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La Ilustración Liberal

Varia

Libertad de conciencia. Su final y el nuestro

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La realidad ya no es lo que era

Alguien preguntó a Isaac Newton por la razón de su genio. Newton respondió que si alcanzaba a ver más allá que la mayoría de sus semejantes era porque estaba aupado sobre las espaldas de grandes hombres que le habían precedido en el pensamiento. Desgraciadamente, los ciudadanos occidentales no vemos más que el palmo de tierra a la altura de nuestros ojos, porque sobre nosotros están encaramados las elites políticas, los intelectuales y los medios de comunicación. Ellos son los que nos dicen qué es la realidad. O por lo menos su noción de realidad.

Por ejemplo, Greg Palast publicó en The Guardian un artículo, titulado "Grand Theft México", en el que acusaba a George W. Bush de haber cometido fraude en las elecciones presidenciales mejicanas del pasado julio. Al parecer, sus terminales en la base de datos Choice Point habían facilitado al FBI las listas de votantes mejicanos, que Bush, en su tiempo libre, se dedicó a depurar para asegurar la victoria del candidato conservador, Calderón. Tampoco tenía tanto mérito, puesto que, según Palast, Jeb Bush ya había hecho lo propio en Florida en el año 2000 para dar la victoria a su hermano.

Aún mejor era el editorial de un diario egipcio que atribuía el tsunami de enero de 2005 a pruebas nucleares sionistas; probablemente tan plausible como lo que escribió buena parte de la prensa occidental: que la culpa era del cambio climático. Total, ya hubo un ministro alemán de Medio Ambiente (tal vez de menos de medio entendimiento) que apuntó que Donald Rumsfeld controlaba el clima desde el Pentágono.

Esto es lo que ven nuestras élites y lo que nos barritan desde arriba. Un verdadero asalto al concepto de realidad que había prevalecido desde la Ilustración. Hasta ahora la realidad era una acumulación de datos positivos, no una amalgama de piadosas trivialidades ideológicas que tienen como fin el prescribir a la realidad cómo tiene que ser. Pero para eso hay que cambiar también el lenguaje, las palabras que designan los objetos con independencia de los manoseos ideológicos. Y determinadas palabras y determinadas expresiones tienen que ser prohibidas en aras de la nueva interpretación.

Delitos de opinión

Es lo que nuestras élites han proscrito como delitos de odio, y que los conservadores llamamos, con anacronismo entrañable, "delitos de opinión". La criminalización de la libertad de expresión va mucho más allá de su objeto inmediato. Supone también la criminalización de la libertad de conciencia y del derecho a la privacidad. En último término, conduce a criminalizar la actividad política y a negar cualquier concepto inteligible de democracia.

Pónganse a pensar cómo determina un juez la existencia de un "delito de odio" (es decir, un delito de opinión). La existencia del animus tiene que ser detectada por medio de la investigación del pasado del delincuente, del análisis de sus diarios, de sus libros, de sus escritos; es decir, de la intimidad de su conciencia. Eso abre la puerta a juicios sobre qué ideologías, organizaciones o afiliaciones políticas son odiosas y sobre si ciertas opiniones son delictivas per se. Libertad de expresión, libertad de conciencia, libertad de asociación… ¿para qué?

Leyes piadosas para un mundo feliz...

En Australia, la Ley de Tolerancia Racial y Religiosa del estado de Victoria, vigente desde 2001, convierte en delito el menosprecio de cualquier convicción religiosa: "Una persona no puede, sobre la base de la creencia religiosa de otra persona o categoría de personas, conducirse de forma que incite al ridículo de esa persona o clase de personas". Traducción: la crítica de cualquier religión está prohibida.

En Canadá está en vigor desde hace décadas una Ley contra el Genocidio y los Delitos de Odio que en 2004 añadió la orientación sexual como categoría protegida. De acuerdo con dicha ley, determinados versículos de la Biblia incurren en los supuestos en ella tipificados. Para mayor facilidad de referencia, el principal copatrocinador parlamentario de la enmienda de 2004, Svend Robinson, aclaró que la libertad de religión y expresión pueden ser una mascara detrás de la que se oculte gente que no quiere convertir el odio sexual en una actividad delictiva.

Francia, Italia, Alemania o Austria han convertido en delito la expresión de dudas sobre el alcance del Holocausto. En el primero la incitación al "odio racial" lleva aparejadas penas de prisión de un año desde 1972.

... y su aplicación implacable

Bueno, se dirá, seguramente ese tipo de legislación no se aplicará con frecuencia. Veamos ejemplos de los últimos cinco años:

