Menú

La Ilustración Liberal

  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La ilustración liberal
  • Eventos
Retratos

Galina Starovoitova

1

Era el martes 24 de noviembre de 1998. En la lavra de Alexander Nevsky, el lugar de descanso de celebridades rusa de fama universal como Fyodor Dostoyevsky, Pyotr Chaikovsky o Modest Mussorgsky, se había reunido un grupo notable de personas. Entre los presentes se hallaban figuras políticas de la talla de Viktor Chernomyrdin, Yegor Gaidar y Serguei Kiriyenko. Sin embargo, lo más significativo del episodio era una afluencia de personas que ascendía a varios millares y que, a causa de su número, retrasó en más de tres horas el acto al que todos asistían con un especial respeto. Se trataba del entierro de Galina Vasilyevna Starovoitova, una diputada liberal asesinada la noche del viernes anterior.

Con sólo cincuenta y dos años de edad, Galina Starovoitova era diputada en la Duma y co-presidente del partido Demokraticheskaya Rossiya (Rusia democrática), una formación política de carácter liberal.

Cuando se produjeron los primeros intentos de transformar la dictadura soviética en un sistema democrático de corte occidental, Galina Starovoitova ya contaba con un sugestivo pasado en el movimiento en defensa de los Derechos humanos. El 19 de agosto de 1991, un "Comité para el estado de excepción" daba un golpe de estado con la intención de impedir la nueva ordenación territorial y, sobre todo, salvar un régimen que se desmoronaba. Entre los ocho conspiradores destacaban Kryuchkov, presidente del KGB; Pugo, ministro del Interior; Baklánov, vicepresidente del Consejo de Defensa; Pávlov, jefe del gobierno desde 1990; Guennadi Yanayev, vicepresidente de la URSS y el mariscal Yázov, ministro de Defensa. Cuando Borís Yeltsin -elegido el 12 de junio presidente de Rusia por sufragio universal- y Sobchak, alcalde de Leningrado, manifestaron su oposición, Galina Starovoitova fue una de las primeras personas en sumarse a la resistencia.

Ese mismo mes de agosto, Yeltsin, ante la presencia atónita de Gorbachov, anunció que las actividades del PC se suspendían en Rusia. En diciembre, Gorbachov se enteró, sin haber participado en ello, de que la URSS iba a ser sustituida por la CEI. El 25 de ese mes dimitió porque ya sólo era el presidente de una entidad sin contenido. La URSS había desaparecido. En apariencia -sólo en apariencia- el comunismo había quedado desarbolado.

Durante ese año y el siguiente, Galina Starovoitova desempeñó funciones de asesora de Borís Yeltsin en cuestiones de carácter técnico. Era la única mujer del círculo más cercano al presidente y muy pronto llamó la atención por la costumbre que tenía de redactar sus escritos y cartas recurriendo al género masculino en lugar de al femenino, una actitud que, en la lengua rusa, pasaba por alto las reglas más elementales de conjugación del verbo en tiempo pretérito. Se trataba de una actitud que, sin duda, habría llamado la atención de las feministas occidentales. En lugar de crear neologismos feminizantes, pretendía que todos utilizaran una misma forma. La igualdad social, desde su punto de vista, no se hallaba en la concesión de medidas favorables a determinados colectivos sino en el comportamiento que éstos debían adoptar como sujetos de iguales derechos.

A pesar de que Borís Yeltsin la calificó como "uno de mis más cercanos compañeros y colaboradores", Galina Starovoitova comenzó a distanciarse del presidente cuando éste no mostró la firmeza que consideraba indispensable frente a las tendencias políticas extremistas. Fue esa una época en que sus choques con Vladimir Zhirinovsky en la Duma se convirtieron en auténticos enfrentamientos épicos o en que comenzó a apuntar al peligro creciente de antisemitismo que estaba impregnando la sociedad rusa y del que lo mismo se valían neo-fascistas que comunistas.

Profundamente preocupada por sectores de la población que se enfrentaban con situaciones especialmente difíciles -los niños, las mujeres, los ancianos pero también los soldados que combatían en la guerra de Chechenia-, Starovoitova gustaba de denominar su tarea política como una colaboración en la bor´ba za svobodu, la lucha por la libertad. Fue precisamente esa lucha la que la impulsó a presentarse a las elecciones presidenciales de 1996 sólo para contemplar como su candidatura era rechazada valiéndose de un tecnicismo.

De claras y profundas convicciones liberales, Starovoitova era partidaria de reformas económicas que abrieran a Rusia a una verdadera economía de mercado exenta del poder que los comunistas siguen ejerciendo sobre el país a poco menos de una década de la desaparición de la URSS. Se oponía asimismo de manera frontal e intrépida al monopolio social que pretendía detentar un estado surgido de los escombros del soviético, una estructura cuyos resortes siguen todavía en la actualidad en manos de miembros de la Nomenklatura. No menos importante que lo anterior era su insistencia en unir el ideario económico liberal con un marcado énfasis en las libertades políticas.

