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La Ilustración Liberal

Reseñas

Schwartz llama a la acción

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Pocos se separaban, en la última década del siglo XX, del clima general de optimismo en lo relacionado con el triunfo de la democracia. Sin embargo, los felices años 90 incubaron un nuevo mal, y hoy la sombra del totalitarismo yihadista se extiende por Oriente Medio. Resulta sencillo conjurar este peligro... si se está dispuesto a ello. La dictadura en nombre de Alá puede combatirse, en Irak, en Afganistán, en Palestina, pero ahí están el pacifismo suicida y miserable el cortoplacismo europeo para dificultar la empresa.

Ahora bien, hay algo más. Y es que la democracia ha tenido que hacer frente a peligros internos desde el mismo momento en que echó a andar. Los españoles y los europeos de hoy parecen ignorar que el Estado de Derecho, el parlamentarismo y los procesos electorales normalizados son instituciones que ni son evidentes ni son eternas, y que en ellas anidan los demonios que pretenden destruirlas. En busca de Montesquieu nos alerta sobre los peligros domésticos que nos acechan: la separación de poderes no está garantizada ni está destinada a pervivir con independencia de lo que ocurra en el día a día de la política, el legado de Montesquieu no es eterno ni necesario, etcétera. He aquí el principal logro de esta nueva obra de Pedro Schwartz.

En los primeros capítulos Schwartz hace un repaso de la situación actual, que tiene como hecho fundamental la globalización económica y tecnológica, y nos introduce en la obra de Montesquieu, con abundantes referencias a John Stuart Mill, Adam Smith o Alexis de Tocqueville. De todos estos autores parece extraerse la idea del carácter paradójico y contradictorio de nuestras sociedades, lo que las convierte en caldos de cultivo para peligros de primer orden que pueden incluso llegar a aniquilarlas.

Schwartz se esconde poco ante una cuestión, de enorme trascendencia, que hoy en día pocos autores se atreven a tocar: ¿albergan las democracias los gérmenes de su propia destrucción? Por eso resulta de especial interés el recuento que hace de aquellas paradojas inherentes a las sociedades modernas que dan pie al malestar que amenaza la estabilidad de la democracia. ¿Cómo olvidar la deshumanización que parece acechar tras la división del trabajo, la técnica, la ciencia? Nuestras sociedades son profundamente igualitarias, pero al mismo tiempo esencialmente jerárquicas, divididas. Una visión idílica del ser humano abomina de las servidumbres de la sociedad moderna, pero lo cierto es que la libertad auténtica no puede dejar de considerar su realidad incuestionable.

La realidad se impone. En efecto, la historia y la economía han corregido a Marx: el sistema capitalista, lejos de empeorarlas, mejoró las condiciones de vida del proletariado. De igual forma, el unívoco análisis de Freud acerca de la insatisfacción moderna quedó rechazado: sólo el sentimiento lúdico posmoderno explica la reducción del hombre a puro instinto. Lo cierto es que el ser humano no es más competitivo que cooperativo. Más peligrosa, por acertada, es la expresión del siempre pesimista Ortega: el hombre-masa, el bárbaro ilustrado, se encuentra en todas las clases sociales. Al mismo género pertenece el antiutopismo de Orwell o Huxley: la ciencia y la técnica como enemigas de la democracia y la libertad.

Schwartz recorre las críticas modernas a la modernidad, críticas que en buena medida no se han cumplido, pese a su atractivo moral y poético, por partir de visiones unívocas de la historia y la política.

En segundo lugar, ¿cómo no convenir en el fracaso de la libertad ideal frente a la libertad moderna? A Marx debemos la distinción entre libertad formal y libertad real, que consagra precisamente la superioridad del régimen liberal sobre los demás. A Isaiah Berlin debemos la distinción entre liberty from y liberty to. A la luz de ambas dimensiones, Schwartz examina la libertad según Hayek y según el demasiado celebrado Amartya Sen, a quien critica. También critica el comunitarismo de MacIntyre, la convicción en un interés entendido a la manera aristotélica, como "bien común", y entra de lleno en la fundamentación moral de la sociedad abierta, en los principios últimos que la sustentan.

En el fondo de la discusión que entabla con MacIntyre late la fundamentación última del liberalismo. Para Schwartz, el interés individual conduce a unos resultados que el comunitarismo sería incapaz de explicar. El comunitarismo esgrime la argumentación contraria: el interés individual carece de sentido sin cierta conciencia de comunidad. Tomemos partido por unos o por otros, Schwartz hace una honrada y valiente aproximación al estado de la discusión.

Más evidente es la distinción entre democracia y liberalismo, que protagoniza el capítulo IV de este libro. ¿Puede un liberal clásico ser demócrata?, se pregunta Schwartz. Lo cierto es que la democracia, llevada a su extremo, constituye la pesadilla del liberal. La reducción de la democracia a la unanimidad absoluta, la extensión de la marea igualitaria más allá de la propiedad privada, constituye un peligro para la libertad y que amenaza con llevarse por delante el legado de Montesquieu.

Entre el relativismo individual y el absolutismo democrático y social, Schwartz defiende los "absolutos relativamente absolutos"; asimismo, da cuenta de la dialéctica entre el pesimismo liberal y el optimismo idealista y de la apuesta que el liberalismo político hace por el primero, para construir a partir de ahí un optimismo real y alejado de grandilocuencias teóricas. Es ahí donde la separación de poderes de Montesquieu adquiere sentido: encarna a la perfección el equilibrio que ha de presidir toda sociedad abierta.

Ante cualquier visión catastrofista, Schwartz recuerda lo más hondo del liberalismo: la sociedad abierta es la expresión más acertada de una humanidad insatisfecha, en cuanto humana. Las paradojas de la sociedad democrática moderna son humanas, y no pueden dejar de serlo: la derivada de la estructura económica, la resultante de su fundamento moral y la resultante de su institucionalización política son irresolubles. Conviene, así, aceptarlas y afrontar los problemas del día a día con ilusión pero sin ilusiones.

La democracia, pues, no es un derecho, ni una constante en la naturaleza humana. La acosan peligros exteriores, bárbaros y salvajes: la destrucción de los budas de Bamiyán el World Trade Center son expresiones de un peligro evidente y conocido. No parece, sin embargo, el único, y no parece sensato olvidar que el equilibrio económico, moral y político que encuentra su expresión en la separación de poderes pone de manifiesto un hecho fundamental: la sociedad abierta se hace y se deshace en la política del día a día.

La sociedad abierta se logra desde la acción humana, y desde ella se defiende o se corrompe. Schwartz recorre la historia, relee autores, advierte de los peligros. Pese a existir motivos para el pesimismo, nuestro autor no se abona a él, en absoluto: desde el principio, En busca de Montesquieu exhorta al compromiso, busca adelantarse a los peligros, y en sus páginas finales llama a la acción: "La defensa de la libertad no acaba nunca. Exige explicación incansable de los principios sobre los que se basa y persistencia sin desfallecimiento con su aplicación. ¡Manos a la obra!".

Pedro Schwartz, En busca de Montesquieu, Encuentro, Madrid, 2007, 451 páginas.
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