1%) eran extranjeros. (Habían llegado a 1.118.991 antes de la crisis).

Buena parte de esta población volvía a sus lugares de origen una vez conseguido lo que querían (una decisión de la Corte, o los ahorros suficientes para casarse en su pueblo) y muchos de los que se quedaban seguían en contacto con su tierra y creaban en Madrid núcleos de vecindad y ayuda mutua que daban carácter a algunas partes de la ciudad. Esa permanencia del recuerdo de la patria chica no impide la fácil entrada y la integración en la sociedad madrileña. En Madrid los españoles que se vienen a vivir aquí, sean de donde sean, nunca han sido llamados ni considerados "inmigrantes". A quienes tenían reciente el pelo de la dehesa se les llamaba "isidros", como el santo patrono de la ciudad. Resulta difícil imaginar un tratamiento más amable, apuntó Gaspar Gómez de la Serna.

La inmigración de finales del siglo XX no ha variado la situación. A pesar del llamado multiculturalismo de algunos de sus barrios, por ejemplo Tetuán, Lavapiés o Usera, Madrid sigue manteniéndose como lo que siempre ha sido: una ciudad más centroeuropea que mediterránea, una sociedad más meritocrática que tradicional, y una estética que siempre ha estado más cerca de lo clásico o lo ecléctico –con el granito y el ladrillo como materiales primeros– que de la imaginación desbordada. El modernismo, por ejemplo, nunca cuajó en Madrid, como sí lo hizo –además de Barcelona, claro está– en muchas otras ciudades españolas. La Puerta de Alcalá podría ser uno de los símbolos de Madrid, como la Casa Batlló lo es de Barcelona.

Madrid gusta de la claridad racionalista y no se identifica con esa voluntad de rehacer la naturaleza –su irracionalidad, su carácter imprevisible, su fantasía– que conforma el genio modernista, en particular en Barcelona. En Madrid la naturaleza se manifiesta, antes que nada, como jardín, como paseo, como parque. Los encinares que lo rodean resultan civilizados por esencia, como son seres civiles, y vecinos de la villa, los gamos que viven ahí en libertad. Resulta muy madrileño que el santo patrono de una ciudad tan urbana sea San Isidro, un labrador cuya vida y leyenda evocan las costumbres más rústicas y una sencillez franciscana.

Lo más notable es que este apego a la racionalidad, debido a su carácter de abstracción política, no impide a Madrid ser el escenario de todas las diversiones. Y eso desde el primer momento. Resulta difícil imaginar una sociedad más libre que la retratada por Lope en sus comedias, en particular en sus comedias madrileñas. La condesa de Aulnoy apuntó, cuando conoció Madrid, que el amor había nacido en España. Durante mucho tiempo, la Puerta del Sol suscitó el asombro, a veces escandalizado, de los viajeros europeos que se alojaban en el hotel París para contemplar el espectáculo en primera línea. Libertinos sin saberlo, y urbanitas mucho antes de que se inventara el término, los madrileños hacían lo que siempre habían hecho. Azaña dijo que en Madrid, donde todo estaba prohibido, cada cual hacía lo que le daba la gana. Lo milagroso es que ahora, cuando todo está permitido, cada uno sigue haciendo lo mismo.

¿Quién es madrileño, en este trasiego? Durante mucho tiempo lo fueron los servidores del Estado y los que trabajan para estos, más aún que los propios reyes, nacidos muchas veces lejos de la capital, o en otros países. Los demás alcanzan el estatus de madrileño (la nacionalidad madrileña, que diría Séptimo Sello) cuando hacen suyo ese giro que impide decir lo que se es, porque no sabemos bien si somos lo que somos, o si ser tiene aquí algún sentido. El giro se expresa mediante la reticencia y la burla… acompañada de una dosis de autoirrisión. En Madrid cabe todo el mundo, salvo los pesados, los que repiten obviedades, los moralistas.

