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La Ilustración Liberal

Libro pésimo

Al Gore, hipnotizador de pollos

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No hay granito que se pueda comparar a la dura cara de algunos políticos. A la de Al Gore, por ejemplo, que ha dado a la imprenta un libro cuyo título completo es, tomen asiento, El ataque contra la razón. Cómo la política del miedo, el secretismo y la fe ciega erosionan la democracia y ponen en peligro a Estados Unidos y al mundo. ¡Y no es un ejercicio de autocrítica!

Al Gore sostiene aquí que los políticos recurren al miedo para socavar el debate abierto y razonable y justificar la adopción de medidas que acrecienten su poder a costa de los ciudadanos. Dado que ésta es una revista liberal, debería acoger tal planteamiento con los brazos abiertos. ¿Por qué, entonces, ha decidido considerar un libro pésimo El ataque contra la razón? Pues, precisamente, porque lo ha escrito un político que recurre al miedo para socavar el debate abierto y razonable y justificar la adopción de medidas que acrecienten su poder a costa de los ciudadanos.

Para el ex vicepresidente norteamericano, la democracia se encuentra en peligro en EEUU como consecuencia de la concentración que se registra en el sector de la comunicación; concentración que, asegura, "amplifica las contradicciones internas entre capitalismo y democracia" y está posibilitando que una heterogénea pero consistente coalición de derechistas pastoree al pueblo y sabotee las grandes transformaciones que tienen en mente los ungidos, es decir, los que saben qué nos deparará el futuro y cómo hay que hacer las cosas. Estamos, pues, ante una mezcla de marxismo light, falacias galbraithianas y gnosticismo de la que no puede esperarse nada bueno.

Galbraith es el punto de partida; no en vano "demostró hace más de cincuenta años el poder absoluto de la publicidad masiva electrónica, la cual, cuando está alimentada con suficiente dinero, [es] capaz de crear una demanda artificial de productos que los consumidores ignoraban necesitar o querer". Gore retuerce el argumento de Galbraith, que se basaba en la producción de bienes no exigidos por nuestras necesidades más primarias y el consumo conspicuo de Veblen. Sólo subsidiariamente recurría a la publicidad... y recibió un sonoro varapalo de manos de Hayek. "Aunque el abanico de opciones abiertas a los consumidores es el resultado, entre otras cosas, del esfuerzo conjunto de todos los productores que compiten entre sí por hacer aparecer sus productos más atractivos que los de sus competidores, cada consumidor individual puede elegir entre toda variedad de ofertas", escribió el austriaco. Es decir, que, contrariamente a lo que pretendía Galbraith, el productor no decide el comportamiento del consumidor. Si así fuera, no habría empresas con pérdidas, productos que no se venden y consumidores satisfechos con lo que han comprado.

Gore traslada la falacia galbraithiana al campo de la política para arrimar el ascua a su sardina. "En efecto, se compra la opinión de los votantes del mismo modo que se crea de manera artificial la demanda de productos nuevos". El problema está, dice, como si fuera un apocalíptico de los 70, en la televisión, que genera una comunicación unidireccional, en la que no toma parte el espectador, y exige grandes inversiones, lo que a su vez impone "barreras de entrada" y facilita la concentración de los medios en unas pocas manos. Será por todo ello que él mismo es accionista y gestor de una cadena de televisión en la que el 30% de los documentales son obra de los espectadores... Por lo demás, cualquiera que haya manejado un mando a distancia en Estados Unidos sabe hasta qué punto el telespectador puede elegir.

El telespectador... Mr. Gore piensa de él, de todos y cada uno de nosotros, que se parece muy mucho a un pollo; a uno de esos pollos que el flamante Nobel de la Paz hipnotizaba en sus años mozos. "Cuando era pequeño y me criaba en nuestra granja familiar en verano, aprendí a hipnotizar pollos. Sujetas al pollo y das vueltas con el dedo alrededor de su cabeza, procurando que sus ojos sigan el movimiento. Después de un número suficiente de círculos, el pollo queda hipnotizado. Puedes utilizarlo como pisapapeles, como tope de la puerta, y el pollo siempre se queda inmóvil, con los ojos en blanco". Ahora bien, como todo tiene un límite, de la misma manera que él no podía utilizar a un pollo hipnotizado como pelota de rugby, porque se despertaba, tampoco los magnates de la comunicación pueden hacer lo que les venga en gana con los telespectadores. "No, no estoy diciendo que los telespectadores son como pollos hipnotizados", dice en este punto, con todo el cuajo, Gore, para acto seguido añadir: "Mi propia experiencia me dice que ver mucho la televisión puede entumecer la mente". Impagable. Me ahorro cualquier otro comentario.

Para alertarnos del enorme peligro que entraña la televisión, Gore recurre al empleo que Stalin, Mussolini y Hitler hicieron de otro artefacto que, en su momento, también revolucionó el mundo de la comunicación. "Los tres tardarían años en consolidar su poder. Cada uno movilizó apoyo para su maligna ideología totalitaria, y para ello utilizaron el nuevo medio de comunicación que había debutado en el escenario mundial en 1922: la radio". Como todo el mundo sabe, Stalin se comunicó por radio con los elementos del Politburó que le permitieron sustituir a Lenin, Hitler cautivó al Zentrum con sus alocuciones radiofónicas y Mussolini puso a Italia con el brazo en alto gracias a la maña que se daba con la criatura de Marconi. Lo de Gore tiene su mérito, no crean.