Fue precisamente el enfrentamiento con este conjunto de poderes el que determinó la puesta en funcionamiento de un mecanismo que concluiría con su asesinato. Los adversarios con que se enfrentaba la diputada liberal eran de extraordinaria envergadura. En primer lugar, se trataba de las mafias que controlan buena parte de la economía del país desde un período considerablemente anterior a la desaparición de la URSS. Aunque suele ser común en los medios de comunicación occidentales afirmar que las mafias son una consecuencia de la desaparición del régimen soviético, lo cierto es que constituyen un resultado directo de aquel y que ya existían plenamente antes de 1991. Repúblicas como Georgia o Uzbekistán ya eran gobernadas por traficantes antes de 1991; numerosos grupos dedicados al crimen organizado estaban vinculados con jerarcas soviéticos como el mismo Brezhnev y muy especialmente su yerno Churbanov, y Andrópov dedicaba buena parte de su tiempo a analizar expedientes de corrupción. Como supo captar Galina Starovoitova, la mayor diferencia entre las mafias antes de 1991 y la actualidad no es cualitativa sino, acaso, cuantitativa. El número de bandas organizadas en toda Rusia se calcula actualmente en unas cuatro mil, de las que unas veinte se hallan en Moscú. Receptoras aprovechadas de las cantidades entregadas a Rusia por el FMI siguen imposibilitando la realización de una política económica coherente siquiera porque un 40% de los hombres de negocios y dos terceras partes de las estructuras de comercio del país tienen relación con ellas.

El segundo problema que inquietaba a Galina Starovoitova era el del creciente antisemitismo y su perversa utilización política. Desde hacía algunas semanas, la difunta diputada venía acusando al partido comunista de utilizar un antisemitismo brutal y primario como arma política del peor populismo. Se trataba del viejo truco -ya usado por Hitler o Lenin- del chivo expiatorio sobre el que puede descargarse el resentimiento y la desesperación de las masas. Los culpables del marasmo económico y social en que se ve sumida actualmente Rusia no serían los comunistas que gobernaban la URSS y que, actualmente, siguen controlando aliados con la mafia la economía nacional. Los responsables, según esta lectura, serían los judíos. Se trataba de un mensaje con siniestras resonancias en el mismo país donde se redactaron los Protocolos de los sabios de Sión o tuvo lugar el proceso de Beilis.

Finalmente, y como una consecuencia directa de las dos circunstancias anteriores, Galina Starovoitova se había embarcado en una lucha abierta y frontal contra el partido comunista convencida de que sus tendencias liberticidas no sólo no habían desaparecido en los últimos años sino que incluso se habían acentuado. A juzgar por los acontecimientos vividos por Rusia en el último trimestre de 1998, su visión distaba de ser alarmista. Tras un forcejeo continuado entre Yeltsin y la Duma, el nuevo presidente del gobierno era un antiguo dirigente del KGB, estrechamente cercano a Saddam Hussein, llamado Yevgueni Primakov. El personaje, que despertó en muchos horribles recuerdos de un pasado no tan lejano, no tardó en rodearse de figuras como el comunista Maslyukov que, supuestamente, arrancarían a Rusia de la crisis pero que, en realidad, han hecho todo lo posible para evitar una reforma del país que permita alcanzar ese resultado.

La pretensión de que el partido comunista fuera ilegalizado antes de que acabara con el sistema parlamentario ruso como lo hizo con la Asamblea Constituyente a inicios de 1918; la insistencia en que se procesara a los diputados comunistas que estaban utilizando el antisemitismo como una manera de agitar a unas masas desesperadas y la decisión de sacar a la luz las conexiones existentes entre la clase política y las mafias eran, sin duda, causas de una extraordinaria nobleza pero colocaron de manera irremisible a Starovoitova en el punto de mira de los fusiles homicidas. Finalmente, un grupo armado, posiblemente conectado con el alquiler de asesinos tan común en la Rusia actual, atentó contra ella y contra Ruslan Linkov, causando la muerte de la diputada y graves heridas a la segunda víctima.

Aunque los medios de comunicación rusos anunciaron el incidente como el primer asesinato político desde 1991, lo cierto es que Anatoli Chubais, antiguo ministro de Economía de carácter liberal, calificaría el episodio de manera menos optimista: "Están matando a nuestros compañeros, a nuestros amigos. ¿Desean detenernos? ¿Desean asustarnos?".

Mientras todos los indicios apuntaban directamente al comunista Zyuganov como el cerebro que había ordenado aquella muerte, el escepticismo se extendió por los círculos políticos rusos -y, de manera muy especial, entre los exiliados- cuando se anunció la detención de un sospechoso llamado Lev Volojonsky. Para muchos, no se trataba sino de una nueva cabeza de turco confinada e interrogada dentro del más puro estilo del KGB a fin de que cargara con un delito que no había cometido.

El asesinato de Galina Starovoitova ha sacado a la luz un conjunto de circunstancias que no por dolorosas resultan menos auténticas. Son circunstancias que ponen de manifiesto que sin reformas políticas y económicas de carácter liberal no podrá implantarse en Rusia un verdadero régimen democrático y que el comunismo sigue siendo el principal peligro para alcanzar esa meta. Hasta que Occidente comprenda esas realidades y actúe en consecuencia, el afirmar que están asesinando a nuestros compañeros -a aquellos que creen en la causa de la libertad y de la democracia- seguirá siendo una trágica y actual realidad.

1
comentarios
1
Liberalistas:neofascistas
concha Estrada

Cuando un ser humano muere el mundo se empobrece, pero este no es el lema de los liberalistas y liberales que creeen el el libre mercado cuandoles interesa sin importarles las muertes que producen. En Rusia se ha muerto mas grente de hambre, miseria e ignominia en el tiempo que dura la "democracia" que con el gobierno del camarada Stalin. Si éste mató a alguien lo hizocon las leyes en la mano y con un juicio justo. Los liberales matan de asco y verguenza y eso no entra en las estadísticas. Liberalistas= neofascistas todos.?