Si nos ponemos marxistas, veremos en este vacío la consecuencia de otra característica de Madrid, la de haber sido sólo Corte durante mucho tiempo, sin desarrollar una industria ni un núcleo financiero o comerciante propios. Por no tener, la ciudad ni siquiera tuvo catedral hasta 1993. Hasta el cierre de la Complutense en tiempos de la revolución liberal y la apertura de la Central, que luego adoptaría el nombre de la antigua de Alcalá de Henares, la ciudad tampoco tuvo universidad. (Hoy Madrid cuenta con 18 universidades, diez de ellas privadas).

La identidad madrileña se basa así en una idea, o más exactamente en un movimiento de la mente, eso que los clásicos de la preceptiva literaria española llamaban concepto. Es una figura literaria que relaciona objetos, emociones e ideas distintos. Cuanto más alejados estén los elementos que se van a relacionar, más ingenioso habrá de ser el salto y más fino y agudo será el concepto.

Esta costumbre de relacionar cosas muy distintas a toda velocidad, el gusto por el movimiento inaprensible de lo rápido y fugaz que es, el concentrarlo todo en una chispa brillante e imprevisible ha sido siempre lo propio de Madrid. No hay tradiciones propias, ni círculos que no se abran al talento. Si quería seguir siendo la capital de la Monarquía española, a Madrid le estaba vetado elaborar una identidad propia demasiado consistente. Lo suyo era garantizar el respeto a la diversidad y mantenerse siempre en terreno de nadie, entre la pura abstracción escurialense –Dios y la razón de Estado– y las diversas formas de ser español.

Esta reticencia invencible a expresarse a sí mismo proporciona a Madrid su muy peculiar elegancia, su frivolidad, entendida como cortesía, y su humor alusivo, enemigo jurado de las pretensiones y las lecciones de moral. Por eso a los madrileños les gusta tanto la música: las frivolidades de la movida, el rock duro de Rosendo, los poetas de un Madrid desgarrado y siempre riéndose de sí mismo, como Sabina ("Pongamos que hablo de Madrid"), y, también, la música para bailar sin moverse (el chotis, importado de Escocia). Propiamente madrileña es la zarzuela, género reinventado en Madrid a mediados del siglo XIX y al que Madrid comunica esa finura que aúna lo popular y lo aristocrático en una combinación hecha de sobreentendidos, alusiones y sonrisas apenas esbozadas. Federico Chueca, el Mozart madrileño, autor de La Gran Vía y El año pasado por agua, nacido en la Plaza de la Villa, es el genio de esta estética que es una forma de ver la vida.

La ciudad literaria

Este espíritu se mantiene intacto a largo de los siglos. Y el crecimiento de Madrid y su transformación en una gran ciudad industrial, comercial y turística no han logrado borrarlo del todo. Tampoco puede cambiar porque nace cuajado, habiendo alcanzado la perfección desde el primer momento. Por eso, nada más convertirse en capital, Madrid suscita una creación literaria extraordinaria. Madrid estaba también destinada a convertirse en la ciudad más literaria del mundo, un rango que sólo le puede discutir París.

Lope de Vega, nacido en Madrid un año después de que la ciudad se convirtiera en Corte, resume el destino literario de la ciudad. Escenario predilecto de muchas de sus obras, y ciudad de la que nunca le gustó alejarse mucho tiempo, Madrid asistió a las aventuras de sus primeros y desdichados amoríos juveniles, recreados una y otra vez, hasta llegar a La Dorotea y La Gatomaquia. La primera es una acción en prosa que sublima episodios que tuvieron lugar en los teatros, en Lavapiés y en el Paseo del Prado. La segunda, La Gatomaquia, relata una historia parecida, pero entre gatos, con amores fulminantes, celos, infidelidades, desafíos y batallas campales por los tejados del Madrid gatuno, castizo, culto y sofisticado, como corresponde a los habitantes –todos– de la Villa y Corte. Este escenario erótico, de una libertad absoluta, vuelve en Tirso de Molina, otro madrileño. Las mujeres de sus obras de teatro se toman tales libertades que a su lado Don Quijote es un realista templado, casi aburrido. El diablo cojuelo le descubrirá a su amigo y autor, Luis Vélez de Guevara, las trampas, los vicios y las zahúrdas de Madrid, esa Babilonia moderna. Lo hará con una mirada más amable que severa, muy propia de ese costumbrismo que se empeñará una y otra vez, hasta el siglo XX, en retratar las novedades de la vida madrileña.