EEUU se vio libre de la tiranía de las ondas –sigue con lo suyo Gore– gracias a unas leyes que imponían que se diera el mismo tiempo al Partido Republicano y al Demócrata, obligaban a las emisoras a ser imparciales y dictaban que las concesiones atendieran al "interés público". Nuestro personaje lamenta que tales restricciones fueran "eliminadas durante la Administración Reagan en nombre de la 'libertad de expresión'" y sentencia que los resultados han sido "desastrosos". He aquí el respeto que a este ex vicepresidente de los Estados Unidos le merece la libertad de expresión.

Con el apoyo del ejemplo de la radio, Gore dibuja un panorama en el que la televisión es el instrumento de comunicación y control desde el poder. Y el mensaje más propio de ese poder es el miedo, del que, dice, "es el enemigo más poderoso de la razón". Y añade que "si el líder explota los temores de un pueblo para encaminarlo en direcciones insensatas, el propio miedo se convierte en una fuerza desencadenada que se autoperpetúa, que consume la voluntad de la nación". Es decir, que el miedo corrompe la razón y permite a los políticos extender su poder a costa de la sociedad.

¿A qué nos puede sonar todo esto? A la Guerra contra el Terrorismo del presidente Bush y la invasión de Irak, dirá nuestro personaje. A Una verdad incómoda, su oscarizado y terrorífico documental, diremos nosotros. En dicha cinta vemos, por ejemplo, dos gráficos que recogen la temperatura de la Tierra y los niveles de CO2 registrados en los últimos 10.000 años. Se corresponden perfectamente. Gore da un pasito de apenas cien años y apreciamos un incremento descomunal de ese gas de efecto invernadero; si le siguen las temperaturas, será el acabose, pensamos. Luego resulta que es la evolución del CO2 lo que precede a las temperaturas, en unos 800 años, y que la relación de causalidad es la opuesta a la que se nos presenta. Pero, claro, eso no lo saben los espectadores de esa peli de terror. El propio Gore no tiene empacho en descubrir sus cartas: "Por haberlo vivido en mis propias carnes, he aprendido que las imágenes gráficas (fotos, gráficos, dibujos animados y modelos informáticos) comunican información sobre la crisis climática a un nivel más profundo que el que conseguirían las simples palabras".

La tecnofobia y el desprecio por sus congéneres, a quienes juzga incapaces de tomar decisiones propias, están en la raíz de estas páginas de Gore, el ungido: "Hemos perdido temporalmente aquel lugar de reunión en el foro público, donde las ideas poderosas de determinados individuos tienen el potencial suficiente para alterar las opiniones de millones, provocando cambios políticos importantes. (...) nuestro sistema político actual no recurre a las mentes privilegiadas del país para que nos ayuden a contestar a las preguntas que plantea el futuro y a desplegar los instrumentos necesarios para adentrarse en él".

Gore está pensando en esas mentes privilegiadas que, como la suya, aseguran que los principales problemas de la Humanidad son, por este orden, el medioambiente, la escasez de agua, el terrorismo, las drogas, la corrupción y las pandemias. Para Gore, una sociedad que no le sigue a pie juntillas está enferma. Él es el nuevo Zaratustra, que ha venido para salvarnos del apocalipsis que se avecina y para decirnos, de paso, que Dios ha muerto, y que las religiones son un lastre: "Cuando la gente se aferra con más fuerza a sus tradiciones religiosas, es más vulnerable a las ideas e influencias que la razón podría filtrar en tiempos menos terribles".

En la versión goreana de la historia, los Padres Fundadores de EEUU retomaron los usos greco-romanos de discusión y confeccionaron una Constitución sin ayuda de la religión. "El espíritu que anima la maquinaria de la Constitución no es santo. Somos todos nosotros, la proverbial 'ciudadanía bien informada'. Puede que nuestro Creador nos haya dotado de derechos individuales, pero actuamos para proteger esos derechos y gobernar nuestra nación con los instrumentos de la razón".

En el mundo de Gore, todo queda sometido a la razón de unos seres extraordinarios que saben por dónde debe guiarse el mundo. "Como comunidad mundial, hemos de demostrar que somos lo bastante sabios para controlar lo que hemos sido lo bastante listos para crear". ¿Quién encarnará ese nosotros que habrá de controlar todo? ¿Un Gobierno mundial con una pequeña camarilla ilustrada al frente? ¿No es ésa, a fin de cuentas, la pretensión del Protocolo de Kioto?

Quizá como ejercicio de exorcismo, o de expiación, Gore nombra constantemente a los Padres Fundadores, a los que, como a Adam Smith o a Galbraith, les hace decir cualquier cosa. Doce veces les cita en la introducción, doce en el segundo capítulo, diez en el tercero, ventiocho en el octavo… Todas estas cifras se doblarían si añadiéramos las veces que menciona a Jefferson, Madison, Adams y demás.

Albert, que no van a salir de sus tumbas. No temas.

Al Gore, El ataque contra la razón, Debate, Madrid, 2007, 335 páginas.

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