  • Oriana Fallaci murió poco después de que, el pasado 26 de junio, empezara el juicio que se le abrió por insultar al islam en su libro La rabia y el orgullo. Fallaci estaba procesada también en Francia y Suiza.
  • El escritor inglés David Irving fue condenado en 2004 en Austria por un artículo publicado en 1989 donde ponía en tela de juicio la existencia del Holocausto.
  • Un tribunal de la provincia canadiense de Saskatchewan condenó a un periódico que reprodujo versos de la Biblia sobre la condición homosexual.
  • En Suecia, un pastor protestante fue arrestado en su propia iglesia por la misma razón.
  • En el Reino Unido, un obispo anglicano fue procesado, aunque no condenado, por sugerir que los homosexuales podían cambiar su orientación.
  • En Francia, un sacerdote de 82 años fue condenado por "incitar a la discriminación" al decir que los musulmanes promueven una ideología que amenaza al mundo entero. En el mismo país, Brigitte Bardot fue multada por escribir un libro en el que censura la forma de sacrificar animales en el mundo musulmán.
  • En Victoria (Australia), el pastor Daniel Scott fue arrestado y condenado a prisión por leer párrafos del Corán (se entiende que con ánimo de crítica).
  • En Brasil, dos cristianos fueron arrestados por distribuir la Biblia en un festival espiritista.
  • En Filadelfia (EEUU), un grupo de cristianos fueron procesados por protestar contra un desfile homosexual y acusados de "intimidación étnica" (sic), aunque los cargos fueron sobreseídos.
  • En Tennessee (EEUU), dos hombres fueron arrestados por llevar crucifijos a un desfile del Día del Orgullo Gay, al "interferir en una celebración especial".
  • En Vermont (EEUU), la familia propietaria de un hostal fue procesada, bajo la acusación de incurrir en discriminación, por negarse a que se celebrara una unión homosexual en su negocio.

Aunque según y a quién...

Al menos, se dirá, la legislación se aplicará de una manera prudente, equitativa y no discriminatoria. Obviamente. Obviamente, no.

Compárese, por ejemplo, la lluvia de procesamientos y demandas judiciales que ha venido soportando el periódico danés Jyllands Polsten por publicar las celebérrimas caricaturas de Mahoma con el estatuto heroico y perfectamente legal del arte de sumergir los crucifijos en orina, o de estrenar obras con títulos como Me cago en D… o We are sending you a bomb from Jesus.

O... ¿qué tal esto? En la ya mencionada provincia de Victoria existe una Comisión para la Igualdad de Oportunidades muy conocida por forzar el procesamiento de dos pastores que leyeron versículos del Corán, aparentemente como forma de crítica. La Iglesia Católica, en cambio, presentó una protesta a esa misma comisión por la existencia de textos escolares en los que se decía que la Iglesia "controlaba a las gentes a base de aterrorizarlos y decirles que iban a arder en el Infierno". Leer el Corán supone ir a prisión en el estado de Victoria; transformar la historia de la Iglesia en la historia del Gulag, doblado de nazismo y revolución cultural, es perfectamente legítimo.

¿Para qué los jueces?

Al menos serán los jueces los encargados de perseguir estos delitos, podríamos pensar. No lo crean. Ya hemos visto cómo se las gasta la comisión victoriana. Antes mencionaba a Oriana Fallaci. Su procesamiento en Francia fue promovido por el Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos, que, en un alarde de ironía, cita a Emile Zola entre sus fundadores.

En el Reino Unido, en 2003, el ex parlamentario laborista y presentador de un programa de televisión de la BBC Robert Kilroy-Silk perdió su trabajo en la cadena pública británica por publicar un artículo crítico (y, en verdad, insultante) contra los árabes. La Comisión para la Igualdad Racial británica excitó acciones legales contra él y dijo que debía reconocer públicamente las contribuciones de la cultura árabe a la Humanidad, así como donar dinero a una obra de caridad musulmana, para que su ofensa quedara extinguida. O sea, una especie de auto de fe.

Lo que me lleva al siguiente apartado.

El adoctrinamiento

Se dirá: todo esto sólo es censura, pero al menos no nos adoctrinan, no intentan reeducarnos. Ya…

Mark Harding, un ciudadano de la provincia canadiense de Ontario, fue condenado en 1998 por un delito de odio racial por protestar contra la política de un colegio público de dedicar una sala para la oración de sus estudiantes musulmanes. La condena de dos años de prisión fue conmutada por 340 horas de servicio a la comunidad bajo la dirección del secretario general de la Sociedad Islámica de Norteamérica, Mohamed Ashraf.

¿Por qué nos odian?

Vivimos desde hace tiempo, unos de grado y los más a la fuerza, en la utopía del secularismo radical, que, como todas las utopías, desde los falansterios hasta el comunismo, desemboca en la reglamentación ridícula de todos los aspectos de la conciencia, desde los más prosaicos hasta los más sagrados. Uno empieza abrazando el multiculturalismo, entendido como un sentimiento difuso de tolerancia indiscriminada hacia cosas sobre las que el elitista de guardia no tiene la menor idea real, y termina prohibiendo una buena parte de la cultura occidental, desde Mozart (la ópera Idomeneo) hasta Dickens (cuyo Cuento de Navidad está proscrito en buena parte de los distritos escolares de Massachusetts por violar la separación entre Iglesia y Estado); es decir, tolerando la intolerancia misma y proscribiendo la cultura de la que emana la idea de tolerancia.

Sin libertad de conciencia y libertad de expresión (que, por cierto, es de todos, y no sólo –y ni siquiera en primer lugar– de los periodistas) no hay sociedad occidental. Importar tabúes de otras culturas y colocarlos en la plaza pública como más importantes y mejores que las señas de identidad de la propia no es un accidente, sino el acompañamiento indispensable de la dimisión de nuestra condición occidental.

No soy optimista sobre la supervivencia de nuestra cultura. Pero espero que los historiadores del futuro tengan claro que si la libertad de conciencia estuvo en el origen de Occidente, su negación supuso su final.

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