En el siglo XVIII, don Ramón de la Cruz retomará esta vena castiza con sus retratos de un Madrid ideal, aristocrático y popular a un tiempo, en la línea de los cartones para los tapices que pintó Goya. Moratín, otro puro espíritu madrileño, retratará las batallas estéticas de su tiempo en La comedia nueva o el café –el café del Teatro del Príncipe, actual Teatro Español–. (Luego darán pie a una gran zarzuela, Chorizos y polacos, que cuenta el enconado enfrentamiento entre partidarios y detractores de dos grandes actrices, y muestra hasta qué punto el teatro formó parte de la esencia de Madrid). Otro afrancesado, Larra, proyectará sobre su ciudad la sensibilidad de quien no se reconoce del todo en el escenario donde vive, un acorde en apariencia menor, sofocado casi siempre, pero que desde entonces pasó a ser propio de Madrid. Contemporáneo suyo fue Mesonero Romanos, al frente de un auténtico batallón de grandes escritores costumbristas que hicieron de la vida y de los tipos madrileños el mejor escaparate de los cambios sociales y culturales del siglo XIX. Hasta tal punto estaban cambiando Madrid y España, que Mesonero Romanos escribe en 1861 todo un volumen nostálgico de la ciudad desaparecida con las desamortizaciones y las renovaciones urbanísticas.

Galdós, nacido en Las Palmas de Gran Canaria, hará de Madrid su ciudad de adopción y también reflejará estos cambios –por ejemplo, el crecimiento hacia el norte en Fortunata y Jacinta–, pero le dará otro sesgo. Madrid se convierte aquí, como en Lope, en un universo completo y sus habitantes son, también como en Lope, la humanidad entera, individualizada a fondo. El amor de Galdós a Madrid, ciudad que determinó su carrera literaria al hacerle olvidar sus inclinaciones sentimentales y románticas, se plasma en esa perpetua reinvención inspirada por el escenario de la ciudad. Sin idealizarla, la hace vibrar en una luz amable y saturada de cordialidad. Galdós –el evangelista de Madrid, lo llamó Unamuno– conocía Madrid como nadie: el de los alrededores de la Plaza Mayor –la calle de Toledo era para él la más bonita del mundo–, el de los cafés y las reboticas, y el del ensanche burgués hacia el este y el norte, como las nuevas casas a la altura de lo que hoy es Santa Engracia, donde tiene lugar el suicidio que es el núcleo de la acción de La incógnita y de Realidad. Madrid, en realidad, es tan protagonista como algunos de sus grandes personajes, la delicada Jacinta, Fortunata, "bonita, joven, alta", pura madrileña del pueblo, o Juanito Santa Cruz, señorito guapo y mimado.

Más abrupto será el Madrid de Emilia Pardo Bazán, en el que se intuye ya el interés por el Madrid truculento propio de Baroja, tremendista en muchas de sus novelas primeras, pero sensible también al espíritu liberal de la ciudad, que se adivina en el fino sentimentalismo, sofocado por la ironía, presente en la afición de los madrileños a la zarzuela y la ópera italiana.

"Madrid, entonces", escribe Baroja en sus Memorias, "era un pueblo raro, distinto a los demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa, un pueblo en donde un hombre, sólo por ser gracioso, podía vivir. (…) El Estado se sentía paternal con el pícaro, si era listo y alegre. Todo el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las tabernas y los colmados estaban llenos; se veían chulos y chulas con espíritu chulesco; había rateros, había conspiradores, había bandidos, había matuteros, se hacían chascarrillos y epigramas en las tertulias, había periodicuchos en donde unos políticos se insultaban y se calumniaban a otros…". Es el Madrid de la Restauración, el del famoso perro Paco, leyenda urbana de la época, que siempre sabía dónde se celebraba un banquete, recordado con nostalgia desde el Madrid modernizado del siglo XX.

