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La Ilustración Liberal

Reseñas

El camino del norte

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Esta obra, ganadora del II Premio La Otra Orilla y ambientada en la Argentina de la crisis económica y social tras la caída del Gobierno de Fernando de la Rúa, describe una deliciosa historia de amor maduro, a veces, tocada por la melancólica ternura que lleva aparejada la madurez vital e intelectual de los protagonistas. Detrás del bello pretexto, que es la narración del reencuentro de dos amantes de juventud después de pasados los años, está la vida real de los sujetos que participan en la triste y tragicómica historia de Argentina. Ficción y realidad conviven en equilibrio inestable durante toda la obra, gracias sin duda alguna al poderío intelectual del autor.

El soporte de la ficción es un pensamiento muy refinado a favor de lo existente. Nunca hay melancolía por el pasado, y menos por el porvenir. El pretexto, la historia de amor, no oculta la realidad, porque Vázquez-Rial ha conseguido, en paralelo a la narración de los personajes, uno de los mejores retratos que conozco no sólo de la destrucción de la clase media argentina, sino de todo el tejido social de una nación casi inexistente respecto a la de cincuenta años atrás. Poético, o sea realista, retrato de la sociedad argentina que para sí quisieran las ciencias sociales y políticas.

Esta hermosa novela de Horacio Vázquez-Rial es extrañamente clásica, porque las ideas aparecen encarnadas en los personajes. No hay pensamiento al margen de la vida del pensador. Esta novela cumple su destino. Afirma la vida frente a quienes la planifican, o sea, la arruinan. Sí, novela clásica, porque todos los personajes cumplen su destino, o mejor, son fieles a su destino. Ninguno de ellos, incluso los más perversos, osa retorcer racionalmente el brazo de ese fatum que nos lleva y nos trae a su capricho y sabiduría. Todo es fidelidad al destino en esta narración. Las contradicciones intelectuales son mínimas.

Defensa poética, es decir contundente, de la tradición occidental, la judeocristiana, y crítica sin contemplaciones de todos los fanatismos, de todos los fundamentalismos. Excepto que los cristianos disminuyen en número frente a los musulmanes, el autor no paga un solo peaje a los falsos profetas de la "progresía" de turno.

Novela, pues, muy honrada; no hay concesiones a lo políticamente correcto. Su justa defensa de Israel, "una desgracia necesaria", y la cultura judía es tan refinadamente escéptica, tan sutil e inteligente, que me ha recordado por momentos al nunca bien ponderado judío Saul Bellow, premio Nobel de Literatura, en su viaje a Jerusalén.

Estamos ante una novela a contracorriente de la mera narración por la narración, del hablar por hablar. Tampoco es una novela de tesis sobre la vida, sino una novela de ideas, o mejor, con ideas sobre la experiencia de la vida. Una novela consciente de que también la literatura sirve para "poner justicia donde no la hay". Novela inteligente para atemperar el irracionalismo de los fanáticos y de los nihilistas. Novela en la tradición del mejor cinismo clásico. Novela, pues, vitalista.

Por fortuna, es verdad que la utopía y los idealismos son arrasados por la narración, repleta de sabrosos e instructivos diálogos de carácter escéptico; pero nos queda la experiencia de la vida, el saber de la experiencia de la vida que transmite la escritura, la novela consciente de su función. Defensa de la vida a través de la literatura concebida antes como racionalidad pública que como arte caprichoso y frívolo.

Novela sabia para sociedades fracturadas por la utopía revolucionaria. Novela para combatir los nuevos populismos argentinos e iberoamericanos, sustitutos o, peor, imitadores terribles de las viejas dictaduras totalitarias de la zona. La época de la planificación ha muerto. Viva la plenitud del instante. Viva la actualidad. El futuro no existe y el pasado no es eterno. Sólo la actualidad define la vida. Eso es lo único maravilloso.

La opción y apuesta por la vida no significa una renuncia a la razón, a los planes, porque éstos son salvadores cuando la vida quiere arrasarnos. Destino y vocación se contraponen, se limitan y apoyan. El uno no es sin el otro. Más que una novela de ficción, a veces, es guía de sabiduría acumulada por la experiencia de la vida de todos los protagonistas.

Las vidas atemorizadas retroceden sin contenidos que mostrar. Por el contrario, quien es consciente del saber acumulado en la experiencia de su vida, en verdad casi todos los personajes que aparecen en la novela, incluidos los policías, nos transmiten e insinúan más de lo que dicen. Sabiduría de sugerencias e insinuaciones. Negación de dogmas. Novela enigmática porque, antes que dirigirse a la humanidad, apuesta por el hombre de carne y hueso.

Su universalidad es muy personal. El camino del norte tiene un destinatario muy concreto y singular. Novela de salvación. Guía para individuos que no quieren absolutos sino verdades naciendo. Novela para gente que necesita verdades.

Un vitalismo razonablemente cínico mantiene una emocionante trama llena de diálogos platónicos sobre la vida y la muerte, el azar y la necesidad, el amor y el desamor. El lector hallará en esta obra de Vázquez-Rial una afirmación sugerente e incitantemente cínica de la vida. Una apuesta del mejor cinismo. Un grandioso canto a la desnudez del hombre, que clama que no todo es desesperación y derrota.

Novela implacable contra el "cinismo" derrotista y desesperado. Novela de afirmación de la vida: "Uno se pasa la vida perdiendo posibilidades… Y es cierto que éste es un mundo de mierda, pero el de antes no era mejor y la humanidad no renunció".

Horacio Vázquez-Rial, El camino del norte, Belacqua, Barcelona, 2006, 167 páginas.
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