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Reseñas

El Ladrón en la casa vacía

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Pese a su bello título, este libro de memorias no es, a mi entender, el más importante de Jean-François Revel. Porque El reto democrático, Ni Marx, ni Jesús, La tentación totalitaria, ¿Por qué los filósofos? o El conocimiento inútil, entre otros, constituyen desde mi punto de vista, libros esenciales del pensamiento liberal francés. Dicho pensamiento, sin necesidad de remontarnos a Montaigne, y por dar sólo alguna pista contemporánea, puede basarse en la obra de Alain, tan olvidado, no por casualidad, y pese a los comentarios favorables de Raymond Aron en varios de sus libros, que hubieran debido sacarle del "infierno". No ha sido así. El propio Raymond Aron, claro, algunos ensayos de Albert Camus, lo esencial de la obra de François Furet y algunos más. No está mal. Dos observaciones: todos estos autores proceden de lo que se califica generalmente de "izquierda". Alain, del radical-socialismo de antes de la II Guerra Mundial, Aron del PS, Camus y Furet del PC. Esa voluntad juvenil de "cambiar el mundo" se enfrentó en muchos casos con una evidencia: cambiar el mundo, bien, pero no para peor. Otra observación aparentemente contradictoria -pero no nos asustan las contradicciones- se refiere a Raymond Aron -personaje importante de estas memorias- y al propio Revel. Es verdad que pronto fueron reconocidos como autores inteligentes, y que sus libros se vendían y se venden bien, tanto en Francia como en el extranjero, pero aun así su influencia en la Universidad, en los medios de comunicación o en la opinión pública, por no citar a la clase política, fue durante decenios infinitamente menor que la que tuvieron los maestros de la mentira burocrática y totalitaria: Althusser, Sartre, Foucault, por ejemplo. Es cierto que este último es más ambiguo, o más incoherente, porque si en sus libros sobre "la historia de la locura" critica las soluciones represivas y carcelarias en el tratamiento de la enfermedad durante siglos, exaltó al mismo tiempo la revolución islámica iraní, que ha convertido todo el país en una cárcel-manicomio y se negó a condenar el uso criminal de la psiquiatría contra los disidentes en la URSS, como recuerda nuestro autor.

O sea, que no ha existido un "partido aroniano" como hubo, dicen, un partido "marxista", "maoísta" y hasta "castrista". Menos mal.

Jean-François Revel también procede de la izquierda, pero su paso por el Partido Comunista Francés sólo duró tres días: uno de sus profesores le convenció para que se adhiriera cuando tenía 21 años, pero al leer un texto sobre el realismo socialista, rompió su carnet en el Jardín del Luxemburgo. También participó en la Resistencia, experiencia que relata con una humildad ejemplar, y luego en diferentes movimientos de la izquierda, incluso anticomunista. Colaboró con François Mitterrand cuando éste estaba en la oposición, pero rompió con él cuando se alió con los comunistas en la "Unión de la Izquierda" y su juicio sobre el difunto presidente de la República se resume en esta frase: "Ha convertido el Palacio del Elíseo en una cueva de malhechores".

Como fiel lector de Revel que admira su obra y su estilo, lo cual para un escritor no es cualquier cosa, me permitiré dos leves reservas sobre sus memorias. Aunque relata con buen humor y con soltura su precoz e intenso interés por las damas, sus personajes femeninos, trátese de sus esposas o de Paola, en Florencia, resultan en cambio muy tibios. No es que le falte garra escribiendo, no, pero pienso que al hablar de sus amores le entra de pronto una extraña timidez, un pudor excesivo.

Asimismo, en un terreno totalmente diferente, dedica demasiadas páginas, siempre a mi modo de ver, claro, a los líos que tuvo con Raymond Aron, cuando era director del semanario L'Express y Aron su principal editorialista, a finales de los años setenta. Se entiende que, entre su admiración por la inteligencia de Aron y su enfado debido al pésimo carácter de éste, intente justificarse detalladamente, pero esas vueltas y revueltas sobre el asunto, esa acumulación de datos justificativos resultan, a veces, pesadas.

De todos modos, ¡qué maravilla de libro! Toda la vida política, cultural, periodística de Francia entre 1943 y 1997 está contada, analizada, criticada con un talento estimulante. Pero no sólo de Francia. Revel ha viajado mucho y nos habla de Argelia, Italia, México, EE.UU., España y otros países como un goloso inteligente que da muy a menudo en el clavo. Su talento de polemista no se limita a criticar violentamente los totalitarismos o a retratar a Mitterrand y a los suyos, esa semi social-democracia corrupta y burocrática. Además, lo que cuenta del presidente Giscard y su cobardía y su total incomprensión de los problemas de la URSS y del PCF, constituye una verdadera joya. También sobre el ex ministro y académico Alain Peyrefitte, y su cinismo, tan rentable comercialmente, en favor de la China comunista. O sea que su búsqueda de la verdad, de la realidad de los hechos, no se detiene según sea el color o la etiqueta de los políticos o de los intelectuales. Eso le ha valido, estos últimos años toda suerte de insultos por parte de los tenores de la izquierda pseudo radical, empezando por Régis Debray, ese sepulturero que se dedica a elogiar al mismo tiempo, o casi, los cadáveres de Ernesto Guevara y del general De Gaulle.

No voy a resumir este libro de memorias, sería absurdo, tratándose además de un libro de 649 páginas, repleto de anécdotas, de personajes, de libros, de cuadros, de ciudades y paisajes. Sólo me permitiré decir dos cosas sobre su "camino de Damasco" o su "educación sentimental", señalando cómo a través de tantas experiencias ha llegado, desde hace ya bastantes años, a defender lo que él mismo califica de "revolución liberal".

Esto, una vez más, indigna a muchos, sobre todo en un país como Francia, tan apegado al control, la subvención y la protección del Estado. Pero además, como indica el propio Revel, si bien es cierto que los sistemas totalitarios se derrumban por doquier, el pensamiento totalitario sigue asimismo vigente por doquier, y el liberalismo -o el neoliberalismo, o el ultraliberalismo- se considera en ciertos sectores como expresiones de la extrema derecha, cuando es exactamente lo contrario. Hitler, como Lenin y Stalin, Mussolini -el inventor del término totalitarismo, como nos lo recuerda Revel-, Franco mismo, como varios monarcas absolutos y muchos Papas, han odiado, censurado o asesinado a los liberales. La democracia, consustancial con el liberalismo, siempre tuvo, y tiene, dos enemigos: el fascismo rojo y el fascismo pardo, ambos, hoy de capa caída, lo cual permite abrigar modestas esperanzas para el futuro.

Para Revel el liberalismo es una forma de pragmatismo: las buenas soluciones económicas y sociales son las que dan buenos resultados, reduciendo el paro y aumentando la producción y el nivel de vida. Sobran los ejemplos sobre los resultados positivos del liberalismo en economía. Pero el liberalismo es también un ideal que yo casi calificaría de romántico, un ideal de libertad y tolerancia. Exactamente lo mismo que lo que preconizaba Queipo de Llano, diría Anguita. Pues no.

Jean-François Revel, Le voleur dans la maison vide. Paris, Fayard, 1998.

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