El Madrid levantisco y dejado de la mano de Dios será el trasfondo, y en parte el protagonista, de la trilogía de La lucha por la vida. Arturo Barea lo retratará otra vez, desde su perspectiva de hijo de una lavandera del Manzanares, en La forja, el primer volumen de La forja de un rebelde. Otro madrileño, Corpus Barga, autor de unos muy hermosos Paseos por Madrid, recordará, en páginas de prosa suntuosa, la ciudad de su infancia alrededor de la plaza de las Descalzas. (Allí vivió mi familia, una parte de la cual se negó a abandonar el triángulo formado por la Cuesta de Santo Domingo, la calle Bordadores y la del Carmen, con el epicentro en la misma plaza de las Descalzas que retrató Corpus Barga). Max Aub retratará en Campo del Moro el Madrid de la trágica rebelión de Casado y Besteiro contra el Gobierno republicano de Negrín. En Campo abierto, el protagonista es el Madrid asediado de 1936, mientras que en La calle de Valverde, que debía haber sido llevada a la escena como una ópera verista o zarzuela grande, lo es el Madrid en plena modernización, en torno a la Gran Vía de tiempos de Primo de Rivera. El mismo ambiente de tertulias políticas y literarias aparece en otra novela, Troteras y danzaderas, de Pérez de Ayala, que retrata a algunos de los grandes nombres de una generación que se preparaba para fundar una nueva España desde las mesas de mármol y los divanes de terciopelo rojo de los cafés de Madrid. Es el Madrid de las tertulias y del Ateneo, a medias entre la bohemia y la tertulia, que sirve de contrapeso al muy fino –luego se diría pijo– de la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes.

Existe toda una literatura, específicamente madrileña, sobre lo que vino después de aquella ensoñación. En Madridgrado, de Francisco Camba, el protagonista contempla los cadáveres, recién fusilados cerca de la ermita de San Antonio de la Florida, de Jaime Quiroga y su hijo, nieto de Emilia Pardo Bazán. (Como el muchacho ha tardado más en morir, ha cubierto con su abrigo el cuerpo del padre). Es la literatura de una ciudad aterrorizada, el Madrid republicano de las organizaciones políticas y sindicales convertidas en máquinas de matar, las torturas, los paseos, las matanzas en masa. "Guerra en la pradera de San Isidro y a orillas del Manzanares, fusilamientos en San Antonio de la Florida", apunta incrédulo Neville en Frente de Madrid, que dará pie a una película en la que aparecen las ruinas de la Ciudad Universitaria sitiada. En Una isla en el Mar Rojo, la novela de Wenceslao Fernández Flórez, el protagonista, escondido en un garaje, mata el tiempo leyendo la María Antonieta de Stefan Zweig. Este es el reverso del Madrid liberal. Agustín de Foxá lo resumió bien con su Madrid, de Corte a Checa.

Después de la Guerra, Cela, con esa combinación de crueldad y lucidez que le era propia, retratará en La colmena una sociedad madrileña hambrienta, pobre y obsesionada por el sexo. Y el Madrid más oscuro, sensacionalista por momentos, y centrado en la calle de Atocha, volverá en las páginas de Tiempo de silencio, con su atormentado protagonista, médico, como Baroja y el propio autor, el enigmático Luis Martín-Santos.

Antes, en los años veinte, Madrid había sido el escenario perfecto para el arte deshumanizado que preconizó Ortega. Ramón Gómez de la Serna dio vida a un muy madrileño espíritu burlón, siempre al acecho para demoler los lugares comunes. Y fue en Madrid donde, siguiendo esa estela, tuvo lugar la síntesis entre la fascinación por lo popular y las preocupaciones estéticas de la vanguardia literaria y pictórica, con García Lorca y los músicos de su generación. Una vez abierto, este venero de ultramodernidad se instaló para siempre en Madrid, con su gusto por el racionalismo arquitectónico, tan presente en la estética de la ciudad, y su fascinación por los escenarios de la modernidad, desde la ecléctica Gran Vía y sus rascacielos hasta el estadio Santiago Bernabéu y todo el Madrid moderno que lo rodea.

Madrid liberal

Cuando los miembros de Familia Real se enfrentaron por el trono, a la muerte de Fernando VII, también se decantaron dos facciones políticas que eran, a su vez, dos modos de concebir España. Los partidarios del infante Don Carlos, hermano del Rey, querían que su país siguiera anclado en el Antiguo Régimen, con una sociedad jerarquizada en estamentos, una fe católica omnipresente y la Corona como garantía de los fueros de los territorios. Era la Monarquía compuesta de los Austrias, sin facciones políticas, claro está. Del otro lado estaban los isabelinos, que apoyaban a la heredera, hija de la muy burguesa María Cristina de Borbón, y aspiraban a instaurar en su país un régimen constitucional, con división de poderes, libertad de expresión, de religión y de acción política, una ciudadanía española por encima de la pertenencia a antiguas comunidades políticas y una sociedad individualista, ajena a las rigideces estamentales, y abierta a la creación de riqueza y la prosperidad de todos.

En este pleito, que enfrentó a los españoles durante buena parte de lo que quedaba de siglo, Madrid, tan identificado con la Corona, quedó del lado de la futura reina Isabel II. Y así como desde entonces la Corona española estuvo unida a la suerte del constitucionalismo, Madrid, a su vez, se hizo liberal. Era como si el nuevo régimen estuviera pensado para Madrid y Madrid para el nuevo régimen.

Aplicado en Madrid, el liberalismo tuvo muchas de las consecuencias negativas que tuvo en el resto de España: anticlericalismo, con los primeros asesinatos indiscriminados de frailes en 1834, destrucción del patrimonio arquitectónico y, más adelante, cuando Madrid empezó a convertirse en un gran centro industrial, llegada masiva de una población desarraigada de sus formas tradicionales de vida y pobre, habitante de barriadas miserables. Fueron achaques, o tragedias, compartidos por muchas grandes ciudades europeas y americanas. A cambio, Madrid continuó su rápido crecimiento hacia el este (el barrio de Salamanca, abierto por un empresario característico de aquellos años de grandes oportunidades y grandes riesgos) y hacia el norte (Chamberí y Moncloa). Aquí se establecieron las nuevas instituciones políticas y se definió con dificultades –como en todas partes– el nuevo papel de la Corona. También se estableció aquí una burguesía culta, consciente de los cambios que protagonizaba.

Madrid había sido el escenario de varias revueltas populares: la de Esquilache, que llevó a Carlos III a salir al balcón de Palacio para luego refugiarse en Aranjuez; la del 2 de Mayo, que inició la revuelta contra Bonaparte y sentó las bases de la nueva nación política; la de 1854, un pronunciamiento militar con participación popular retratado por Galdós en La Revolución de Julio, uno de sus Episodios nacionales, y por José María de Pereda en su novela Pedro Sánchez. (Un personaje de Pedro Sánchez, algo jacobino, como antes era la izquierda española, se queja de "las infames provincias que esquilman Madrid sin caridad con subvenciones para esto y sueldos para lo de más allá, carreteras por aquí y puertos por el otro lado".) Luego llegó el Sexenio revolucionario (de 1868 a 1873), que hizo caer a Isabel II, desleal al pacto constitucional. Y por fin, en 1931, se produjo el advenimiento de la Segunda República, con una fiesta popular que desembocaría pocas semanas después en la quema de los conventos y más tarde, en los primeros días de la Guerra Civil, la revolución de verdad. Madrid resistió al ejército de Franco toda la guerra, aun teniendo el frente casi en plena ciudad. El pueblo de Madrid había corroborado su fama de revoltoso. Se ganó así la antipatía de conservadores y nacionalistas. Hubo quien pensó, en los primeros días de la dictadura, en trasladar la capitalidad a otra ciudad.

Aquella animadversión hacia una ciudad que se había convertido en la capital de la revolución heredaba la aversión hacia Madrid propia del fin de siglo. Madrid siempre había representado el espíritu urbano, hecho de apertura, modernidad y autonomía frente a una España conservadora y rural. Cuando se hundió el prestigio del liberalismo, en torno a 1900, Madrid se convirtió en la encarnación de todo lo que aborrecían los antiliberales infestados de nacionalismo: libertad, individualismo, sentido del humor. Ciudad política por excelencia, que encarnaba la tradición parlamentaria, era también la viva imagen del régimen –corrupto y decadente, ni que decir tiene– de la Restauración, es decir la Monarquía constitucional.

En el paseo nocturno que los protagonistas de Luces de Bohemia emprenden por Madrid destaca la inapelable sentencia dictada contra esa España en el Callejón del Gato, el de los espejos deformantes: España, una parodia de la Europa moderna. Por esos mismos años, cuando Madrid se modernizaba a toda velocidad, José Gutiérrez Solana eligió los barrios más pobres de Madrid para sus estampas de la España negra, brutal y desesperada. Madrid, sin embargo, ya había respondido a estos ataques que eran más que nada un autorretrato del nihilismo de sus creadores. El tremendismo melodramático de fin de siglo ya había encontrado su parodia en La Golfemia, zarzuela del maestro Arnedo. Mucho antes del esperpento, ese género tan autocomplaciente en sus pretensiones morales, la parodia fue una especialidad amable y divertida de la escena madrileña.

La ciudad global

A Madrid le llegaría la hora de la revancha cuando, instaurada la democracia liberal bajo la Corona, representó de nuevo la España renovada. La Movida fue el signo, aunque fuera menor, de esta gran novedad. Había sido precedida por los años del desarrollo, en la década de los sesenta, cuando el PIB crecía a una media de un 7% anual. Y es contemporánea del debate acerca de la posición de Madrid en la España descentralizada de las Autonomías. Se pudo pensar que esta abriría la puerta a la revancha general contra Madrid, sede de un Estado centralista durante casi cuarenta años de dictadura. No fue así, porque la capital siguió fiel a su naturaleza primera, la de atenerse a la representación de una España plural. Como la Corona, Madrid aborrece por naturaleza el nacionalismo y con pocas excepciones, como el himno de Séptimo Sello y algunas zarzuelas, la exaltación de la identidad propia cae sin remedio en el madrileñismo. Bien es verdad que incluso entonces el carácter de la ciudad se refugia en una forma de costumbrismo humilde, de pocas pretensiones, simpático porque nadie se lo toma del todo en serio más allá de la evocación de un Madrid popular y pobre –pobre antiguamente, se entiende–, el del sur de la ciudad, acogido a la protección de san Isidro y de la Virgen de la Paloma. El Madrid, con sus correspondientes ángelas, retratado por Goya en los frescos de San Antonio de la Florida.

Madrid se ha convertido en una megalópolis que se extiende por una buena parte de la provincia y amplía su influencia por las dos Castillas. A pesar de su éxito, Madrid no ha monopolizado las energías del país ni ha impedido la consolidación de grandes núcleos de prosperidad, como Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Málaga o Valencia. La rivalidad con Barcelona continúa, aunque ha cambiado su sentido al enfrascarse en sí misma, por efecto del nacionalismo, la que tenía que haber sido la capital mediterránea de España.

A pesar de la globalización acelerada, Madrid tampoco ha perdido su carácter. El centro sigue habitado por clases medias y los jóvenes no lo han desertado por los núcleos surgidos en la periferia. La ciudad preserva una combinación única de tradición y modernidad, en la que las dos se refuerzan, aunque es verdad que el Madrid antiguo, que sobrevivía todavía en los años 70, ha desaparecido casi del todo. Casi, porque algunas cosas sobreviven, a su modo: el famoso "bistec con patatas" de los cafés de hace un siglo dejó paso a los platos combinados de las cafeterías de estilo norteamericano, para volver hoy en los menús diarios, caseros y populares, servidos en toda clase de bares y restaurantes, que los madrileños consumen con entusiasmo. (Eso sin contar con los restaurantes chinos madrileños, bastante más madrileños, o españoles, que chinos).

Sigue siendo una de las ciudades más abiertas, más liberales, más generosas por tanto y más acogedoras del mundo. Es un tópico decir que en Madrid nadie se siente extranjero, pero parece que todo el mundo está de acuerdo con él. Y sigue siendo la ciudad en la que la vida es más amable, más humana y, a pesar de la inagotable sed de diversión y de novedades de los madrileños, más ordenada de lo que parece.


NOTA: Este texto es una versión editada del capítulo "Madrid" del libro de José María Marco Diez razones para amar a España, publicado por la editorial Libris en 2019.